A pesar de todo, César

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Viaje a la Alcarria con las Memorias de Ruano. Me entusiasma este libro porque, al igual que en La novela de un literato, hay mucha vida. La escritura de Ruano es excelente, de una fluidez que habría que calificar de prodigiosa, si consideramos, además, la rapidez con la que remataba sus textos. Sin embargo, me han llamado mucho la atención los vilipendios que, gratuitamente, dedica a Manuel Machado. ¿Será verdad lo que dice de él? Cuenta que fue a visitar a MM a su casa para comunicarle que se había presentado al premio Mariano de Cavia, de cuyo jurado formaba parte Machado. Según Ruano, el poeta sevillano le prometió que iba a obrar para que venciera. Y Ruano ganó por mayoría, pero al cabo se enteró de que solo un miembro del comité no le había votado: Manuel Machado. No perdamos la perspectiva de que fue a su casa a decirle que se había presentado… Se lo cuento a M., que me dice: “Lo va a decir el tipo más fariseo del panorama literario del siglo pasado. Sus amigos lo definían como un ser amoral y sus enemigos como un periodista sobornable y más falso que los billetes del Rastro”. Yo no soy partidaria del nulla aesthetica sine ethica, estoy al tanto de las barbaridades que cometió y, pese a tratarse del género de las memorias, uno con su lectura se hace sus cábalas sobre lo que se cree y lo que no. Como le he dicho esta mañana a mis alumnos a propósito, precisamente, de la cuestión vida/obra: “Vosotros decidís”.

Primer día

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Ayer me levanté cuando el locutor más divertido y perspicaz ni siquiera había comenzado su discurso. Las tostadas son menos apetecibles a esas horas. Recorrí el trayecto del metro con el acompañamiento feliz de Lo que dejan los días, de Pablo Núñez, sensación agradable que se difuminó al llegar a la parada Estadio Metropolitano, donde se debe cambiar de metro debido al cambio de zona tarifaria. La línea está cortada por obras, pero afortunadamente hay un servicio sustitutivo de autobús. Anduve por los alrededores del Wanda –¡qué diferente de noche, sin luces, con respecto al ambiente bullicioso cuando se celebra un partido!—hasta alcanzarlo y, una vez dentro, me senté al lado de un hombre totalmente concentrado en su móvil. Miré de soslayo a la pantalla: estaba viendo el vídeo de una mosca, a la que se intentaba cazar con una cuerda. A los pocos segundos me di cuenta de que yo también me había quedado un poco abducida por el aletear de la mosca. Llegamos por fin a Coslada, donde me subí al tren de cercanías. Aún era de noche, pero conforme avanzábamos por el corredor del Henares se podía ver cómo el sol se iba engrandeciendo. El silencio del vagón y la conciencia de que era el primer día, y que a partir del jueves que viene todos los demás se convertirían en rutina, contribuyeron a hacer de ese amanecer un espectáculo de calma. Una vez en la Alcarria, noté que la sensación térmica era ligeramente inferior a la de Madrid, de hecho vi a algunos alumnos con chaqueta y jersey. La Facultad a la que tenía que dirigirme está cerca de la estación, de modo que fui hasta allí caminando.

— Perdona ¿sabes dónde está la Facultad de Educación? En el Google Maps pone que es por aquí. –me pregunta un chico.

— Sí, tienes que subir esta cuesta. Yo voy para allá. –le respondo.

— ¿Tú también empiezas hoy?

— Sí, hoy es el primer día.

— ¿Hoy empiezas el grado? ¿En cuál estás?

— Bueno, no estoy en un grado… –y le explico la situación.

— Yo he empezado esta semana la carrera.

— Anda ¿qué vas a estudiar?

— Grado en Magisterio de Primaria.

— ¿Y te está gustando?

— Sí, bueno, empecé el lunes, pero de momento bien. Lo que no me gusta es madrugar.

— ¿Pero para el instituto madrugabas, no?

— Sí, aunque no tanto, porque podía ir andando. Aquí si me levanto un poco tarde, pierdo el cercanías y llego tarde.

— Vaya… Bueno, te acostumbrarás.

Llego por fin al aula. Me esperan los alumnos, expectantes e ilusionados por lo que está por venir. El brillo de sus ojos constata que aún tienen sueños, y me recuerda que un día yo también los tuve. O que quizá es pronto para dejar que las cenizas arrasen con todo: las pavesas son las llamas en el páramo.

Playas

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Me dice JCM que estamos viviendo un fin de civilización, y que uno ha de tomárselo como algo que no tiene que ver consigo, porque uno mismo no tiene que ver con él mismo. Así, la cosa resulta fácil.

