Nervios y caimanes

Felicitación Año Luis Bagaría 1926
Luis Bagaría

El canal Mega representa la heterodoxia de la televisión, pues ofrece un abanico de programas de lo más extravagante y, en algunos casos, hipnótico. Vi hace un par de días una escena bastante curiosa, en un reality de caza de caimanes. Me resulta imposible empatizar con alguien que consagra sus ratos de ocio a perturbar el hábitat de los cocodrilos y caimanes, adentrándose en pantanos con sus lanchas motoras para matarlos y con posterioridad venderlos. En general, no me agrada la actividad cinegética y nunca la definiría como un deporte. Obviando por unos minutos esto, me llamó la atención el diálogo entre los cazadores, un padre y un hijo.

— ¡Venga, mételo a la barca! —gritaba el padre, totalmente entusiasmado.

Con bastante languidez y parsimonia, el hijo colocó al caimán, mientras intentaba que no se le cayera el cigarro de la boca.

— Es que mi padre se pone muy nervioso… —se quejaba, mirando a la cámara.

— ¡Sí! ¡Me pongo nervioso! Y espero seguir poniéndome nervioso mucho tiempo.

Esta pareja mostraba el contraste entre la afición de uno y la obligación del otro. Quizá al hijo también le gusta, pero la manifestación de su interés es mucho menos visible. Ese ponerse nervioso manifiesta la emoción y, prosaicamente, presenta reminiscencias del concepto escurridizo y espiritual de “vocación”. Prefiero hablar de inclinaciones, pues el componente cultural y nuestras decisiones son decisivas; en cualquier caso, la idea es similar y el hombre reflejaba lo que se siente cuando haces algo que verdaderamente te gusta. Hay otro tipo de nervios, que nacen de la inseguridad; también, de la preocupación. Así que como mensaje de inicio del año y recogiendo el hilo de la entrada anterior, intentemos buscar aquello que nos ponga nerviosos.

Feliz año

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última foto de 2018

Un año más que se escapa inasible, cada vez más rápido. Nos acercamos al cierre de la primera década del siglo XXI, sin saber aún si estamos en una nueva era y con la seguridad por parte de muchos de que estamos ante un fin de civilización. Graves problemas políticos acaparan las páginas de los diarios, algunos de ellos sin solución aparente —y el mapa de partidos españoles se ha transformado, dejando atrás el tradicional bipartidismo—. Nuevas profesiones y problemas sociales desafían nuestras creencias; ideas que creíamos superadas renacen con notable aceptación. Imposibilidad de pensar en el largo plazo, amistades esparcidas por el mundo, comunicación en medios fríos que a la fuerza se vuelven calientes. ¿Se termina un año o lo terminamos nosotros?

Os dejo, a modo de postal escrita, estas palabras de Eugenio D’Ors:

¡Noches claras de fin de diciembre! ¡Noches propicias a la meditación, cuando el año agoniza!

Salimos de 1923 desolados, pero muy limpios… Nuestras almas son hoy como aquellos pueblos que las batallas arrasaron, y en donde se han barrido los escombros antes que dar principio a la nueva faena de construir y de sembrar. Eugenio D’Ors, Nuevo glosario (1947)

Sigamos el surco de nuestro arado y alarguémoslo. Que paséis muy buena noche y gracias por ir arrancando conmigo las hojas del almanaque.

Solo serrín

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“Antes a los profesores universitarios se les respetaba, eran alguien, ahora ya ni eso. La gente admira más a Belén Esteban”, me dice un profesor universitario que a lo mejor sueña con tener una alfombra roja a la salida de su Facultad. Cuando un alumno me escucha con atención o encuentro en alguna práctica alguna referencia de las llamadas secundarias, o han prestado atención a un autor que les he recomendado, ya me siento muy respetada. Lo que piense el vecino de la esquina me da igual.

Esta mañana he ojeado uno de los diarios del cosmopolita Rufino Blanco-Fombona, uno de los personajes de mi Tesis. Dice en unas palabras preliminares: “Todo libro de memorias, todo diario de vida, choca a una minoría: los pascalianos enemigos del yo. En cambio, puede interesar, por humilde que la obra sea —y el yo y la vida que la obra transparente—, a los que piensen que nada hay más importante para el hombre que el hombre mismo; que todo, hasta las ideas más abstractas, los descubrimientos científicos más osados, las pasiones más motoras del universo social, van implícitas en ese muñeco de dos piernas, dos brazos, un cuerpo trufado de entrañas y una cabeza a menudo solo de serrín”. Una obviedad bien expresada vale más que intentar descubrir la pólvora.

