Granada (y III)

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Salí del hotel cuando aún era de noche y, a medida que subía la cuesta de Gomérez, el cielo clareaba y se podía distinguir con progresiva nitidez la vegetación que rodea a La Alhambra. Salvo una pareja de japoneses que descansaban en uno de los bancos del camino, no encontré a nadie en mi ascenso hacia la puerta de entrada del monumento. Entre lo empinada que era la cuesta, el suelo con tramos de barro –llovió la noche anterior—y la necesidad de llegar lo más holgadamente posible para cumplir con la hora programada, di por fin con el pabellón de entrada casi sin resuello.

El paseo por el interior de los Palacios Nazaríes, con el sonido del correr del agua de fondo y sin apenas turistas me resultó encantador. Me senté en una de las sillas de alrededor del Patio de los Arrayanes, cerré los ojos y durante un momento tuve la sensación de vivir un instante de eternidad. Continué con el trayecto recomendado, solo interrumpido por un par de personas, que me pidieron tomarles una foto. En uno de los patios, mientras me dirigía al Generalife, un mirlo se posó en una valla. Cuando fui a sacar el móvil para retratarlo, echó a volar, quizá avisándome de que prestara más atención a mis sensaciones en lugar de hacer del terminal un apéndice del brazo. El pájaro de pico naranja me recordó para qué estaba allí.

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Hay calles repletas de tiendas de souvenirs y artesanía. El estudio diacrónico de las postales tiene mucho interés, en tanto que algunas constituyen documentos históricos que nos permiten conocer las costumbres de la ciudad visitada. ¿Pero qué sentido tiene comprar postales fotográficas hoy si cada uno llevamos encima un smartphone con cámara incluida? De manera que solo compré dos, que eran copias de acuarelas —según la dependienta, de un pintor local—. Una se la enviaré a JC-M y otra me la quedaré de recuerdo.

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Sonaba “A tu vera” cuando llegué al Mirador de San Nicolás, después de subir otra cuesta terrible. Lo más interesante era la gente que miraba desde el mirador: una pareja preparándose un bocadillo de jamón –abrieron el pan con los dedos y le metieron el jamón que sacaron de un paquete–; otra se besaba como si estuvieran experimentando un trance místico; una chica se tumbaba en el poyete con el fin de posar para su amiga; tres amigos se fumaban un porro; un tipo gritaba que tenía su mercancía en liquidación; un hombre había montado un puesto en el que ofrecía escribir el nombre de pila en árabe por un euro…

Volví atravesando unas calles exiguas con las paredes encaladas, y en uno de los cruces hallé una cafetería. Había una mesa libre al fondo, desde la cual obtuve una vista privilegiada para examinar el lugar. Al poco llegó una inglesa –se notaba que era clienta habitual por las confianzas que mostraba con el camarero–, de la que todos nos enteramos de que anoche quedó con uno al que veía solo como un amigo y que definió como “parasimpático”, así que el hecho de que comenzara a tocarle la pierna provocó que se marchara a buscar a unas amigas para “perrear un poco, pero no demasiado”.

— ¿Y qué que no te gustara? ¿Es que solo se puede follar con quien sea guapo? – le dijo el camarero.

— No, pero tiene que tener una onda. Yo me enamoré de uno que era feo de cojoneh, pero tocaba el contrabajo y lo hacía con una sensualidad…

Llegaron unas chicas, también extranjeras, y pidieron algo de comer en la barra.

— Me pones una tostada de queso fresco. –pidió la que parecía menos tímida.

— Te ha dicho fresco a ti –le espetó al camarero otro que también se encontraba en la barra.

— A mí un café.

— ¡Marchando!

— Claro que sí guapi. –le dijo la del café a la otra. ¿Lo dijo porque era una de las pocas frases de su repertorio en español o porque sabía demasiado?

Antes de marcharme, le pedí una galleta para llevar, y el camarero me miró mientras me decía “Te he puesto la más grande”. “Gracias” –¿qué otra cosa responder?–. Mientras recogía el bolso, un nuevo cliente le preguntó si era argentino –su acento lo delataba–.

— Yo fui mochilero, recorrí París, Berlín, Moscú… hasta que decidí venirme aquí. Vendí todo lo que tenía, me compré el pasaje y me vení aquí.

— ¿Vas a volver?

— No se me perdió nada allí.

