A veces ocurre

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“Es un hecho evidente que el progreso viene de las ciudades, no del mundo rural”. Esta frase tajante, de jaez despectivo y algo humillante –si el interlocutor no tiene pedigrí capitalino-, me la dijo una persona con la que estuve saliendo un tiempo hace meses, mientras nos estábamos tomando unas sardinas ahumadas en una de las tabernas de los alrededores del Renoir. No niego que semejante afirmación no tenga parte de verdad, y soy consciente de las carencias de las comunidades autónomas, en muchos sentidos. Ya he criticado alguna vez en el almanaque la distribución administrativa por autonomías, ordenación que ha sufrido particularmente Castilla-La Mancha, con Bono and Company, al que le sucedió Barreda y Cía, y ahora una persona más pendiente de la corte de Ferraz que de las Cortes de Toledo. Esa frase, decía, absolutiza un binomio (lo provinciano frente a lo cosmopolita) en el que uno de los términos escamotea al otro. Es un hecho evidente que lo unívoco empobrece la reflexión y arrasa con los matices. Y que ese tipo de comentarios en demasiadas ocasiones proviene de personas sin ningún interés centrífugo hacia la situación de los municipios de menos de 50.000 habitantes, lo cual pone de manifiesto una visión unilateral carente de empatía y, por supuesto, de cualquier amago por aportar alguna solución –y quizá de que se solucione-.

Es otra certeza que nadie elige dónde nace. Se trata de uno de los fenómenos fruto del azar o de la religión que se profese que se escapan a nuestro poder, y por ende de nuestra responsabilidad. Pero los vínculos afectivos, seres queridos viviendo en esas tierras y un papel llamado certificado de nacimiento son elementos suficientes para arrogarse el derecho a responder. Lo hice aquel día y, desde entonces, no nos hemos vuelto a ver –no solo por esa frase-.

A pesar de todo, a veces ocurre algo mágico. Hay otras frases que percuten en los hilos de nuestra memoria sentimental y que nos recuerdan que no todo es negativo. Alguien te dice que se ha interesado por un autor manchego, que ha comido un plato tradicional y le ha gustado, o que ha visitado un paraje y le ha complacido. Me sorprendo a mí misma halagada. No porque comparta el entusiasmo por la receta tradicional en cuestión, sino porque siento que ese interlocutor te trata con horizontalidad y no desprecia lo que para ti tiene cierta relevancia, aunque, como ya he dicho en el almanaque, se trate más de una geografía sentimental. Esa persona se vuelve amiga.

Desdoblamiento

Cuando estoy en PM me veo a mí misma desdoblada; como si no estuviera aquí, pero tampoco en Madrid. Adquiero perspectiva con respecto a mis emociones en la capital y me doy cuenta de que en algunos casos se trata de exacerbadas elucubraciones sin viabilidad; otras de falta de conciencia sobre la importancia de ciertos vínculos afectivos para mi bienestar emocional; y en menos de la escasa relevancia de otros lazos. En eso iba pensando esta tarde, mientras paseaba por las calles sin un rumbo fijo. Solo quería andar un rato y aprovechar el sol, para la vitamina D y para despejarme, después de pasar el día entero frente al ordenador realizando unas tareas. He pasado delante de algunas casas conocidas, de tiendas –algunas nuevas, otras reformadas, y también locales en desuso– y de colegios. Me he detenido enfrente de un escaparate y he sentido cómo una mano se posaba sobre mi hombro. Era yo.

Camino particular

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Después de comer, aprovechando que se auguraba una tarde muy soleada, he salido al campo a pasear. Recorro siempre el mismo itinerario, cuyos únicos cambios se corresponden con la apariencia de la vid según la estación y con mi estado de ánimo. Esta tarde las viñas estaban desnudas, de un gris leñoso casi negro, sin rastro de los copiosos ramilletes de uva y sin ninguna hoja verde. Pronto comenzarán a brotar. En un tramo, un buen ejército de flores silvestres, que se mecían de acuerdo al viento, cada vez más intenso, que expandía su olor. La sensación agradable ha durado hasta que las gotas de agua han comenzado a caer del cielo, cuyas nubes, antes blancas, habían adquirido un color cercano al de las parras. Menos mal que llevaba una cazadora impermeable. He arreciado el paso, pero no importa cuán rápido camines cuando llueve, porque te vas a mojar igual. Cuando he vuelto a casa, se ha detenido la lluvia. A veces hasta el tiempo nos toma el pelo.

