Playas

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Me dice JCM que estamos viviendo un fin de civilización, y que uno ha de tomárselo como algo que no tiene que ver consigo, porque uno mismo no tiene que ver con él mismo. Así, la cosa resulta fácil.

Mientras se prepara el apocalipsis, he disfrutado, entre ayer y yo, de Chesil Beach. Está previsto el estreno de su versión cinematográfica para dentro de dos semanas, con Saoirse Ronan como actriz protagonista. Ella interpretó a un personaje de McEwan en Expiación, y realizó un trabajo memorable. Ese film lo es; también la novela. Ocurre que leí Chesil Beach hace casi diez años, en una playa de El Puerto de Santa María casi por estas mismas fechas. Pero cuando vi el tráiler el viernes no me acordaba de nada. Con las adaptaciones –no me convence del todo el uso de esta palabra con respecto a las películas- sucede que se insufla una nueva vida al texto literario, y vuelven a las estanterías en un feliz pretexto intermedial. Aguardo con curiosidad su estreno, pues la obra de McEwan es rica en monólogos interiores, a resultas de los cuales presenta unos personajes complejos, cuyo atractivo reside en lo que no muestran. Veremos.

La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

Cansinos

Cansinos

Este fin de semana he disfrutado de La novela de un literato (vol. I). El año pasado leí La huelga de los poetas, del mismo autor, y me pareció un estupendo retrato satírico del periodismo. Con esta primera parte –hay tres en total-, uno puede asomarse a la vida cultural de los últimos compases del XIX, conociendo a los escritores que trató Cansinos, algunos hoy completamente olvidados y por entonces celebrities. Le comento a mi amigo F. que me ha llamado la atención la absoluta naturalidad con la que Cansinos menciona las correrías de Francisco Villaespesa, autodenominado sátiro, con menores. Había casas de prostitución que las ponían a disposición del público. F., especialista en la Generación del 98, me dice que era lo normal, y que Josep Pla y Julio Camba permanecieron solteros durante toda su vida, pero que eran aficionadísimos a las casas de prostitución; el primero, particularmente, se las daba de dandy. Y, sin embargo, Carmen de Burgos, Colombine, se justifica varias veces a lo largo de la novela, porque se dice que tuvo un affaire con Blasco…

Se titula La novela…, pero el género a que corresponde no es ese. Se trata de un conjunto de semblanzas y episodios madrileños cuya yuxtaposición da como resultado un conjunto muy coherente. De él se desprende una evolución de Cansinos-Assens, desde que publica sus primeros artículos hasta que logra debutar con un libro. Don Rafael se nos presenta como un hombre con una mentalidad bastante adelantada a su tiempo, que conmueve cuando se afana por encontrar el amor ideal y que divierte con sus observaciones agudas de un sector, el literario, apenas distinto.

Feria (I)

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Ayer por la tarde di un paseo por la Feria. Fui directamente a la caseta de la Alberti para ver si estaba Miguel y pedirle una recomendación, pero no se encontraba allí. Seguí caminando, con algunas paradas para saludar, y llegué hasta el final, una caseta de varias editoriales. Un chico, sentado en un taburete, alternaba su vigilancia con la lectura de un cuaderno.

— ¿Tienes alguna novela que cuente una historia de amor que termine bien?

— ¿Qué termine bien? ¡Eso es que no ha terminado!

— Bueno, alguna habrá.

— ¡Déjame mirar!

Se dirige veloz a una estantería y saca un libro gris. Lo pone encima del mostrador y él se reclina sobre los libros:

 — Eres una mujer con carácter ¿no? –me pregunta.

— Bueno, no sé… -le contesto con cara de escepticismo.

— Este libro es muy duro. Fíjate que lo leí hace muchos años y aún lo recuerdo. Por algo será… [este truco de venta ya me lo sé]

— No lo conozco.

— Es una historia de amor que se va desquebrajando.

— Eso es lo contrario de lo que te he pedido.

Leo la contracubierta. Parece interesante, pero no es lo que me apetece leer ahora. No puedo disimular mi cara de disconformidad. Le cuento, a modo de pista, que el año pasado leí uno de su editorial muy ligero, que me entretuvo mucho [se trata de La insólita pasión del vendedor de lencería, de Asako Uruta], y que deseo algo de esa tónica.