El uso del transporte público local permite obtener una impresión de los habitantes de la ciudad en su cotidianeidad. Volví en autobús urbano a la estación de autobuses, y allí me reencontré con la pareja de las mochilas deportivas. Me saludan muy simpáticos. “Te vimos en la Alhambra e íbamos detrás de ti”, me dijo la chica. “Sí, dijimos ella seguro que se sabe el camino”. Cuando aparcó el bus, me quedé sorprendida ante lo antiguo del vehículo, pero por suerte por dentro no estaba mal. Me acomodé, preparada para otro viaje gallináceo, como dijo Pla, e intenté dormirme en vano. Unas horas después, el conductor paró en una gasolinera de La Puebla de Almoradiel, en cuya tienda vendían dulces típicos manchegos, que por cierto yo jamás había visto, y tenían una vitrina de cristal donde exponían navajas horteras e imanes de molinos de viento, con los precios pintados a mano con rotulador.

Cuando llegué al piso, me miré en uno de los espejos durante unos segundos. Un año más. Y sigo sin conocer el camino.

Granada (II)

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Nos dividimos en dos grupos. A mí me tocó uno muy variopinto, compuesto por una pareja de unos cuarenta años, dos mujeres mayores, un grupo de chicas adolescentes, una instagramer acompañada por un chico que le hacía fotos en todas las paradas, un hombre de Barcelona… y yo. “Es un honor para mí presentaros la ciudad en la que nací, en la que crecí, en la que estudié, en la que me casé y en la que por suerte me divorcié”, dijo el guía para presentarse, avalándose a sí mismo con su pedigrí regional. Algunos se rieron bastante con la última parte de su comentario. Nos llamaba “familia”, lo cual me pareció extraño al principio, pero mientras nos acercábamos al primer monumento histórico pensé que no debe de ser fácil encontrar una palabra para dirigirse a grupos tan heterogéneos. ¿Gente? ¿Chicos? Lo primero puede resultar despectivo o demasiado coloquial; lo segundo algo ridículo. Después de explicarnos los detalles de la estatua en honor a Isabel la Católica y a Cristóbal Colón, nos condujo al Corral del Carbón, cuya estructura me gustó particularmente: hay una parra que ejerce de toldo para en verano proporcionar sombra sobre su patio. Mientras nos dirigíamos a los sitios, la mujer de la pareja de unos cuarenta años no se despegaba del guía, con el fin de pedirle recomendaciones de eventos y restaurantes. “Nosotros somos maestros y tenemos un carnet con el que nos hacen descuentos en muchos sitios, ¿sirve aquí?”. “¿Dónde se puede ver un espectáculo de flamenco en el que no haya japoneses?”. “Cari, tenemos que ir al sitio que nos ha dicho”. Etcétera.

Una vez concluida la visita guiada, me fui a pasear por el mercado de artesanía, esquivando a las gitanas del romero y sus maldiciones. Actualmente, es posible encontrar en el Rastro, en el mercado de artesanía de Granada y en la feria de cualquier pueblo prácticamente la misma oferta: los típicos bolsos y mochilas de cuero, las pulserillas hippies y los pendientes de plata. Después de comer, marché al hotel a descansar un rato.

Con todo lo que hay por ver y paso la tarde en una tienda de decoración comprando cubiertos y velas… Salgo y empieza a chispear, así que me refugio en la Iglesia de San Antón. Lo más silenciosamente posible para no molestar a los que estaban escuchando la Eucaristía, contemplo las tallas. Parto hacia otra zona, pues en un rato comienza un concierto de jazz en un bar al que quiero asistir. Llego puntual a la puerta; me asomo por la ventana y veo que aún se encuentran montando los instrumentos los músicos, así que voy a otro sitio a tomar algo. El camarero me aconseja pedirme una ración entera de berenjenas con miel, porque “son verduras y eso es como el agua”, pero por suerte no le hago caso y la media ración resulta suficiente.

Vuelvo al bar: la luz de las velas es el único sistema de iluminación durante el concierto, aparte de los focos que realzan a los músicos. Me pido un Old Fashioned y el camarero me mira con cara de coma, de manera que tengo que recurrir al clásico vino. En el público solo hay parejas de jóvenes enamorados; quizá por eso tengo la impresión de que el trompetista se dirige únicamente a mí. Hubo un momento, al terminar una pieza, en el que se quitó suavemente la trompeta de la boca mientras me miraba con los ojos entrecerrados, y desde ese punto comencé a valorarle a él en lugar de a la melodía y al conjunto de músicos.

Cuando terminó el concierto, me acerqué a la barra para pagar la cuenta, y al darme la vuelta para regresar a la mesa me lo crucé. “Muchas gracias por venir, espero que te haya gustado”, me dijo. A lo que respondí que, naturalmente, sí. Se sentó en la silla que había enfrente de la mía, y me preguntó si era de allí, pues nunca me había visto. “¿Te vas a quedar mucho tiempo?”. “No, solo hasta mañana por la tarde”. “Ah, pues toma, te doy mi móvil por si te apetece que te enseñe algún sitio, qué mejor que lo haga un granadino de toda la vida (otro guía con denominación de origen, qué lujo…), o si te apetece tomar algo ahora, yo no tengo prisa”. Le dije que me disculpara, pero había dormido poco y al día siguiente tenía la visita a la Alhambra a las 8’30 de la mañana.