Mientras se prepara el apocalipsis, he disfrutado, entre ayer y yo, de Chesil Beach. Está previsto el estreno de su versión cinematográfica para dentro de dos semanas, con Saoirse Ronan como actriz protagonista. Ella interpretó a un personaje de McEwan en Expiación, y realizó un trabajo memorable. Ese film lo es; también la novela. Ocurre que leí Chesil Beach hace casi diez años, en una playa de El Puerto de Santa María casi por estas mismas fechas. Pero cuando vi el tráiler el viernes no me acordaba de nada. Con las adaptaciones –no me convence del todo el uso de esta palabra con respecto a las películas- sucede que se insufla una nueva vida al texto literario, y vuelven a las estanterías en un feliz pretexto intermedial. Aguardo con curiosidad su estreno, pues la obra de McEwan es rica en monólogos interiores, a resultas de los cuales presenta unos personajes complejos, cuyo atractivo reside en lo que no muestran. Veremos.

La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

Cansinos

Cansinos

Este fin de semana he disfrutado de La novela de un literato (vol. I). El año pasado leí La huelga de los poetas, del mismo autor, y me pareció un estupendo retrato satírico del periodismo. Con esta primera parte –hay tres en total-, uno puede asomarse a la vida cultural de los últimos compases del XIX, conociendo a los escritores que trató Cansinos, algunos hoy completamente olvidados y por entonces celebrities. Le comento a mi amigo F. que me ha llamado la atención la absoluta naturalidad con la que Cansinos menciona las correrías de Francisco Villaespesa, autodenominado sátiro, con menores. Había casas de prostitución que las ponían a disposición del público. F., especialista en la Generación del 98, me dice que era lo normal, y que Josep Pla y Julio Camba permanecieron solteros durante toda su vida, pero que eran aficionadísimos a las casas de prostitución; el primero, particularmente, se las daba de dandy. Y, sin embargo, Carmen de Burgos, Colombine, se justifica varias veces a lo largo de la novela, porque se dice que tuvo un affaire con Blasco…

Se titula La novela…, pero el género a que corresponde no es ese. Se trata de un conjunto de semblanzas y episodios madrileños cuya yuxtaposición da como resultado un conjunto muy coherente. De él se desprende una evolución de Cansinos-Assens, desde que publica sus primeros artículos hasta que logra debutar con un libro. Don Rafael se nos presenta como un hombre con una mentalidad bastante adelantada a su tiempo, que conmueve cuando se afana por encontrar el amor ideal y que divierte con sus observaciones agudas de un sector, el literario, apenas distinto.

Feria (I)

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Ayer por la tarde di un paseo por la Feria. Fui directamente a la caseta de la Alberti para ver si estaba Miguel y pedirle una recomendación, pero no se encontraba allí. Seguí caminando, con algunas paradas para saludar, y llegué hasta el final, una caseta de varias editoriales. Un chico, sentado en un taburete, alternaba su vigilancia con la lectura de un cuaderno.

— ¿Tienes alguna novela que cuente una historia de amor que termine bien?

— ¿Qué termine bien? ¡Eso es que no ha terminado!

— Bueno, alguna habrá.

— ¡Déjame mirar!

Se dirige veloz a una estantería y saca un libro gris. Lo pone encima del mostrador y él se reclina sobre los libros:

 — Eres una mujer con carácter ¿no? –me pregunta.

— Bueno, no sé… -le contesto con cara de escepticismo.

— Este libro es muy duro. Fíjate que lo leí hace muchos años y aún lo recuerdo. Por algo será… [este truco de venta ya me lo sé]

— No lo conozco.

— Es una historia de amor que se va desquebrajando.

— Eso es lo contrario de lo que te he pedido.

Leo la contracubierta. Parece interesante, pero no es lo que me apetece leer ahora. No puedo disimular mi cara de disconformidad. Le cuento, a modo de pista, que el año pasado leí uno de su editorial muy ligero, que me entretuvo mucho [se trata de La insólita pasión del vendedor de lencería, de Asako Uruta], y que deseo algo de esa tónica.

— Voy a buscarte uno. Déjame pensar.

Se mueve como una gacela por las estanterías.

— ¡¡Nooo!! Ese no, por favor —le grito cuando veo que posa la mano sobre uno.

— ¡Ya lo tengo!

Con solemnidad, saca el ejemplar y lo pone encima del mostrador.

— Esta es la historia de amor más bonita que se ha escrito jamás.

— ¿Sí? De este autor leí Estambul hace muchísimo tiempo.

— Este libro es exactamente lo que buscas. Es una historia de amor. Es amor de verdad.

Lo hojeo un poco.

— ¿Pero es amor que todavía sigue o lo que leo que está diciendo el hombre lo dice porque lo han dejado? —cuando formulé esta pregunta yo misma me di cuenta de que me estaba extralimitando como clienta.

— Pues… es que hace mucho que la leí… no lo recuerdo… yo creo que están juntos. Es un hombre enamorado.

— Venga, pues me llevo este.

— Si cuando lo termines no crees que el amor existe, vienes y lo devuelves.

— Jaja –hacía unos minutos me había dicho prácticamente lo opuesto.

Vuelvo hasta el principio de la Feria, y paro de nuevo en la caseta de la Alberti. Me llevo el último de Coetzee. Sigo y me encuentro con un librero de Diógenes, con el que tantos ratos de charla he compartido. Hablamos un poco y me marcho. Mañana volveré.