En mitad de la carretera

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Foto de José Luis Sevillano

Pasan los días y la máxima de Unamuno de pensar para anotar en el diario pierde fuelle. Y no porque no hayan ocurrido sucesos. El domingo, por ejemplo, el viaje de regreso a Madrid se vio interrumpido por un choque entre el autobús y un turismo, situación que puso a prueba los nervios de todos. Al contrario que la calma que transmiten las flores de la imagen, la tensión se palpaba en el ambiente. No hubo víctimas mortales, pero sí de otra índole: algunas personas, debido al retraso en la llegada, perdieron otros buses y trenes previstos para continuar su viaje. Detrás de mí, una chica se quejaba porque, si seguíamos parados, no llegaría para el “autobús express” dirección a Salamanca, y en ese caso tendría que embarcarse en uno “normal”, que para en varios pueblos de Castilla y por tanto tarda un tiempo considerablemente mayor. ¿Merecía la pena que le dijera “vas a llegar, no te preocupes” y crearle falsas esperanzas? Entre que vino la policía, tomaron fotos, discutieron —la culpa siempre es del otro—, etc., la demora se dilató tanto que ya era imposible que la chica pudiera subirse al express (el bus llega, regularmente, a las seis y media, y ella tenía el siguiente treinta minutos después). Nos contó —se formó tertulia con mi compañera de asiento y ella— que venía de Tomelloso y que siempre tardaba muchísimo. “Bueno, pero hay más buses después ¿no?” le pregunté. “Sí, pero pierdo el dinero”. “¿No lo puedes cancelar?”. “Sí, sí, y me devuelven la mitad”. “Entonces quizá sea la mejor opción”. “Me esperaré un poco más”. Finalmente, lo canceló. Este viaje enseña que, como en todos los viajes en autobús, cuantos menos planes organices para la tarde del desplazamiento, mejor.

Experiencias

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Lo bueno de ir cumpliendo años —dentro de tres meses, uno más— es que ciertas situaciones dejan de ser nuevas. Me gustaría equivocarme, pero creo que he atravesado una muy similar a otra de hace unos años. Lo peor es que de esto se da uno cuenta a posteriori; cuando comenzó, pensé que sería diferente. Me acuerdo ahora de una comedia romántica, de esas que forman parte de la programación habitual de Nova, en la que escuché al vuelo un diálogo: “— ¿Por qué te gusta? / — No sé. Es que es diferente”. En mi caso, aclaro que no estoy hablando de amor —nunca lo he hecho en este almanaque—. La cuestión es que la vida es, probablemente, la lucha constante por sentir y vivir algo nuevo, pero al final todo es lo mismo con distinta forma. Y sin embargo aún me queda algo de esperanza. No nos limitemos a ser supervivientes.

*otra consecuencia de envejecer es que cada vez es más difícil engañarse a uno mismo.

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Lumière, de La bella y la bestia, película que vi anoche. ¡Qué personaje tan simpático! Excelente representación del ayudante del héroe del cuento tradicional, junto con su amigo el reloj parlanchín y algo gruñón —se llama Din Don, ay—. Además, en la versión de 2017, el actor Ewan McGregor le puso voz. Lumière es el encargado de propiciar el amor entre Bella y Bestia: les prepara un banquete de postín y un baile inolvidable, además de otras acciones indirectas.

— I’m talking to a candle —dice Bella.

— Candelabro, please!!!!!

Paseos por el campo

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Paseo por el campo esta mañana para aprovechar las cada vez más escasas horas de luz. Cuando llevaba un buen trecho, ha salido de otro camino cuyo inicio tapaba una casa con la fachada calada un labrador retriever. He mirado derredor para ver si tenía dueño, pero no he visto a nadie. Sin embargo, el can llevaba un arnés rojo de nylon sujetado en su lomo. Ha comenzado a excavar con sus patas, moviéndose con agilidad y gracejo. No me veía. Lo llamaba, pero ni siquiera dirigía sus ojos hacia mí, como si yo no existiera. He chasqueado los dedos varias veces, todas en vano. Cuando me he acercado para, si era posible, saludarlo y acariciarle, ha salido veloz y su figura se ha desdibujado en el horizonte, quizá respondiendo a una llamada que no he alcanzado a escuchar. Se parecía mucho a mi perro, y ahora me pregunto si esta escena ha tenido lugar realmente. Probablemente, no.

