Para qué

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El paso de la laguna Estigia, Joachim Patinir

Me comentaba ayer mi amigo MC que cuando lee por primera vez a un autor y le encanta, continúa hasta que devora todo su corpus. Me ha ocurrido también, y seguro que muchos lectores de este almanaque comparten esta práctica. Pero, ¿qué sucede cuando se termina? Se instala en nosotros una sensación de vacío, la desesperanza al confirmar que ya no hay más –si está muerto–. ¿Y la posibilidad de la relectura? Decía González-Ruano en una de sus crónicas que “releer es un lujo para un profesional de las letras. En el tiempo en que volvemos a leer un libro ya conocido, podíamos descubrir o aprender algo en otro”. No estoy de acuerdo. Si el libro nos interesa –o la película–, con seguridad descubriremos o aprenderemos siempre que volvamos a él, probablemente sobre nosotros. Y comprobaremos que, pasado un tiempo, no somos los mismos.

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Día de vaivenes anímicos. Mi profesora de yoga nos insta a mantenernos impasibles ante la alegría y la tristeza. Según el ashtanga yoga, las reacciones extremas han de rechazarse, de manera que lo ideal es cultivar la serenidad. Lo he intentado, pero no soy capaz –seguramente porque soy bastante escéptica con respecto al beneficio de esa “norma”–. ¿Cómo no sentirse eufórico ante una buena noticia? ¿Cuál es entonces su sentido? ¿Por qué no exteriorizar nuestra pena, soltar las lágrimas, limpiar nuestra alma?

Hay días en los que uno tiende a preguntarse para qué. No siempre hay respuesta.

¿Por qué sonríes?

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Volvía del Archivo General de la Administración, donde he pasado la mañana para unas pesquisas académicas, cuando, al cruzar una calle, me han asaltado un par de muchachos. “Perdona, nos puedes decir… ¿por qué sonríes?”. Mi primera reacción ha sido mirar alrededor por si acechaba una cámara; la segunda, preguntarles para qué era la performance, por si una vez respondida me pedían dinero. “Simplemente queremos saber por qué sonríes”. Me detengo enfrente de la pizarra y les señalo una de las opciones, pero uno de los dos me tiende un ramillete de rotuladores e insiste en que apunte mi parecer. Escribo “familia” en uno de los pocos huecos libres y a continuación los chicos me piden que les haga una foto con la tabla. Me han hecho sonreír.

Lo que queda de una vieja llama

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Thomas Hardy

 

Estos días, quizás por el sesgo cognitivo, o quizás porque se acerca el Día de los Enamorados y se supone que hay un ambiente favorable al amor, he visto con más frecuencia en el metro a jóvenes que sonreían al leer los mensajes recibidos en su móvil o al escribirlos ellos mismos. Se trata de sonrisas reveladoras, nacidas del cosquilleo enamorado. Esos mensajes son el semillero precursor de la pasión, para los que la espera se convierte en dolencia febril y la imaginación es un terreno que se abona sin medida. Entreveraba las miradas fugaces a esos rostros ilusionados con la lectura de poemas de Thomas Hardy, cuya compañía es balsámica.

Sentada en una sala de espera, he podido observar fragmentos de la charla que ha mantenido una chica con su novio, Iñaki, a través de whatsapp. Ella estaba algo nerviosa: sudaba, se movía en el sitio y se tocaba el pelo impulsivamente. Por lo que leí, tienen la intención de comprar un piso, para lo cual, lógicamente, tienen que escoger una finca y, con posterioridad, decidir la manera de ejercer el pago. Entre los dos, escribe ella, ganan 3000€. La chica decía que había visto un piso bonito en Acacias. “—¿Acacias? No me seas pobre”. Cabe recordar el concepto, acuñado por Adela Cortina y desarrollado en un libro que se publicó el pasado año, de aporofobia. Primero, me sorprende que alguien, en el desarrollo de una conversación decisiva para tu futuro, emplee ese tipo de argumentos; segundo, ¿irse a vivir a Acacias es ser pobre? Obviamente, no, y menos en una ciudad como Madrid, en la que hay libertad de elección en educación y sanidad, de modo que el barrio donde residas no te determina tanto. El chico le recuerda que un piso que vieron de 80 m2, de dos habitaciones —el tácito propósito de tener descendencia—, estaba muy bien. La chica salió del whatsapp y entró en una aplicación que permitía calcular las mensualidades de una hipoteca. En la casilla del plazo para pagarla, puso 25 años. Me quedé atónita. “Eso de encadenarse a otra persona de por vida es invención del diablo”, decía Tristana, que paradójicamente es un ejemplo de encadenamiento perpetuo.

