Las virutas de Miguel D’Ors

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Es un pleonasmo decir que Miguel D’Ors es uno de los mejores poetas en lengua española. Vive alejado de Internet y no se prodiga en fastos literarios; sin embargo, gracias a la lectura de estos volúmenes es posible experimentar la sensación de que estás charlando con él alrededor de unas tazas de té, y en conversaciones de esa índole, si damos con un buen interlocutor, los contenidos se amplían de acuerdo a una feliz laxitud. D’Ors denomina a sus reflexiones virutas*, término que me encanta por las imágenes que evoca: el carpintero que talla un trozo de madera para realizar quizás un refinado mueble, o esas virutas que descansan en el vino para enmaderar su sabor. En ambos casos, la esencia se corresponde con la lenta y delicada elaboración de algo útil.  Estos abanicos de pensamientos son, al cabo, una actitud ante la vida, acaso una ética.

*(Cabe recordar que su su célebre abuelo Eugenio D’Ors llamó a sus artículos de prensa paliques, de manera que la costumbre de otorgar de personalidad propia a sus creaciones nominalmente parece venirle de familia).

D’Ors nos alerta, siguiendo la estela de Ramón y Cajal con sus Aforismos y charlas de café, y de Antonio Machado con Juan de Mairena, entre otros, sobre males de la sociedad. “Siempre he pensado que en la raíz de todos los nacionalismos hay, indefectiblemente, dos cosas: mitología y victimismo. Quizá habría que añadir una tercera: ignorancia” (Más virutas, p. 45). Desde luego, mitología, victimismo e ignorancia podrían considerarse los tres pilares de la sociedad actual, y no se circunscriben a los nacionalismos (hay que señalar que esa cita corresponde a las virutas escritas entre 2004 y 2009… y continúa, lamentablemente, vigente, a juzgar por cómo se ha desarrollado el conflicto catalán).

Al lector de poesía de D’Ors le encantará conocer las fases que atravesaron algunos poemas y las consideraciones sobre ellos del propio autor. Mención especial merece el caso de “Elogio de los oficios”, versión de un fragmento del Eclesiástico perteneciente a Sol de noviembre. MD explica por qué no anotó la fecha en la que lo escribió (pp. 71-72), y que justifica que se suela aludir a su cualidad de artesano. Pero las sorpresas no terminan aquí: ocurre que en el primer volumen adornan los textos las imágenes de grabados hechos por el propio Miguel D’Ors.

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La heterogeneidad en el tono es sin duda uno de los tantos atractivos principales de las virutas. MD pasa de la exégesis bíblica seria y trascendental a ironizar sobre asuntos corrientes. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro, hasta el punto de tener que dejar de leer porque las carcajadas eran notables. La recopilación de anécdotas de clase –ha sido durante muchos años profesor en la Universidad de Granada- es desternillante (por ejemplo, una alumna le preguntó por qué hay tantos poetas que se suicidan, a lo que MD contestó ingeniosamente que por qué hay tantos suicidas que son poetas; otra realizó un comentario de texto en el que equiparaba la piratería con una modalidad del turismo por aquello de surcar los mares, etc. ). Hay un pasaje graciosísimo en el que habla de la onomástica y de cómo en los últimos años se han dejado atrás nombres propios del santoral para dar paso a otros, como Libertad y Constitución. Y, como dice MD, luego suena raro emplear el don/doña. Estimada Constitución, me pongo en contacto con usted en relación a…

Hay también una serie de apuntes sobre temas filológicos. MD comenta interpretaciones de Russell P. Sebold, Rosa Navarro Durán y otros, y en los dos volúmenes reseña poemas o fragmentos de libros de la literatura española clásica y de poesía contemporánea (p.e. Exotismo y costumbrismo son nociones relativas y antitéticas. Mi exotismo es el costumbrismo de los japoneses, y viceversa: El Jarama o Tormenta de verano, ya no digo Pepita Jiménez, deben de ser lecturas deslumbrantes de colorido exótico para un habitante de Tokyo [I, p. 38]). La reflexión sobre el alma gallega a propósito poema “Adiós ríos, adios fontes…” de Rosalía de Castro (II, pp. 156-157) y la consideración sobre el éxito Quijote que me parecen dos de las virutas más extraordinarias. (I, pp. 110-111). Mención especial merece la nota sobre la canónica antología Rompiendo lo invisible. Cinco siglos de literatura pelirroja española (1500-2000), editado por el sello La Flor de la Zanahoria, cuyo fin es reivindicar la minoría pelirroja en la literatura.

Las virutas,  publicadas por la editorial sevillana Los Papeles del Sitio son, en definitiva, una seria y divertida recopilación, un feliz billete de ida al mundo de Miguel D’Ors, que es muy grato recorrer.

