Chapuzas

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Hace ya casi un año mencioné una breve excursión que tuve que hacer para sacar un libro de una biblioteca municipal y que, al final, resultó inútil. Comentaba entonces que estaba previsto iniciar el servicio de préstamo interbibliotecario. Pues pasado este tiempo, ya se ha inaugurado y lo he usado por primera vez. La experiencia ha sido fatal y ha puesto de manifiesto que el servicio es una chapuza. El lunes pasado acudí a una de las dos bibliotecas en las que soy usuaria frecuente, por la razón obvia de que se encuentran cerca del piso y del CCHS. Les había escrito previamente para preguntarles si era posible realizar la solicitud de préstamo interbibliotecario telemáticamente. Me respondieron que no, que debía presenciarme y rellenar un documento. “¿Y no lo puedo mandar escaneado?”. “No, tienes que hacerlo en persona”. Una vez firmado el papel, me informan de que tardará en llegar en unos cuatro días y que me llamarían por teléfono para avisarme. “¿Pueden avisar por correo electrónico? Lo prefiero así”. “No, siempre avisamos por teléfono”. Cuatro días después, no recibo respuesta. Esta mañana, una semana después —cinco días hábiles después—, me llaman desde una biblioteca a la que no he ido nunca ni tenía pensado hacerlo.

— Hola, te llamamos de la biblioteca de La Elipa. Ya puedes venir a recoger el libro.

— ¿La Elipa? No lo pedí para esa biblioteca.

— Sí, lo has pedido para La Elipa.

— Yo no puse eso en el documento y de hecho hice la petición en la propia biblioteca.

— Ah, es verdad, lo pone aquí.

Busco en Google dónde queda La Elipa y me encuentro con noticias de peleas y reyertas en sus Fiestas, que parece ser que se celebran estos días. No está muy lejos del CCHS, así que decido recoger el libro allí para evitar más trámites y esperas. La estación del metro está decorada con un mural en el que se recogen citas; curiosamente, hay dos del autor cuyo libro he reservado. Al salir, debo caminar un poco: atravieso un parque y subo por unas escaleras en las que hay un par de hombres —uno de ellos manipulando una jeringuilla—. Cuando entro a la biblioteca, me encuentro con una mujer sujetando las piernas a un técnico que, subido a unas escaleras, arreglaba unas luces.

— ¿Sí? —me pregunta, como si hubiera interrumpido algo.

Le explico la situación y llama a una compañera.

— ¿¿¿Síii??? Diiiimeee mi amorrrrrr —canta mientras sale, y cuando me ve se ruboriza y calla.

Le tengo que mencionar el título del libro dos veces y, por fin, se mete a una sala y vuelve con él. Le pregunto cómo se ponen las reclamaciones y me remite a una página del Ayuntamiento. Eso sí que no se hace en persona, por lo que se ve. Salgo de allí y me dirijo a la marquesina más cercana, con la esperanza de que el bus no tarde demasiado y pueda abandonar ese lugar para siempre.

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John Locke

Las noticias que están saliendo a la luz sobre la ministra de Justicia son muy graves. Del populista judicial sorprende menos. No solo las grabaciones provocan vergüenza ajena: también su actitud esta tarde en el Senado. Lo que se dice en el audio filtrado es la punta del iceberg de una red de poder pernicioso, y por ello es causa de dimisión más justificada que las anteriores renuncias. Ah, la separación de poderes. ¿Alguna vez existió?

Más allá de la pantalla

Anáfora

Decíamos ayer que hoy compartiría una noticia. Pablo Núñez ha anunciado que ya ha salido de imprenta el último número de la Revista Anáfora, excelente publicación de creación y crítica vinculada a la editorial Impronta. Así que esta semana miraré el buzón cada día con el anhelo de que la ruta Oviedo-Madrid de Correos sea ágil y pueda disfrutar de su lectura pronto. Lo que más ilusión me hace es compartir cartel con José Corredor-Matheos, del que podéis leer una entrevista muy interesante, como es él, y un poema inédito titulado “Vivir, vivir igual”. Y sí, habéis visto bien en la contracubierta: estas Hojas de almanaque han levantado el vuelo.

