La brecha II

“Así viven, pobres y miserables, los labradores de la meseta. El medio hace al hombre. El contraste es irreductible, entre unos y otros moradores de España, mientras el medio no se unifique. Porque no podrán pensar y sentir del mismo modo unos hombres alegres que disponen de aguas para regar sus campos y cultivan intensamente sus tierras, y tienen comunicaciones fáciles y casas limpias y cómodas, y otros hombres melancólicos que viven en llanuras áridas, sin caminos, sin árboles, sin casas confortables, sin alimentación sana y copiosa…” Azorín en El Globo (10/II/1903).

Comparto esta cita de Azorín al hilo de lo que comentaba anoche. Sigo pensando en algunas de las escenas interpretadas por Brooklynn Prince en The Florida Project, como la vez en que va con sus dos amigos a pedir dinero a unos turistas con el fin de comprar un solo cono de helado y compartirlo entre los tres, las tardes en las que acompañaba a su madre a vender imitaciones de perfumes, el momento en que descubre a un cliente de su madre orinar mientras ella aguarda en el baño a que termine la función, o el modo en que cena pizza en la cama. Cuántos niños habrá así fuera de las pantallas.

La brecha

Esta tarde he visto una escena que me ha partido el alma: un muchacho adolescente se ha subido al metro, portando una pesada bici y una mochila enorme, en la cual figuraba el logo de una de las compañías de transporte de comida a domicilio. A su lado, un grupo de chavales de su misma edad jugaba con los móviles. No es justo que ese chico deba realizar ese trabajo —además, de una precariedad sonrojante para cualquier Estado que se presuma desarrollado—, en lugar de hacer las tareas de clase o, simplemente, jugar. Esa escena ha sido el preámbulo de la película que ha rematado el día de hoy, The Florida Project. Una niña, que vive en los suburbios de DisneyLand, pasa las horas en un entorno hostil, desestructurado, terrible. Y lo peor es que es feliz en su inocencia.

Sin amor

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Esta mañana he vuelto a Alcalá, al archivo que os referí ayer. Me gustaría dejar constancia de que los encargados de la sala de investigación son excelentes; siempre me atienden con verdadera dedicación. Como transcurre un lapso de tiempo considerable entre una y otra visita a la ciudad complutense, cuando recorro sus calles me entretiene observar las nuevas tiendas, las remodelaciones, las recientes aperturas de locales de restauración, empresas que muestran las pulsiones del lugar —por lo que he visto hoy, se llevan las pizzerías y los tacos mexicanos—. Ahora no tanto, pero las primeras veces que la visitaba, después de mi mudanza a Madrid, sentía una amalgama de sensaciones que oscilaban entre la nostalgia y la conciencia del paso del tiempo, todas ellas tomaban como base la creencia en la necesidad de mirar únicamente al frente. Pero ahora, cuando regreso a la ciudad de los anhelos, muchos de ellos cumplidos, la impresión es la de hacer turismo de interior, pues al igual que hay que vivir con lo bueno y lo malo, es preciso integrar sin aflicción los lugares que conforman nuestra memoria.

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Los espectadores congregados esta tarde en una de las sesiones de los Golem para ver Sin amor hoy, día de San Valentín, probablemente compartamos la afición por el humor negro. Es otra manera de celebrarlo, tan legítima como comprarle una rosa de plástico al vendedor ambulante de la Gran Vía. Al inicio de la sesión ha habido un momento de máxima tensión, pues una pareja no encontraba las butacas asignadas y, al hacerlo, se han topado con que otros las habían ocupado. Han estado unos minutos de pie, justo cuando comenzaban los tráilers, y muchos les han increpado. La tensión ha ido en crescendo, esta vez en relación al film, pues se trata de una historia cruda, poco complaciente, en la que el director ruso, Andrey Zvyagintsev retrata a una expareja que se perdió el respeto hace tiempo, si es que alguna vez lo tuvo. La víctima es su hijo, fruto de un error, según los padres, al que por cierto utilizan como arma para su divorcio. Ninguno de los dos quiere su custodia. La mujer vive ensimismada con las redes sociales y el hombre ha dejado embarazada a una joven con la que parece repetirse el esquema vivido con su exmujer. El niño desaparece y, como dato revelador, los padres se dan cuenta a los dos días por una llamada de una profesora del colegio. La película es una fábula de la sociedad de, de la agonía del Eros (Byung-Chul Han), y nos recuerda que tener hijos es una responsabilidad. “No somos inocentes ni culpables: somos responsables”, dice Voltaire en la obra de Jean-François Prévand.

