Susana y los viejos

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Viaje Madrid-Alcázar, 23/xi

Antonio ¿cómo estás? Que ya me he enterado de la situación. Antonio, yo soy un zorro. Yo tengo un olfato… ¡Vaya que si lo tengo! A mí no me la dan. Me quieren utilizar como cabeza de turco, como chivo expiatorio. No se lo voy a permitir. ¡Lo juro por mi madre, que en paz descanse! Por cierto, este año han sido caríiiisimos los centros de flores. Ya no se los compro más a la Paqui. Se aprovecha de la situación. Escucha, que me dan igual y que yo tengo mucho olfato y no me voy a dejar engañar, es más, les voy a engañar yo a ellos. Para Navidad le voy a regalar a Carmen un pendiente que perteneció a mi abuela. ¡Qué va, tonto! Si es una baratija. Jajajajaja. A mí me extrañó mucho que dijeran que quedásemos el domingo, cuando siempre quedamos los viernes. Y ya me he enterado de que han quedado también hoy, pero no querían que fuésemos, Antonio. Son gente cruel. El domingo por la mañana los veremos en misa, pero no me pienso sentar en el mismo banco, Antonio. ¡Ah! Ni por encima de mi tumba. ¡Y que me saluden ellos antes! Oye, Antonio, tú sabes quién esta chiquita que va siempre muy tapada, morenita, jovencita. ¿Es muy joven? Es que no prestas atención. Antonio, debería haber confesiones a tres, ya te lo digo. Y yo quiero estar en la tuya. Jajajaja. Se lo voy a proponer al fraile. Por cierto, me ha enseñado un reclinatorio impresionante, en el que te tienes que poner completamente de rodillas para rezar y para recibir la comunión, sin cojín, o sea que te quedas hecho polvo. Creo que esa chica se llama Susana ¿no? ¿No la conoces? Pero entonces ¿a qué vas? Jajajajaja. Sí, como todas las beatas. La otra se pone muy interesante cuando lee. La que se sienta en la primera fila. Sí, sí, porque la morena lee “bububu”, no se le entiende nada. Mira, Antonio, vamos a invitar a Susana a tomar algo. La vamos a llevar a la vinoteca ¿cómo lo ves? Las buenas maneras no se tienen que perder, Antonio. ¿Tú cómo ves lo de la castidad? ¿Qué? No sé qué es eso. Ah, para que no se te caiga. Claro, sí sí. ¿Y te parece bien? Ah, pues entonces. ¿A quién estás dando la razón, al diablo o a quién? Pues para que veas. Y tú has dicho que te gustan las tradiciones. Lo de que había pagado 100€ por la boda me pareció fuerte. Encima me comentó que le había regalado también una camisa de lino. Yo tengo una camisa de lino, Antonio, que me costó una fortuna. ¡Una fortuna! Escucha, vamos a pasar por un túnel y creo que se va a cortar… ¡Antonio!…

Volar

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23/xi

Rara es la ocasión en la que el tren de cercanías, al atravesar San Fernando de Henares, no se cruza con un avión. Los vecinos de la localidad estarán acostumbrados al ruido —sobre todo, al de los aviones militares de la base aérea de Torrejón— y a ver a estos aeroplanos en la inclinación adecuada para aterrizar o despegar. Cientos de pasajeros diarios yendo los lugares más variopintos, mientras que los vecinos de San Fernando permanecen en tierra como espectadores. ¿Como espectadores? Tal vez en sus casas sean más felices que aquellos que viven en continuo desplazamiento, intentando buscar la felicidad imposible en su entorno. Me acuerdo ahora de la película Up in the air, protagonizada por George Clooney, y me provoca compasión el ejecutivo con tarjeta business de American Airways, inventándose vidas volátiles en los vuelos transatlánticos. Su casa era un hotel.

Cien millones

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Recibo —como todos los empadronados en Madrid— un sobre amarillo en el que se contiene una invitación a decidir en qué destinar 100 millones de euros del presupuesto municipal. “Si tienes una idea para el destino de esos 100 millones de euros, preséntala a través de…”. O sea, que quieren que los ciudadanos decidamos cómo gestionar una cifra de tal envergadura. ¿No están los políticos para eso? Entonces ¿cuál es su función? Sí, ya sé aquello de la polis democrática, pero un buen político debe ser quien lleve a cabo el diseño de un presupuesto y se afane por su óptima aplicación, de acuerdo a un programa con implicaciones ideológicas que el votante ya se encargará de elegir o no. El buen ciudadano será quien acuda a las urnas con una información contrastada y tomándose en serio la cita con la democracia. El zapatero, que fabrique los mejores zapatos; el profesor, que enseñe con interés y responsabilidad; y el político, por tanto, que se ocupe de lo suyo y se deje de cartas.