 

Trolls de los libros

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En algunos casos, leer los comentarios al margen de ciertos libros puede tener su gracia. Suelen oscilar entre la glosa, la crítica perspicaz y el halago. Son frecuentes los signos de interrogación y las exclamaciones. Pero es un ejercicio divertido siempre y cuando la propiedad sea privada. Ocurre demasiadas veces que uno ha de consultar un libro de la biblioteca y se encuentra con lecturas anónimas de nulo interés, aunque quizá dentro de unos siglos se trate de un objeto de estudio dignísimo –con los derroteros de los Cultural Studies y el precedente de las glosas Emilianenses y Silenses no me extrañaría–. Esta mañana he leído al lado de un fragmento de Clement Rossel la acusación “lógica absurda”, y el otro día en Literatura y cultura de masas: estudio de la novela subliteraria, de José María Díez Borque [ver foto] vi que alguien consideraba a propósito de una de las ideas desarrolladas en la monografía: “Esto es + viejo q la tos. Aristóteles”. Al primero le diría: pues propón tú otra, si puedes; al segundo, ¿y qué?

Hay un fragmento bellísimo en Cuidados paliativos, de José Antonio Llera, libro que disfruté mucho, en el que reflexiona sobre la manera de tachar de los escritores:

cuidados

                En los manuscritos autógrafos me detengo a observar la forma en que tacha el escritor. Considero que dice mucho de él y de su obra, como una enraizada metonimia, como un símbolo inevitable. Pathos y ethos. Existe el escritor que tacha con una serie continua de rayas horizontales y verticales, a modo de celosía, como si pretendiera que lo borrado, pese a todo, pudiera respirar. Tenemos también al escritor que usa una línea en espiral, acaso para ahogar en la alambrada de espinos las palabras. En esta clasificación encuentra sitio también el indeciso, aquel que utiliza solo una línea encima del vocablo descartado. Y está quien descarga sobre el texto, aspas, crucifixiones, o una masa impenetrable de negros nubarrones, que aproximan su arte a la maldición, la herejía o el resentimiento. Habría que elaborar un listado preciso, medir tamaños, formas y relieves, p. 20.

Desde hace tiempo, en cada lectura uso un lapicero con una mitad azul y otra roja. El color va en función del impacto que cause un fragmento determinado o algún dato objetivo. No soy bibliófila, y no me parece mal que se pinte en los libros –desde luego, es la prueba más evidente de que se han leído–, pero, como decía al inicio, lanzar ofensas desde el anonimato en libros públicos es una falta de respeto tanto por esos bienes compartidos como por los autores. El tema de los trolls no es nada nuevo: esos lectores ya lo eran. Y siguen existiendo.

Rosales

Esta mañana he ido a la Biblioteca Manuel Alvar a dejar un libro y a coger Acaso una verdad, de Andrés Trapiello. Pero no se encontraba disponible en la sala de lectura; según una bibliotecaria, “estará mal colocado”. He estado delante de la estantería, buscando cuál me podría llevar, y me he fijado en que sobresalía uno en la parte de la “R”. Uno de Luis Rosales, uno de los poetas que más conectan con mi sensibilidad. Leer a Rosales me duele porque cada pieza suya es como una astilla que me he arrancado alguna vez. He abierto la antología al azar y… “El deshielo” (Rimas, 1951). Precisamente ese poema, hoy.

Viene el amor, viene el amor, y vives
dentro de un paraíso:
las palabras
no dicen nada: arden,
y la noche es igual que la mañana.
Hay solo un corazón que rige al mundo
y da correspondencias necesarias
a cuanto existe.
Miras
y es un acto de fe cada mirada.
La certidumbre de vivir te asombra
con su deslumbramiento y su diaria
revelación, y vives
la eternidad en cada
sílaba del amor, en cada cinta
de su sombrero azul y en cada tapia
donde se pone el sol, porque sabemos
que seguimos naciendo y que nos falta
tiempo para vivir.
Hasta que un día
vuelven al labio las palabras
puestas ya en pie; revelan
las diferencias esenciales,
andan
y arañan en la sangre;
hemos reunido
nuestra desolación pero no hay nada
que pueda reprocharse y no te culpo:
no hay culpas, hay distancias,
la misma intensidad que nos unía
se ha quemado tal vez y nos separa.
¿Quieres decirme si estoy vivo? ¿Puedes
decírmelo?
No basta
estar como un insecto entre tus brazos
con una vida ya cristalizada
dentro del hielo, ¿puedes
decirme si estoy vivo y si mañana,
cuando despunte el sol, se hará el deshielo
que desate mi cuerpo sobre el agua?

Últimamente no encuentro lo que busco en las bibliotecas (cfr. entrada sobre la José Hierro), pero experimentar sensaciones como las que provoca este texto prueban que no ha sido, pese a todo, un viaje en balde.