Como se indica entre paréntesis, se trata de una pequeña antología. La idea inicial fue escribir una semana pensando en Anáfora, pero escribir para —específicamente— fue un ejercicio de fingimiento que no duró más de dos días. Manuel Cañedo, leal lector del blog y casi personaje de él, tuvo la gentileza de seleccionar las jornadas que le parecían más interesantes, así que a él agradezco el florilegio de días que, pensamos, mejor podían servir de carta de presentación.

Este es el enlace de Anáfora: https://improntaeditorial.wordpress.com/anafora/

Quisiera, por último, expresar mi agradecimiento a Pablo por su invitación, y también por su amistad.

Sábado

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Cuando te enfrentas a unas primeras pruebas de un libro observas el texto arreglado, como de domingo —bueno, esto expresión hace tiempo que perdió su funcionalidad—. Esa, digamos, belleza de la maquetación contrasta con el cuestionamiento del grado de precisión léxica de cada palabra, una autoexigencia que conduce a la frustración y que en público conviene reprimir en tanto que corre el riesgo de disfrazarse de falsa modestia.

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Visto el documental sobre el espinoso caso Asunta. Dicen que la madre sufría el trastorno de Madame Bovary porque, al parecer, se enamoró de un hombre de un pueblo cercano a Santiago y quería librarse de su marido y de su hija para consumar la historia. Sin embargo, se han encontrado indicios de que el padre podría estar implicado. Me provoca repulsión hablar de esto.

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A mediodía, han llamado al telefonillo. No esperaba a nadie ni a ningún paquete, y era ya un poco tarde para el cartero comercial.

— ¿Sí?

— ¿Conoces a algún búlgaro? –para mayor realismo, leed al interlocutor con acento de doblaje ruso.

— ¿Qué?

— Que si vive ahí un búlgaro.

— No.

— ¿Ni en el bloque? ¿No tienes un vecino búlgaro?

— No tengo ni idea.

— Vale, perdona.

Esta llamada me ha recordado que apenas conozco a mis vecinos, y que este hecho tampoco me importa demasiado mientras no hagan ruido. De la vecina de la derecha conozco su afición por cantar a viva voz las últimas novedades del género urbano, pero lo hace –de momento– puntualmente y de día, así que no me resulta antipático. Una persona me contó el otro día que su piso da a un patio, en el que suele avistar a una pareja que practica el nudismo tanto en el interior de su casa como en la zona común. “Si tuviera hijos, ya les hubiera dicho algo”, se quejaba. “Es increíble levantarse por la mañana y ver que ha salido el hombre a fumar, o sea, ver eso”. Si no eres voyeur ni te resulta atractivo el sujeto, debe de ser bastante incómodo.

Posdata.: Mañana anunciaré algo.

Banderas

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Foto de José Luis Sevillano

En determinados momentos uno desearía que existieran banderas que, como las de la playa, te avisaran de los peligros del enjambre social. La de color amarillo nos avisaría de las precauciones a tomar en el trato. El equivalente de no bañarse donde no se toque fondo sería no confiar jamás tus secretos. Pero, evidentemente, no existen, y la intuición que uno presume tener falla en la mayoría de las ocasiones.

El cuaderno de las cosas importantes

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Hoy he pasado prácticamente todo el día en la Biblioteca Nacional. Desde el piso, aún parece que escucho el ruido del microfilm. Consultando El Norte de Castilla, he podido leer textos tan interesantes como este:

“Antonio Machado, refiriéndose a la cultura, precisa hasta estos extremos, en una página fechada en 1922: Acaso el deber del Estado sea, en primer término, vetar por la cultura de las masas, y esto, también, en beneficio de la cultura superior. No puede atenderse con preferencia a la formación de una casta de sabios, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se seca por la raíz. Pero los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de los aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como un privilegio. Arriba, los hombres capaces de conocer el sánscrito y el cálculo infinitesimal: abajo, una turba de gañanes que adore al sabio como a un animal sagrado”.

