Viajes arquitectónicos

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He disfrutado mucho de la crónica Queríamos un Calatrava, del periodista catalán Llàtzer Moix. El subtítulo “Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio” sintetiza muy bien el sentido de un libro dedicado a Santiago Calatrava. De los testimonios que recaba Moix, a través de los cuales construye un relato del arquitecto valenciano, se vislumbra una basculación entre la personalidad seductora de Calatrava a la hora de firmar el contrato y el aborrecimiento por parte de políticos y contribuyentes de la obra finalizada. Si hablamos de arquitectos contemporáneos “estrella”, a mí me gustan mucho más Renzo Piano —me quedé asombrada el pasado verano al contemplar la belleza de la Fundación Botín, cuyo edificio diseñó él, por poner solo un ejemplo–, Oscar Niemeyer o Norman Foster —por cierto, rival de Calatrava, y sus rencillas, todas por parte del español, se explican en el libro—, pero es innegable el mérito de Santiago Calatrava y de su estudio. El Puente de la Constitución de Venecia, desde una vista aérea, es impresionante, y su ligereza es prodigiosa. Pero no su funcionalidad. El puente conecta una estación de tren con una de autobuses, de manera que es de esperar que los viandantes porten maletas. No está adaptado para los minusválidos, la longitud de los escalones es irregular, y la superficie es de vidrio, con lo cual no es difícil resbalarse (ocurre igual en el puente Zubi Zuri de Bilbao). Una de las causas del repudio ha sido el sobrecoste de las obras. Moix aporta cifras y son espectaculares. Cuando el periodista habla de esos presupuestos, casi sin límites, traza también un periodo, conocido como la burbuja inmobiliaria, en el que una constelación de políticos y empresarios saqueó los fondos que, si se hubieran destinado a otros fines, no estaríamos hablando hoy de edificios deslucidos y con goteras, metáforas de la España posboom inmobiliario.

Lo que queda de una vieja llama

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Thomas Hardy

 

Estos días, quizás por el sesgo cognitivo, o quizás porque se acerca el Día de los Enamorados y se supone que hay un ambiente favorable al amor, he visto con más frecuencia en el metro a jóvenes que sonreían al leer los mensajes recibidos en su móvil o al escribirlos ellos mismos. Se trata de sonrisas reveladoras, nacidas del cosquilleo enamorado. Esos mensajes son el semillero precursor de la pasión, para los que la espera se convierte en dolencia febril y la imaginación es un terreno que se abona sin medida. Entreveraba las miradas fugaces a esos rostros ilusionados con la lectura de poemas de Thomas Hardy, cuya compañía es balsámica.

Sentada en una sala de espera, he podido observar fragmentos de la charla que ha mantenido una chica con su novio, Iñaki, a través de whatsapp. Ella estaba algo nerviosa: sudaba, se movía en el sitio y se tocaba el pelo impulsivamente. Por lo que leí, tienen la intención de comprar un piso, para lo cual, lógicamente, tienen que escoger una finca y, con posterioridad, decidir la manera de ejercer el pago. Entre los dos, escribe ella, ganan 3000€. La chica decía que había visto un piso bonito en Acacias. “—¿Acacias? No me seas pobre”. Cabe recordar el concepto, acuñado por Adela Cortina y desarrollado en un libro que se publicó el pasado año, de aporofobia. Primero, me sorprende que alguien, en el desarrollo de una conversación decisiva para tu futuro, emplee ese tipo de argumentos; segundo, ¿irse a vivir a Acacias es ser pobre? Obviamente, no, y menos en una ciudad como Madrid, en la que hay libertad de elección en educación y sanidad, de modo que el barrio donde residas no te determina tanto. El chico le recuerda que un piso que vieron de 80 m2, de dos habitaciones —el tácito propósito de tener descendencia—, estaba muy bien. La chica salió del whatsapp y entró en una aplicación que permitía calcular las mensualidades de una hipoteca. En la casilla del plazo para pagarla, puso 25 años. Me quedé atónita. “Eso de encadenarse a otra persona de por vida es invención del diablo”, decía Tristana, que paradójicamente es un ejemplo de encadenamiento perpetuo.

 

*Lo que queda de una vieja llama es el título de uno de los libros de Thomas Hardy y la foto se ha extraído de The Guardian.

Sindicatos

Esta mañana he tenido una reunión en la Biblioteca Nacional y, como he llegado pronto, he esperado a que llegara la hora en la Sala de Prensa y Hemeroteca. Estaba expuesto en una estantería un número de Claves de la razón práctica de 2015, dedicado al sindicalismo, y me lo he llevado a la mesa. El rol de los sindicatos en nuestra sociedad es un tema sobre el que es interesante reflexionar. En su artículo, Nicolás Redondo Terreros señala tres factores por los que los sindicatos carecen de un papel prominente en el debate público: en primer lugar, la excesiva vinculación política de UGT y CC.OO. durante los gobiernos de Zapatero; en segundo lugar, la falta de un modelo sindical en España y la dependencia con respecto al Estado, que soporta el coste de su mantenimiento —con las consecuencias que ha acarreado, como se ha visto con los cursos de formación, por ejemplo—; y, en tercer lugar, el rechazo del Gobierno actual a los sindicatos. Redondo Terreros afirma que no conviene prescindir de ellos y que “dan seguridad, institucionalizan los conflictos, son herramientas para integrar a muchos sectores sociales”. Manuel V. Gómez, por su parte, en un texto muy interesante sintomáticamente titulado “El problema de ser Institución”, pone de relieve la reducción de la afiliación —tanto en España como en los demás países europeos—, la quimera del modelo bisindical UGT-CC.OO. y la aparición de partidos y movimientos sobre los que se han proyectado las fuerzas que antes movían a los sindicatos.