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Esta mañana en el tren he leído un rato y, en un momento, he podido captar en la pantalla del móvil la mujer que iba al lado unas letras de una canción –era uno de tantos vídeos de Youtube en el que va saliendo conforme suena–. How can anyone be so lonely, la primera vez que he mirado; there are moments when I think I’m going crazy, después. Ya no he querido asomarme más, por si acaso. A la vuelta, con el tren más concurrido, ha sido posible practicar una de mis mayores aficiones: escuchar conversaciones ajenas. Charlaban un hombre y una mujer sobre el Black Friday. “Le voy a comprar a mi sobrina unas películas clásicas que venden por 3€”. Un grupo de jóvenes estudiantes de Derecho criticaba a uno de sus profesores. “Fui a la biblioteca a por unos libros suyos para el trabajo final y vi que en el último tenía un capítulo que era, tal cual, otro libro de él más breve; solo había cambiado un par de epígrafes. ¡Así cualquiera es catedrático!”. En la cafetería del Archivo, al que he ido por la tarde, un hombre: “La función de los abuelos no es educar; la de los padres, sí”. En fin, frases todas ellas susceptibles de ser glosadas por extenso, pero por hoy me limitaré a decir ¡la vida! Buenas noches.

Las causas

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En el metro, de vuelta de una tarde de archivo, se ha sentado a mi lado un chico pelirrojo con las gafas de la misma montura que las mías. Ha sacado un libro de la editorial Debolsillo. En un encabezamiento, “Causas de la felicidad”; en otro, “Entusiasmo”. Con los años empiezo a valorar la posibilidad de que el entusiasmo sea, por el contrario, causa de los males del ánimo y desafecciones varias. Se trataba de La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, un clásico contemporáneo y motivo –a pesar de que estimo al autor–, que confirma que no he encontrado a mi alma gemela –al menos, en lo tocante al aspecto físico–. Quizá yo me inclinaría por Causas de la melancolía, título ficticio, o directamente por Henri-Frédéric Amiel.

Loterías

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Cada año, por estas fechas, se coloca en la entrada del CCHS una mesa dispuesta para vender lotería de una sucursal de Ciudad Lineal. Avisan por correo electrónico cuándo vendrán, pero no recuerdo haberlo leído, pues la mitad de los mensajes que recibo en la cuenta institucional son spam y muchos ni los abro. Un compañero me comentó que la mañana del jueves estarían vendiendo en una hora determinada. “¿Te animas a comprar? Si no llevas suelto, te lo compro y luego me lo das”. Otros años sí que he comprado, animada por la novedad. Pero este año he rehusado gastarme 20€ en una ilusión.  Con esa cifra, puedo comprarme un buen libro y me sobran unos euros para una merienda. 16€ costó Impresiones provinciales, volumen del que he disfrutado este fin de semana. Los buenos ratos que me ha hecho pasar, leyendo las reflexiones de Jiménez Lozano, sumados a la dedicación del trabajo gustoso, mi propia compañía y la de los seres queridos, son mi lotería preferida.

Anoche no me podía dormir porque terminé un texto y sentía que había algo que fallaba. Lo releía concienzudamente, pero no daba con el quid. Le he consultado a Md’s, que es quien más sabe del autor del que hablaba, y generosamente —como siempre— me ha asesorado. Excelentes correcciones, pertinentes y agudas, llegando a mostrar puntos ciegos para neófitos como yo. Todo a resultas de su bagaje y, particularmente, de su gentileza. Algunas personas se limitarían a esbozar unas vaguedades para quedar bien; otras, por el contrario, a esgrimir frases lapidarias —incluso, hirientes— para poner de manifiesto su superioridad intelectual. Cuando uno da a leer un texto inédito a alguien debe hacerlo porque confía en él/ella. Releyendo de nuevo mis líneas, e incorporadas las sugerencias de M, me he dado cuenta de que el problema de fondo residía en que no estaba convencida de lo que yo misma afirmaba. Ahora, sí.

