Marcapáginas

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Esta mañana he recibido una muy grata sorpresa: mi amigo C.C. me ha enviado una colección de marcapáginas, fabricados por él mismo a partir de viñetas de Liniers, para conmemorar el Día del Libro. El sobre blanco de la foto es el intermedio de todos los envoltorios que la cuidaban, comenzando por un paquete marrón de Correos. El viernes se marcha a San Francisco. Espero que disfrute de una agradable estancia allí.

 

Desorden civil

He visto, a través de la ventana del escritorio, que en una parte de la calle comenzaba a apiñarse un montón de gente. Me he asomado por otra ventana para ver qué ocurría. En la pared del bloque vecino, una niña pataleaba y agarraba a su madre por sus pelos. Acompañaba sus movimientos de expresiones soeces, entre las que destaca el “hija de puta” a su madre y el “hijo de puta” al policía. Han llegado más agentes y la cantidad de curiosos expectantes ha aumentado. La muchacha, lejos de tranquilizarse, se ha alterado más aún, hasta el punto de zafarse de los brazos de un policía propinándole un empujón violento. Ha salido corriendo hacia una bocacalle, pero pronto la han vuelto a atrapar. Al trasladarse de escenario, me he quedado sin campo de visión suficiente, así que me he puesto la gabardina y he bajado a la calle, fingiendo que daba un paseo. “¿Qué le pasa?” le he preguntado al anciano que contemplaba el suceso desde un banco, y que se ha desplazado también hacia la otra calle. “Pues una cría, que está loca o está borracha”.

La niña profería insultos sin descanso —su volumen era tal que se oía sin estar cerca—, y resultaban acaso más hirientes debido a su precocidad. Cuando me he asomado, he visto cómo le colocaban unas esposas. Terrible imagen la de un niño detenido. La chica se ha sentado en el suelo y un policía ha ordenado despejar la zona. He seguido caminando calle abajo, pero no me he demorado mucho en el paseo y enseguida he dado la vuelta. Pensaba que la historia había terminado, sin embargo una ambulancia ha aparcado y he tenido que apresurarme para conocer el desenlace. “¡¡No!! ¡¡Ambulancia no!!” gritaba la niña. Los médicos del Samur han hablado con la madre y la muchacha ha comenzado a llorar. Otro policía nos ha instado a dispersarnos, así que hemos tenido que abandonar el espectáculo sin saber cuál ha sido su final. Me acabo de asomar por la ventana y están los agentes y los profesionales del Samur discutiendo. Supongo que debe de ser difícil coordinar fuerzas del orden para un caso como ese, propio de aquel programa llamado Super Nanny.

Los monstruos de la razón

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“El sueño de la razón produce monstruos”, Goya

Intento ordenar el relato de lo que ocurrió anoche, pero el impacto que me produjeron las noticias de A. dificulta el ejercicio. Me contó las varias decisiones que ha tomado, todas ellas a merced de un cambio drástico de identidad, que yo no esperaba en absoluto. Sus dedos temblaban ligeramente mientras sujetaban el cigarro —ha vuelto a fumar, como “modo para canalizar la ansiedad”— y su mirada estaba a ratos perdida. En una terraza, hubo un momento en que nos quedamos calladas, y pasó una terna de adolescentes riendo y chillando. “Míralos. La vida no les ha hecho daño todavía”, me dice. “Del brillo en los ojos se pasa a la mueca cínica”, contesto. Ahora ¿quién es A.? La percibo como un pajarillo que se ha arrancado un ala y la otra se la han cortado.

“La única realidad es el momento en que posas la cara en la almohada y estás a punto de dormir. Ese eres tú contigo mismo”, lamenta. Pero, digo, está Montaigne: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de uno mismo”. Silencio escéptico. Anoche fue muy larga. A. tiene que (va a) salir adelante.

Ternura auténtica

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¡Qué buena compañía hace Pla!

Recuerdo perfectamente tal día como hoy el año pasado. Estuve en X, en la entrega de un premio en el que me quedé finalista. No gané, y además pude presenciar en primera fila cómo se lo entregaba X a un amigo suyo. “Sospechar del Planeta es como sospechar de los Reyes Magos”, dijo Savater. No era el Planeta, pero la frase es extensible al mercado de los galones. Me causa cierta compasión rememorar cómo me ilusioné las horas previas. En cualquier caso, atesoro un buen recuerdo de aquella experiencia: el mensaje que me envió X. Ese fue el verdadero premio.

Y sin embargo:

“Cuando la experiencia de la vida es corta, confusa y contradictoria –éste es mi caso– es una pedantería literal, por más dolorosa que sea la experiencia, posar de hombre que está de vuelta de todo, completamente curtido. Observo con horror que todo me lleva al resecamiento y a la indiferencia, pero sería un farsante si afirmase que he llegado al cabo de todo. Quizás, hasta en los casos peores, queda siempre una reserva de ternura auténtica” Josep Pla, El cuaderno gris, p. 182.

En un rato, salgo para ver a mi amiga AT. Me cuenta que “su vida ha cambiado absolutamente, algo que no es ni bueno ni malo”. Muchas ganas de verla y de charlar. Buenas noches.

