Calimas

IMG_20180804_192624

3/8/18, 19:33, calima en Seseña (Toledo)

Después de meses sin usar Uber, ayer volví a descargarme la aplicación y a contratar el servicio para dirigirme a Méndez Álvaro. Tengo instalada myTaxi, muy similar a las de Uber y Cabify, solo que, como el nombre indica, pertenece al sector del taxi. Indiqué el lugar de destino y, enseguida, pude ver las dos tarifas disponibles (UberX, coche corriente, y UberONE, eléctrico, un poco más caro) y el trayecto por el que circularíamos. Pude ver los vehículos de Uber que había libres por la zona y, en cuanto le di a confirmar el viaje, el más cercano vino hacia donde lo esperaba –en la pantalla salía por dónde- y me salió una ventana de información sobre el conductor –nombre, valoraciones, tiempo como conductor y modelo de vehículo, entre otros datos-. Cuando llegó, el conductor, que iba vestido con camisa y corbata, se bajó y metió mi maleta en el maletero. Una vez dentro, me preguntó si la temperatura estaba a mi gusto y qué música o emisora me apetecía escuchar. En otras ocasiones, me han ofrecido agua, zumo e incluso bombones. Le dije que no tenía ninguna preferencia y, casualmente, cuando encendió la radio sonaba una canción que me gusta mucho. “He visto que llevas dos meses como conductor. Te ha pillado todo el conflicto”, le digo. “Dos meses en Uber; antes estuve en otra VTC”. “¿Y te han hecho algo?”. “Pues me han tirado muchas piedras, por ejemplo”. Cuando llegamos, me tiene que dejar a unos metros de la estación para evitar enfrentamientos y, unos minutos después de dejar el coche, debo valorar la experiencia en la aplicación.

Las VTC deben pagar impuestos en España, lógicamente, y el taxi debe renovarse –empezando por sus formas, que se han visto primitivas y salvajes en sus últimas protestas, y continuando por la revisión de sus licencias-. Me temo que transferir el problema a las comunidades autónomas solo agravará el conflicto.

Muy extraño

He recibido un libro sobre El País y la cultura de España en un paquete sin remite, que además estaba abierto. Supongo que se trata de una costumbre por parte de cartería, porque en enero una persona me envió, como sorpresa, otro, y también había sido inspeccionado. Menos mal que no ponía nada comprometido… He bajado para preguntar si había algún papel o certificado en el que se indicara el lugar de procedencia, pero ha sido en vano.

El gran PN me conminó hace unos meses a hablar de mis trabajos en el almanaque, pero hasta ahora no me había salido hacerlo, bien porque no ha surgido o por considerar que no era el lugar idóneo. Estoy haciendo mi Tesis doctoral sobre los suplementos culturales, entre los que se encuentra, como es bien sabido, Babelia. Algún día contaré por qué ese tema y las sensaciones y anécdotas vividas desde que comencé su redacción. Conocía la existencia de La Fiera Literaria, pero no de uno de los libros surgidos al calor de ese portal. ¿Conozco yo a alguno de los miembros de esa comunidad? Por lo que veo, escriben con seudónimos, así que quizá sí. Sin embargo, sucede que el autor del libro falleció en 2013, de modo que queda descartada –obviamente- la posibilidad de que me lo haya enviado él. En fin, muchas gracias al anónimo apóstol de la contracultura contemporánea. ¿Quién eres?

Vientos

IMG_20180802_202614

Si bien el miércoles fue un día sereno, de esos de otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido (Novalis), ayer varios acontecimientos se sucedieron desde temprano. Por la mañana experimenté una recaída. El lunes por la tarde tuve cita médica y me dijeron que iba muy bien. Sabía que podía volver a pasar –antes o después-, así que por lo menos ya tenía unos mecanismos para que no se prolongara demasiado ni que fuera muy fuerte (sé que la lectura sería más fácil si dijera de qué se trata exactamente, pero de momento prefiero reservármelo). Cuando se me pasó, me metí al correo y encontré un mensaje de JCM. La mañana adquirió otro cariz. Y por la tarde L., su novio y yo fuimos a la Fundación Mapfre, para visitar la exposición dedicada a Brassäi. Su organización en bloques temáticos, en lugar del tradicional criterio cronológico, engrandece la muestra. Su mirada a los bajos fondos de París va más allá de los mitos de los años 20 y nos descubre un mundo antiglamouroso y auténtico. Una vez desalojado el lugar a las ocho –llama la atención que cierren tan pronto en periodo estival-, nos dirigimos hacia la pizzería que se ha puesto de moda en la calle Hermosilla. La velada se alargó en uno de los locales de la zona, en el que por desgracia no había taburetes libres para sentarse, de modo que, entre las cuñas y el verdejo, me estaba empezando a cansar. Crucé el pub, abarrotado de gente, para ir al baño, y una vez en ese espacio más o menos independiente –el volumen de la música era muy inferior-, tuve que esperar. Mientras observaba las fotos colgadas en la pared, escuché que una voz masculina me preguntaba: “¿Están todos ocupados?”. Me di la vuelta y, cuando lo hice, me pregunté si acaso he estado todo este tiempo de espaldas a la belleza. La desinhibición que producen los néctares y la sonrisa de presentación propiciaron el inicio de una agradable conversación, que se vio interrumpida por la última usuaria del servicio. Pasé, claro –había más gente esperando-, y cuando salí ya no estaba. Volví a donde estaban L. y J., y retomamos la charla –lamenté no poder continuar la otra-. Al rato, noté cómo alguien me tocaba con suavidad el brazo. “¡Hombre, estás aquí! Por fin te he encontrado”. Mi amiga me miraba con cara de “hace media hora nos contabas que habías comenzado una etapa de retiro y recogimiento”; yo me limitaba –naturalmente- a sonreír. Y ahora dejemos hablar al viento, como dijo Onetti.