A mediodía, he salido hacia el Café Gijón, donde MGA me esperaba para comer. Allí nos hemos encontrado con CAM, exministro poeta. “Ah, te he traído una cosa”, dice M. Y me ha regalado este cuaderno, con el símbolo hindú “om”. “Para que sigas escribiendo tu diario”.

Envoltorio mortal

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Hoy he recibido un libro de TodoColección envuelto en el papel de la sección de esquelas de un periódico. Mi reacción inmediata ha sido considerar el embalaje de muy mal gusto y de nula delicadeza —menciono el agravante de que dos de los finados se apellidaban González—. Sin embargo, luego he recordado que la tradición occidental adolece de una histeria con respecto a la muerte y su sentido, si es que lo tiene, como tampoco probablemente lo tenga la vida. Además de la decrepitud inevitable y mal asumida por la publicidad y el entorno, que asocia el envejecimiento con la mula de carga del canon de belleza ideal. Como me dijo JCM el lunes recordando una cita de M. Vázquez Montalbán: “en este mundo estamos de paso, y sobre todo en este país”.

Primer día

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Ayer me levanté cuando el locutor más divertido y perspicaz ni siquiera había comenzado su discurso. Las tostadas son menos apetecibles a esas horas. Recorrí el trayecto del metro con el acompañamiento feliz de Lo que dejan los días, de Pablo Núñez, sensación agradable que se difuminó al llegar a la parada Estadio Metropolitano, donde se debe cambiar de metro debido al cambio de zona tarifaria. La línea está cortada por obras, pero afortunadamente hay un servicio sustitutivo de autobús. Anduve por los alrededores del Wanda –¡qué diferente de noche, sin luces, con respecto al ambiente bullicioso cuando se celebra un partido!—hasta alcanzarlo y, una vez dentro, me senté al lado de un hombre totalmente concentrado en su móvil. Miré de soslayo a la pantalla: estaba viendo el vídeo de una mosca, a la que se intentaba cazar con una cuerda. A los pocos segundos me di cuenta de que yo también me había quedado un poco abducida por el aletear de la mosca. Llegamos por fin a Coslada, donde me subí al tren de cercanías. Aún era de noche, pero conforme avanzábamos por el corredor del Henares se podía ver cómo el sol se iba engrandeciendo. El silencio del vagón y la conciencia de que era el primer día, y que a partir del jueves que viene todos los demás se convertirían en rutina, contribuyeron a hacer de ese amanecer un espectáculo de calma. Una vez en la Alcarria, noté que la sensación térmica era ligeramente inferior a la de Madrid, de hecho vi a algunos alumnos con chaqueta y jersey. La Facultad a la que tenía que dirigirme está cerca de la estación, de modo que fui hasta allí caminando.

— Perdona ¿sabes dónde está la Facultad de Educación? En el Google Maps pone que es por aquí. –me pregunta un chico.

— Sí, tienes que subir esta cuesta. Yo voy para allá. –le respondo.

— ¿Tú también empiezas hoy?

— Sí, hoy es el primer día.

— ¿Hoy empiezas el grado? ¿En cuál estás?

— Bueno, no estoy en un grado… –y le explico la situación.

— Yo he empezado esta semana la carrera.

— Anda ¿qué vas a estudiar?

— Grado en Magisterio de Primaria.

— ¿Y te está gustando?

— Sí, bueno, empecé el lunes, pero de momento bien. Lo que no me gusta es madrugar.

— ¿Pero para el instituto madrugabas, no?

— Sí, aunque no tanto, porque podía ir andando. Aquí si me levanto un poco tarde, pierdo el cercanías y llego tarde.

— Vaya… Bueno, te acostumbrarás.

Llego por fin al aula. Me esperan los alumnos, expectantes e ilusionados por lo que está por venir. El brillo de sus ojos constata que aún tienen sueños, y me recuerda que un día yo también los tuve. O que quizá es pronto para dejar que las cenizas arrasen con todo: las pavesas son las llamas en el páramo.