Personajes del 98

pío baroja libros

Pasando páginas del diario Informaciones en busca de un artículo cuya referencia exacta desconocía, he dado a parar con una entrevista algo delirante de Josefina Carabias a Pío Baroja. Se titula “¿Por qué no se ha casado usted?”, pregunta principal de la periodista. Contesta que “vinieron así las cosas” y que apenas recuerda vagamente haber tenido una novia, que le dejó al desilusionarse por su vocación literaria –prefería a un ingeniero de caminos–.

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Hoy he vuelto a leer uno de mis cuentos preferidos: “Una lucecita roja”, de Azorín. Se trata de uno de los textos más bellos, por sentido y por primoroso en las descripciones, que son pinceladas, de don José María. Se expone el eterno retorno de Nietzsche de manera magistral: la lucecita roja de la estación anuncia la llegada de los trenes mientras que, a su alrededor, la vida va pasando, repitiéndose pese a que el andamiaje de los sucesos se troque diferente. La compra de objetos permite crearnos la ilusión de la posesión, sin embargo —en líneas generales— estos nos sobrevivirán y nuestro epitafio pondrá de manifiesto que nosotros solo somos peones de paso con un nombre y un par de apellidos. La vida seguirá y tendrán lugar hechos parecidos, protagonizados por otros sujetos igual de insignificantes.

Aquí residió Manuel Machado

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Después de consultar unos periódicos en la Hemeroteca, he caminado hacia la calle Churruca, en cuyo número 15 se encuentra el piso donde residió durante gran parte de su vida (1917-1947) el poeta decadente Manuel Machado. Pero Machado no solo se define como poeta: también cultivó la prosa y ocupó cargos de responsabilidad, como el de director del Museo Municipal de Madrid y de la Hemeroteca, de la que por cierto este mes se conmemora el centenario de su inauguración. He pulsado el timbre del 1.º A-izquierda. Evidentemente, no esperaba ninguna voz de ultratumba, solo un inquilino que me permitiera entrar y visitar la finca —ambas empresas, en cualquier caso, ingenuas—. Ha dado la casualidad de que salía un vecino y, en esas, he aprovechado para pasar al portal, diáfano y decorado con azulejos. Al fondo, un patio en el que se escuchaba cantar a una muchacha, acaso reminiscencia de aquellas coplas que don Manuel entregó al pueblo. Las escaleras de madera, en las que un paso era un crujido, seguramente sean las originales. La barandilla, pintada de rojo, testigo de las innumerables veces que habrá subido y bajado, para asistir a alguna tertulia, para dar un paseo con Eulalia Cáceres o para cualquier otro menester. Roja es también la puerta de madera del piso, frente a la que me he detenido brevemente esperando la posibilidad de que volviera a salir alguien. Y me he sentido como una tarde del otoño viejo, de saudades sin nombre, ante la inmensidad de la obra de quien ha sufrido la losa de la etiqueta reduccionista y la comparación constante con respecto a otro. Es hora de abrir esa puerta.

Un nuevo suplemento

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El domingo compré El Mundo alentada por el anuncio de un nuevo suplemento. Como sabéis, mi Tesis estudia la prensa cultural, y en determinadas ocasiones una cree que está ante un objeto en vías de extinción, salvando casos en continua renovación y atención a lo digital como el ABC Cultural y El Cultural. Se llama La Esfera de Papel. Esfera de los Libros, precisamente, fue el anterior a El Cultural, ambos vinculados a El Mundo, aunque este último —que en inicio perteneció a La Razón y fue impulsado por Luis María Anson— ha alcanzado, desde hace tiempo, la fisonomía de revista y presenta características que lo acercan más a ese formato que al del suplemento tradicional, como la venta independiente, el sistema de suscripciones autónomo y la edición a cargo de Prensa Europea del Siglo XXI.

El suplemento presenta una estética agradable y sus firmas pertenecen a la redacción de El Mundo. Me han sorprendido, fundamentalmente, dos elementos: por un lado, la ausencia de reseñas de libros, parte esencial de este tipo de publicación. Sin embargo, no me parece mal, pues como expongo en un artículo de próxima publicación —lo anunciaré por aquí— se está produciendo una serie de cambios en la crítica literaria en prensa, muchos de ellos fundamentados por características extraliterarias y propias de los intereses de una industria cultural. Por otro lado, más ausencias: no hay colaboradoras ni artistas. Es curioso que en el primer número aparezca Almodóvar, al igual que en el primero de Babelia (en este caso, artículo titulado “Almodóvar también llora”), pero ocurre que todos los demás entrevistados y firmantes son hombres.