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Espero que os guste la nueva imagen. Se trata de una foto de los molinos de Consuegra. Estoy más familiarizada con los molinos de Campo de Criptana, Alcázar de San Juan y Mota del Cuervo, pero esa imagen me gusta por los colores, acordes con la estética del blog, y también porque al fondo se ve el pueblo, visión de un conjunto modesto de casas, con los límites muy definidos y que lindan con el campo manchego, a la que sí estoy más acostumbrada. Fotografía provincial —me ha gustado este término empleado por Jiménez Lozano, en lugar del manido y deliberadamente despectivo provinciano—, con la que seguimos adelante, casi —¡ya!– un año después de la inauguración.

Dos cajeros del Supercor, esta tarde:

— ¡Hoy espérame al salir, que siempre te vas corriendo!

— Hija, es que tengo un iPhone que cargar.

— ¡Y yo una familia que cuidar!

Sábado

Encuentro un papel traspapelado en una fotocopiadora en el que se afirma que “leer un diccionario es algo ameno y divertido”. Desde luego, esa frase parece escrita al calor de un diccionario de sinónimos, pues ameno significa lo mismo que divertido, pero la cuestión de fondo es que me parece de un postureo sin ambages. En diccionarios de naturaleza enciclopédica, como el biográfico o la Espasa, puede, pero el placer propio de la buena lectura es antagónico al fin de una obra destinada estrictamente a la consulta.

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Recibo un correo en el que me felicitan la Navidad. Un 17 de noviembre. Y no me llama la atención, pues el calendario lo marcan los centros comerciales y supermercados, que llevan días ofreciendo productos navideños. Se ha perdido la conciencia del sentido de las fiestas y por supuesto se ha perdido también el trasfondo religioso de las mismas. El consumo desaforado —y guiado— me aburre. Al hilo de esto, mi móvil está dando sus últimas bocanadas. Solo tiene poco más de un año de vida y, teóricamente, era de los mejores cuando lo compré. La obsolescencia programada otorga cada vez menos margen. Lamento tener que plantearme por un segundo la necesidad de sustituir el terminal por uno nuevo que seguramente dure menos aún. Busco las últimas novedades y veo un móvil con cuatro cámaras traseras. ¿Para qué tanto? Usar y tirar, usar y tirar. Y así ad infinitum.

Esta mañana he ido a una nueva peluquería que han abierto en el barrio. La experiencia no ha podido ser mejor. El peluquero ha captado mis preocupaciones y las ha comprendido, proporcionándoles solución eficiente. Me ha cortado mucho el pelo, y no me ha importado. Ha sido el primer profesional del cabello que no me ha dicho “ay, qué pelo tan bonito ¿es tuyo? / ¿es natural?” y por eso desde el principio me ha caído bien. Uno llega a un punto en el que prefiere que le respeten y le comprendan, en lugar de recibir propinas fundamentadas en la falsedad. Los productos son orgánicos y me han parecido magníficos; el champú, por ejemplo, olía a plantas. Cambiarse el look es el telón que abre una nueva etapa. Ha empezado hoy.

Signos de brutalidad

El jueves por la noche MGA intervino, con su habitual dominio de la dicción y su simpatía, en un acto. Contó que su novela preferida de Pío Baroja es La busca, y que de aquella lectura de juventud, cuando aún residía en Torrelavega, recuerda una cita: “bajo una escopeta, una guitarra y una cruz del Sagrado Corazón de Jesús, signos de la brutalidad de España…”. Estas tres referencias, asumidas en el libro como signos nada menos que de brutalidad y la conciencia de que el texto se escribió en 1905 causaron un gran impacto en él. Por otro lado, destacó la cualidad de retratista del vasco, que con apenas unos trazos dibujaba la psicología de los personajes.

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Estos días se están publicando muchos artículos en defensa de las Humanidades. Como es difícil justificar la validez de una rama del conocimiento tan poco dada al beneficio inmediato, cuantificable, la gama de razones esgrimidas en su defensa es muy variada, y algo pintoresca en ocasiones. Hace un rato he leído una crítica a las personas que no tienen formación humanística –defender algo tomando rehenes, mal–, porque según el autor esa carencia ha provocado que carezcan de empatía y que sus relaciones sean frágiles, entre otras consecuencias. Como si estas “consecuencias” no se palparan en todos los ámbitos. Espero que estos cantos fúnebres no se conviertan en argumentos para fagocitar definitivamente lo humanístico.