Viernes

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8/VI/2018

—¿¿¡¡Eres Sofíaaaa!!?? –grita el taxista asomando medio cuerpo por una ventana a una chica que esperaba al autobús en una marquesina.

—¡Soy yo! –le digo, dando un par de golpes a la ventana.

Me monto, con la intuición de que el trayecto a la estación Méndez Álvaro sería un viaje peculiar. Hoy ha tenido lugar una huelga de metro y, como iba cargada con la maleta, he preferido utilizar este tipo de transporte. Pero no ha sido mejor que esperar y apretarse en un vagón: el coche ha estado detenido veinte minutos en la calle Pedro Bosch, a causa de un accidente de tráfico mortal. Yo le había pedido que se fuera por la M-30, pero espetó que el mapa le avisaba de que estaba colapsada por otro accidente. Al llegar a los alrededores de Méndez Álvaro, hemos dado con otro –hace un rato he buscado en Google: ha fallecido un motorista de 28 años—. No paraba de llover afuera y las baladas románticas de Cadena Dial sonaban de fondo. Y me he empezado a fijar en el conductor.

Era un chico joven, quizá más joven que yo, cuyo acento delataba su origen gallego. Lleva cinco años en la profesión. Se comunicaba con sus compañeros a través del móvil que tenía colgado de la guantera. De fondo de pantalla, la bandera de España; de fondo de whatsapp, el escudo del Atleti. Le saco el tema de Uber —seguro que se lo nombran multitud de veces en la jornada—, y me cuenta que tuvo que pagar 300 euros para contratar, entre todo el sector, un buffet de abogados norteamericano.

— Es un trabajo bonito. Hacemos más de psicólogos que de taxistas.

— Supongo que a lo largo del día coincidirás con muchísima gente.

— Con mucha. Y de todo tipo, desde el que va de punta en blanco hasta el que va con unas pintas que…

— ¿Alguna anécdota que recuerdes?

— Ufff, anécdotas muchísimas, pero muchísimas.

[radio: Porque nunca fuimos buenos en amaaar, porque nunca nos quisimos amarraaaar].

— ¿Has atropellado a alguien alguna vez?

— No, gracias a Dios. Pero he estado a punto.

— ¿Sí?

— Anoche, por ejemplo. Porque me dio por mirar a la derecha cuando pasé por un semáforo que se me había puesto en verde… Si no, me había llevado por delante a un repartidor en bicicleta.

— Ah, es que van rapidísimo…

— El chico se había saltado el semáforo. ¡¡Pero toco madera para que no me pase nunca!! Es algo que nunca se olvida.

— Ya… Es que conducir, el tráfico y demás… Estás expuesto continuamente.

— ¿A qué hora sale el bus?

— A las cuatro y media –eran las cuatro y diez.

— No te preocupes en absoluto, vamos a llegar.

— Bueno, lo que me preocupa es el contador –subía y subía.

— Te lo paro ahora mismo.

— ¡¡Noo, noo!! De verdad.

Y lo para. Me salta en la aplicación el pago.

Avanzamos un poco. Algunos viajeros empiezan a bajarse de los taxis y a circular en medio de los coches.

—Cuando lleguemos a esa esquina, te bajas y así puedes ir andando. Estamos al lado.

Dos canciones después, alcanzamos ese lugar y me bajé.

— ¿Cómo te llamas? –le pregunto.

— Me llamo Pedro.

Me bajo, después de despedirnos, y cuando estoy cruzando el paso de cebra lo escucho gritar, de nuevo con medio cuerpo fuera de la ventana:

— ¡¡Por la izquierda!!

— ¡¡Síii!!

— ¡¡Que vaya todo muy bien!!

— ¡¡Igualmente!!

Corrí un poco, sin abrir ni siquiera el paraguas, y tenía la sensación de que la música aún sonaba de fondo, como si fuera la última escena de una película que acabara de protagonizar.

Addenda

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De la FLM’18 me quedo con esta imagen.

