Voltaire / Rousseau

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Mi amigo D. ha venido a pasar unos días a Madrid, pues ha de participar en unas jornadas que celebra la Casa de Velázquez. Hemos visto Voltaire / Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, en el Teatro María Guerrero. Antes de entrar, me posicioné sin ambages por Jean-Jacques Rousseau. ¿Cómo puedo estar en contra de un hombre que llamó al ideal de mujer Sofía? Pero a medida que avanza la obra la simpatía por Voltaire aumenta, hasta el punto de que Rousseau parece un pelele al lado del gran filósofo francés (según la representación, mucho más guapo y charming). Es conocido que Rousseau tuvo una vida privada que a ojos del lector contemporáneo podría llamar la atención contrastada con lo que defendía que los demás tenían que hacer en sus escritos. Y la diatriba se orienta, precisamente, en esa incongruencia vida-obra, lo que a mi juicio me parece un error, pues una cosa es el texto y otra lo que el autor haga en su casa. Es un acierto por parte de Prévand estructurar la trama de acuerdo a la intriga que provoca la cuestión de la autoría del panfleto que ataca a Rousseau, que se resuelve al final de la obra. Una disputa, en fin, interesante, con dos actores estupendos: Josep Maria Flotats y Pere Ponce.

Mañana de sábado

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Él tenía prisa.

Los refranes españoles, salvo los que hablan del tiempo y de las mujeres —los primeros por el cambio climático y los segundos por machismo—, suelen ser muy pertinentes. “Más vale lo malo conocido…” pensé esta mañana, cuando probé suerte en un nuevo centro de estética. Tenía cita a las 11:30 y, al entrar, la encargada me mira sorprendida y aduce que “no le sale la hora en la aplicación”. Si no hubiera abonado el importe por esa eficiente aplicación, a buen seguro habría abandonado el lugar para regresar, como el hijo pródigo, a donde me hacen habitualmente la manicura.

“Te puedo dar hora para la una y media o para las dos”. La una y media, qué remedio, mientras alucino ante la situación. Tenía por delante dos horas y media, y no podía regresar al piso porque había estado limpiando y el suelo con total seguridad seguiría húmedo —en un diario no siempre se puede estar hablando de los grandes temas de la humanidad, permitidme que esta vez haga un reconocimiento a la lejía, el estropajo y la fregona—.

Me meto por la calle Alcántara. Es una hora complicada: tarde para un café y pronto para un refresco o cerveza, así que continúo paseando. Me detengo en el escaparate de una tienda de soldaditos y figuras militares verdaderamente curiosa. Paso a la tienda y me sorprende ver que el encargado es un hombre guapísimo, cuando en un local de esa índole uno esperaría ser atendido por quizás un anciano con gafas. “¿Buscabas algo en concreto?”. “Hace años que dejé de buscar”, me hubiera gustado responderle, pero me limité a decir que solo quería echar una ojeada a los expositores. Me detengo en una colección dedicada a Charles Dickens y a su literatura. ¡El viejo Ebenezer Scrooge, de Cuento de Navidad! Se vuelve a acercar el hombre y me pregunta que si me interesa el mundo de las figuritas coleccionables. Le digo que me parece muy interesante y curioso —típica respuesta genérica para no evidenciar que no tienes ni idea de ese mundo y que lo interesante en ese momento es el interlocutor—. Me hace un breve tour por la tienda, explicando los criterios de ordenación de las figuras. Temiendo que no se notara que no tenía nada que hacer y sin ánimo de hacer perder el tiempo al hombre, me despido y retomo mi paseo.

Descubro un centro de estética hindú, donde ofrecen depilación de cejas con hilo, técnica con la que me las arreglan desde hace años. No es fácil encontrar un sitio donde no rompan el hilo a los tres segundos, así que paso para pedir cita y probar —otro refrán: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”—. Me invita a sentarme en uno de los sillones, gesto que agradezco enormemente. Estaba tan cómoda que le he preguntado si tenía cita para antes de la una y cuarto, y me ha dicho que sí. Lo ha hecho muy bien, y además me ha dado un masaje en la frente. Hay un momento en que sientes que le gustas a quien te da un masaje… Vuelvo hacia la calle Ortega y Gasset y entro en un bar. “Vamos a coger al Puigdemont ese y ya verás lo que vamos a hacer con él”, escucho mientras me siento. Bajo al baño: en una puerta, H; en otra “M”. ¿Hombre/mujer? ¿Hembra/macho? Se está poniendo el debate sobre el sexo y el género de un talante que uno ya no sabe qué pensar… Probablemente, en unos años solo exista un aseo, y será pansexual.