Martes

IMG_2783

current mood

Anoche soñé que olvidaba el pin del móvil. Una persona me preguntaba las dos primeras cifras y yo era incapaz de responder. “Solo tienes que poner los dos primeros números”, me decía. No me acordaba –esas cifras se memorizan como una unidad, y el ejercicio mnemotécnico decisivo es el movimiento de los dedos sobre el terminal, datáfono, etc.-. Horas después, escuché a una mujer gritar “¡Para, para!” en la calle, y a un hombre que le increpaba con unos sonidos que no logré descifrar –tal vez ni siquiera eran frases-. Me levanté enseguida, por si era necesario llamar a los cuerpos de seguridad, y me asomé por la ventana. La calle estaba desierta, apenas pasaba algún coche y las copas de los árboles se mecían levemente. Esperé unos minutos para ver si se repetía algún grito, pero no oí nada. Dudo acerca de si lo escuché o, en realidad, fue un espejismo onírico.

__

Casi le escribo a X. “No es buena idea”, me disuade mi amiga M. “¿Para qué?”. “Ahora siento que todo es más plano”. La confrontación con el presente gira en torno a la invocación de un fantasma.

__

Esta tarde-noche he salido a correr. Ahora mismo estoy agotada. ¿Ya se va notando la edad? Cenaré, me pondré una mascarilla de arcilla violeta y meditaré. Mañana tengo comida de despedida de vacaciones con mis compañeros.

Lunes

Espía

Me pasa X un enlace de un blog que, hasta hoy, desconocía. “Mira, ¿no te resulta familiar?”, me dice. “Está claro que te lee muy atentamente”. Me meto: se trata de una bitácora de apenas un par de meses, en la que hay un puñado de entradas en las que se habla de temas –incluso, de escenas- que hemos tratado aquí. Ya sé que nihil novum sub sole, etcétera, y menos el género del dietario, pero los demasiados haces de semejanza me ponen en alerta. Se lo paso a mi madre, y a M. y a JL., amigos y sagaces lectores del almanaque desde sus orígenes, y los tres coinciden en su opinión -muchas gracias por vuestras cariñosas palabras-.

Cuando abrí el blog en WordPress, en una web en abierto, sabía que me exponía; primero, a mí misma y, después, a que cualquiera entrara por aquí, y juzgase y se inspirase, incluso que copiase. Ya ha ocurrido, siete meses después. Sucede, además, que conozco a la sujeto –la he llegado a tratar en persona en un par de ocasiones-, y, dada la opinión que tengo, tenía, de ella, me sorprende doblemente lo que ha hecho. De momento, este giro del guion pone de manifiesto muchas cosas sobre las que es preciso tomar decisiones. A ti, querida amiga: me parece fenomenal que quieras escribir, pero, por favor, acude a tu biblioteca más cercana y fíjate en los grandes, no en esta aprendiz.

