La perspectiva

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Hoy he disfrutado de este librito –por el tamaño–, que reúne las diociocho entrevistas que Antonio Machado concedió a lo largo de su carrera. Fueron pocas, y para colmo no se prodigaba mucho en las respuestas (al contrario que su extrovertido hermano mayor). El prólogo de Jiménez Lozano, estupendo, y de estas interviu, como se denominaban en la época, me han gustado particularmente las pinceladas que los periodistas aportan sobre la imagen pública del poeta.

“¿Qué pasa hoy en el Mundo que tenga la importancia y trascendencia de la ciencia Nueva de Galileo, de la reforma de Lutero, de las revelaciones del Cristo, de las charlas de Sócrates con los jóvenes de Atenas? Realmente, no sabemos todavía si ha pasado algo importante en nuestro tiempo.

Pero estas consideraciones, más o menos escépticas, no eximen al artista de vivir su tiempo”.

Entrevista de Rosario del Olmo a Antonio Machado en La Libertad (12-I-1934), recogida en el libro Caminos sobre la mar (ed. Rafael Inglada).

Récord

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foto del Portal de Bibliotecas de Madrid

Encuentro eta simpática nota en El Sol de octubre de 1918 sobre la Biblioteca Municipal de Madrid, cuyo cargo de director ocupó Manuel Machado:

“Nota de la Alcaldía:

La Biblioteca municipal madrileña ha llegado en estos últimos meses al máximum de la concurrencia de lectores, hasta el punto de resultar muchos días exiguo e insuficiente el local en que se halla instalada. Más de 700 obras han sido servidas al público en los últimos treinta días. Consignamos con júbilo estos hechos que revelan ante todo el creciente deseo de cultura en nuestro pueblo y, al par, no sería justo negarlo, el noble afán y el acierto con que el Ayuntamiento de Madrid se esfuerza en contribuir al desarrollo y mantenimiento de tan buenas disposiciones”.

Los Shelby

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Solo por ver cómo visten ya merece la pena

Estas semanas he estado viendo la serie Peaky Blinders. La primera temporada me entusiasmó, porque el perfil del protagonista, Thomas Shelby, estaba muy logrado, nada maniqueo a pesar de que se presentase desde el principio como alguien al margen de lo legal o, si me permitís la cursilería, del sistema —él y su tribu gitana tenían su propio sistema—. Se metió en líos con la policía e incluso con el Gobierno de Churchill; paralelamente, se construía una historia de amor entre una espía y él, que además padecía un Trastorno de Estrés Postraumático a raíz de combatir en la I Guerra Mundial y por este motivo vivía atormentado. Había otros hilos, de los que fueron tirando las siguientes temporadas. Me interesaron menos, pero hubo un personaje aparentemente secundario cuyas problemáticas favorecieron que se le prestara progresiva atención: Arthur Shelby. Los hermanos Shelby funcionan mediante una estructura piramidal en cuya cima está Thomas, y como base de apoyo del primero, John y Arthur. La familia no se habla con el padre, que llega de visita y Arthur comete el error de confiar ingenuamente en él. Como le habían avisado, se la juega. Es una persona muy vulnerable, que a pesar de la apariencia ruda sufre y tiene muchas dudas sobre sí mismo. Sufre un grado notable de esquizofrenia, pero su entorno no lo comprende porque ni siquiera conocen que su malestar responde a ese término científico. Resurge de las cenizas a pesar de la ausencia de tratamiento profesional y comienza una nueva vida capitaneada por una Fe que nunca había profesado. Hay otro momento, en la última temporada, que realza su humanidad y lo avala como un personaje memorable de la ficción serial pero, ante todo, como hombre.

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El espíritu de la JAE

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Leoncio López-Ocón

Esta tarde se ha presentado en el Museo de Ciencias Naturales un libro dedicado al centenario del Instituto-Escuela, centro educativo innovador impulsado por la Junta de Ampliación de Estudios. La JAE, presidida por Santiago Ramón y Cajal, fue una institución que quiso elevar la educación en España a un nivel europeo e impulsar la excelencia tanto en la cultura como en la ciencia nacionales. Como es sabido, el estallido de la Guerra Civil truncó todos sus proyectos (Residencia de Estudiantes, Centro de Estudios Históricos, etc.) y la educación en España pasó de despertar ideas a inculcar una ideología. El sistema educativo actual, a raíz de la democracia, no solo no ha mejorado, sino que ha involucionado. La moda —ya cabría hablar de mal endémico— del “bilingüismo”, estafa nacional y pública, la cada vez más arraigada concepción de que el alumno va a la escuela a divertirse, el rechazo de la memorización e incluso de los exámenes, la brecha socioeconómica acribillada por lo concertado, etc., etc. Y conste que no estoy criticando a los alumnos, pues ya se comentó aquí hace meses que la idea de que los estudiantes son peores es un lugar común, diría por cierto que en muchos casos son víctimas.

Leoncio López-Ocón, gran investigador del Instituto de Historia del CSIC, ha compartido los principios inspiradores de los métodos de enseñanza del Instituto-Escuela, según L. Luzuriaga:

– Despertar en el alumno la curiosidad hacia las cosas y basar en ello el proceso didáctico.

– Reclamar, por parte del alumno, un esfuerzo de trabajo “que será tanto más intenso y eficaz cuanto más proceda de una motivación interna, derivada de la curiosidad, el instinto de actividad creadora, la conciencia moral, la satisfacción de alcanzar un fin”.

Si en lugar de debatir sobre las humanidades digitales, las tablets, Finlandia y demás se leyeran con detenimiento estos principios de Luzuriaga, probablemente la enseñanza en este país avanzaría algo más. A los alquimistas del márketing (habría que reflexionar con mucha calma sobre la OCDE y PISA) les gustará más hablar de “nuevos métodos”, aunque sean un desastre, en lugar de evocar el espíritu del 1918 y a, entre muchos otros, don Francisco Giner de los Ríos.

