La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

Wabi-sabi

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© The Tangerine Fox

Esta mañana la bedel se ha quedado mirando, sin ningún disimulo, a mi falda. “¿Pasa algo?” le pregunto afablemente. “Nada, que te miraba la falda, creía que estaba rota”. Se trata de una falda vaquera gris, un poco deshilachada en los bordes finales a merced de los dictámenes actuales de la moda. Por fortuna, después me ha dicho que iba guapa –hay días en las que me la encuentro y me dice “la semana pasada llevabas una camisa que te quedaba muy bien; ese color te favorece”-. Me cae bien esa mujer, aunque me haga sentirme observada, pero se trata de una atención, por su parte, que ejerce de interlocución de la coquetería diaria. Se agradece.

Dejando a un lado las vanidades, la aparente rotura de algunas prendas está relacionada con el wabi-sabi. Un día, JC-M, su mujer y yo fuimos a un restaurante en el que nos sirvieron la comida en una vajilla muy mona, con bordes irregulares y colores degradados. Nos contó que esa moda proviene del wabi-sabi, una filosofía japonesa que identifica la belleza en la imperfección. Como él diría, está bien.

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[spoiler]

Ayer estuvimos cinco personas en una sala pequeñísima viendo Playground. Película en la que dos niños canalizan la represión sufrida en el seno familiar a través de actos vandálicos y crueles. Es un film desagradable, pero me gusta mucho el de Michael Haneke y este es del estilo. En la parte final, un hombre salió corriendo de la sala ante una sucesión de escenas bastante desagradables. Su novio lo siguió a los pocos minutos, también corriendo, lo cual aportó cierto dramatismo a la cuarta pared. A mí me entraron ganas de vomitar, pero enseguida la película terminó y pude incorporarme y salir de la sala dignamente. En el camino a la salida, un chico le decía a otro: “No es para tanto”. ¿No es para tanto? ¿Que dos niños de 10 años le rompan la crisma de una pedrada seca a otro de tres no es para tanto? Por favor. ¿Qué verá esa persona en su casa?

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Según la previsión meteorológica, el sábado va a llover durante todo el día. Vaya. “Yo voy a ir aunque caigan chozos de punta. Es un día importante para ti”, me dice X. ¡No dramaticemos! No sé qué va a pasar, no tengo ninguna expectativa y a tenor del porcentaje de lluvia pronosticado no sé si acaso podré firmar. Lo lamento mucho, pues me hacía, me hace, cierta ilusión. Whatever.

“An act of defiance”

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“Quiero que mi hijo sea libre”, le dice Esti (Rachel McAdams) a su marido en la película Disobedience, para suplicarle su libertad –solo él, en virtud de su contrato matrimonial, tiene la potestad de concedérsela-. Ese momento resume la historia opresiva que ha vivido el personaje, judía ortodoxa que se crió en un sistema religioso que coarta su voluntad. Ella es lesbiana, está enamorada de una amiga de la infancia y, por orden del rabino, se casó con un hombre por el que no siente nada. Al contrario que la amiga, Ronit (Rachel Weisz), no tuvo valor suficiente para abandonar a la comunidad y marcharse lejos del pueblo inglés donde residen. Ronit huyó a Nueva York. Desobediencia interior la de la primera, pues ninguna religión o gobierno, por totalitario que sea, es capaz controlar los sentimientos, y exterior la de la segunda: rechazo frontal de los usos y costumbres de la comunidad judía y cambio de vida radical. El nonato puede tener la oportunidad de vivir en libertad, pero las cadenas que se establecen en comunidades de esa índole son demasiado rígidas. El final es ambiguo; por mi parte, soy pesimista, puesto que esas religiones herméticas no funcionan únicamente como marcos de Fe, sino que autosubsisten gracias a la ayuda mutua que se proporcionan entre ellos y a la estructura política, laboral y emocional que, desde siglos, mantienen.

