No querías creer

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Ayer tuve una conversación sobre Gabriel Ferrater y recordé que hace mucho que no lo leo. He buscado mi ejemplar de Las mujeres y los días y he visto una etiqueta verde que señalaba “Atardecer”. El principio no me ha dicho nada. Pero hay dos versos que parecían hablarme directamente: “demasiado corazón disponible / demasiado exceso de nosotros”. Y otro poema, que lleva por título “A media mañana”, me ha interpelado también. Concluye así, amargo y verdadero:

(…) Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.

Signos de brutalidad

El jueves por la noche MGA intervino, con su habitual dominio de la dicción y su simpatía, en un acto. Contó que su novela preferida de Pío Baroja es La busca, y que de aquella lectura de juventud, cuando aún residía en Torrelavega, recuerda una cita: “bajo una escopeta, una guitarra y una cruz del Sagrado Corazón de Jesús, signos de la brutalidad de España…”. Estas tres referencias, asumidas en el libro como signos nada menos que de brutalidad y la conciencia de que el texto se escribió en 1905 causaron un gran impacto en él. Por otro lado, destacó la cualidad de retratista del vasco, que con apenas unos trazos dibujaba la psicología de los personajes.

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Estos días se están publicando muchos artículos en defensa de las Humanidades. Como es difícil justificar la validez de una rama del conocimiento tan poco dada al beneficio inmediato, cuantificable, la gama de razones esgrimidas en su defensa es muy variada, y algo pintoresca en ocasiones. Hace un rato he leído una crítica a las personas que no tienen formación humanística –defender algo tomando rehenes, mal–, porque según el autor esa carencia ha provocado que carezcan de empatía y que sus relaciones sean frágiles, entre otras consecuencias. Como si estas “consecuencias” no se palparan en todos los ámbitos. Espero que estos cantos fúnebres no se conviertan en argumentos para fagocitar definitivamente lo humanístico.

En mitad de la carretera

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Foto de José Luis Sevillano

Pasan los días y la máxima de Unamuno de pensar para anotar en el diario pierde fuelle. Y no porque no hayan ocurrido sucesos. El domingo, por ejemplo, el viaje de regreso a Madrid se vio interrumpido por un choque entre el autobús y un turismo, situación que puso a prueba los nervios de todos. Al contrario que la calma que transmiten las flores de la imagen, la tensión se palpaba en el ambiente. No hubo víctimas mortales, pero sí de otra índole: algunas personas, debido al retraso en la llegada, perdieron otros buses y trenes previstos para continuar su viaje. Detrás de mí, una chica se quejaba porque, si seguíamos parados, no llegaría para el “autobús express” dirección a Salamanca, y en ese caso tendría que embarcarse en uno “normal”, que para en varios pueblos de Castilla y por tanto tarda un tiempo considerablemente mayor. ¿Merecía la pena que le dijera “vas a llegar, no te preocupes” y crearle falsas esperanzas? Entre que vino la policía, tomaron fotos, discutieron —la culpa siempre es del otro—, etc., la demora se dilató tanto que ya era imposible que la chica pudiera subirse al express (el bus llega, regularmente, a las seis y media, y ella tenía el siguiente treinta minutos después). Nos contó —se formó tertulia con mi compañera de asiento y ella— que venía de Tomelloso y que siempre tardaba muchísimo. “Bueno, pero hay más buses después ¿no?” le pregunté. “Sí, pero pierdo el dinero”. “¿No lo puedes cancelar?”. “Sí, sí, y me devuelven la mitad”. “Entonces quizá sea la mejor opción”. “Me esperaré un poco más”. Finalmente, lo canceló. Este viaje enseña que, como en todos los viajes en autobús, cuantos menos planes organices para la tarde del desplazamiento, mejor.

Experiencias

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Lo bueno de ir cumpliendo años —dentro de tres meses, uno más— es que ciertas situaciones dejan de ser nuevas. Me gustaría equivocarme, pero creo que he atravesado una muy similar a otra de hace unos años. Lo peor es que de esto se da uno cuenta a posteriori; cuando comenzó, pensé que sería diferente. Me acuerdo ahora de una comedia romántica, de esas que forman parte de la programación habitual de Nova, en la que escuché al vuelo un diálogo: “— ¿Por qué te gusta? / — No sé. Es que es diferente”. En mi caso, aclaro que no estoy hablando de amor —nunca lo he hecho en este almanaque—. La cuestión es que la vida es, probablemente, la lucha constante por sentir y vivir algo nuevo, pero al final todo es lo mismo con distinta forma. Y sin embargo aún me queda algo de esperanza. No nos limitemos a ser supervivientes.

*otra consecuencia de envejecer es que cada vez es más difícil engañarse a uno mismo.

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Lumière, de La bella y la bestia, película que vi anoche. ¡Qué personaje tan simpático! Excelente representación del ayudante del héroe del cuento tradicional, junto con su amigo el reloj parlanchín y algo gruñón —se llama Din Don, ay—. Además, en la versión de 2017, el actor Ewan McGregor le puso voz. Lumière es el encargado de propiciar el amor entre Bella y Bestia: les prepara un banquete de postín y un baile inolvidable, además de otras acciones indirectas.