Estos días he estado pensando sobre el sentido de la Feria del Libro de Madrid. Su modelo, la Feria de Frankfurt, consiguió mitificar el mundo editorial, cultivando la imagen de los grandes editores empresarios, y también ofreció oportunidades de negocio a editores de todo el mundo, que acudían allí a firmar contratos. Esther Tusquets cuenta en sus Memorias de una editora poco mentirosa que su padre, su hermano y ella viajaron hasta allí para comprar los derechos de sus primeros títulos. En el caso de la FLM, la función se limita a la promoción y venta de los libros una vez que se han publicado, con el gancho del autor presente para firmar ejemplares. Hay actividades paralelas, unas relacionadas con la literatura del país invitado y otras misceláneas, como coloquios, concursos e incluso conciertos. Desconozco su repercusión. El año pasado estuve en una mesa redonda sobre escritores de Portugal y el público éramos cuatro personas. Este, he podido vivirla desde dentro de una caseta, y la impresión que he obtenido ha sido la constatación de esa función mercantil, alejada por un lado de cuestiones profesionales y por otro del fomento de la lectura. El reclamo de la firma –y de la foto, si no hay mucha cola- pasa por el fetichismo de la simbiosis narrador-escritor, por la costumbre premoderna de molestar a algún famoso o semifamoso para que se haga una foto contigo, para después enseñar que te has hecho una foto con él. La Feria del Libro sirve, en suma, para vender libros. ¿También para leerlos?

Feria (y III)

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“¿Me firmas este libro?” pregunta una niña que apenas alcanza a la altura del mostrador. Se trata de mi sobrina-segunda Inés. Mi primo, su mujer y sus hijos han acudido a verme. Ah, la familia. Siempre ahí, sobre todo cuando hay herencias de por medio. Me esfuerzo por ser simpática con los pequeños. Nunca se me ha dado bien tratar con niños: no sé qué decirles y cualquier comentario que haga me suena a impostura, comenzando por el tono de voz. Charlo un poco con mi primo. “Bueno, a ver si te pasas un día y te enseñamos los últimos proyectos (los dos son arquitectos)”. “Sí, sí”. Les firmo el libro colectivamente. “Muchas gracias por venir”. “Pero prima, si estamos al lado ¡cómo no íbamos a venir! [viven en la calle Santa María de la Cabeza, a la altura de Atocha]”. Se marchan, y reconozco que me ha alegrado verlos.

Mientras tanto, mi compañera finlandesa charla con las encargadas de la caseta sobre lugares emblemáticos de su país y recetas con salmón. Me pide que le firme su ejemplar y, ante la amenaza de lluvia, regresa a su casa. Veo cómo desaparece entre la marabunta. El paisaje humano se puede contemplar con amplitud desde el taburete de la caseta. En las de al lado, firman Carme Chaparro y Lorenzo Silva, con sendas filas para las que son necesarias dispositivos de seguridad; enfrente, un puesto de helados poco concurrido y otro de gofres, este con más aceptación y cuyo olor llega y atrae.

Pasa un amigo y nos saludamos. Él firma mañana. “Vaya día has elegido…”. “¡Cómo iba a saberlo!”. Se compra un par de libros y se va. Me siento como en un puesto de mercado. ¿Qué le pongo? dan ganas de preguntar a los paseantes.

Se para un grupo de chicas disfrazadas de alguna tribu urbana cuya denominación desconozco y leen las solapas de algunos libros. Detrás de ellas, aparece un tipo poco más mayor que yo, con camisa de cuadros vichy y gafas de sol, pese a no hacer nada de sol.

— ¿Eres la autora de este libro? –pregunta sonriendo.

— Sí…

Se queda mirando al expositor.

— ¿Vienes incluida con el libro si lo compro?

— Me temo que no… —aunque algunos dicen que tiene partes autobiográficas.

— Convénceme para comprarlo. De qué va.

