Domingo de cine

Quien-te-cantara

Uno de los momentos que más añoro de la etapa universitaria es el jueves en el que, como casi todos los jueves, una amiga y yo fuimos al CineClub del Teatro Cervantes. Aquel día proyectaban Magical Girl, de Carlos Vermut. Nos pareció una película extraordinaria, y las veces que posteriormente la hemos visto por separado han supuesto una excusa para charlar —probablemente, para rememorar aquella noche—. En cuanto vi que Vermut volvía a estrenar, no dudé en que mi próxima tarde de cine estaría dedicada a su film-, además de que estaba convencida de que me quitaría el mal sabor de boca de Cold War. Vengo de la Sala 3, sin numerar —somos pocos los que preferimos la sesión de las cuatro—. Me ha impresionado y me ha parecido una historia estupenda, muy bien contada gracias a un guion que entrevera humor negro e intriga. La banda sonora es espectacular; los personajes, escasos pero muy bien escogidos, tanto en el plano del casting como el de su función en la trama. La hija de una de las protagonistas me ha desconcertado y me ha interesado muchísimo su rol. Valga esta nota escrita al vuelo para recomendar Quién te cantará y para celebrar el regreso a la gran pantalla de Vermut.

El secuestro de la libertad

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Pretendía huir del calor asfixiante que está haciendo hoy durante unas dos horas en una gélida sala de cine, pero me he encontrado con algo peor: una atmósfera angustiosa fruto de la opresión que sufre la protagonista de El viaje de Nisha, debido a la perpetuación de un código de comportamiento primitivo que una comunidad de inmigrantes pakistaníes se empeña en mantener, pese a vivir en un país con unos niveles de libertad y progreso muy superiores. La brecha estalla cuando la hija adolecente se comporta como una chica occidental, o sea, como lo que es. Invita a un chico a su dormitorio y, por una llamada de móvil con un volumen demasiado alto, el padre acude a la habitación y los descubre. Se cree que han mantenido relaciones sexuales y que el honor de su familia ha quedado mancillado, de modo que les propina a ambos una paliza y envía a la joven, por supuesto contra su voluntad, a vivir a Pakistán con sus tíos. Este es solo uno de los castigos a los que se ve sometida, acaso el menos cruel –imaginad los otros—. Todos ellos toman como base la culpa que pretenden que la chica sienta por actos totalmente normales, incluso cándidos. “Con todo lo que hemos hecho por ti ¿así nos lo pagas?”, “Tu madre está sufriendo muchísimo”, “No podemos mirar a nadie a los ojos por tu mal comportamiento”, etc. Pero ¿por qué estas infundadas acusaciones?, se pregunta uno desesperadamente. Por la tradición, por el concepto de honra y por la misoginia de una cultura que caducó hace tiempo.

Años atrás, pasé un mes en Edimburgo para realizar un curso de inglés y convivir con una familia nativa. La escuela me asignó a una familia de inmigrantes indios que profesaba la religión Sij. El padre, como el de la película, tenía una tienda, y nunca se había cortado el pelo –se lo cubría con un turbante—. La mujer seguía hablando su idioma natal, solo cuando estaba yo cambiaba al inglés. El hijo hacía lo que quería; la hija se ocupaba de la casa. Con 16 años y ya le habían asignado un marido. Un día, mientras me enseñaba a hacer su pan típico, me lo contó y yo le pregunté si conocía al muchacho. Me contestó que solo había visto una foto, pero que tenía muchas ganas de mudarse. “¿Pero de verdad te quieres casar?” le pregunté ingenuamente. La chica se enfadó y cambió radicalmente de tema, pues era evidente que nos estábamos metiendo en terrenos embrollados. Ella, al igual que Nisha, se ha educado entre dos culturas, pero sin la posibilidad de elegir la que quieren.

Estas historias ponen sobre la mesa uno de los retos que afrontan nuestras democracias europeas: el multiculturalismo. La inmigración enriquece a los países y la coexistencia de culturas es, por descontado, positivo, pero hay determinadas tradiciones que desafían la libertad, tanto del Estado –idealmente laico- como del individuo. No todo vale.