La La Land

la la land

Ver ciertas películas en determinadas situaciones personales es un acto que entraña una función balsámica –o todo lo contrario–, por lo que cuentan y los finales de los personajes. Sobre la proyección de los sentimientos en las obras se ha escrito mucho, e incluso existe el término letraherido. Tenía de fondo esta mañana la banda sonora de La La Land, cinta que no he vuelto a ver desde un memorable domingo primaveral, meses después de su estreno. Posponía intencionadamente la visita al cine porque asociaba el film a X, que me propuso ir a verla cuando la anunciaron. Pero en el ínterin conocí a D., y aunque vimos algunas —no emocionalmente comprometidas, como suele ser habitual en los primeros compases de una historia de amor— juntos, nunca propusimos esa. Unos días después, domingo, decía, cuando llegó el desencanto, pasé un rato en la Plaza de España leyendo unos poemas de Gil de Biedma para recuperarme y acudí, con cierto escepticismo, a ver por fin La La Land. Iba a destacar que no paré de llorar en toda la proyección, pero no me gustaría hacer de la cantidad de agua por milímetro cúbico un criterio de valoración de una obra. De manera que me apetece mucho verla, pero recuerdo aquel verso de Félix Grande “no vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, que funciona también con las películas…

Is this the start of something wonderful and new?
Or one more dream that I cannot make true?

City of Stars

Artículo sobre Manuel Gutiérrez Aragón

Queridos amigos:

Tuve el placer de escribir sobre Manuel Gutiérrez Aragón para la prestigiosa revista Lecturas Sumergidas. Muchas gracias a Emma Rodríguez y a su equipo por su confianza. Se trata de una visión personal y global de su obra, que espero que os guste y ejerza de invitación para acercaros a ella.

Se puede leer aquí.

Un abrazo,

Sofía.

El sacrificio de un ciervo sagrado

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He estrenado la primera tarde de vacaciones viendo la película El sacrificio de un ciervo sagrado, de Yorgos Lanthimos. El título resulta algo disuasorio, pese a la referencia a Agamenón. La única sala donde la proyectaban a una hora más o menos cómoda se encontraba en unos cines a los que nunca voy. Me equivoqué al elegir asiento, y la última fila que quedaba libre pensaba que sería la última, y una vez allí pude comprobar decepcionada que se trataba de la primera. Además, tenía a una mujer a mi izquierda comiendo palomitas y, a la derecha, a un joven que de su cazadora sacó una lata de cerveza. La mezcla de olores no era muy agradable. Independientemente de las condiciones “adversas”, disfruté mucho, pues el thriller está muy logrado (es un relato de venganza, con una estructura muy similar a la de la inolvidable La visita del rencor). Los elementos fantásticos son completamente verosímiles; la frialdad de los personajes, encantadora.

Terminé la noche en uno de esos bares con una barra delante de un gran ventanal, saboreando la cena mientras contemplaba a los transeúntes y pensaba en los perturbadores mensajes de Yorgos Lanthimos. El caballero de al lado, que amablemente había cuidado de mis cosas mientras iba a los aseos, tenía ganas de hablar, pero el poder de la película desmerecía cualquier atención sobre lo mundano. Percutir en la conciencia una vez terminada la contemplación de una obra es sin duda lo que le otorga el valor para recomendarla encarecidamente, así que os animo a que la disfrutéis.