Sábado

Encuentro un papel traspapelado en una fotocopiadora en el que se afirma que “leer un diccionario es algo ameno y divertido”. Desde luego, esa frase parece escrita al calor de un diccionario de sinónimos, pues ameno significa lo mismo que divertido, pero la cuestión de fondo es que me parece de un postureo sin ambages. En diccionarios de naturaleza enciclopédica, como el biográfico o la Espasa, puede, pero el placer propio de la buena lectura es antagónico al fin de una obra destinada estrictamente a la consulta.

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Recibo un correo en el que me felicitan la Navidad. Un 17 de noviembre. Y no me llama la atención, pues el calendario lo marcan los centros comerciales y supermercados, que llevan días ofreciendo productos navideños. Se ha perdido la conciencia del sentido de las fiestas y por supuesto se ha perdido también el trasfondo religioso de las mismas. El consumo desaforado —y guiado— me aburre. Al hilo de esto, mi móvil está dando sus últimas bocanadas. Solo tiene poco más de un año de vida y, teóricamente, era de los mejores cuando lo compré. La obsolescencia programada otorga cada vez menos margen. Lamento tener que plantearme por un segundo la necesidad de sustituir el terminal por uno nuevo que seguramente dure menos aún. Busco las últimas novedades y veo un móvil con cuatro cámaras traseras. ¿Para qué tanto? Usar y tirar, usar y tirar. Y así ad infinitum.

Esta mañana he ido a una nueva peluquería que han abierto en el barrio. La experiencia no ha podido ser mejor. El peluquero ha captado mis preocupaciones y las ha comprendido, proporcionándoles solución eficiente. Me ha cortado mucho el pelo, y no me ha importado. Ha sido el primer profesional del cabello que no me ha dicho “ay, qué pelo tan bonito ¿es tuyo? / ¿es natural?” y por eso desde el principio me ha caído bien. Uno llega a un punto en el que prefiere que le respeten y le comprendan, en lugar de recibir propinas fundamentadas en la falsedad. Los productos son orgánicos y me han parecido magníficos; el champú, por ejemplo, olía a plantas. Cambiarse el look es el telón que abre una nueva etapa. Ha empezado hoy.

Signos de brutalidad

El jueves por la noche MGA intervino, con su habitual dominio de la dicción y su simpatía, en un acto. Contó que su novela preferida de Pío Baroja es La busca, y que de aquella lectura de juventud, cuando aún residía en Torrelavega, recuerda una cita: “bajo una escopeta, una guitarra y una cruz del Sagrado Corazón de Jesús, signos de la brutalidad de España…”. Estas tres referencias, asumidas en el libro como signos nada menos que de brutalidad y la conciencia de que el texto se escribió en 1905 causaron un gran impacto en él. Por otro lado, destacó la cualidad de retratista del vasco, que con apenas unos trazos dibujaba la psicología de los personajes.

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Estos días se están publicando muchos artículos en defensa de las Humanidades. Como es difícil justificar la validez de una rama del conocimiento tan poco dada al beneficio inmediato, cuantificable, la gama de razones esgrimidas en su defensa es muy variada, y algo pintoresca en ocasiones. Hace un rato he leído una crítica a las personas que no tienen formación humanística –defender algo tomando rehenes, mal–, porque según el autor esa carencia ha provocado que carezcan de empatía y que sus relaciones sean frágiles, entre otras consecuencias. Como si estas “consecuencias” no se palparan en todos los ámbitos. Espero que estos cantos fúnebres no se conviertan en argumentos para fagocitar definitivamente lo humanístico.

En mitad de la carretera

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Foto de José Luis Sevillano

Pasan los días y la máxima de Unamuno de pensar para anotar en el diario pierde fuelle. Y no porque no hayan ocurrido sucesos. El domingo, por ejemplo, el viaje de regreso a Madrid se vio interrumpido por un choque entre el autobús y un turismo, situación que puso a prueba los nervios de todos. Al contrario que la calma que transmiten las flores de la imagen, la tensión se palpaba en el ambiente. No hubo víctimas mortales, pero sí de otra índole: algunas personas, debido al retraso en la llegada, perdieron otros buses y trenes previstos para continuar su viaje. Detrás de mí, una chica se quejaba porque, si seguíamos parados, no llegaría para el “autobús express” dirección a Salamanca, y en ese caso tendría que embarcarse en uno “normal”, que para en varios pueblos de Castilla y por tanto tarda un tiempo considerablemente mayor. ¿Merecía la pena que le dijera “vas a llegar, no te preocupes” y crearle falsas esperanzas? Entre que vino la policía, tomaron fotos, discutieron —la culpa siempre es del otro—, etc., la demora se dilató tanto que ya era imposible que la chica pudiera subirse al express (el bus llega, regularmente, a las seis y media, y ella tenía el siguiente treinta minutos después). Nos contó —se formó tertulia con mi compañera de asiento y ella— que venía de Tomelloso y que siempre tardaba muchísimo. “Bueno, pero hay más buses después ¿no?” le pregunté. “Sí, pero pierdo el dinero”. “¿No lo puedes cancelar?”. “Sí, sí, y me devuelven la mitad”. “Entonces quizá sea la mejor opción”. “Me esperaré un poco más”. Finalmente, lo canceló. Este viaje enseña que, como en todos los viajes en autobús, cuantos menos planes organices para la tarde del desplazamiento, mejor.