Lunes

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Ya llega el tiempo en el que no viene mal llevarse una chaqueta de punto al cine. Ayer estuve en la sesión de las cuatro con pantalones cortos y me quedé helada, también porque el documental sobre Whitney Houston me dejó fría. No me gusta su música pero parecía lo menos malo que había en cartelera el domingo. Apenas logra uno empatizar con la cantante, pese a sus traumas, sus excesos, su personalidad a priori interesante. Supongo que a sus fans les interesará.

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Preparando el examen que tengo esta tarde. Adentrarse en un idioma hasta entonces completamente desconocido es abrir la puerta no solo de un mundo distinto sino de una manera de organizarlo diferente. Por ejemplo, en alemán los números no se expresan desde el primero al último, sino al revés (dieciséis –> seis y diez). Cuando eres -o pretendes ser- adulto, lo que te mueve al enfrentarse a un test de esta índole no es el anhelo de obtener la máxima calificación, sino la motivación por aprender. Las razones por las que he estudiado inglés, francés y alemán han sido distintas en cada caso, pero todas compartían una: el placer de conocer una cultura diferente a través de las palabras.

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Anoche soñé que me tomaba un gazpacho con Rafael Sánchez Ferlosio. ¿?

En esa playa de Chesil

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Chesil Beach. Aburridísimo largometraje en tanto que cuenta el romance entre dos jóvenes con demasiadas dosis de edulcorante verbal. Cuando se sale de la novela, con un golpe de efecto a poco más de la mitad, logra reconstituir el interés. Y el final… dramatismo puro. El del libro está bien para el libro y el de la película, para la película. El efectismo de la imagen es imbatible. Ah, lo que pudo ser y no fue, los sentimientos reprimidos, etc., etc. Con esa imagen en concreto –si la digo destripo toda la historia-, esa decisión, las lágrimas han comenzado a brotar y los subtítulos a difuminarse. ¿Por qué no te diste la vuelta? Sí, lo sé, por la falta de comunicación, por el mundo, por la rabia, por el desconocimiento. Ella, que te hubiera amado hasta nunca –verso de don Miguel D’Ors-, te tendió la mano. Qué tristeza. Y al salir, con una bajada de temperatura considerable, el sonido de un saxofón de fondo y el rimmel algo corrido –el que he llevado hoy no es waterproof-. Whatever.

Jueves

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Escribo estas líneas desde la Sala Barbieri. No he de consultar nada específico de estos fondos, pero es el espacio que más me gusta de la BNE –mi amigo Mario publicó el video-reportaje “El lugar que guarda todos los sonidos” hace poco; os lo recomiendo -. Tengo delante un organillo de Vicente Llinares, en el que se puede escuchar “España Cañí”, “Ay, pena, penita”, “Gitanillo arrepentido” y algunas más. ¡De cuántas verbenas habrá sido testigo! Y qué cambio de contexto… Aquí solo estamos una mujer y yo, y no está permitido comer barquillos. Ella consulta unas partituras. Ah, el lenguaje musical. Pasé mi infancia y adolescencia intentando encontrar el equilibro entre la técnica y la pasión del clarinete, pero me faltaba la vocación suficiente como para aguantar la cara b de la orquesta y el sacrificio continuo. Prefería otros lenguajes —en el instituto escribí un poema dedicado a mi clarinete, del que espero que no se conserve ninguna copia—. Pero de vez en cuando escucho alguna pieza para recordar su sonido, pues pese a todo me parece el más sugerente de la familia del viento-madera.

