Gracias

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“Lo importante no es lo que podría hacer, sino lo que quiero hacer. Libre es apenas nada, voluntario es mucho más”. Esto dice Antonio Cabrera en su primer libro de aforismos, cuyo título me parece estupendo: Gracias, distancia. A la distancia agradezco haber colocado mis emociones, que a veces parecen jugar al corro de la patata. La distancia me ha señalado seres que solo provocaban daño —esa distancia ha servido, además, para descubrir sus mentiras sistemáticas—, y al mismo tiempo ha puesto de relieve que tal vez he perdido a buenos amigos que me tendían la mano y, por distintos problemas, he sido incapaz de cuidar. Siento que me voy quitando una losa invisible y este vacío se va llenando de determinación. Por eso, esta mañana me he derrumbado junto a mi compañero y amigo F., que me ha dejado este libro —AC fue profesor suyo—, y me ha enseñado los agradecimientos de su Tesis, hoy terminada. Me ha dedicado unas palabras verdaderamente afectuosas, pero lo que ha conseguido exteriorizar los sentimientos más profundos ha sido el párrafo que brinda a sus padres y hermana. En esas líneas en las que habla del sacrificio de sus progenitores y de su apoyo constante he visto reflejada mi situación, similar. Al cabo la fortaleza de uno pivota sobre un eje clave: la familia íntima. Lo demás, exceptuando amigos cercanos —debo evitar a toda costa, después del más reciente desengaño vivido, extrapolar la desconfianza a todos—, es el atrezzo del mundo.

No querías creer

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Ayer tuve una conversación sobre Gabriel Ferrater y recordé que hace mucho que no lo leo. He buscado mi ejemplar de Las mujeres y los días y he visto una etiqueta verde que señalaba “Atardecer”. El principio no me ha dicho nada. Pero hay dos versos que parecían hablarme directamente: “demasiado corazón disponible / demasiado exceso de nosotros”. Y otro poema, que lleva por título “A media mañana”, me ha interpelado también. Concluye así, amargo y verdadero:

(…) Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.

Retazos, Antonio Duque Amusco

*comparto en el blog la reseña de Retazos (Renacimiento, 2018), de Antonio Duque Amusco, publicada en el suplemento literario “El posdata de hoy”, de Levante-EMV, pues no se puede leer completa en su página web.

Imagen Retazos

Hilvanar la memoria

Glosar un libro de haikus puede resultar una tarea tan inane como compleja, en tanto que supone explicar lo que no requiere palabras: una fotografía emocional, lograda mediante diecisiete sílabas cuya cohesión da lugar a un destello. La buena salud del haiku en España debe ser considerada al calor, por un lado, del auge de las formas breves, como el aforismo y el microcuento y, por otro, como parte —o, por lo menos, como algo no ajeno— del creciente interés por lo oriental. Cualquier moda procedente de otra cultura —de otra cosmovisión, incluso—, pasada por el filtro occidental, corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí misma. No sucede así con Retazos (2018), el libro de haikus de Antonio Duque Amusco (Madrid-Sevilla, 1943), pues no condesciende al orientalismo impostado ni presenta tanteos apresurados. La obra ha visto la luz en la editorial Renacimiento, como todas las anteriores del escritor (La pared vertical, de 1998; Una luz que se va, de 2003; y Las sombras del silencio, de 2013).

El autor incluye un brevísimo prólogo en el que cuenta cómo se produjo su incursión en el género: un amigo le regaló En las orillas del haiku (2004), de Jesús Montero, lo que supuso su primer acercamiento. Años después, confiesa que disfrutó de la lectura de La enredadera (2016), de Susana Benet, obra que le animó a dar el paso definitivo.

El título, Retazos, evoca una consideración de las composiciones poéticas como retales hilvanados por la melancolía. Esta galería de piezas tira de dos hilos: “Vivencias” y “Evocaciones”, dos partes que, leídas por separado, se nos antojan independientes; en conjunto, iguales por el poso nostálgico, algo machadiano también. Cada haiku, aislado, sorprende no por lo que cuenta, sino porque parece estar recordándonos un retazo de nuestros anaqueles de la memoria. “Llega el otoño. / Ya no hay niños jugando / con el verano”.

El libro comienza con unos versos de Francisco Brines, pertenecientes a El otoño de las rosas (1986). Se trata de una cita que consigna las intenciones del autor: “Cuando la edad es ya desventurada, / y es un pétalo el día / y apenas quedan rosas, / no es posible que el mundo pueda ser recobrado…”. Queda la incógnita acerca de si habrá un mañana. Por lo menos, los haikus de Duque recogen el rumor de esos pétalos y evitan que caigan al vacío. En “Vivencias”, el poeta recupera una serie de imágenes de su infancia, que encierran sensaciones y que giran, fundamentalmente, en torno a las estaciones del año, a la naturaleza, a recuerdos de un patio de Sevilla (“Geranios blancos; callejas de mi pueblo, flores de cal”) y a un huerto claro donde madura el limonero (“Del limonero / he cortado tres ramas / por ver el cielo”). Hay un afán de introspección en “Evocaciones”, mitad de la obra en la que se recuerda un amor desaparecido, del que apenas queda un rumor: “Duele la ausencia. / Son las lamentaciones / de un hombre solo”. Provoca que el sujeto se difumine a través de la luz de un cristal, o bien que se identifique con el viento, única posibilidad de acercarse a esa persona llorada. Como decía, hay una coherencia entre las dos partes, que se puede rastrear en haikus concretos, como estos dos, cuyo esquema se repite con un final y una puntuación distintos: “Tarde de invierno. / Al calor de la lumbre / vuelve la muerte”, en la primera; “Tardes de invierno: / al calor de la lumbre / duele el olvido”, en la segunda.