— No me acuerdo de qué va, hace un año que salió. –me estaba empezando a cansar y, francamente, lo último que me apetecía era ejercer de comercial de mí misma.

— ¡¡No puede ser!! Creo que me lo voy a llevar, pero solo si me pones tu teléfono en la dedicatoria.

— Pues lo siento, pero gracias por tu interés –dije, y cogí el móvil para ignorarlo frontalmente, ante la mirada curiosa de las encargadas.

Por suerte, se marchó –al fin- después de que le espetara la negativa.

— Desde luego, aquí no os aburrís –les dije.

— Se pasan las horas voladas. Pero lo que más vemos son perros, de todas las razas. Perros con calcetines y zapatos. –añade una.

Me escribe MV: “¿firmas?”. “Aquí estoy…”. Y empieza la tormenta. Entra el editor a saludar. Llegan algunos lectores del almanaque. Es curiosa la sensación de conocer a personas que te leen, que no has tratado personalmente, y que sin embargo saben muchas cosas –las que has contado- de ti. [A vosotros, gracias por capear con el mal tiempo para saludarme].

Los transeúntes comienzan a marcharse del Retiro. Llueve con más fuerza, truena y oscurece. Ya queda poco tiempo para irme. Me pongo la gabardina, pues la temperatura ha bajado considerablemente. Y de la oscuridad aparece JX, excelente periodista cultural y escritor. ¡Qué alegría verlo! Es encantador. “El lunes y el martes va a diluviar, que es cuando firmo yo…”, me dice.

Las nueve. Me despido y me voy, agarrando con fuerza el paraguas. Ha anochecido. Algunas casetas comienzan a cerrar, apenas quedan visitantes paseando y ya no hay ni rastro del ratón Gerónimo. Enciendo el iPod y suena y si no encuentras fuerzas para salir de aquí, yo las sacaré de donde sea y seguiré sin ti (“Crujidos”, Nacho Vegas). Vaya. Mejor sin música. Vuelvo andando a casa: está chispeando, pero prefiero caminar un poco. Miro el móvil: me preguntan qué tal. Francamente, no lo sé.

Feria (II)

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Me desperté sin alarma y lo primero que hice fue consultar el móvil para ver la hora. Tenía algunos whatsapps de amigos con palabras de ánimo para la firma de la tarde, con lo cual constaté lo que desde hacía unos días temía: a mi entorno le hacía más ilusión que a mí. Puse la radio y, en lugar del programa misceláneo de las mañanas del fin de semana, había un especial dedicado a la toma de posesión. ¿Durará hasta la tarde el buen tiempo? Salí hacia el centro de belleza y, a pesar del retraso del autobús, llegué puntual a la cita. No sabía exactamente qué color ponerme. Siempre escojo uno granate o burgundy, pero la mínima diferencia entre las tonalidades puede demorar la decisión varios minutos. Mientras miraba la paleta, llegó una mujer rubia, que preguntó si la podían atender. Apenas hablaba español. Quería hacerse las uñas de gel pero no quería que le pusieran una capa de esmalte sobre la cual las luces de neón volvieran blancas las uñas. Ninguna comprendíamos lo que estaba diciendo. Y me pregunta una de las chicas que si sabía a qué se refería, como si yo entendiera del mundo de la noche.

Paso la tarde en el piso. No tengo que estar en el Retiro hasta las siete y media… Leo Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca mientras me bebo una coca-cola. Cuando empiezo a maquillarme, estalla la tormenta. “Sigue”, me digo, “tendrás que ir a saludar a los de la editorial”. Más whatsapps y algún correo electrónico. No sé si tendré lectores, pero por lo menos tengo amigos.