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Anoche di un paseo por la zona de Plaza de España, después de salir de ver En tránsito. Llegué la primera a la sala, en la que el encargado se dirigía a mí como “cielo”, costumbre que me repele. Tuvo el gesto de acompañarme a mi asiento, pese a que la sala estaba vacía y los números de las butacas se veían con claridad, y se despidió con la frase “espero que disfrutes de la película”, seguida de una sonrisa que me perturbó. La idea del film es interesante, entronca con la magnífica El reportero de don Michelangelo Antonioni, pero la de Petzold me aburrió soberanamente. Cuando estaba recogiendo el bolso para irme a mitad de la película, tuvo lugar una escena delirante que hizo que permaneciera hasta el final. El protagonista, suplantador de la identidad de un escritor, conoce a una mujer en Marsella, que resulta ser la esposa del escritor desaparecido. La mujer dejó al escritor, pero ahora quiere volver con él y lo busca desesperadamente. Los dos son refugiados e intentan conseguir la documentación para emigrar. El hombre nunca le cuenta la historia, claro. Se siente atraído por la mujer y ella sigue dale que dale con el marido idealizado, mientras ejerce de concubina de un médico. Bien, la escena es la siguiente: el suplantador consigue los visados y los billetes para huir hacia México en un barco. Mientras se dirigen al puerto en un taxi, el hombre la besa y ella se deja besar, mientras dice que está segura de que va a encontrar a su marido, que nunca lo ha olvidado, que está deseando verlo… Y el otro besándola. Pero, chico, ¿qué haces? ¿Eso es normal? Es obvio que el concepto de normalidad es extremadamente polisémico, pero hay cosas que… De manera que me empecé a reír, con esa risa nerviosa de “ya no entiendo nada”. Porque no sé si el mundo es extraterrestre o lo soy yo.

La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

Wabi-sabi

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© The Tangerine Fox

Esta mañana la bedel se ha quedado mirando, sin ningún disimulo, a mi falda. “¿Pasa algo?” le pregunto afablemente. “Nada, que te miraba la falda, creía que estaba rota”. Se trata de una falda vaquera gris, un poco deshilachada en los bordes finales a merced de los dictámenes actuales de la moda. Por fortuna, después me ha dicho que iba guapa –hay días en las que me la encuentro y me dice “la semana pasada llevabas una camisa que te quedaba muy bien; ese color te favorece”-. Me cae bien esa mujer, aunque me haga sentirme observada, pero se trata de una atención, por su parte, que ejerce de interlocución de la coquetería diaria. Se agradece.

Dejando a un lado las vanidades, la aparente rotura de algunas prendas está relacionada con el wabi-sabi. Un día, JC-M, su mujer y yo fuimos a un restaurante en el que nos sirvieron la comida en una vajilla muy mona, con bordes irregulares y colores degradados. Nos contó que esa moda proviene del wabi-sabi, una filosofía japonesa que identifica la belleza en la imperfección. Como él diría, está bien.

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[spoiler]

Ayer estuvimos cinco personas en una sala pequeñísima viendo Playground. Película en la que dos niños canalizan la represión sufrida en el seno familiar a través de actos vandálicos y crueles. Es un film desagradable, pero me gusta mucho el de Michael Haneke y este es del estilo. En la parte final, un hombre salió corriendo de la sala ante una sucesión de escenas bastante desagradables. Su novio lo siguió a los pocos minutos, también corriendo, lo cual aportó cierto dramatismo a la cuarta pared. A mí me entraron ganas de vomitar, pero enseguida la película terminó y pude incorporarme y salir de la sala dignamente. En el camino a la salida, un chico le decía a otro: “No es para tanto”. ¿No es para tanto? ¿Que dos niños de 10 años le rompan la crisma de una pedrada seca a otro de tres no es para tanto? Por favor. ¿Qué verá esa persona en su casa?

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Según la previsión meteorológica, el sábado va a llover durante todo el día. Vaya. “Yo voy a ir aunque caigan chozos de punta. Es un día importante para ti”, me dice X. ¡No dramaticemos! No sé qué va a pasar, no tengo ninguna expectativa y a tenor del porcentaje de lluvia pronosticado no sé si acaso podré firmar. Lo lamento mucho, pues me hacía, me hace, cierta ilusión. Whatever.