Récord

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foto del Portal de Bibliotecas de Madrid

Encuentro eta simpática nota en El Sol de octubre de 1918 sobre la Biblioteca Municipal de Madrid, cuyo cargo de director ocupó Manuel Machado:

“Nota de la Alcaldía:

La Biblioteca municipal madrileña ha llegado en estos últimos meses al máximum de la concurrencia de lectores, hasta el punto de resultar muchos días exiguo e insuficiente el local en que se halla instalada. Más de 700 obras han sido servidas al público en los últimos treinta días. Consignamos con júbilo estos hechos que revelan ante todo el creciente deseo de cultura en nuestro pueblo y, al par, no sería justo negarlo, el noble afán y el acierto con que el Ayuntamiento de Madrid se esfuerza en contribuir al desarrollo y mantenimiento de tan buenas disposiciones”.

Auden

Auden_Getty

W. H. Auden es uno de esos poetas que, al contrario que otros cuya lectura en su día me entusiasmó, me sigue pareciendo estupendo cada vez que regreso a él. Me he detenido en una expresión que me parece magnífica: la deuda de la imaginación. Parece el título de una novela decimonónica. Pertenece a su poema, a ratos desigual, “Epílogo” —me gusta solo a partir del verso “El tiempo te ha enseñado…”—. La deuda de la imaginación es el pecado original del laico, que se arrastra hasta el fin de los días y que de ningún modo se consigue saldar. Sin embargo es el motor que nos empuja, aunque los pasos den a parar al precipicio. Solo por aquellos momentos dorados de los que habla Auden merece la pena asumirla.

*hoy, de camino a la UCM, he visto que se ha cambiado el nombre de la estación “Metropolitano” por “Vicente Aleixandre”, poeta que nunca ha conectado con mi sensibilidad (sorry!). Si el Ayuntamiento pretende honrar el nombre del poeta, quizá hubiera sido más operativo hacer algo con la casa en ruinas. Pero claro, eso lleva más tiempo y mayor inversión.

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Anoche me pasó algo mágico derivado del almanaque. Escribe una estas líneas sin saber a dónde llegan y mucho menos cómo pero, como digo, anoche recibí un mensaje que me alegró enormemente. En unos días este lugar cumplirá un año y, en este tiempo, ha pasado de todo, incluso me temo que se ha constituido un club de agraviados formado por personas que se dieron por aludidas en frases que ni siquiera contaban con un referente concreto. Es un mal intrínseco de la escritura: pones algo de carácter misterioso o crítico y cinco creen que va por ellos, y si ocurre que hay una verdadera motivación por lanzar alguna indirecta, el destinatario ni lo lee o ni se percata. Pero en general lo bueno supera con mucho a estas pequeñas espinas. A veces se tiene la sensación de que, al igual que en un aula, se está explicando un tema al auditorio y solo uno o dos alumnos te miran con atención, acaso con expectación. Solo si hubiera uno o dos lectores ya sería suficiente, pues se da la diferencia de que en este caso el tema, que es la vida, me la intento explicar a mí. Para ese alumno que toma sus apuntes con ahínco, pese a mi inexperiencia, hablo; para esa persona que se encuentra enfrente del ordenador escuchándome, no obstante los defectos que sin duda hay, escribo. A ti, gracias.

Constituciones

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Me caduca en unos días la tarjeta del Club de Renoir y, como me quedaba una invitación sin gastar, he aprovechado para pasar algo más de una hora fuera del mundo en esta apacible tarde de domingo. Últimamente no me ha llamado la atención ningún film, así que he fundamentado la elección en la estética del cartel, como ocurre con los ligues de discoteca. The Guilty me ha parecido una película estupendamente narrada; en particular, me ha interesado el cuestionamiento de ciertas ideas preconcebidas referentes a historias domésticas. Y la constatación de que, pese a todo, existe la posibilidad de redención. Al salir del cine, paso delante de una de esas franquicias-librerías cuyo reclamo es, en su totalidad, comercial: un libro por 3€, dos por 5€, incluso libros al peso. Puede que algún crítico marxista-leninista esté trabajando en un sesudo artículo académico, tal vez un ensayo, sobre los métodos capitalistas de cuantificación del valor del libro. En el escaparate estaba el Cuaderno amarillo de Sálvador Pániker, autor ya olvidado apenas un año después de la publicación de su diario póstumo. Le comentaba esto último a JCM, íntimo amigo suyo, y me dijo que en Barcelona no lo percibía así. En cualquier caso, Diario de otoño me sigue pareciendo un libro inolvidable.

