Addenda

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De la FLM’18 me quedo con esta imagen.

Estos días he estado pensando sobre el sentido de la Feria del Libro de Madrid. Su modelo, la Feria de Frankfurt, consiguió mitificar el mundo editorial, cultivando la imagen de los grandes editores empresarios, y también ofreció oportunidades de negocio a editores de todo el mundo, que acudían allí a firmar contratos. Esther Tusquets cuenta en sus Memorias de una editora poco mentirosa que su padre, su hermano y ella viajaron hasta allí para comprar los derechos de sus primeros títulos. En el caso de la FLM, la función se limita a la promoción y venta de los libros una vez que se han publicado, con el gancho del autor presente para firmar ejemplares. Hay actividades paralelas, unas relacionadas con la literatura del país invitado y otras misceláneas, como coloquios, concursos e incluso conciertos. Desconozco su repercusión. El año pasado estuve en una mesa redonda sobre escritores de Portugal y el público éramos cuatro personas. Este, he podido vivirla desde dentro de una caseta, y la impresión que he obtenido ha sido la constatación de esa función mercantil, alejada por un lado de cuestiones profesionales y por otro del fomento de la lectura. El reclamo de la firma –y de la foto, si no hay mucha cola- pasa por el fetichismo de la simbiosis narrador-escritor, por la costumbre premoderna de molestar a algún famoso o semifamoso para que se haga una foto contigo, para después enseñar que te has hecho una foto con él. La Feria del Libro sirve, en suma, para vender libros. ¿También para leerlos?

Feria (y III)

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“¿Me firmas este libro?” pregunta una niña que apenas alcanza a la altura del mostrador. Se trata de mi sobrina-segunda Inés. Mi primo, su mujer y sus hijos han acudido a verme. Ah, la familia. Siempre ahí, sobre todo cuando hay herencias de por medio. Me esfuerzo por ser simpática con los pequeños. Nunca se me ha dado bien tratar con niños: no sé qué decirles y cualquier comentario que haga me suena a impostura, comenzando por el tono de voz. Charlo un poco con mi primo. “Bueno, a ver si te pasas un día y te enseñamos los últimos proyectos (los dos son arquitectos)”. “Sí, sí”. Les firmo el libro colectivamente. “Muchas gracias por venir”. “Pero prima, si estamos al lado ¡cómo no íbamos a venir! [viven en la calle Santa María de la Cabeza, a la altura de Atocha]”. Se marchan, y reconozco que me ha alegrado verlos.

Mientras tanto, mi compañera finlandesa charla con las encargadas de la caseta sobre lugares emblemáticos de su país y recetas con salmón. Me pide que le firme su ejemplar y, ante la amenaza de lluvia, regresa a su casa. Veo cómo desaparece entre la marabunta. El paisaje humano se puede contemplar con amplitud desde el taburete de la caseta. En las de al lado, firman Carme Chaparro y Lorenzo Silva, con sendas filas para las que son necesarias dispositivos de seguridad; enfrente, un puesto de helados poco concurrido y otro de gofres, este con más aceptación y cuyo olor llega y atrae.

Pasa un amigo y nos saludamos. Él firma mañana. “Vaya día has elegido…”. “¡Cómo iba a saberlo!”. Se compra un par de libros y se va. Me siento como en un puesto de mercado. ¿Qué le pongo? dan ganas de preguntar a los paseantes.

Se para un grupo de chicas disfrazadas de alguna tribu urbana cuya denominación desconozco y leen las solapas de algunos libros. Detrás de ellas, aparece un tipo poco más mayor que yo, con camisa de cuadros vichy y gafas de sol, pese a no hacer nada de sol.

— ¿Eres la autora de este libro? –pregunta sonriendo.

— Sí…

Se queda mirando al expositor.

— ¿Vienes incluida con el libro si lo compro?

— Me temo que no… —aunque algunos dicen que tiene partes autobiográficas.

— Convénceme para comprarlo. De qué va.

— No me acuerdo de qué va, hace un año que salió. –me estaba empezando a cansar y, francamente, lo último que me apetecía era ejercer de comercial de mí misma.

— ¡¡No puede ser!! Creo que me lo voy a llevar, pero solo si me pones tu teléfono en la dedicatoria.

— Pues lo siento, pero gracias por tu interés –dije, y cogí el móvil para ignorarlo frontalmente, ante la mirada curiosa de las encargadas.

Por suerte, se marchó –al fin- después de que le espetara la negativa.

— Desde luego, aquí no os aburrís –les dije.