 

*Lo que queda de una vieja llama es el título de uno de los libros de Thomas Hardy y la foto se ha extraído de The Guardian.

Vida privada

Había un nutrido grupo de niños y algunos de sus padres en la puerta del colegio por el que paso cada mañana. A juzgar por sus mochilas y lo ilusionados que estaban, hoy tenían programada una excursión. He tenido que cruzar el tumulto, y en el epicentro he escuchado a uno de los padres consolar –o todo lo contrario– al único que lloraba: “Hijo, de verdad, que no es el fin del mundo”.  Pero lo que más me ha impactado ha sido la imagen de uno de los niños, apartado de los corrillos, con una baraja de cartas en la mano. Era rubio, con el pelo un poco largo, la tez palidísima y una mirada inquieta. He sentido un pinchazo de dolor en el corazón. Espero que sea fuerte.

Esta mañana he estado leyendo el informe “Europe online: an experience driven by advertising” (muchas gracias a M. por enviármelo). De las conclusiones que aparecen, extraigo esta: hay una preferencia de los usuarios de Internet por los contenidos gratuitos, sin importar que su consulta permita el acceso a los datos de navegación. Hay mucha información sobre el tema del “big data”, y la mayoría parte de la premisa de que se invade nuestra vida privada –y es cierto–. Pero esa idea imbrica también la conciencia de la exposición de la vida privada como algo negativo. Se dicen frases como “las redes sociales han acabado con nuestra privacidad”. Tal vez lo que ocurre es que la vida privada ha dejado de ser un valor, como en su día lo fue y después dejó de serlo –para amplias capas sociales—la virginidad. Otra cosa es, naturalmente, la vida íntima, que muy poca gente tiene, como dijo Pániker, y que es imprescindible para, entre otras razones, tener ordenados nuestros afectos.

Cuesta creer que hayamos terminado así, si es que se puede afirmar que empezamos algo. “Porque está en silencio. Está en silencio en virtud de que no contiene nada tuyo” (William Carlos Williams). He perdido la voluntad de amar.

Noctámbulos

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Detalle de Noctámbulos, de Edward Hopper

Una maravillosa película y posterior cena en un sitio estupendo. Esa fue la última vez. ¿Qué podía fallar? Hemos fallado nosotros y ha fallado la idea de lo que podíamos construir juntos. Con el agravante de la efeméride: estamos a una semana de San Valentín. La imprevisibilidad de los sentimientos puede provocar el paso repentino de una ilusión profunda al recibir un presente muy bello a, días después, como dijo Philip Larkin, la necesidad de hallar “palabras que sean sinceras y agradables, / o no insinceras y desagradables”.

— S. perdona que no te haya podido contestar antes, pero es que se me rompió el móvil y se me han perdido todos los contactos.

— Ah, pero tenías mi correo, ¿no?

— Es verdad, no caí…

— No te preocupes. No te he buscado.

iWatch

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What’d they call a Big Mac? 

Quedamos mi amiga Lucía, su nuevo novio y yo para merendar ayer. El chico quería comprarse un iWatch —el reloj de la marca Apple-, así que lo acompañamos a la tienda de Sol a cumplir su deseo. Esa tienda llama la atención porque no parece que lo es: entras y sientes que estás en un espacio sin barreras entre los objetos, los trabajadores y tú. No hay zona de cajas: se cobra el importe en el acto, después de haber sido atendido con una simpatía que roza el colegueo. Nos dirigimos a la parte de los relojes, y el novio requirió la atención de uno de los dependientes. “—¿El iWatch es compatible con mi móvil? [se lo saca]”. Es un Samsung, último modelo. “—¡Claro!”. “—¿Y podré llamar también?”. “—¡Por supuesto! De hecho, yo no paro de llamar. Mira, es que es superútil. A mí que no me gusta nada fregar, pero claro, tengo que ayudar a mi chica, cuando friego digo voy a llamar a alguien. Y mientras friego hablo tranquilamente, así se me pasa enseguida”.