Salgo para allá. Conforme me acerco al metro dudo acerca de si ponerme sandalias de tacón ha sido una decisión acertada. No hace frío, pero no para de llover, y cada vez lo hace con más fuerza. Me bajo en Príncipe de Vergara, sigue lloviendo, y son las siete y diez. Tiempo insuficiente para pasar a un bar y tomarme una copa; además, solo veía cafeterías y pastelerías. Entro a la Feria. Hay bastante gente, más de la que esperaba. Para la lluvia. En una caseta, un ratón civilizado –gafas, traje y nombre [Geronimo]- firmaba libros como quien hace rosquillas. Paso delante de Diógenes. “¡¡Sofíiiaa!!”. Es M. Carmen. Se sale de la caseta y nos ponemos debajo de un árbol a hablar. “Bueno, me voy, que a y media tengo que estar allí…”.

Me abro paso entre la multitud y, al llegar, veo a una compañera de Finlandia que actualmente se encuentra de estancia en el CSIC apoyada en un stand. Le agradezco que haya venido. Son las siete y veinticinco y andamos un poco; vamos a una caseta, donde está mi amiga A., y se la presento. Después, miramos algunos libros de Herder. Volvemos, y me meto por fin al quiosco. “¿Quieres un poco de agua?” me preguntan. En ese momento me apetecía un whisky doble. Me lo hubiera bebido de un trago.

[continuará…]

Feria (I)

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Ayer por la tarde di un paseo por la Feria. Fui directamente a la caseta de la Alberti para ver si estaba Miguel y pedirle una recomendación, pero no se encontraba allí. Seguí caminando, con algunas paradas para saludar, y llegué hasta el final, una caseta de varias editoriales. Un chico, sentado en un taburete, alternaba su vigilancia con la lectura de un cuaderno.

— ¿Tienes alguna novela que cuente una historia de amor que termine bien?

— ¿Qué termine bien? ¡Eso es que no ha terminado!

— Bueno, alguna habrá.

— ¡Déjame mirar!

Se dirige veloz a una estantería y saca un libro gris. Lo pone encima del mostrador y él se reclina sobre los libros:

 — Eres una mujer con carácter ¿no? –me pregunta.

— Bueno, no sé… -le contesto con cara de escepticismo.

— Este libro es muy duro. Fíjate que lo leí hace muchos años y aún lo recuerdo. Por algo será… [este truco de venta ya me lo sé]

— No lo conozco.

— Es una historia de amor que se va desquebrajando.

— Eso es lo contrario de lo que te he pedido.

Leo la contracubierta. Parece interesante, pero no es lo que me apetece leer ahora. No puedo disimular mi cara de disconformidad. Le cuento, a modo de pista, que el año pasado leí uno de su editorial muy ligero, que me entretuvo mucho [se trata de La insólita pasión del vendedor de lencería, de Asako Uruta], y que deseo algo de esa tónica.

— Voy a buscarte uno. Déjame pensar.

Se mueve como una gacela por las estanterías.

— ¡¡Nooo!! Ese no, por favor —le grito cuando veo que posa la mano sobre uno.

— ¡Ya lo tengo!

Con solemnidad, saca el ejemplar y lo pone encima del mostrador.

— Esta es la historia de amor más bonita que se ha escrito jamás.

— ¿Sí? De este autor leí Estambul hace muchísimo tiempo.

— Este libro es exactamente lo que buscas. Es una historia de amor. Es amor de verdad.

Lo hojeo un poco.

— ¿Pero es amor que todavía sigue o lo que leo que está diciendo el hombre lo dice porque lo han dejado? —cuando formulé esta pregunta yo misma me di cuenta de que me estaba extralimitando como clienta.

— Pues… es que hace mucho que la leí… no lo recuerdo… yo creo que están juntos. Es un hombre enamorado.

— Venga, pues me llevo este.

— Si cuando lo termines no crees que el amor existe, vienes y lo devuelves.

— Jaja –hacía unos minutos me había dicho prácticamente lo opuesto.

Vuelvo hasta el principio de la Feria, y paro de nuevo en la caseta de la Alberti. Me llevo el último de Coetzee. Sigo y me encuentro con un librero de Diógenes, con el que tantos ratos de charla he compartido. Hablamos un poco y me marcho. Mañana volveré.

