Playas

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Me dice JCM que estamos viviendo un fin de civilización, y que uno ha de tomárselo como algo que no tiene que ver consigo, porque uno mismo no tiene que ver con él mismo. Así, la cosa resulta fácil.

Mientras se prepara el apocalipsis, he disfrutado, entre ayer y yo, de Chesil Beach. Está previsto el estreno de su versión cinematográfica para dentro de dos semanas, con Saoirse Ronan como actriz protagonista. Ella interpretó a un personaje de McEwan en Expiación, y realizó un trabajo memorable. Ese film lo es; también la novela. Ocurre que leí Chesil Beach hace casi diez años, en una playa de El Puerto de Santa María casi por estas mismas fechas. Pero cuando vi el tráiler el viernes no me acordaba de nada. Con las adaptaciones –no me convence del todo el uso de esta palabra con respecto a las películas- sucede que se insufla una nueva vida al texto literario, y vuelven a las estanterías en un feliz pretexto intermedial. Aguardo con curiosidad su estreno, pues la obra de McEwan es rica en monólogos interiores, a resultas de los cuales presenta unos personajes complejos, cuyo atractivo reside en lo que no muestran. Veremos.

La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

16 de junio de 2018

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En torno a las cuatro y media he subido al metro para ir a una peluquería a cortarme el pelo. Me ha llamado mi madre, que nunca me suele llamar a esas horas, para confirmar la intuición que por esa anomalía he sentido: acababa de fallecer mi perro. Llevaba algunos meses débil, pero desconocíamos cuánto se prolongaría su vida con movilidad limitada. En ese periodo de tiempo, cada vez que acudía a PM me despedía de él como si fuera la última. Menos en la última visita, que cuando me fui lo vi dormido y no le quise despertar. Me dice mi madre que se están preparando para ir enterrarlo, que ha ido mi hermano a por el todoterreno para llegar hasta el lugar escogido. Lamento no estar allí. Empiezo a andar sin rumbo y me siento en un banco. Me vuelve a llamar: van de camino. ¿Qué hago? ¿Voy a la peluquería? Solo tengo ganas de llorar. Me doy una vuelta por el barrio mientras imagino cómo ha sido su último aliento, hasta que me calmo un poco y decido entrar a la peluquería. El cepillo tensaba los mechones, zarandeaba mi cabeza y yo me movía con él. Si me hubiera cortado más de lo que le indiqué a la peluquera no me hubiera importado. Salgo y chispea durante unos segundos, insuficientes para destrozar el alisado. Vuelvo por fin al piso y me pongo a ver fotos de Bogan que conservo en el iPad. Ya no está. Me cuesta creer que cuando vuelva a PM no lo veré, ni lo acariciaré jamás. Nos ha acompañado durante 14 años, máxima esperanza de vida para un labrador retriever, y nos ha enseñado mucho. Su mirada siempre transmitía cariño, se alegraba de verte aunque lo visitaras a horas intempestivas, a ratos se dormía debajo de tus pies, otras veces saltaba casi un metro para manifestar su alegría por la hora del paseo y muchas te agradecía con un beso cualquier gesto, por pequeño que fuera. Esta tarde ha respirado durante unos segundos con mayor dificultad, y finalmente se le ha parado el corazón. Pero él se ha quedado para siempre en los nuestros.

 

Jueves

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Me envía F., que a estas horas estará concluyendo la presentación de su libro, Un arte de vivir, de Juan Gil-Albert. Me parece una delicia, que no quiero terminar. Hace un rato, he estado leyéndolo en un banco -siempre el mismo- del parque, mientras escuchaba el sonido del agua. El olor que desprendía la fuente hacía de trampantojo de piscina. “Héroe es todo aquel que se enfrenta con su fatalidad y lucha denodadamente, a brazo partido, con la naturaleza que le ha sido impuesta; lucha no para degradarla sino por el contrario, para hacer de ella el sentido y hasta la exaltación de su presencia personal en el mundo”. ¿No es maravilloso?

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El inglés dice burning the midnight oil (literalmente, quemar la lámpara de aceite); el español, trabajar de sol a sol. Hay un sentido intelectual que late en la primera, mientras que la segunda evoca reminiscencias del ámbito agrario. Las expresiones idiomáticas toman el pulso al espíritu nacional.

