Regalos

“cuando tenía una noche favorita, ahora que ninguna lo es”

Manuel Jabois, “Cuando se apaga la luz” (5/I/2017)

Las vacaciones de Navidad tienen una dimensión transicional: no solo porque en ellas se despida un año y se dé la bienvenida a otro, sino porque establecen un periodo de descanso entre los cuatrimestres académicos. Ya he comprendido por qué mi tío D. acudía la mañana del 6 de enero a casa, cuando éramos pequeños mi hermano y yo, y se sentaba junto a nosotros mientras abríamos los regalos. Nos ayudaba a armar la granja de Pin y Pon, y a sacar las muñecas, tan bien sujetas con tiras de plástico en su cartón, de sus cajas. Alcanzamos un punto en la vida, llamado madurez, en que los deseos no figuran en el catálogo de Juguettos.

Escribo esto el último día de vacaciones en PM. Este año, especialmente, mis vacaciones se han caracterizado por esa transicionalidad, representada en mi perro, un labrador retriever que nos acompaña desde hace 13 años. A finales del otoño, comenzó a sufrir una enfermedad degenerativa propia de la vejez, cuya evolución me aflige, por él y porque es muy doloroso recordar cómo corría por el campo, o cómo saltaba cuando le lanzábamos una pelota para que la recogiera –siempre la traía diligente–, y estos días apenas puede levantarse. Ahora escribo estas líneas compungida, pues tendré que separarme de él y no podré acudir a consolarlo cuando llore, y lamento aún más pensar que tal vez no haya una próxima vez. El mejor regalo de Navidad ha sido mirarlo, tras acercarle el comedero o darle alguna golosina para perros, y ver en sus ojos, que quisieran hablar, la palabra gracias.