Pániker

“Todos estamos deshumanizados”

Señora en el metro (9/I/2017)

Esta mañana, de camino a Majadahonda –he pasado la mañana en el centro comercial de allí–, he leído algunas páginas de Variaciones 95, uno de los volúmenes del dietario de Salvador Pániker. Al tratarse de las vivencias que le acaecieron durante el 1995, la sensación de volver a su escritura, a sus historias, entrevera melancolía, pues falleció en 2017 y su último diario (Diario del anciano averiado), se publicó también el pasado año; tristeza, por sucesos que ocurrieron después, relativos a personas que en V95 mantienen relaciones con SP que posteriormente se transformarían –la lectura de un diario no nos muestra únicamente la vida de su autor, sino que a lo largo de los diferentes tomos es posible construir una genealogía de la que cada vez conocemos más–; y cariño, porque uno tiene la impresión de que ha estado con él, y de que el autor a su vez lo acompaña –incluso, y soy consciente de que esta afirmación puede parecer melodramática, de que habla para uno–. Los diarios nos hacen humanos, porque nos muestran la vida sin pactos de ficción.

Diarios

Felix

Empecé el año leyendo Diario de otoño, del querido Salvador Pániker —entristece recordar que ya no está entre nosotros—, y lo voy a terminar con otro dietario. Es un género literario que me resulta irresistible. Me he reído mucho con Diario de un hombre humillado. El mes pasado leí su Autobiografía de papel, y casualmente, de vuelta a casa en un día laboral, encontré el ejemplar de la foto en uno de esos puestos ambulantes de libros, sábanas en las que los géneros, las corrientes y los autores se entremezclan sin más criterio que el del vendedor. Uno tiende a pensar, cándidamente, que los libros que más se disfrutan te encuentran, y que llegan a ti de las maneras más azarosas, como las grandes pasiones.

“Solo escriben diarios los solitarios y los fatuos. Yo creo poseer ambas virtudes. Téngase bien presente que un hombre aislado de sus semejantes es, indudablemente, un hombre nuevo a cada momento. En consecuencia, solo mediante el uso de este Diario podré reconocerme y encontrarme, si es que me pierdo” (p. 15)

Artículo sobre Manuel Gutiérrez Aragón

Queridos amigos:

Tuve el placer de escribir sobre Manuel Gutiérrez Aragón para la prestigiosa revista Lecturas Sumergidas. Muchas gracias a Emma Rodríguez y a su equipo por su confianza. Se trata de una visión personal y global de su obra, que espero que os guste y ejerza de invitación para acercaros a ella.

Se puede leer aquí.

Un abrazo,

Sofía.

Deslumbramiento sin sol

Philip Larkin Sofía González

Traducción y prólogo de Damián Alou

Hay libros que uno necesita tener a mano. Títulos, llamados “de cabecera”, en cuyas cubiertas difícilmente se llega a acumular el polvo. Para mí, uno de ellos es Las bodas de Pentecostés (1964), de Philip Larkin. Mi ejemplar es de segunda mano; su anterior dueño me escribió un poema improvisado escrito en una hoja de calendario que metió entre sus páginas y que aún conservo. Ha pasado tanto tiempo que no recuerdo a qué apellidos corresponden las iniciales con las que lo firmó. Desconozco qué habrá sido de aquella persona, cuya perspicacia materializada en el arte de la lírica me provocó cierta estupefacción –aunque quizá incluyó el texto en el precio, como esas rebajas que te hacen en algunas tiendas y que uno suele agradecer falsamente, suponiendo que cuentan de antemano con ese margen y que es una argucia más de la alquimia del marketing–.

La poesía de Philip Larkin habla de fenómenos corrientes y de los sentimientos que se experimentan en los días laborales. Larkin nos enseña que el desengaño es parte de la vida, y que su alumbramiento no tiene lugar únicamente en momentos trascendentales, sino que es una desembocadura más del discurrir de los hechos cotidianos, del final de los días, pues los días son donde vivimos. Comparte su visión acerca de las mudanzas (a lo largo de su vida, trabajó en bibliotecas de varias ciudades) y del sentimiento de pertenencia a una región, el anonimato de la vida en la ciudad, los desplazamientos en tren, la indiferencia hacia los niños, la inseguridad ante la percepción de la realidad y algunos destellos de amor en algunos poemas, por supuesto con pronta fecha de caducidad. Me encanta el poema “Hablar en la cama”, reflejo de una escena de la vida conyugal, de la que él tanto receló:

Hablar en la cama debería ser tan fácil

después de tanto tiempo durmiendo juntos,

emblema de dos personas viviendo con honestidad.

Pero cada vez pasamos más tiempo en silencio.

Fuera, la incompleta desazón del viento

reúne y dispersa nubes por el cielo,

Y oscuras poblaciones se apiñan en el horizonte.

A todo eso le somos indiferentes. Nada explica por qué,

a esta singular distancia de la soledad,

Cada vez es más difícil encontrar

palabras que sean sinceras y agradables,

o no insinceras y desagradables.

 

Y al final del poema “Ambulancia” me parece magnífico: “difumina en la distancia todo lo que somos”. Me recuerda a las mujeres de los pueblos, que cuando oyen pasar una ambulancia se alteran y corren a asomarse a la ventana, asustadas y curiosas por saber a quién ha venido a recoger.

Pese a todo lo anterior, Las bodas de Pentecostés se cierra con un espíritu optimista:

que nuestro casi instinto es casi cierto:

lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.

Pero cabe preguntarse qué amor.

*deslumbramiento sin sol pertenece a su poema “Primera visión”.