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Hoy he estado comiendo con un magnífico antropólogo que, sin embargo –o precisamente por eso-, me cuenta, entre otros asuntos, que el Museo de Antropología de Madrid está fatal. Tan solo he ido una vez, y la disposición de parte de sus fondos me resultó demasiado decimonónica. Él venía de un coloquio sobre Venezuela, en el que ha participado, y la crisis, en todos los órdenes, es peor de lo que podemos llegar a imaginar. Y un expresidente español es cómplice.

Nocturno

Acabo de asomarme un rato por la ventana. Hay bastante gente, aunque los bancos están desocupados. Parejas que ríen y se dan besos furtivos. Solitarios con bolsas de la compra –cada vez cierran más tarde los supermercados-. Jóvenes haciendo del móvil un walkie-talkie con sus notas de voz. Han cambiado el panel publicitario de la esquina: ahora se anuncia una obra de teatro titulada Tres deseos. Y empiezo a pensar cuáles pediría si se presentara la oportunidad. Me bastaría con uno.

Cansinos

Cansinos

Este fin de semana he disfrutado de La novela de un literato (vol. I). El año pasado leí La huelga de los poetas, del mismo autor, y me pareció un estupendo retrato satírico del periodismo. Con esta primera parte –hay tres en total-, uno puede asomarse a la vida cultural de los últimos compases del XIX, conociendo a los escritores que trató Cansinos, algunos hoy completamente olvidados y por entonces celebrities. Le comento a mi amigo F. que me ha llamado la atención la absoluta naturalidad con la que Cansinos menciona las correrías de Francisco Villaespesa, autodenominado sátiro, con menores. Había casas de prostitución que las ponían a disposición del público. F., especialista en la Generación del 98, me dice que era lo normal, y que Josep Pla y Julio Camba permanecieron solteros durante toda su vida, pero que eran aficionadísimos a las casas de prostitución; el primero, particularmente, se las daba de dandy. Y, sin embargo, Carmen de Burgos, Colombine, se justifica varias veces a lo largo de la novela, porque se dice que tuvo un affaire con Blasco…

Se titula La novela…, pero el género a que corresponde no es ese. Se trata de un conjunto de semblanzas y episodios madrileños cuya yuxtaposición da como resultado un conjunto muy coherente. De él se desprende una evolución de Cansinos-Assens, desde que publica sus primeros artículos hasta que logra debutar con un libro. Don Rafael se nos presenta como un hombre con una mentalidad bastante adelantada a su tiempo, que conmueve cuando se afana por encontrar el amor ideal y que divierte con sus observaciones agudas de un sector, el literario, apenas distinto.

“Make life a ride”

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Esta mañana hemos estado en Toledo, en un concesionario de motos, pues mi hermano se va a comprar una. Había un cartel con el lema Make life a ride. Algo adelantó Antonio Machado en su conocidísimo verso sobre los caminos. Sujetar bien los manillares de la moto y surcar las carreteras, de la mejor manera posible en función de las cilindradas. Y saber que habrá piedras, que unas veces se podrá pasar por encima de ellas, otras nos zarandearán y las menos la ruta se nos presentará despejada. Porque, pese al pasodoble de José Franco y Ribate, la vida no es un camino de rosas. No obstante, a veces tiene buenos momentos, como presenciar la ilusión de mi hermano subiéndose por primera vez en su nueva moto.

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A mediodía, parada en Alcázar. Cuando había presos etarras en Herrera de la Mancha, proliferaron los hoteles y los hostales. Ahora, muchos están abandonados. El más grande lo abrieron unos vascos, y desde hace unos años pertenece a un empresario chino. Hemos estado en un restaurante que ofrece en la carta una serie de recetas típicas manchegas, además de otros platos. Una pareja de turistas ha pedido unas cazuelas de duelos y quebrantos, de guiso de las bodas de Camacho -sí, se llama así…-, de migas y de asadillo. De esa lista, lo más light es el asadillo, y encima se le suele echar bastante ajo… Espero que se encuentren bien y que tengan a mano unos sobres de Almax.

Posdata: Me gustaría mandar mucho ánimo a mi amigo Carlos, que este domingo afronta un examen de su oposición.