Y por fin llegan las 13:30… Con bastante asepsia pongo las manos sobre la mesa, y al menos la manicura queda bien. Después de todo, ha sido una mañana agradable.

120…

Vista 120 pulsaciones por minuto. Los cinco primeros minutos son lo mejor de la película; a partir de ahí uno lucha contra las ganas de mirar el móvil y salir a una de las tabernas de la calle Menorca. Pero he aguantado hasta el final, pese al guion a ratos acartonado. El comienzo está bien porque muestra una reunión de un grupo de jóvenes ilusionados, unidos con los objetivos de reivindicar que el Estado contribuya a visibilizar el SIDA y de exigir a las farmacéuticas un compromiso mayor con los enfermos. Y, poniéndonos trascendentes, la unión también tiene que ver con la lucha por la vida, pues la suya se va acortando conforme el virus avanza.

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Noticias que parecen inverosímiles:

  • Vuelve la Mili a Francia (link).
  • Suiza considera que cocinar langotas en agua hirviendo es maltrato animal, así que lo ha prohibido (link).

Trolls de los libros

al margen comentario

En algunos casos, leer los comentarios al margen de ciertos libros puede tener su gracia. Suelen oscilar entre la glosa, la crítica perspicaz y el halago. Son frecuentes los signos de interrogación y las exclamaciones. Pero es un ejercicio divertido siempre y cuando la propiedad sea privada. Ocurre demasiadas veces que uno ha de consultar un libro de la biblioteca y se encuentra con lecturas anónimas de nulo interés, aunque quizá dentro de unos siglos se trate de un objeto de estudio dignísimo –con los derroteros de los Cultural Studies y el precedente de las glosas Emilianenses y Silenses no me extrañaría–. Esta mañana he leído al lado de un fragmento de Clement Rossel la acusación “lógica absurda”, y el otro día en Literatura y cultura de masas: estudio de la novela subliteraria, de José María Díez Borque [ver foto] vi que alguien consideraba a propósito de una de las ideas desarrolladas en la monografía: “Esto es + viejo q la tos. Aristóteles”. Al primero le diría: pues propón tú otra, si puedes; al segundo, ¿y qué?

Hay un fragmento bellísimo en Cuidados paliativos, de José Antonio Llera, libro que disfruté mucho, en el que reflexiona sobre la manera de tachar de los escritores:

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                En los manuscritos autógrafos me detengo a observar la forma en que tacha el escritor. Considero que dice mucho de él y de su obra, como una enraizada metonimia, como un símbolo inevitable. Pathos y ethos. Existe el escritor que tacha con una serie continua de rayas horizontales y verticales, a modo de celosía, como si pretendiera que lo borrado, pese a todo, pudiera respirar. Tenemos también al escritor que usa una línea en espiral, acaso para ahogar en la alambrada de espinos las palabras. En esta clasificación encuentra sitio también el indeciso, aquel que utiliza solo una línea encima del vocablo descartado. Y está quien descarga sobre el texto, aspas, crucifixiones, o una masa impenetrable de negros nubarrones, que aproximan su arte a la maldición, la herejía o el resentimiento. Habría que elaborar un listado preciso, medir tamaños, formas y relieves, p. 20.

Desde hace tiempo, en cada lectura uso un lapicero con una mitad azul y otra roja. El color va en función del impacto que cause un fragmento determinado o algún dato objetivo. No soy bibliófila, y no me parece mal que se pinte en los libros –desde luego, es la prueba más evidente de que se han leído–, pero, como decía al inicio, lanzar ofensas desde el anonimato en libros públicos es una falta de respeto tanto por esos bienes compartidos como por los autores. El tema de los trolls no es nada nuevo: esos lectores ya lo eran. Y siguen existiendo.