 

Esperanza

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Anoche, César González-Ruano en su Diario íntimo: “Solo veo posible hacerme una existencia a la medida de los consuelos negativos. No sufrir demasiado, no llevarme disgustos. Con eso parece que pueda bastarme. De los goces va uno perdiendo las llaves de los deseos” (29/VIII/1951). Asentí —y más, precisamente, anoche—. Pero esta tarde, esperando a que saliera el cercanías de vuelta a Madrid, he recibido un correo. Era un Sí. Un Sí que me hace especial ilusión. Quizá haya esperanza. Poca, pero hay. Ha arrancado el tren, inicio de trayecto anunciado por esos pitos desagradables que, hoy, me han sonado como campanas, y he mirado el paisaje sonriendo. Por primera vez me ha parecido bonito.

Martes 17

Una de las camareras de la cafetería de la facultad suele sentarse, cuando no hay jaleo, en un taburete al final de la barra, de manera que puedo verla de frente mientras ella chatea con su móvil y yo me tomo una coca-cola. Se trata de una persona muy expresiva, así que en función de su marcada gestualidad es posible adivinar el itinerario de sus conversaciones. Hoy estaba contenta. La semana pasada se ve que discutió con su pareja, pues ladeaba la boca y acabó por estampar el terminal contra la superficie de la barra. No hubo daños —la funda protectora con forma de conejo cumplió su función— y enseguida volvió a sujetarlo y a marcar la llamada. Se metió a la cocina y ya no pude saber en qué terminó la cosa. Por las caras de hoy, no fue nada grave; o quizá sí, y ha comenzado a entablar una nueva amistad…

Ha sido una escena muy desoladora la de una madre anciana enfrente de su hija discapacitada en el metro esta tarde. La mujer mayor miraba al suelo, y su palidez denotaba cierto mareo, quizá angustia física y vital. De repente, ha levantado la cabeza para preguntar a nadie en concreto “¿Dónde estamos?”. Un hombre le ha contestado y le ha interpelado a su vez: “¿Adónde va usted? ¿Se encuentra bien?”. “No sé adónde me lleva mi hija”. La muchacha miraba a todos lados sin detenerse en ningún punto fijo. No ha sido la primera vez que he visto a una madre acompañando a una hija eternamente niña y vulnerable; por las mañanas, cuando cojo el bus, a veces coincido con otra pareja. Es uno de esos casos que muestran que la vida no siempre es justa: hay un determinado momento en que el hijo tiene que volar del nido y, cuando sea preciso, ser él, en la medida de lo posible, el que tome las riendas del cuidado familiar. La expresión ser ley de vida da la vuelta y adquiere un grado de heterodoxia regido por el cariño de los padres, que guían, hasta que pueden, a esas personas portadoras de un brillo en los ojos distinto y feliz.

Medio cálido

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Foto desde una ventana.  16/IV,  21:05.

Hoy hemos estado MGA y yo en el Café Gijón. Cuando pasa al local, todo el mundo se le queda mirando con admiración. Además, se pone su trenka sobre los hombros y parece que va levitando. La última vez que fuimos allí, me senté enfrente del retrato de Francisco Umbral, y evité en todo momento mirar al difunto periodista, pues me hacía sentir observada mientras comía el menú. Ya queda menos de un mes para que salga a la venta su novela, que va a ser —es— genial, como todo lo que escribe.

Por la tarde, he estado en la BNE. Un rato en la Sala Barbieri. Esperaba a que la empleada me trajera un libro cuando el hombre del único pupitre ocupado ha comenzado a hacerme señas con la cara y las manos. Un empleado le ha mirado y él me ha mirado a mí. Yo no entendía nada. Se ha dirigido a él y el hombre ha dicho “que ya está lo que ha pedido”. En efecto, la empleada venía con el libro en la mano… No sé para qué se ha molestado en indicármelo, porque te traen los préstamos a la mesa. Cuando lo estaba consultando, una mujer ha pasado por delante de mi pupitre. He levantado la cabeza y la he visto de espaldas: pelo gris, cortísimo, toda de negro y un guante también negro —solo un guante, en la mano izquierda—. Me ha intrigado, así que he estado pendiente de su vuelta. Al regresar, he visto su cara. Parece que sufrió un incendio o un accidente, pues su rostro está inundado de quemaduras; presumiblemente, también lo está la mano izquierda.

Después, he bajado hasta la Sala Cervantes para otra consulta. Había un chico monísimo en el mostrador, que me ha atendido con mucha diligencia. A mi lado, un hombre transcribía un texto paleográfico con una velocidad asombrosa; enfrente, otro hombre, con unas uñas como nunca he visto, semigrises y totalmente planas, leía un libro antiguo. Y al salir, me he dado un paseo y he vuelto a casa, donde he encontrado un No, pero al contárselo a X y a mis padres he sentido que, al fin y al cabo, agradezco cada día contar con el Sí de los que más importan: los seres queridos; las personas de confianza.

Hablaba con MGA de la importancia del interlocutor. Es uno de los motores de este almanaque, desde luego. Me resulta muy divertido cuando algunos me comentáis vuestras impresiones sobre las entradas por correo. En la Red, da la sensación de que estos textos breves son mensajes que uno escribe para sí mismo, sin esperar respuesta de nadie, dada la inmensidad del mundo virtual. Como ya explicó McLuhan, se trata de un medio frío sin ningún contacto físico; sin embargo, está siendo una experiencia grata, y genera mucha ilusión recibir una retroalimentación. El medio se vuelve cálido y sientes que no estás solo.