La noche

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El canon de Bayer

Hemos estado L. y yo pasando la tarde-noche en Alcázar. Cena en un sitio bastante pintoresco. La decoración parecía sacada de una visita al Rastro, por la cantidad de rarezas y objetos colocados sin más criterio que el de la arbitrariedad. Una de las paredes estaba llena de fotografías en las que se podía ver al dueño posando con personajes conocidos (Almodóvar, Julio Iglesias, Raúl, etc.). Su particular paseo de la fama. Cuando íbamos por el postre, se ha sentado al lado un grupo de mujeres mayores, superarregladas y dispuestas a darlo todo en la noche. A mí me empezaba a entrar sueño, por el efecto embriagador de la sangría y por el cansancio acumulado. Aunque hacía frío, hemos dado un breve paseo y, de repente, nos ha asaltado un gitanillo, que empuñando una navaja pequeña ha dicho: “Darme cinco euros”. Yo me he empezado a reír y mi amiga le ha cogido del brazo y le ha tirado la navaja, lanzándola al aire. El niño ha salido detrás de ella; yo me he tenido que apoyar en una pared porque no podía detener las carcajadas; y L. ha lanzado algún grito en contestación a los improperios del muchacho, que nos ha dedicado personalmente mientras corría.

Venir/Volver

Hemos venido mi amiga Lucía y yo esta tarde a PM. Al llegar a la estación, mis padres nos han recogido y, como antaño, cuando salíamos de solfeo o de inglés, hemos compartido espacio en el coche hasta parar en su casa y dejarla, hasta la próxima clase. Solo que ahora no hay próximo día y lo de esta noche ha sido un espejismo de tiempos pasados.

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El autobús recorre los caminos de asfalto y a través de las ventanas mojadas por la lluvia intermitente se aprecia cómo la tarde va cayendo. Cuando llegamos a La Mancha ya solo hay oscuridad.

Regalos

“cuando tenía una noche favorita, ahora que ninguna lo es”

Manuel Jabois, “Cuando se apaga la luz” (5/I/2017)

Las vacaciones de Navidad tienen una dimensión transicional: no solo porque en ellas se despida un año y se dé la bienvenida a otro, sino porque establecen un periodo de descanso entre los cuatrimestres académicos. Ya he comprendido por qué mi tío D. acudía la mañana del 6 de enero a casa, cuando éramos pequeños mi hermano y yo, y se sentaba junto a nosotros mientras abríamos los regalos. Nos ayudaba a armar la granja de Pin y Pon, y a sacar las muñecas, tan bien sujetas con tiras de plástico en su cartón, de sus cajas. Alcanzamos un punto en la vida, llamado madurez, en que los deseos no figuran en el catálogo de Juguettos.

Escribo esto el último día de vacaciones en PM. Este año, especialmente, mis vacaciones se han caracterizado por esa transicionalidad, representada en mi perro, un labrador retriever que nos acompaña desde hace 13 años. A finales del otoño, comenzó a sufrir una enfermedad degenerativa propia de la vejez, cuya evolución me aflige, por él y porque es muy doloroso recordar cómo corría por el campo, o cómo saltaba cuando le lanzábamos una pelota para que la recogiera –siempre la traía diligente–, y estos días apenas puede levantarse. Ahora escribo estas líneas compungida, pues tendré que separarme de él y no podré acudir a consolarlo cuando llore, y lamento aún más pensar que tal vez no haya una próxima vez. El mejor regalo de Navidad ha sido mirarlo, tras acercarle el comedero o darle alguna golosina para perros, y ver en sus ojos, que quisieran hablar, la palabra gracias.