Urge un debate sobre su verdadera función, sobre lo que realmente hacen, sobre su vinculación con los empleos del futuro-presente y la robotización, y sobre su estructura interna.

Debate

Debate

 

Esta mañana ha tenido lugar en el CCHS-CSIC la tercera sesión de los Debates en la incertidumbre, interesantísima actividad impulsada por Julio Pérez Díaz que esta mañana he tenido el placer de presentar. Hemos conversado sobre los significados del término posverdad, sobre Internet, sobre la política y las emociones y, en último lugar, sobre el periodismo. Participantes estupendos, argumentos bien presentados y un ambiente genial.

Vida privada

Había un nutrido grupo de niños y algunos de sus padres en la puerta del colegio por el que paso cada mañana. A juzgar por sus mochilas y lo ilusionados que estaban, hoy tenían programada una excursión. He tenido que cruzar el tumulto, y en el epicentro he escuchado a uno de los padres consolar –o todo lo contrario– al único que lloraba: “Hijo, de verdad, que no es el fin del mundo”.  Pero lo que más me ha impactado ha sido la imagen de uno de los niños, apartado de los corrillos, con una baraja de cartas en la mano. Era rubio, con el pelo un poco largo, la tez palidísima y una mirada inquieta. He sentido un pinchazo de dolor en el corazón. Espero que sea fuerte.

Esta mañana he estado leyendo el informe “Europe online: an experience driven by advertising” (muchas gracias a M. por enviármelo). De las conclusiones que aparecen, extraigo esta: hay una preferencia de los usuarios de Internet por los contenidos gratuitos, sin importar que su consulta permita el acceso a los datos de navegación. Hay mucha información sobre el tema del “big data”, y la mayoría parte de la premisa de que se invade nuestra vida privada –y es cierto–. Pero esa idea imbrica también la conciencia de la exposición de la vida privada como algo negativo. Se dicen frases como “las redes sociales han acabado con nuestra privacidad”. Tal vez lo que ocurre es que la vida privada ha dejado de ser un valor, como en su día lo fue y después dejó de serlo –para amplias capas sociales—la virginidad. Otra cosa es, naturalmente, la vida íntima, que muy poca gente tiene, como dijo Pániker, y que es imprescindible para, entre otras razones, tener ordenados nuestros afectos.

Cuesta creer que hayamos terminado así, si es que se puede afirmar que empezamos algo. “Porque está en silencio. Está en silencio en virtud de que no contiene nada tuyo” (William Carlos Williams). He perdido la voluntad de amar.

Noctámbulos

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Detalle de Noctámbulos, de Edward Hopper

Una maravillosa película y posterior cena en un sitio estupendo. Esa fue la última vez. ¿Qué podía fallar? Hemos fallado nosotros y ha fallado la idea de lo que podíamos construir juntos. Con el agravante de la efeméride: estamos a una semana de San Valentín. La imprevisibilidad de los sentimientos puede provocar el paso repentino de una ilusión profunda al recibir un presente muy bello a, días después, como dijo Philip Larkin, la necesidad de hallar “palabras que sean sinceras y agradables, / o no insinceras y desagradables”.

— S. perdona que no te haya podido contestar antes, pero es que se me rompió el móvil y se me han perdido todos los contactos.

— Ah, pero tenías mi correo, ¿no?

— Es verdad, no caí…

— No te preocupes. No te he buscado.

iWatch

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What’d they call a Big Mac? 

Quedamos mi amiga Lucía, su nuevo novio y yo para merendar ayer. El chico quería comprarse un iWatch —el reloj de la marca Apple-, así que lo acompañamos a la tienda de Sol a cumplir su deseo. Esa tienda llama la atención porque no parece que lo es: entras y sientes que estás en un espacio sin barreras entre los objetos, los trabajadores y tú. No hay zona de cajas: se cobra el importe en el acto, después de haber sido atendido con una simpatía que roza el colegueo. Nos dirigimos a la parte de los relojes, y el novio requirió la atención de uno de los dependientes. “—¿El iWatch es compatible con mi móvil? [se lo saca]”. Es un Samsung, último modelo. “—¡Claro!”. “—¿Y podré llamar también?”. “—¡Por supuesto! De hecho, yo no paro de llamar. Mira, es que es superútil. A mí que no me gusta nada fregar, pero claro, tengo que ayudar a mi chica, cuando friego digo voy a llamar a alguien. Y mientras friego hablo tranquilamente, así se me pasa enseguida”.