Veremos cómo se desarrolla la iniciativa.

Llega la noche

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Tarde de Archivo. Foto en el ascensor

Mencionaba el sábado la soledad como característica esencial de la escritura. Ocurre que en los blogs, sin embargo, la inmediatez de publicación difumina esa línea que divide en dos fases bien diferenciadas el proceso de escritura: de un lado, la concentración y el reposo solitarios frente a la pantalla o al papel; de otro, compartir el texto, hacerlo público. En el caso de la publicación de un libro, está claro que hay dos momentos correspondientes a dos modos de sentir. En una bitácora ocurre lo contrario: uno recibe una reciprocidad casi al instante de publicar lo que acabas de escribir; además, por mi parte he manifestado su vocación de configurarse dietario. (*Me ha animado a plasmar esta nota al vuelo la lectura de P. El poema de V. Gallego estaba motivado por ese aislamiento elegido con respecto al texto; en absoluto se refiere a la esfera social).

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Lamento el cierre de La Librairie Française. Refugio de las culturas francófonas en un local acogedor de la calle Duque de Sesto (entre Príncipe Pío y Goya). Solía acudir por allí cuando estudiaba francés. Tengo un buen recuerdo de su dueño: con tan solo decirle “algo ligerito” o “una historia romántica pero no mucho” ya traía consigo un abanico de ejemplares del almacén y los colocaba sobre el mostrador. Y me fiaba de su criterio. Era buen conversador y siempre cerraba nuestras charlas con el anuncio de un pequeño descuento, un detalle que compartía susurrando, como cómplice. Mucho ánimo a la librería; sirva este apunte como modesto homenaje a su casi centenaria labor. El cierre de una librería siempre es una noticia triste.

Talleres

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El último número de El Ciervo viene cargado de contenidos excelentes. Podéis consultar el sumario aquí: http://www.elciervo.es/page/sumario-el-ciervo-771/

Me alegra compartir una reflexión acerca de los talleres y las escuelas de escritura, en la que expongo diacrónicamente su evolución y señalo que se han convertido en espacios –y empresas– de sociabilidad, que no se limitan a la enseñanza de la escritura creativa. Agradezco al equipo de la revista su gentileza y rigor.

No hay dragones

 

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Este azul y este verde. Afueras de El Toboso, 28/IX/2018

La esencia del diario oscila entre la exposición de los hechos cotidianos y la introspección solitaria, o sea, el reverso y el anverso de la vida. Lo primero resulta poco original, pero qué le vamos a hacer —en ese sentido, Larkin acertó, como siempre, cuando respondió a las acusaciones de repetitivo preguntando si quienes las vertían se dedicaban a cazar dragones los fines de semana—. Hablé de esto el jueves con MD’s, a propósito de su lectura gentil de Anáfora, y me relató una anécdota similar a la de la historia tras los tabiques vecinos. Escucharse a sí mismo, por el contrario, consiste en la exploración de nuestros sentimientos –eso que algunos llaman el yo—. Somos nuestra mejor compañía y, el tiempo, nuestro aliado.

El aislamiento fértil y elegido,

la soledad sin drama: constatación serena

de un espacio ante el mar sin compañía,

de una ascesis que imponen las ausencias

y que crece hacia adentro

como crece la paz en la renuncia.

Vicente Gallego (versos de “Octubre, 11”).

Testigo de cargo

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En torno al diario íntimo, de Henri Frédérich Amiel, es el libro que fui a recoger el lunes. Su lectura es apasionante, aunque paradójicamente no suceda nada: Amiel llevó una vida insípida, sin más divertimento que el cultivo del mundo interior. Las anotaciones cotidianas versan sobre su individualidad y la parte etérea de la vida. Este volumen consiste en una antología de entradas y por ello es ideal para catar por primera vez a Amiel, maestro del género.

13 de mayo de 1847

Falsedad del diario íntimo. No dice toda la verdad; refleja los desánimos, desfallecimientos, repugnancias, debilidades, más que los momentos de felicidad, de vida elevada, de contemplación. Es confidente del sufrimiento y no de la felicidad, testigo de cargo, no de descargo.