— I’m talking to a candle —dice Bella.

— Candelabro, please!!!!!

Retazos, Antonio Duque Amusco

*comparto en el blog la reseña de Retazos (Renacimiento, 2018), de Antonio Duque Amusco, publicada en el suplemento literario “El posdata de hoy”, de Levante-EMV, pues no se puede leer completa en su página web.

Imagen Retazos

Hilvanar la memoria

Glosar un libro de haikus puede resultar una tarea tan inane como compleja, en tanto que supone explicar lo que no requiere palabras: una fotografía emocional, lograda mediante diecisiete sílabas cuya cohesión da lugar a un destello. La buena salud del haiku en España debe ser considerada al calor, por un lado, del auge de las formas breves, como el aforismo y el microcuento y, por otro, como parte —o, por lo menos, como algo no ajeno— del creciente interés por lo oriental. Cualquier moda procedente de otra cultura —de otra cosmovisión, incluso—, pasada por el filtro occidental, corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí misma. No sucede así con Retazos (2018), el libro de haikus de Antonio Duque Amusco (Madrid-Sevilla, 1943), pues no condesciende al orientalismo impostado ni presenta tanteos apresurados. La obra ha visto la luz en la editorial Renacimiento, como todas las anteriores del escritor (La pared vertical, de 1998; Una luz que se va, de 2003; y Las sombras del silencio, de 2013).

El autor incluye un brevísimo prólogo en el que cuenta cómo se produjo su incursión en el género: un amigo le regaló En las orillas del haiku (2004), de Jesús Montero, lo que supuso su primer acercamiento. Años después, confiesa que disfrutó de la lectura de La enredadera (2016), de Susana Benet, obra que le animó a dar el paso definitivo.

El título, Retazos, evoca una consideración de las composiciones poéticas como retales hilvanados por la melancolía. Esta galería de piezas tira de dos hilos: “Vivencias” y “Evocaciones”, dos partes que, leídas por separado, se nos antojan independientes; en conjunto, iguales por el poso nostálgico, algo machadiano también. Cada haiku, aislado, sorprende no por lo que cuenta, sino porque parece estar recordándonos un retazo de nuestros anaqueles de la memoria. “Llega el otoño. / Ya no hay niños jugando / con el verano”.

El libro comienza con unos versos de Francisco Brines, pertenecientes a El otoño de las rosas (1986). Se trata de una cita que consigna las intenciones del autor: “Cuando la edad es ya desventurada, / y es un pétalo el día / y apenas quedan rosas, / no es posible que el mundo pueda ser recobrado…”. Queda la incógnita acerca de si habrá un mañana. Por lo menos, los haikus de Duque recogen el rumor de esos pétalos y evitan que caigan al vacío. En “Vivencias”, el poeta recupera una serie de imágenes de su infancia, que encierran sensaciones y que giran, fundamentalmente, en torno a las estaciones del año, a la naturaleza, a recuerdos de un patio de Sevilla (“Geranios blancos; callejas de mi pueblo, flores de cal”) y a un huerto claro donde madura el limonero (“Del limonero / he cortado tres ramas / por ver el cielo”). Hay un afán de introspección en “Evocaciones”, mitad de la obra en la que se recuerda un amor desaparecido, del que apenas queda un rumor: “Duele la ausencia. / Son las lamentaciones / de un hombre solo”. Provoca que el sujeto se difumine a través de la luz de un cristal, o bien que se identifique con el viento, única posibilidad de acercarse a esa persona llorada. Como decía, hay una coherencia entre las dos partes, que se puede rastrear en haikus concretos, como estos dos, cuyo esquema se repite con un final y una puntuación distintos: “Tarde de invierno. / Al calor de la lumbre / vuelve la muerte”, en la primera; “Tardes de invierno: / al calor de la lumbre / duele el olvido”, en la segunda.

Duque pregunta en uno de los haikus ¿para quién vivir? La lectura de este libro es una respuesta en sí misma: no hay para quién ni para qué, tan solo queda contemplar el paisaje y habitar el tiempo. “Nada regresa / tras las horas perdidas. / Faltan promesas”.

13/X/2018

 

Paseos por el campo

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Paseo por el campo esta mañana para aprovechar las cada vez más escasas horas de luz. Cuando llevaba un buen trecho, ha salido de otro camino cuyo inicio tapaba una casa con la fachada calada un labrador retriever. He mirado derredor para ver si tenía dueño, pero no he visto a nadie. Sin embargo, el can llevaba un arnés rojo de nylon sujetado en su lomo. Ha comenzado a excavar con sus patas, moviéndose con agilidad y gracejo. No me veía. Lo llamaba, pero ni siquiera dirigía sus ojos hacia mí, como si yo no existiera. He chasqueado los dedos varias veces, todas en vano. Cuando me he acercado para, si era posible, saludarlo y acariciarle, ha salido veloz y su figura se ha desdibujado en el horizonte, quizá respondiendo a una llamada que no he alcanzado a escuchar. Se parecía mucho a mi perro, y ahora me pregunto si esta escena ha tenido lugar realmente. Probablemente, no.