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Una prima pequeña me ha llamado aterrada porque debe leer el Lazarillo de Tormes y dice no entender nada. Me pregunta si lo he leído, y dice que es muy difícil, que no está escrito en español. Puede que a los ojos de un lector novel ya no sea español —esto es muy discutible, obviamente— pero de lo que no cabe duda es que lo que cuenta el desconocido autor de esta célebre novela picaresca es completamente español.

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Río Duero

 

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Antonio Machado

Ayer me desperté cuando aún era de noche para dirigirme a la Avenida de América, donde me subí a un autobús con destino Logroño. Yo me bajé en Soria. Cuando el conductor abrió la puerta a los pasajeros, una mujer mayor adelantó la cola y gritó “¿¿Este es el bus que va a Soria??”. Le contestaron varias personas que sí, y dejó de un golpe el maletón que portaba. Ya habíamos subido algunos cuando decidió pasar, sin considerar el orden de la fila. “¡Ay, hija mía! ¿Este es el 26? Me voy a sentar contigo, guapa”. “Este es el 13, el 26 está más para atrás” (mientras decía esto, ya se había formado tapón en el pasillo). Finalmente, se sentó al lado de una mujer —desconozco si sería el número asignado—, con el respaldo inclinado al máximo y una manta gigante que alcanzaba su barbilla. Mientras se acomodaban los demás, he escuchado alguna pregunta que le formulaba a su compañera. “¿Estás novia?” le ha dicho, y todos hemos podido conocer que sí, pese a que no nos interesaba. “Yo voy a ver a mi hijo, que está en la cárcel”. “Vaya ¿y eso?”, “Es que se porta muy mal, se porta muy mal…”, “Le tienes que decir que se porte bien”, “Se lo digo, pero no me hace caso”. Por fortuna, al arrancar el vehículo se ha callado y me he podido dormir un poco. He despertado en Medinacelli, un pueblo de piedra marrón que me ha trasladado a otro siglo. Los pueblos manchegos se caracterizan por una mayor plasticidad, son más nuevos —en Castilla y León hay rastreos de épocas celtibéricas— y las construcciones se rematan con fachadas blancas de zócalos azules o granates, en función de la comarca. Esa rocosidad ha sido la tónica de Almazán y, al cabo, Soria. La literatura, o por lo menos la Historia de la literatura, está presente en esta ciudad, pues en ella residieron Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego. Aparte de las reliquias turísticas, como un olmo seco, supuesto olmo original que inspiró a Machado para su poema, que hace las veces de sábana santa de la literatura, espada del Cid o mano del Ché, hay una influencia verdaderamente latente de Soria en la obra de estos tres escritores. En el caso de Machado, Soria significó la estabilización laboral y sentimental-formal, pues allí contrajo nupcias con Leonor.  Me ha gustado pasear por el parque Alameda y recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la calle principal, en buena compañía y con la guía formidable de JLS. Regresé a Madrid, de nuevo de noche, con el recuerdo ya perenne de una Soria sucedida.

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Gerardo Diego

Los Shelby

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Solo por ver cómo visten ya merece la pena

Estas semanas he estado viendo la serie Peaky Blinders. La primera temporada me entusiasmó, porque el perfil del protagonista, Thomas Shelby, estaba muy logrado, nada maniqueo a pesar de que se presentase desde el principio como alguien al margen de lo legal o, si me permitís la cursilería, del sistema —él y su tribu gitana tenían su propio sistema—. Se metió en líos con la policía e incluso con el Gobierno de Churchill; paralelamente, se construía una historia de amor entre una espía y él, que además padecía un Trastorno de Estrés Postraumático a raíz de combatir en la I Guerra Mundial y por este motivo vivía atormentado. Había otros hilos, de los que fueron tirando las siguientes temporadas. Me interesaron menos, pero hubo un personaje aparentemente secundario cuyas problemáticas favorecieron que se le prestara progresiva atención: Arthur Shelby. Los hermanos Shelby funcionan mediante una estructura piramidal en cuya cima está Thomas, y como base de apoyo del primero, John y Arthur. La familia no se habla con el padre, que llega de visita y Arthur comete el error de confiar ingenuamente en él. Como le habían avisado, se la juega. Es una persona muy vulnerable, que a pesar de la apariencia ruda sufre y tiene muchas dudas sobre sí mismo. Sufre un grado notable de esquizofrenia, pero su entorno no lo comprende porque ni siquiera conocen que su malestar responde a ese término científico. Resurge de las cenizas a pesar de la ausencia de tratamiento profesional y comienza una nueva vida capitaneada por una Fe que nunca había profesado. Hay otro momento, en la última temporada, que realza su humanidad y lo avala como un personaje memorable de la ficción serial pero, ante todo, como hombre.

arthur shelby