La La Land

la la land

Ver ciertas películas en determinadas situaciones personales es un acto que entraña una función balsámica –o todo lo contrario–, por lo que cuentan y los finales de los personajes. Sobre la proyección de los sentimientos en las obras se ha escrito mucho, e incluso existe el término letraherido. Tenía de fondo esta mañana la banda sonora de La La Land, cinta que no he vuelto a ver desde un memorable domingo primaveral, meses después de su estreno. Posponía intencionadamente la visita al cine porque asociaba el film a X, que me propuso ir a verla cuando la anunciaron. Pero en el ínterin conocí a D., y aunque vimos algunas —no emocionalmente comprometidas, como suele ser habitual en los primeros compases de una historia de amor— juntos, nunca propusimos esa. Unos días después, domingo, decía, cuando llegó el desencanto, pasé un rato en la Plaza de España leyendo unos poemas de Gil de Biedma para recuperarme y acudí, con cierto escepticismo, a ver por fin La La Land. Iba a destacar que no paré de llorar en toda la proyección, pero no me gustaría hacer de la cantidad de agua por milímetro cúbico un criterio de valoración de una obra. De manera que me apetece mucho verla, pero recuerdo aquel verso de Félix Grande “no vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, que funciona también con las películas…

Is this the start of something wonderful and new?
Or one more dream that I cannot make true?

City of Stars

Flashes

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“Avenida de la Ópera”, Camille Pissarro. Tanta gente por las calles.

 

Esta mañana he madrugado un poco más y no he podido cruzarme con el ramillete de hombres apuestos que veo a diario conforme bajo la calle Albasanz desde Hermanos García Noblejas –parece ser que ahora se llama Avenida de la Institución Libre de Enseñanza–. Trabajan en una de las empresas de la zona y cuando coincidimos vienen, supongo, de desayunar. En función del humor con el que me levante, me fijo en uno u en otro. Todos me parecen guapos –y no lo digo porque me conforme con cualquiera, sino porque verdaderamente son muy guapos–. Nuestras miradas se cruzan, y a veces nuestras sonrisas también.  Y una vez la estrechez de la acera propició que mi mano y la del rubio de pelo corto se rozaran Ay. “¿Dónde está la chica pelirroja?”, se habrán preguntado hoy interiormente. ¡Yo también os he echado de menos!

He escuchado, a mediodía, a una pareja que usaba los apelativos “amorcito”, “cariñito”, “bebé” y “cosita”—este corpus en una charla de menos de 20 minutos—. Aún recuerdo el escalofrío que sentí cuando un chico me llamó “mi niña”. Naturalmente, no volví a hablar más con él. ¿A qué emplear esas palabras? ¿No es mejor llamar al otro por su nombre? La cuestión nominal ha preocupado al mundo desde el Génesis, y su importancia es vital, pues como ya dijo George Steiner, hombre sabio, “lo que no se nombra no existe”. Entiendo que cuando uno está enamorado se trastoca un poco, pero siempre he creído que la mayor muestra de cariño y respeto hacia el otro es emplear el nombre de pila, sin apodos, artículos o melindres.

A los que me preguntáis si me ha pasado algo (me he desactivado las cuentas de Facebook e Instagram): no os preocupéis. Quiero pasar un tiempo indefinido desconectada de las redes sociales. Estoy bien. Creo.

Canciones

cielo

Un momento de esta tarde. La naturaleza siempre nos sorprende.

Las canciones de amor se nos presentan vacías de significado cuando no tenemos en mente a nadie a quien asociar los estribillos. Pero hay una sensación aún peor que la indiferencia (suponiéndola negativa en algunos contextos): que en el modo aleatorio del iPod comiencen a sonar los primeros compases de una pieza musical que en el pasado alguien a quien uno creyó amar le dedicó. Se convierte, entonces, en una elegía que cumple su función de canto fúnebre para recordarnos la mutabilidad de las emociones, los desvelos que pasaron de quitarnos horas de sueño por la ilusión a convertirse en duelos ligeros. Para recordarnos, en fin, el cementerio que es a veces nuestro corazón.

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Todo escritor de diarios se ha enfrentado alguna vez al tema del pudor. Al contrario de lo que defendía aquel anuncio deportivo de Nike o Adidas —no recuerdo la marca—, “No limits”, cuando uno se mueve en el terreno de la escritura encabezada por el prefijo auto-, se hace necesario decidir dónde poner los límites en lo que concierne a su intimidad. Iba a escribir una nota sobre unas preocupaciones que he sentido esta mañana, pero finalmente he reculado porque arrojarlas a la Red me hacía sentir muy expuesta. Nunca se sabe con seguridad quién está al otro lado. No suelo pensar en el potencial interlocutor cuando escribo; una vez publicado el post, sí imagino que algunas personas de mi entorno que conocen este fórum van a leerlo —y en ocasiones me trasladan sus impresiones—, pero hay días en los que despunta el contador  de visitas y uno se siente, paradójicamente, desnudo en medio de la plaza.