Martes 17

Una de las camareras de la cafetería de la facultad suele sentarse, cuando no hay jaleo, en un taburete al final de la barra, de manera que puedo verla de frente mientras ella chatea con su móvil y yo me tomo una coca-cola. Se trata de una persona muy expresiva, así que en función de su marcada gestualidad es posible adivinar el itinerario de sus conversaciones. Hoy estaba contenta. La semana pasada se ve que discutió con su pareja, pues ladeaba la boca y acabó por estampar el terminal contra la superficie de la barra. No hubo daños —la funda protectora con forma de conejo cumplió su función— y enseguida volvió a sujetarlo y a marcar la llamada. Se metió a la cocina y ya no pude saber en qué terminó la cosa. Por las caras de hoy, no fue nada grave; o quizá sí, y ha comenzado a entablar una nueva amistad…

Ha sido una escena muy desoladora la de una madre anciana enfrente de su hija discapacitada en el metro esta tarde. La mujer mayor miraba al suelo, y su palidez denotaba cierto mareo, quizá angustia física y vital. De repente, ha levantado la cabeza para preguntar a nadie en concreto “¿Dónde estamos?”. Un hombre le ha contestado y le ha interpelado a su vez: “¿Adónde va usted? ¿Se encuentra bien?”. “No sé adónde me lleva mi hija”. La muchacha miraba a todos lados sin detenerse en ningún punto fijo. No ha sido la primera vez que he visto a una madre acompañando a una hija eternamente niña y vulnerable; por las mañanas, cuando cojo el bus, a veces coincido con otra pareja. Es uno de esos casos que muestran que la vida no siempre es justa: hay un determinado momento en que el hijo tiene que volar del nido y, cuando sea preciso, ser él, en la medida de lo posible, el que tome las riendas del cuidado familiar. La expresión ser ley de vida da la vuelta y adquiere un grado de heterodoxia regido por el cariño de los padres, que guían, hasta que pueden, a esas personas portadoras de un brillo en los ojos distinto y feliz.

Medio cálido

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Foto desde una ventana.  16/IV,  21:05.

Hoy hemos estado MGA y yo en el Café Gijón. Cuando pasa al local, todo el mundo se le queda mirando con admiración. Además, se pone su trenka sobre los hombros y parece que va levitando. La última vez que fuimos allí, me senté enfrente del retrato de Francisco Umbral, y evité en todo momento mirar al difunto periodista, pues me hacía sentir observada mientras comía el menú. Ya queda menos de un mes para que salga a la venta su novela, que va a ser —es— genial, como todo lo que escribe.

Por la tarde, he estado en la BNE. Un rato en la Sala Barbieri. Esperaba a que la empleada me trajera un libro cuando el hombre del único pupitre ocupado ha comenzado a hacerme señas con la cara y las manos. Un empleado le ha mirado y él me ha mirado a mí. Yo no entendía nada. Se ha dirigido a él y el hombre ha dicho “que ya está lo que ha pedido”. En efecto, la empleada venía con el libro en la mano… No sé para qué se ha molestado en indicármelo, porque te traen los préstamos a la mesa. Cuando lo estaba consultando, una mujer ha pasado por delante de mi pupitre. He levantado la cabeza y la he visto de espaldas: pelo gris, cortísimo, toda de negro y un guante también negro —solo un guante, en la mano izquierda—. Me ha intrigado, así que he estado pendiente de su vuelta. Al regresar, he visto su cara. Parece que sufrió un incendio o un accidente, pues su rostro está inundado de quemaduras; presumiblemente, también lo está la mano izquierda.

Después, he bajado hasta la Sala Cervantes para otra consulta. Había un chico monísimo en el mostrador, que me ha atendido con mucha diligencia. A mi lado, un hombre transcribía un texto paleográfico con una velocidad asombrosa; enfrente, otro hombre, con unas uñas como nunca he visto, semigrises y totalmente planas, leía un libro antiguo. Y al salir, me he dado un paseo y he vuelto a casa, donde he encontrado un No, pero al contárselo a X y a mis padres he sentido que, al fin y al cabo, agradezco cada día contar con el Sí de los que más importan: los seres queridos; las personas de confianza.

Hablaba con MGA de la importancia del interlocutor. Es uno de los motores de este almanaque, desde luego. Me resulta muy divertido cuando algunos me comentáis vuestras impresiones sobre las entradas por correo. En la Red, da la sensación de que estos textos breves son mensajes que uno escribe para sí mismo, sin esperar respuesta de nadie, dada la inmensidad del mundo virtual. Como ya explicó McLuhan, se trata de un medio frío sin ningún contacto físico; sin embargo, está siendo una experiencia grata, y genera mucha ilusión recibir una retroalimentación. El medio se vuelve cálido y sientes que no estás solo.

Un sábado corriente

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Mientras esperaba mi turno en el centro de belleza, he hojeado una revista llamada Cuore. El ¡Hola! lo estaba leyendo otra mujer. Me ha parecido una publicación cruel y despiadada: en las fotos, indican la edad de los “famosos”, no sé para qué, y si sale con alguna arruga o desperfecto físico de acuerdo al canon de belleza occidental, le ponen la onomatopeya “arrgh!!!”. ¿Y qué placer puede encontrar el lector? La respuesta es obvia, y no deja de ser una vertiente más de ese género, tan español, del cuchicheo.