 

 

 

Wabi-sabi

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© The Tangerine Fox

Esta mañana la bedel se ha quedado mirando, sin ningún disimulo, a mi falda. “¿Pasa algo?” le pregunto afablemente. “Nada, que te miraba la falda, creía que estaba rota”. Se trata de una falda vaquera gris, un poco deshilachada en los bordes finales a merced de los dictámenes actuales de la moda. Por fortuna, después me ha dicho que iba guapa –hay días en las que me la encuentro y me dice “la semana pasada llevabas una camisa que te quedaba muy bien; ese color te favorece”-. Me cae bien esa mujer, aunque me haga sentirme observada, pero se trata de una atención, por su parte, que ejerce de interlocución de la coquetería diaria. Se agradece.

Dejando a un lado las vanidades, la aparente rotura de algunas prendas está relacionada con el wabi-sabi. Un día, JC-M, su mujer y yo fuimos a un restaurante en el que nos sirvieron la comida en una vajilla muy mona, con bordes irregulares y colores degradados. Nos contó que esa moda proviene del wabi-sabi, una filosofía japonesa que identifica la belleza en la imperfección. Como él diría, está bien.

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[spoiler]

Ayer estuvimos cinco personas en una sala pequeñísima viendo Playground. Película en la que dos niños canalizan la represión sufrida en el seno familiar a través de actos vandálicos y crueles. Es un film desagradable, pero me gusta mucho el de Michael Haneke y este es del estilo. En la parte final, un hombre salió corriendo de la sala ante una sucesión de escenas bastante desagradables. Su novio lo siguió a los pocos minutos, también corriendo, lo cual aportó cierto dramatismo a la cuarta pared. A mí me entraron ganas de vomitar, pero enseguida la película terminó y pude incorporarme y salir de la sala dignamente. En el camino a la salida, un chico le decía a otro: “No es para tanto”. ¿No es para tanto? ¿Que dos niños de 10 años le rompan la crisma de una pedrada seca a otro de tres no es para tanto? Por favor. ¿Qué verá esa persona en su casa?

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Según la previsión meteorológica, el sábado va a llover durante todo el día. Vaya. “Yo voy a ir aunque caigan chozos de punta. Es un día importante para ti”, me dice X. ¡No dramaticemos! No sé qué va a pasar, no tengo ninguna expectativa y a tenor del porcentaje de lluvia pronosticado no sé si acaso podré firmar. Lo lamento mucho, pues me hacía, me hace, cierta ilusión. Whatever.

“An act of defiance”

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“Quiero que mi hijo sea libre”, le dice Esti (Rachel McAdams) a su marido en la película Disobedience, para suplicarle su libertad –solo él, en virtud de su contrato matrimonial, tiene la potestad de concedérsela-. Ese momento resume la historia opresiva que ha vivido el personaje, judía ortodoxa que se crió en un sistema religioso que coarta su voluntad. Ella es lesbiana, está enamorada de una amiga de la infancia y, por orden del rabino, se casó con un hombre por el que no siente nada. Al contrario que la amiga, Ronit (Rachel Weisz), no tuvo valor suficiente para abandonar a la comunidad y marcharse lejos del pueblo inglés donde residen. Ronit huyó a Nueva York. Desobediencia interior la de la primera, pues ninguna religión o gobierno, por totalitario que sea, es capaz controlar los sentimientos, y exterior la de la segunda: rechazo frontal de los usos y costumbres de la comunidad judía y cambio de vida radical. El nonato puede tener la oportunidad de vivir en libertad, pero las cadenas que se establecen en comunidades de esa índole son demasiado rígidas. El final es ambiguo; por mi parte, soy pesimista, puesto que esas religiones herméticas no funcionan únicamente como marcos de Fe, sino que autosubsisten gracias a la ayuda mutua que se proporcionan entre ellos y a la estructura política, laboral y emocional que, desde siglos, mantienen.