Último domingo de julio

91dRgDyiflL._SX355_

He recordado gracias a la imprudencia de Sánchez lo mucho que me gustaban The Killers años ha. Tengo en PM los discos que publicaron hasta 2011. Después de aquel año, les perdí la pista. The Killers fue la banda sonora de uno de esos veranos que cumplen la función de ritos iniciáticos al mundo adulto. Se trató de uno de los varios cursos de inglés en el extranjero, esas experiencias en las que el idioma es lo de menos. Sales de tu entorno y convives con un abanico de jóvenes personalidades gracias a las cuales la mente se expande y tomas consciencia de la variedad de estilos de vida, de creencias y de maneras de entender el mundo que existen (en esos tiempos las redes sociales no estaban aún generalizadas, de hecho, aún no había smartphones). Conocí a un muchacho de Levante. Se llamaba Pablo. ¿Qué habrá sido de él? Lamento haber olvidado su apellido. En cambio, tengo grabada en la retina la imagen del chico saliendo de una discoteca con una mano en los ojos, limpiándose las lágrimas. Un rato antes habíamos hablado. Al día siguiente, no acudió a clase y una paisana suya me contó que se encontraba mal. Sentí un pinchazo en el pecho: era mi culpa. Quizá en otro sitio; de otra manera. O tampoco. Las cosas, cuando no surgen, es mejor dejarlas ir.

__

— Cariño, ¿tienes hora para limar y esmaltar?

— Paqui, tenemos overbooking hoy, me queda hacer una manicura y una pedicura. Y después cerramos… El lunes vienes y te la hago.

— Pero es que el lunes a las 11 tengo médico y no puedo ir con estas uñas… ¿No hay otra chica libre?

— Están peinando ahora mismo. Si quieres, quédate, pero tendrás que esperar una hora por lo menos.

— Ay, gracias, guapa, pues me siento aquí y me espero.

La señora se sentó en una silla, con el bolso en otra y el brazo apoyado en la mesa para los tratamientos de manos. No parecía tener ninguna prisa. Mientras se me secaban las uñas, la observaba disimuladamente. Ella leía el ¡Hola!, con una sonrisa que transmitía, más que interés por la crónica rosa, el bienestar de quien no se quiere marchar de un sitio. Esta mujer me recordó a otra que, el año pasado, me agarró con delicadeza del brazo para preguntarme, casi en un susurro: “¿Me ves bien el pelo? Acabo de salir de la peluquería…”. Naturalmente, le dije que sí, que estaba muy guapa. La misericordia que solicitaban sus ojos no admitía otra respuesta. Con cierta probabilidad, las dos ancianas tengan en común una situación de soledad –acaso sobrevenida por la viudedad-: la primera desea a alguien con quien pasar la tarde, y la segunda anhela a un interlocutor con el que sentirse satisfecha con el peinado.

La cantidad de ancianos que viven solos en sus casas no deja de aumentar. Estos días ha sido noticia la inauguración en Barcelona del Programa Vincles, un servicio que nace con el objetivo de apoyar a los mayores que viven solos. En Madrid, desde 1987 la Fundación Amigos de los Mayores ha desarrollado programas de acompañamiento y actividades de sensibilización. El problema de los ancianos es que la soledad puede ir ligada al aislamiento: la movilidad reducida y enfermedades de distinta índole provocan que las formas de paliar la soledad incómoda se reduzcan drásticamente. La soledad se vuelve encierro.

__

IMG_20180721_203400

“Dejemos al mañana el capricho del mañana”, Juan Ramón Jiménez.

 

Posdata. Un saludo especial para MV, que hoy comienza su aventura en una expedición de Greenpeace. ¡¡Lo vas a hacer genial!!

Gustos

d3b38a3bc6770844c42321adea750eb5

Esta mañana he ido a comprar un regalo y, aprovechando que no hacía demasiado calor, me he dado un paseo. He pasado por un local situado justo a la salida del metro Velázquez en el que, durante el verano, varias marcas exponen sus productos. A esto se le conoce ahora como pop-up store, pero no es más que un mercado, de ropa, zapatos y accesorios. Entiendo que, en el márketing, decir mercado pueda recordar al “mercaíllo”, y que, consecuentemente, el cliente desvalorice los productos. Me sale un chiste, pero no vayamos a ofender a ninguna minoría. La cosa es que me ha llamado la atención un expositor de colgantes y pulseras y, mientras observaba los modelos, he escuchado a una mujer y a un hombre charlar. Uno de los dos sería el propietario del tenderete. “En esta vida hay dos clases de personas: las que visten bien y las que no. Y hay más de los segundos que de los primeros, así que yo vendo para los segundos, aunque la ropa me parezca hortera”, le decía el hombre a la dependienta, de la que enseguida supe que era la dueña al saludarme. “Esto es así”, zanjó.

Dejando un lado la obviedad de que el gusto es subjetivo y de que sobre ellos no hay nada escrito, es triste dedicar tu negocio a un nicho de mercado que desprecias y sobre el que hablas de esa manera. Me lo imagino recibiendo a los clientes y regalándoles el oído con falsos halagos. “¡Esa blusa te queda estupendamente!”, etc. Él, al mirarse al espejo ¿qué se dirá?