 

 

Incombustible Garrel

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Vista la nueva película de Philippe Garrel, Amantes de un día. En esta ocasión pone el foco en la relación que se construye entre la amante de un hombre y la hija de él, a partir de la mudanza de esta última al piso del padre. Miguel Mihura haría de esta situación una comedia más o menos divertida –aunque en los tiempos que vivimos lo tildarían de misógino y prohibirían su estreno-, pero Garrel logra tejer una red de sentimientos que, por la personalidad de cada uno, difícilmente logra permanecer firme. En el primer tramo de la cinta hubo escenas que me parecieron algo sobreactuadas. En lugar de conmoción, provocan hilaridad, como el intento de suicidio de la hija a raíz de que su novio rompiera su relación – ¡chica, no es para tanto! – y la frase de la amante: “me enamoró cuando me miró a los ojos y me dijo que la filosofía es inseparable de la vida”. Ya se sabe que la conquista es una ciencia inexacta.  Se trata de una película, en fin, que explora las inextricables emociones nacidas de la confusión entre deseo y amor, y lo hace con tino.

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Anoche a las 21:00 tuvo lugar un momento mágico retransmitido en directo para toda Europa. Ana Moura, más guapa que nunca, cantó, o mejor dicho, sintió “Loucura (Sou do Fado)”. Y a partir de ese instante de verdadera música comenzó el espectáculo eurovisivo, que demostró un año más el triunfo de la imagen sobre cualquier otra cosa pese a llamarse “Festival de la Canción”. Aunque hubo otro momento más: dúo de Salvador Sobral y Caetano Veloso en el cierre, entonando “Amar pelo dois” y demostrándonos que un artefacto de luces y extravagantes maquillajes pueden entretener, pero unas solas notas de piano llegan al alma.

Fríos

Se nota ya que el invierno da sus últimos coletazos. Esta tarde el frío ha obligado a abrigarse un poco, como si se resistiera a abandonar la ciudad.

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Estoy viendo One of Us, entretenido documental que sirve de altavoz a tres exjudíos jasídicos para expresar la opresión que han sufrido. Los tres abandonaron una comunidad integrada por hombres de tirabuzones y extraños sombreros, y por mujeres a las que se les educa para ejercer de madres, en la cual las vidas se diseñan desde un sistema cuyas normas de comportamiento han de acatarse sin cuestionamiento alguno.

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A estas alturas -vamos a cumplir pronto medio año- he perdido la conciencia de que esto sea un lugar público y de que escribo para mí misma, lo cual me hace a veces aburrirme de mí misma.

 

Corazones de piedra

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Angustiosa película, algo larga, pero interesante en tanto que muestra la tensión entre dos adolescentes en una aldea rural producida por el despertar sexual de ambos. Uno de ellos es homosexual y el entorno le crea un sentimiento de culpa, acuciado en su propia familia, totalmente desestructurada, en la que el padre llegó a propinar una paliza a un vecino por recaer sobre él sospechas acerca de su sexualidad. Lo que más me ha gustado ha sido la importancia que el director islandés otorga a los pequeños detalles: el beso en la mejilla del niño heterosexual, que no corresponde a los sentimientos del otro, provoca una sonrisa sincera, un alivio inmediato para la depresión que sufre y que le provoca un intento de suicidio. La madre decide mudarse a la capital de Islandia para poder comenzar una nueva vida; quizá allí el muchacho pueda desarrollarse en plenitud. ¿Qué otra opción había?

 

Busquemos nuestro sol interior

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— ¿Adónde vamos?

— ¿Te refieres a qué habitación?

Un sol interior, Claire Denis

¿Puede plasmarse mejor el sentido de un affaire insustancial?

De esta película me encanta hasta el título. Se trata de El Eclipse del siglo XXI. Antonioni estaría orgulloso de esta obra. La incomunicación y la frustración como pilares líquidos de las relaciones sentimentales contemporáneas, pero la esperanza y el afán por encontrar eso que algunos llaman amor. Aparición estelar del inefable Gérard Depardieu interpretando a un vidente. “Encuentra tu sol interior”, le dice a la protagonista. “Ten una actitud open”. Qué rato tan agradable, qué sensación de conexión plena, qué sucesión de historias —los encuentros y desencuentros de la mujer— sobre las que es imposible no proyectar las propias.  Gracias a experiencias como esta solo queda levantar la copa y gritar ¡¡qué grande es el cine!!