Vecinos

la ventana indiscreta

Se ha resuelto por fin uno de los misterios que más me venían perturbando en los últimos meses. Desde octubre, algunas noches empecé a escuchar ruidos. Su frecuencia me permitió establecer una sistematicidad: se producían los viernes y sábados por la noche y, desde diciembre, los martes por la noche también. Como el sagaz lector habrá adivinado, no se trataba de conversaciones sobre el idealismo hegeliano, sino que se correspondían a otra clase de ruidos. (*Hablaba el otro día con una persona sobre la dificultad de nombrar a la relación sexual. Hacer el amor suena antiguo y desde luego en muchos de los casos el amor ni está ni se le espera; practicar sexo imbrica la idea de actividad deportiva; follar, en ciertos contextos, es demasiado coloquial; y etc, pues pocas acciones poseen más maneras de nombrarse que esa en concreto). Llamé en un par de ocasiones a su puerta, para comentarles que, por favor, los martes —al menos—, procuraran hacer menos ruido. En ninguna de ellas se hallaban en el piso. Pero, ¿quiénes eran realmente mis vecinos? Cuando creía que me resultaban ya familiares (un hombre pornográficamente ruidoso y una mujer que solo gritaba cuando estaban concluyendo), una semana comencé a escuchar a dos hombres, uno de ellos el ya conocido. Lo curioso es que, aquellas noches, llegaban muy tarde y, en cuanto finalizaban, se marchaban. Cuando se lo comenté a mi amiga A., me sugirió que quizá estaban alquilando el piso como picadero. Eso me preocupó aún más. ¿Se lo debería decir al casero? No tenía pruebas y ese tipo de problemas son casi imposibles de objetivar. Hube de comprarme unos tapones y, después de meses sin hacerlo, volví a meditar antes de dormir. Esos cambios en mi rutina me facilitaron, sin duda, el descanso.

Cuando volví, ayer por la tarde, de dar un paseo, subí al piso por las escaleras y, al llegar a mi planta, me encontré con un montón de muebles y cajas a lo largo del pasillo. ¿Vería la cara del hombre al que ya podía decir que conocía en su intimidad, antes que cualquier otra aproximación cordial? Francamente, lo último que me apetecía era asociarle un rostro. Oí el ruido de varias personas, y de diferentes edades. En lugar de hablar, gritaban, y se podía escuchar perfectamente lo que decían. Salí, cuando los hombres habían bajado las cajas y solo escuché a mujeres, y llamé a la puerta —pese a que estaba abierta—, y salió una joven que me me miró algo pasmada, aunque quizá la cantidad de piercings que llevaba en su cara habían menoscabado la capacidad de su rostro para expresar emociones. “Hola, quería preguntarles… ¿están de mudanza o de reforma?”. No me dijo nada, y enseguida salió la madre, que por lo menos parecía receptiva. “¡Hola! ¿Eres la vecina de al lado? Pues mira, no estamos ni de lo uno ni de lo otro. Este es un piso de renta antiguo y mi padre falleció hace poco, así que dejamos las llaves para siempre”. “Ah, pues nunca os había visto”. “Ya, es que aquí no vive nadie”. “¿No vive nadie?”, pregunté extrañada. “Bueno, alguna vez hemos venido los hijos para reunirnos, o para dar una vuelta por si había pasado algo”. “Ah… Me sorprende, es que alguna vez he escuchado ruidos, y creía que sí que vivía gente” —por un momento me sentí como una reportera de Equipo de Investigación—. “Venía por curiosidad, para saber cuánto más o menos van a estar”. Me dijo que esta tarde y mañana. Cuando me di la vuelta, dos hombres y un joven volvían a recoger más cajas. Podía ser cualquiera de ellos. “¿Perdona, me dejas?”, le dije al pequeño, que se había parado justo enfrente de mi puerta. “¡Pero cómo no te va a dejar, si es tu casa!”, gritó haciéndose el simpático el mediano. Creo que era él. Qué horror. Todo lo que había pensado hacer por la tarde en el piso se fue al traste… Busqué cuál era la sesión de El hilo invisible que comenzaba antes, compré la entrada y me marché, con la esperanza de regresar cuando ya se hubieran marchado.