Juguetes rotos

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Un juguete roto evoca la inutilidad de un objeto asociado a la infancia. ¿Por qué se llama así la obra teatral, dirigida por Carolina Román, que se puede ver hasta marzo en el Teatro Español? Porque nos habla de un hombre que se sintió excluido en un ambiente represor que no solo no reconoció su verdadera identidad, sino que la oprimió y la vejó. La obra nos muestra las sucesivas etapas vitales que atravesó, todas ellas marcadas por el entorno —un pueblo rural de Murcia—, que le provoca una inseguridad que lo acompaña hasta que se muda a Barcelona y allí puede expresarse, paulatinamente, tal y como se siente. “Qué raro eres” le dice su primo en un episodio de adolescencia. Pero, ¿qué es ser raro? ¿Acaso es algo negativo? Yo no lo percibo como tal; al contrario, me parece loable no pretender ser una fotocopia.

Pese a que el tema que se denuncia es triste —hay otros secundarios, como la velada alusión a la epidemia de sida que sufrieron principalmente los homosexuales, y también positivos, como la celebración de la amistad, aunque este con final trágico—, en el transcurso de la representación la carcajada es recurrente. El decorado no es irrelevante: jaulas a modo de taquillas y de lámparas cuyo simbolismo es obvio; y los actores, Nacho Guerreros y Kike Guaza, llevan a cabo un trabajo soberbio.

Agradezco a Eugenio, seguidor del blog, que me la recomendara.

Voltaire / Rousseau

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Mi amigo D. ha venido a pasar unos días a Madrid, pues ha de participar en unas jornadas que celebra la Casa de Velázquez. Hemos visto Voltaire / Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, en el Teatro María Guerrero. Antes de entrar, me posicioné sin ambages por Jean-Jacques Rousseau. ¿Cómo puedo estar en contra de un hombre que llamó al ideal de mujer Sofía? Pero a medida que avanza la obra la simpatía por Voltaire aumenta, hasta el punto de que Rousseau parece un pelele al lado del gran filósofo francés (según la representación, mucho más guapo y charming). Es conocido que Rousseau tuvo una vida privada que a ojos del lector contemporáneo podría llamar la atención contrastada con lo que defendía que los demás tenían que hacer en sus escritos. Y la diatriba se orienta, precisamente, en esa incongruencia vida-obra, lo que a mi juicio me parece un error, pues una cosa es el texto y otra lo que el autor haga en su casa. Es un acierto por parte de Prévand estructurar la trama de acuerdo a la intriga que provoca la cuestión de la autoría del panfleto que ataca a Rousseau, que se resuelve al final de la obra. Una disputa, en fin, interesante, con dos actores estupendos: Josep Maria Flotats y Pere Ponce.