El abrazo de una generación

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JCM con su cuaderno, siempre en el bolsillo de su chaqueta. (13/XI/18)

José Luis Cano publicó en 1960 una selección de poetas jóvenes para el número extraordinario de Navidad de la revista Destino. Algunos no continuaron en el circuito literario más allá de los años 70. Este tipo de ejercicios de canonización prematura no ha perdido su carácter de oráculo artificial, a veces escacharrado. Entre los poetas, figuraban José Corredor-Matheos y Aquilino Duque. Esta semana, los dos han visitado Madrid por distintos compromisos en su agenda. Hace años, me cuenta JCM, se conocieron, y la charla fue muy amigable, pero no volvieron a coincidir (JCM reside en Barcelona; Duque, en Sevilla). El martes por la mañana, en el comedor de la Residencia de Estudiantes, se encontraron y se fundieron en un abrazo lleno de afecto. “Sentí como si lo conociera de siempre”, dice JCM. Ojalá haber presenciado ese momento.

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Dice Manuel Gutiérrez Aragón que “en el cine, la naturalidad es algo que se fabrica”. Ante algunos casos, cada vez estoy más convencida de que su acertada cita se puede ampliar: “en la vida, la naturalidad es algo que se fabrica”. A veces me ocurren determinados sucesos que, de contarlos, convertirían a este almanaque en el texto de un epígono de los creadores de películas de Antena 3. Pese a ello ¿escribirlos? Sí. Publicarlos aquí, de momento, no: la verosimilitud también tiene su fase de producción.

Retazos, Antonio Duque Amusco

*comparto en el blog la reseña de Retazos (Renacimiento, 2018), de Antonio Duque Amusco, publicada en el suplemento literario “El posdata de hoy”, de Levante-EMV, pues no se puede leer completa en su página web.

Imagen Retazos

Hilvanar la memoria

Glosar un libro de haikus puede resultar una tarea tan inane como compleja, en tanto que supone explicar lo que no requiere palabras: una fotografía emocional, lograda mediante diecisiete sílabas cuya cohesión da lugar a un destello. La buena salud del haiku en España debe ser considerada al calor, por un lado, del auge de las formas breves, como el aforismo y el microcuento y, por otro, como parte —o, por lo menos, como algo no ajeno— del creciente interés por lo oriental. Cualquier moda procedente de otra cultura —de otra cosmovisión, incluso—, pasada por el filtro occidental, corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí misma. No sucede así con Retazos (2018), el libro de haikus de Antonio Duque Amusco (Madrid-Sevilla, 1943), pues no condesciende al orientalismo impostado ni presenta tanteos apresurados. La obra ha visto la luz en la editorial Renacimiento, como todas las anteriores del escritor (La pared vertical, de 1998; Una luz que se va, de 2003; y Las sombras del silencio, de 2013).

El autor incluye un brevísimo prólogo en el que cuenta cómo se produjo su incursión en el género: un amigo le regaló En las orillas del haiku (2004), de Jesús Montero, lo que supuso su primer acercamiento. Años después, confiesa que disfrutó de la lectura de La enredadera (2016), de Susana Benet, obra que le animó a dar el paso definitivo.

El título, Retazos, evoca una consideración de las composiciones poéticas como retales hilvanados por la melancolía. Esta galería de piezas tira de dos hilos: “Vivencias” y “Evocaciones”, dos partes que, leídas por separado, se nos antojan independientes; en conjunto, iguales por el poso nostálgico, algo machadiano también. Cada haiku, aislado, sorprende no por lo que cuenta, sino porque parece estar recordándonos un retazo de nuestros anaqueles de la memoria. “Llega el otoño. / Ya no hay niños jugando / con el verano”.

El libro comienza con unos versos de Francisco Brines, pertenecientes a El otoño de las rosas (1986). Se trata de una cita que consigna las intenciones del autor: “Cuando la edad es ya desventurada, / y es un pétalo el día / y apenas quedan rosas, / no es posible que el mundo pueda ser recobrado…”. Queda la incógnita acerca de si habrá un mañana. Por lo menos, los haikus de Duque recogen el rumor de esos pétalos y evitan que caigan al vacío. En “Vivencias”, el poeta recupera una serie de imágenes de su infancia, que encierran sensaciones y que giran, fundamentalmente, en torno a las estaciones del año, a la naturaleza, a recuerdos de un patio de Sevilla (“Geranios blancos; callejas de mi pueblo, flores de cal”) y a un huerto claro donde madura el limonero (“Del limonero / he cortado tres ramas / por ver el cielo”). Hay un afán de introspección en “Evocaciones”, mitad de la obra en la que se recuerda un amor desaparecido, del que apenas queda un rumor: “Duele la ausencia. / Son las lamentaciones / de un hombre solo”. Provoca que el sujeto se difumine a través de la luz de un cristal, o bien que se identifique con el viento, única posibilidad de acercarse a esa persona llorada. Como decía, hay una coherencia entre las dos partes, que se puede rastrear en haikus concretos, como estos dos, cuyo esquema se repite con un final y una puntuación distintos: “Tarde de invierno. / Al calor de la lumbre / vuelve la muerte”, en la primera; “Tardes de invierno: / al calor de la lumbre / duele el olvido”, en la segunda.

Duque pregunta en uno de los haikus ¿para quién vivir? La lectura de este libro es una respuesta en sí misma: no hay para quién ni para qué, tan solo queda contemplar el paisaje y habitar el tiempo. “Nada regresa / tras las horas perdidas. / Faltan promesas”.

13/X/2018