Experiencias

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Lo bueno de ir cumpliendo años —dentro de tres meses, uno más— es que ciertas situaciones dejan de ser nuevas. Me gustaría equivocarme, pero creo que he atravesado una muy similar a otra de hace unos años. Lo peor es que de esto se da uno cuenta a posteriori; cuando comenzó, pensé que sería diferente. Me acuerdo ahora de una comedia romántica, de esas que forman parte de la programación habitual de Nova, en la que escuché al vuelo un diálogo: “— ¿Por qué te gusta? / — No sé. Es que es diferente”. En mi caso, aclaro que no estoy hablando de amor —nunca lo he hecho en este almanaque—. La cuestión es que la vida es, probablemente, la lucha constante por sentir y vivir algo nuevo, pero al final todo es lo mismo con distinta forma. Y sin embargo aún me queda algo de esperanza. No nos limitemos a ser supervivientes.

*otra consecuencia de envejecer es que cada vez es más difícil engañarse a uno mismo.

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Lumière, de La bella y la bestia, película que vi anoche. ¡Qué personaje tan simpático! Excelente representación del ayudante del héroe del cuento tradicional, junto con su amigo el reloj parlanchín y algo gruñón —se llama Din Don, ay—. Además, en la versión de 2017, el actor Ewan McGregor le puso voz. Lumière es el encargado de propiciar el amor entre Bella y Bestia: les prepara un banquete de postín y un baile inolvidable, además de otras acciones indirectas.

— I’m talking to a candle —dice Bella.

— Candelabro, please!!!!!

Paseos por el campo

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Paseo por el campo esta mañana para aprovechar las cada vez más escasas horas de luz. Cuando llevaba un buen trecho, ha salido de otro camino cuyo inicio tapaba una casa con la fachada calada un labrador retriever. He mirado derredor para ver si tenía dueño, pero no he visto a nadie. Sin embargo, el can llevaba un arnés rojo de nylon sujetado en su lomo. Ha comenzado a excavar con sus patas, moviéndose con agilidad y gracejo. No me veía. Lo llamaba, pero ni siquiera dirigía sus ojos hacia mí, como si yo no existiera. He chasqueado los dedos varias veces, todas en vano. Cuando me he acercado para, si era posible, saludarlo y acariciarle, ha salido veloz y su figura se ha desdibujado en el horizonte, quizá respondiendo a una llamada que no he alcanzado a escuchar. Se parecía mucho a mi perro, y ahora me pregunto si esta escena ha tenido lugar realmente. Probablemente, no.

El mismo final

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Foto de CR

Observo unos papeles apilados, que coloqué —bueno, que dejé— en una estantería la última vez que vine a PM. Ese fin de semana olvidé el cargador del ordenador y apenas lo pude utilizar. Siempre es placentero escribir con bolígrafo y papel; conviene no perder esa costumbre. Preferible la tinta al lápiz, cuyo trazo se borra, pero siempre queda una huella —como el perdón—. Los papeles se han quedado ahí, pues a la vuelta olvidé guardarlos. Su contenido iba destinado al almanaque. Ahora me pregunto si tiene sentido transcribirlos y a continuación publicarlos. Me temo que no. Un diario, o lo que tenga vocación de parecérsele, debe recoger “el rumor de los días”, expresión de un verso de Manuel Álvarez Ortega, compartido por José Luis Sevillano en sus anaqueles. Las palabras de esos folios me suenan ya demasiado lejanas; son fantasmas de papel, para los que el rumor ni siquiera es perceptible. Y, sin embargo, tanto las frases del diario como las de aquellas palabras escritas a mano están condenadas al mismo lugar: el olvido.

No es igual

Ayer un buen amigo me contaba que, en los años 70, un militante de una banda antifranquista le tendió una trampa, engaño que tuvo consecuencias fatales para él. El relato de la historia, concluía esta sabia persona, enseña que poco hay que fiarse de los salvadores. Santiago Ramón y Cajal dejó escrito un aforismo, recogido en la antología que preparó Manuel Neila para Renacimiento, que avisaba del peligro de la gente que te veía como un medio y no como un fin (*tengo el volumen en Madrid y os escribo desde PM, cuando vuelva lo busco y lo cito bien). Mi amigo, a pesar de su desencanto justificado, realiza más acciones concretas que buscan el beneficio colectivo que muchos de los héroes retóricos. Y sin embargo a todo esto algunos lo siguen llamando equidistancia.