El mismo final

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Foto de CR

Observo unos papeles apilados, que coloqué —bueno, que dejé— en una estantería la última vez que vine a PM. Ese fin de semana olvidé el cargador del ordenador y apenas lo pude utilizar. Siempre es placentero escribir con bolígrafo y papel; conviene no perder esa costumbre. Preferible la tinta al lápiz, cuyo trazo se borra, pero siempre queda una huella —como el perdón—. Los papeles se han quedado ahí, pues a la vuelta olvidé guardarlos. Su contenido iba destinado al almanaque. Ahora me pregunto si tiene sentido transcribirlos y a continuación publicarlos. Me temo que no. Un diario, o lo que tenga vocación de parecérsele, debe recoger “el rumor de los días”, expresión de un verso de Manuel Álvarez Ortega, compartido por José Luis Sevillano en sus anaqueles. Las palabras de esos folios me suenan ya demasiado lejanas; son fantasmas de papel, para los que el rumor ni siquiera es perceptible. Y, sin embargo, tanto las frases del diario como las de aquellas palabras escritas a mano están condenadas al mismo lugar: el olvido.

No es igual

Ayer un buen amigo me contaba que, en los años 70, un militante de una banda antifranquista le tendió una trampa, engaño que tuvo consecuencias fatales para él. El relato de la historia, concluía esta sabia persona, enseña que poco hay que fiarse de los salvadores. Santiago Ramón y Cajal dejó escrito un aforismo, recogido en la antología que preparó Manuel Neila para Renacimiento, que avisaba del peligro de la gente que te veía como un medio y no como un fin (*tengo el volumen en Madrid y os escribo desde PM, cuando vuelva lo busco y lo cito bien). Mi amigo, a pesar de su desencanto justificado, realiza más acciones concretas que buscan el beneficio colectivo que muchos de los héroes retóricos. Y sin embargo a todo esto algunos lo siguen llamando equidistancia.

Sala de espera

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“El astrónomo”, Vermeer

Escribo estas líneas en una sala de espera. “Sala de espera”, sugerente título para un diario, pues encierra el sentido de una vida. ¿Acaso no estamos sentados esperando tener algo que contar? Luis Rosales —ay— se preguntaba “para qué sirve estar sentado / para qué sirve estar sentado como un náufrago / entre tus pobres cosas cotidianas”. Pero ahora he de levantarme, pues ha llegado mi turno.

Los lentos días

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Foto de MV

Mañana de sábado en el escritorio, con la lámpara encendida. Mal tiempo y por tanto escasa luz. Hace horas que se instaló la noche. He paseado un poco por el parque, casi a oscuras y con frío. Agradable olor a tierra mojada y perros alegres, que me han recordado al mío. Siempre que veo un can, sobre todo si es un labrador retriever, me acuerdo de que lo echo de menos. Por la tarde tenía previsto ir al cine, pero la desapacible lluvia me ha disuadido. Quizá vaya mañana, aunque no hay ninguna película que me llame la atención poderosamente. He leído un rato. Tarde de calma, por fin, y algo de melancolía.

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La mayoría de las veces que entro a un vagón de metro me topo con el poema “Estoy en la tristeza” de Julio Martínez Mesanza —desde hace tiempo, pegan carteles con textos en el marco de la iniciativa “Libros a la calle—. “Nada ni nadie duele en la tristeza, mientras los lentos días se dilatan”. A mí aún me duelen.