— Se pasan las horas voladas. Pero lo que más vemos son perros, de todas las razas. Perros con calcetines y zapatos. –añade una.

Me escribe MV: “¿firmas?”. “Aquí estoy…”. Y empieza la tormenta. Entra el editor a saludar. Llegan algunos lectores del almanaque. Es curiosa la sensación de conocer a personas que te leen, que no has tratado personalmente, y que sin embargo saben muchas cosas –las que has contado- de ti. [A vosotros, gracias por capear con el mal tiempo para saludarme].

Los transeúntes comienzan a marcharse del Retiro. Llueve con más fuerza, truena y oscurece. Ya queda poco tiempo para irme. Me pongo la gabardina, pues la temperatura ha bajado considerablemente. Y de la oscuridad aparece JX, excelente periodista cultural y escritor. ¡Qué alegría verlo! Es encantador. “El lunes y el martes va a diluviar, que es cuando firmo yo…”, me dice.

Las nueve. Me despido y me voy, agarrando con fuerza el paraguas. Ha anochecido. Algunas casetas comienzan a cerrar, apenas quedan visitantes paseando y ya no hay ni rastro del ratón Gerónimo. Enciendo el iPod y suena y si no encuentras fuerzas para salir de aquí, yo las sacaré de donde sea y seguiré sin ti (“Crujidos”, Nacho Vegas). Vaya. Mejor sin música. Vuelvo andando a casa: está chispeando, pero prefiero caminar un poco. Miro el móvil: me preguntan qué tal. Francamente, no lo sé.

Feria (II)

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Me desperté sin alarma y lo primero que hice fue consultar el móvil para ver la hora. Tenía algunos whatsapps de amigos con palabras de ánimo para la firma de la tarde, con lo cual constaté lo que desde hacía unos días temía: a mi entorno le hacía más ilusión que a mí. Puse la radio y, en lugar del programa misceláneo de las mañanas del fin de semana, había un especial dedicado a la toma de posesión. ¿Durará hasta la tarde el buen tiempo? Salí hacia el centro de belleza y, a pesar del retraso del autobús, llegué puntual a la cita. No sabía exactamente qué color ponerme. Siempre escojo uno granate o burgundy, pero la mínima diferencia entre las tonalidades puede demorar la decisión varios minutos. Mientras miraba la paleta, llegó una mujer rubia, que preguntó si la podían atender. Apenas hablaba español. Quería hacerse las uñas de gel pero no quería que le pusieran una capa de esmalte sobre la cual las luces de neón volvieran blancas las uñas. Ninguna comprendíamos lo que estaba diciendo. Y me pregunta una de las chicas que si sabía a qué se refería, como si yo entendiera del mundo de la noche.

Paso la tarde en el piso. No tengo que estar en el Retiro hasta las siete y media… Leo Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca mientras me bebo una coca-cola. Cuando empiezo a maquillarme, estalla la tormenta. “Sigue”, me digo, “tendrás que ir a saludar a los de la editorial”. Más whatsapps y algún correo electrónico. No sé si tendré lectores, pero por lo menos tengo amigos.

Salgo para allá. Conforme me acerco al metro dudo acerca de si ponerme sandalias de tacón ha sido una decisión acertada. No hace frío, pero no para de llover, y cada vez lo hace con más fuerza. Me bajo en Príncipe de Vergara, sigue lloviendo, y son las siete y diez. Tiempo insuficiente para pasar a un bar y tomarme una copa; además, solo veía cafeterías y pastelerías. Entro a la Feria. Hay bastante gente, más de la que esperaba. Para la lluvia. En una caseta, un ratón civilizado –gafas, traje y nombre [Geronimo]- firmaba libros como quien hace rosquillas. Paso delante de Diógenes. “¡¡Sofíiiaa!!”. Es M. Carmen. Se sale de la caseta y nos ponemos debajo de un árbol a hablar. “Bueno, me voy, que a y media tengo que estar allí…”.

Me abro paso entre la multitud y, al llegar, veo a una compañera de Finlandia que actualmente se encuentra de estancia en el CSIC apoyada en un stand. Le agradezco que haya venido. Son las siete y veinticinco y andamos un poco; vamos a una caseta, donde está mi amiga A., y se la presento. Después, miramos algunos libros de Herder. Volvemos, y me meto por fin al quiosco. “¿Quieres un poco de agua?” me preguntan. En ese momento me apetecía un whisky doble. Me lo hubiera bebido de un trago.

[continuará…]