La ciudad inventada

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La autovía AP-36 deja a la derecha la visión fugaz de Seseña, una ciudad cuya historia me perturba cada vez que la veo desde la ventana del coche. Se trata de un lugar construido prácticamente desde cero, por decisión de un símbolo de la época de la burbuja: Paco “El Pocero”. Bautizó al parque con el nombre de su mujer.  Hoy es una ciudad dormitorio, estéticamente fea y artificial, cuyo vertedero de neumáticos ardía en llamas hace dos años.

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El lunes, X me decía que él no presta atención a dobles lecturas de correos electrónicos y que prefiere ir a lo suyo. “Sí, pero hay gente que se aburre y se entretiene intercalando pullas”. Le cuento una anécdota reciente. “De verdad, Sofía ¡qué interpretación! La próxima vez analizaré al detalle el correo que te mande”. Aún con los ecos de la charla, hoy he enviado un correo con una pequeña chanza. Creo que el destinatario no se lo ha tomado a bien. La falta de elementos pragmáticos me frustra. ¡Quiero escribir un correo que nada signifique!

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Abro al azar, como quien consulta a un oráculo, la Antología esencial de la poesía catalana, que tengo ahora encima de la mesilla: “El mundo es sabiduría en el camino / de los eternos amarillos, enamorados del aire”, Ramon Xirau. Pues sí.