— Voy a buscarte uno. Déjame pensar.

Se mueve como una gacela por las estanterías.

— ¡¡Nooo!! Ese no, por favor —le grito cuando veo que posa la mano sobre uno.

— ¡Ya lo tengo!

Con solemnidad, saca el ejemplar y lo pone encima del mostrador.

— Esta es la historia de amor más bonita que se ha escrito jamás.

— ¿Sí? De este autor leí Estambul hace muchísimo tiempo.

— Este libro es exactamente lo que buscas. Es una historia de amor. Es amor de verdad.

Lo hojeo un poco.

— ¿Pero es amor que todavía sigue o lo que leo que está diciendo el hombre lo dice porque lo han dejado? —cuando formulé esta pregunta yo misma me di cuenta de que me estaba extralimitando como clienta.

— Pues… es que hace mucho que la leí… no lo recuerdo… yo creo que están juntos. Es un hombre enamorado.

— Venga, pues me llevo este.

— Si cuando lo termines no crees que el amor existe, vienes y lo devuelves.

— Jaja –hacía unos minutos me había dicho prácticamente lo opuesto.

Vuelvo hasta el principio de la Feria, y paro de nuevo en la caseta de la Alberti. Me llevo el último de Coetzee. Sigo y me encuentro con un librero de Diógenes, con el que tantos ratos de charla he compartido. Hablamos un poco y me marcho. Mañana volveré.

 

 

 

Marineros

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Leo en esta antología de Rafael Sánchez Ferlosio: “la purga de Benito”. He escuchado muchas veces la variante, mucho más elocuente y divertida, “ni la pulga [de] Benito”. Algo parecido ocurrió con el verso “Mira Nero de Tarpeya”, cuyo uso se confundió con “Marinero de Tarpiella”. El tiempo trata con benevolencia a las expresiones: de una purga a un relato hagiográfico del despreciado colectivo de las pulgas; de un emperador romano cruel a un anónimo surcador de los mares.

Sobre lo último, ayer vi a un chiquillo vestido de marinero que se dirigía, acompañado de un séquito de familiares y amigos, a una parroquia para tomar su primera comunión. Visto desde lejos, el grupo se confundía con una manifestación. No comprendo por qué los niños que reciben este sacramento se visten de marineros, menos aún si nos paramos a considerar que en el centro peninsular no hay tradición de ese oficio -por razones obvias-. Consulto la sección de trajes de comunión de niño de El Corte Inglés y me encuentro con un campo de rangos militares: cabo, alférez, galón, teniente, infante, cadete, grumete… Me sorprende la propensión por el ámbito militar en una ceremonia que se supone cándida.

La ciudad inventada

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La autovía AP-36 deja a la derecha la visión fugaz de Seseña, una ciudad cuya historia me perturba cada vez que la veo desde la ventana del coche. Se trata de un lugar construido prácticamente desde cero, por decisión de un símbolo de la época de la burbuja: Paco “El Pocero”. Bautizó al parque con el nombre de su mujer.  Hoy es una ciudad dormitorio, estéticamente fea y artificial, cuyo vertedero de neumáticos ardía en llamas hace dos años.

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El lunes, X me decía que él no presta atención a dobles lecturas de correos electrónicos y que prefiere ir a lo suyo. “Sí, pero hay gente que se aburre y se entretiene intercalando pullas”. Le cuento una anécdota reciente. “De verdad, Sofía ¡qué interpretación! La próxima vez analizaré al detalle el correo que te mande”. Aún con los ecos de la charla, hoy he enviado un correo con una pequeña chanza. Creo que el destinatario no se lo ha tomado a bien. La falta de elementos pragmáticos me frustra. ¡Quiero escribir un correo que nada signifique!

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Abro al azar, como quien consulta a un oráculo, la Antología esencial de la poesía catalana, que tengo ahora encima de la mesilla: “El mundo es sabiduría en el camino / de los eternos amarillos, enamorados del aire”, Ramon Xirau. Pues sí.