Duque pregunta en uno de los haikus ¿para quién vivir? La lectura de este libro es una respuesta en sí misma: no hay para quién ni para qué, tan solo queda contemplar el paisaje y habitar el tiempo. “Nada regresa / tras las horas perdidas. / Faltan promesas”.

13/X/2018

 

Siempre Montaigne

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El Taller Ditoria es una editorial fundada en Guadalajara (México) en el año 1994. Cuenta con una máquina de impresión Chandler & Price de 1899, gracias a la cual elaboran artesanalmente sus libros. El de la foto pertenece a la colección “Semáforo”, dedicada al ensayo traducido. Encontré varios ejemplares de este sello en La Semillera, una librería con un jardín al fondo. La librera me contó que los libritos están impresos en tipos móviles de plomo, que posteriormente el equipo del taller cose y encuaderna las hojas a mano. se los trajo de la Feria Internacional del Libro de México.

Acabo de terminar este texto de Montaigne, en el que comenta algunas citas de Cicerón. Me ha gustado especialmente esta:

No está la aflicción en la naturaleza, sino en la opinión (Cicerón)

“La opinión es parte recia, audaz y desmedida. El hecho de que es nuestro criterio el que les da valor a las cosas se ve por las muchas en que no consideramos sus cualidades o utilidades, sino lo que nos cuesta ganarlas, como si eso fuese parte de su sustancia, otorgándoles mérito”.

Hace un año por estas fechas, precisamente, MD’s me decía: no todas las opiniones son respetables. Claro que no, sea cual sea el sujeto que las vierta. Formad vuestro propio criterio y que resbale la música fútil del inane –entre otras razones, porque hay demasiados–. Queda Montaigne.

Personajes del 98

pío baroja libros

Pasando páginas del diario Informaciones en busca de un artículo cuya referencia exacta desconocía, he dado a parar con una entrevista algo delirante de Josefina Carabias a Pío Baroja. Se titula “¿Por qué no se ha casado usted?”, pregunta principal de la periodista. Contesta que “vinieron así las cosas” y que apenas recuerda vagamente haber tenido una novia, que le dejó al desilusionarse por su vocación literaria –prefería a un ingeniero de caminos–.

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Hoy he vuelto a leer uno de mis cuentos preferidos: “Una lucecita roja”, de Azorín. Se trata de uno de los textos más bellos, por sentido y por primoroso en las descripciones, que son pinceladas, de don José María. Se expone el eterno retorno de Nietzsche de manera magistral: la lucecita roja de la estación anuncia la llegada de los trenes mientras que, a su alrededor, la vida va pasando, repitiéndose pese a que el andamiaje de los sucesos se troque diferente. La compra de objetos permite crearnos la ilusión de la posesión, sin embargo —en líneas generales— estos nos sobrevivirán y nuestro epitafio pondrá de manifiesto que nosotros solo somos peones de paso con un nombre y un par de apellidos. La vida seguirá y tendrán lugar hechos parecidos, protagonizados por otros sujetos igual de insignificantes.

Aquí residió Manuel Machado

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Después de consultar unos periódicos en la Hemeroteca, he caminado hacia la calle Churruca, en cuyo número 15 se encuentra el piso donde residió durante gran parte de su vida (1917-1947) el poeta decadente Manuel Machado. Pero Machado no solo se define como poeta: también cultivó la prosa y ocupó cargos de responsabilidad, como el de director del Museo Municipal de Madrid y de la Hemeroteca, de la que por cierto este mes se conmemora el centenario de su inauguración. He pulsado el timbre del 1.º A-izquierda. Evidentemente, no esperaba ninguna voz de ultratumba, solo un inquilino que me permitiera entrar y visitar la finca —ambas empresas, en cualquier caso, ingenuas—. Ha dado la casualidad de que salía un vecino y, en esas, he aprovechado para pasar al portal, diáfano y decorado con azulejos. Al fondo, un patio en el que se escuchaba cantar a una muchacha, acaso reminiscencia de aquellas coplas que don Manuel entregó al pueblo. Las escaleras de madera, en las que un paso era un crujido, seguramente sean las originales. La barandilla, pintada de rojo, testigo de las innumerables veces que habrá subido y bajado, para asistir a alguna tertulia, para dar un paseo con Eulalia Cáceres o para cualquier otro menester. Roja es también la puerta de madera del piso, frente a la que me he detenido brevemente esperando la posibilidad de que volviera a salir alguien. Y me he sentido como una tarde del otoño viejo, de saudades sin nombre, ante la inmensidad de la obra de quien ha sufrido la losa de la etiqueta reduccionista y la comparación constante con respecto a otro. Es hora de abrir esa puerta.