Hoy Fabi nos ha estado contando las últimas novedades de la situación en Venezuela. Terrible panorama. Dice que el año que viene hay elecciones y que confía en que no vuelva a ganar Maduro. Equipara la eficacia del dictador con respecto a la crisis de su país a la de “un dedo para tapar el sol”. Imagino que se refiere al meñique.

Cuando he llegado, después de toda la mañana fuera, he colocado una parte de la estantería donde tenía amontonados unos papeles —mañana recibo a unos invitados especiales—. He tirado la mayoría. En ese desorden ha aparecido una carta, que me envió X hace unos meses, muy bonita y que en su momento me ilusionó. Cómo se transforma el significado de los objetos en función de lo que sintamos hacia la persona que nos los regaló. Me he quedado unos segundos con el sobre en la mano, sin saber muy bien qué hacer con él. Francamente, sigo sin saberlo. Esa historia fue un invierno disfrazado de primavera.

Hoy no estaba el chico que me dibuja con la leche un corazón en el café. En su lugar, otro ha puesto una figura que no logro descifrar. ¿Tendrá algún significado oculto? ¿Se trata de una intercambio de mensajes en ciernes? ¿O simplemente se debe a una desgana en el latte art –“afición” de algunas cafeterías que, a todo esto, no me interesa, salvo en el caso del coqueto corazón, naturalmente–?

Corazones de piedra

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Angustiosa película, algo larga, pero interesante en tanto que muestra la tensión entre dos adolescentes en una aldea rural producida por el despertar sexual de ambos. Uno de ellos es homosexual y el entorno le crea un sentimiento de culpa, acuciado en su propia familia, totalmente desestructurada, en la que el padre llegó a propinar una paliza a un vecino por recaer sobre él sospechas acerca de su sexualidad. Lo que más me ha gustado ha sido la importancia que el director islandés otorga a los pequeños detalles: el beso en la mejilla del niño heterosexual, que no corresponde a los sentimientos del otro, provoca una sonrisa sincera, un alivio inmediato para la depresión que sufre y que le provoca un intento de suicidio. La madre decide mudarse a la capital de Islandia para poder comenzar una nueva vida; quizá allí el muchacho pueda desarrollarse en plenitud. ¿Qué otra opción había?

 

Coronel John

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El lunes recibí un mensaje muy extraño, cuyo remitente se hacía llamar Hannibal Smith —personaje del equipo A—. No ponía nada negativo, al contrario, pero la aparente cercanía y el hecho de que indicara que le habían rebotado un correo para mí, cuando no había ninguno en el e-mail, me hizo desconfiar. Se lo enseñé a M., que me puso en alerta; y a C.C., que en un alarde detectivesco sugirió cómo averiguar la identidad —creo que le inspiró haberle comentado que me he comprado una gabardina, así que nos metimos en el papel de inspectores—. Ayer me volvió a escribir el coronel John para quitarse su máscara: se trata de un librero de Pamplona, E., un tipo muy agradable. Ahora me río mientras escribo esto, pero el correo me causó cierta inquietud aquel lunes. En fin, me encanta que los planes salgan bien. (Y cuánto tiempo podemos llegar a emplear en preocuparnos por elucubraciones, por cierto).

Esta mañana, docencia, con el consiguiente desplazamiento a la Alcarria. Retraso en el tren de cercanías. Mientras llega, espero sentada en un banco; detrás de mí, un hombre encapuchado y en deportivas movía la pierna, nervioso. Se ha sentado a su lado un chico, de cuyo jersey colgaba una tarjeta identificativa. No he podido distinguir a qué organización pertenece. Le ha preguntado al hombre “¿qué tal se encuentra?”, como si lo conociera de toda la vida, y le ha respondido con igual familiaridad. Se ha interesado por su trabajo y por su familia; el hombre le ha confesado que la situación está muy difícil para él, y el chico le ha animado a asistir a uno de sus encuentros. La vulnerabilidad como río donde lanzar el anzuelo. Cuando el joven apuntaba los datos de contacto, se ha sentado una mujer a mi derecha. Le escribía a un tal Luis “Cari, este finde me quedo en Madrid”. “No te preocupes, amor”. Casi simultáneamente ha recibido otro de Alfonso: “Tengo unas ganas enormes de empotrarte contra la lavadora”. ¡Contra la lavadora! Qué gracia. Ella: “Ya le he dicho a mi marido que este finde me quedo”. Otros que quieren que sus planes salgan bien. Lo siento mucho por Luis.

 

 

Espiritualidad

Me cuenta JC-M que ayuda mucho a la espiritualidad imaginar tu cadáver o contemplar uno parecido. Y le digo —y os cuento— que me ocurrió algo parecido hace algunos años, cuando fui al cementerio donde está enterrada una bisabuela, que yo naturalmente no conocí, y que se llamaba Sofía. Ver mi nombre en una lápida me causó una honda impresión. Y a continuación me recita un poema suyo inédito que no puedo reproducir aquí.

C.: “¡Llevas mucho tiempo sin actualizar el almanaque!”. Dos días, únicamente. Hay ocasiones en las que a uno le sale escribir solo en la intimidad del papel, como si el cuaderno ejerciera de confesionario, y nada más.