Ya en la cama, cogí el folleto turístico en el que R. —no recuerdo si se llamaba Roberto o Rodrigo— me apuntó su número. Lo rompí y tiré los pedazos a la papelera, pues no era a él a quien a esas horas me hubiera gustado llamar.

[continuará…]

Granada (I)

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Paseo de los Tristes (27/I/2018, 8’05 h)

El autobús es un espacio social en movimiento en el que es posible mostrar lo mejor –la ilusión por llegar al destino– y lo peor de nosotros mismos –las molestias por las pantallas de los móviles, las piernas inquietas del ocupante del asiento detrás, el mareo…–. Escribiendo estas líneas se me ocurren muchos más aspectos negativos que positivos sobre ese medio de transporte, pero era el único disponible para viajar hasta Granada, donde he pasado el fin de semana. Subí al bus, de dos plantas –me asignaron un asiento en la primera fila de la segunda–, con una mezcla de curiosidad y preocupación por conocer quién me tocaría al lado para las cinco horas por venir recorriendo la Autovía del Sur. El compañero resultó ser un chico joven muy servicial, que respondía las gracias con “muchas de nadas” y que escribía en el móvil con una velocidad de vértigo. Abandonar Madrid en esa posición contemplando la carretera casi vacía y las luces, que parecían pequeñas estrellas, fue una experiencia muy agradable, pese al sueño que me iba cerrando los ojos. Pero el momento más mágico estuvo protagonizado por un anciano y su hijo, que se quedaron a los pies del bus hasta que el conductor anunció la partida. El hombre se subió, y precisamente le tocó en la misma fila horizontal que a mí, de manera que pude contemplar la escena en la que se despedían; el hijo agitaba el brazo, y hubo un último momento en el que se colocó la mano en la boca y volvió a mover el brazo, como lanzándole un beso. Cuando entramos en el túnel de salida, al padre se le escapó una lágrima.

Aunque me cuesta mucho dormir en el bus, me afané por realizar las respiraciones de relajación que me enseñó mi profesora de yoga, y seguramente antes de pasar por Aranjuez ya me encontraba dormida. Llegamos a Granada a las 6’30 h, una hora bisagra y mucho más un viernes: había quienes se estaban despertando y otros, bastantes adolescentes, volvían a sus casas después de una noche de fiesta, algunos de ellos discutiendo y otras pisando con dificultad las piedras de las calles con sus tacones. Cojo un taxi para llegar al hotel, y el taxista me empieza a dar conversación. Se sorprende de que haya venido yo sola, e insiste en si tengo familia o conocidos allí. No llevo ni una hora en la ciudad y ya me están pidiendo explicaciones. Toreo la situación con sonrisas fingidas, con la esperanza de no tener que permanecer mucho tiempo más allí, no solo por lo que decía sino por cómo lo decía, pues su acento era bastante cerrado. “¿Sabe si hay cafeterías abiertas a estas horas?”, le pregunto. “¿Ahora? Todas las que quieras”. Me deja por fin en la puerta del hotel, deseándome una buena estancia en su ciudad, y al poner en el suelo la maleta dice: “No pierdas nunca tu simpatía”.

Salgo hacia el centro, pues aún me quedan unas horas hasta el tour por el centro que reservé. No encuentro ni una cafetería abierta. Me dirijo hasta el Paseo de los Tristes, y conforme subo la cuesta, sin nadie en la calle y con los sonidos del agua del río Darro y del trino de los pájaros de fondo, se va haciendo de día. Paso también por el Palacio de los Olvidados. Los tristes, los olvidados… Espero que el puente no se llame “de los Suicidas”.

Bajo otra vez hacia la avenida de los Reyes Católicos y, por fin, una cafetería abierta. Cafetería Lisboa. ¡Pero no tenían pasteles de nata! En fin, me pido un desayuno y consigo sentarme en una mesa —está atestado de extranjeros alojados en los hoteles de alrededor—. Vuelvo a darme otro paseo. Las tiendas no están abiertas aún y apenas hay transeúntes. Anhelaba el calor de un Zara, pero a esas horas solamente podía andar y andar sin ningún rumbo. Acaso lo de todos los días.

Y llegaron por fin las 10’00 h. Un chico y una chica, con sendas acreditaciones de la Junta de Andalucía, nos esperaban para identificarnos e iniciar el tour por la ciudad.

[continuará…]