La vida ajena

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—¡Me tiene harta, y ya le he dicho que no se meta en mi vida ajena! —se quejaba una niña a su madre.

Me ha divertido mucho la expresión “la vida ajena” y he recordado esos versos de Juan Ramón Jiménez que dicen: “Yo no soy yo. Soy este que va a mi lado sin yo verlo, que, a veces, voy a ver, y que a veces olvido”. Esta semana me he olvidado de mí misma, pero tras este fin de semana de desconexión total he constatado, de nuevo, que efectivamente en ocasiones conviene dar un paso atrás para seguir avanzando.

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Hay museos que son un museo en sí mismos, es decir, lugares como la Casa Benlliure o el Museo Sorolla en los que, más allá de las esculturas en el primer caso y de los cuadros en el segundo la curiosidad se revela en los muebles y en la decoración. Ayer estuve con mi buen amigo P. en el Museo Sorolla, situado en la antigua casa del pintor (Paseo General Martínez Campos). El jardín, con sus varias fuentes, es un espacio que en algún momento quizá fuera zen pero hoy es el escenario de instagramers, que acuden con sus novios o amigos a posar. Hay, entre otros muchos objetos, una foto del rey Alfonso XIII con autógrafo para Sorolla, en el que le dice que le interesará el contraste de luces. La última vez que acudí fue precisamente por estas fechas, con una amiga. En aquella ocasión me fijé más en los cuadros, pero, como decía al principio, es evidente que el continente de este museo confirma que es más que una pinacoteca.

Jueves

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Esta mañana he atravesado la Alcarria a la vez que recorría pueblos del país. El “veraneo sentimental” de Azorín abarca una serie amplia de temas que permiten obtener una radiografía fidedigna de lo provincial de principios del XX. Es redundante decir que el estilo de Azorín alcanza las más altas cotas del castellano, gracias a su plasticidad, su exactitud léxica y el dominio de la narración.

El espíritu de la JAE

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Leoncio López-Ocón

Esta tarde se ha presentado en el Museo de Ciencias Naturales un libro dedicado al centenario del Instituto-Escuela, centro educativo innovador impulsado por la Junta de Ampliación de Estudios. La JAE, presidida por Santiago Ramón y Cajal, fue una institución que quiso elevar la educación en España a un nivel europeo e impulsar la excelencia tanto en la cultura como en la ciencia nacionales. Como es sabido, el estallido de la Guerra Civil truncó todos sus proyectos (Residencia de Estudiantes, Centro de Estudios Históricos, etc.) y la educación en España pasó de despertar ideas a inculcar una ideología. El sistema educativo actual, a raíz de la democracia, no solo no ha mejorado, sino que ha involucionado. La moda —ya cabría hablar de mal endémico— del “bilingüismo”, estafa nacional y pública, la cada vez más arraigada concepción de que el alumno va a la escuela a divertirse, el rechazo de la memorización e incluso de los exámenes, la brecha socioeconómica acribillada por lo concertado, etc., etc. Y conste que no estoy criticando a los alumnos, pues ya se comentó aquí hace meses que la idea de que los estudiantes son peores es un lugar común, diría por cierto que en muchos casos son víctimas.

Leoncio López-Ocón, gran investigador del Instituto de Historia del CSIC, ha compartido los principios inspiradores de los métodos de enseñanza del Instituto-Escuela, según L. Luzuriaga:

– Despertar en el alumno la curiosidad hacia las cosas y basar en ello el proceso didáctico.

– Reclamar, por parte del alumno, un esfuerzo de trabajo “que será tanto más intenso y eficaz cuanto más proceda de una motivación interna, derivada de la curiosidad, el instinto de actividad creadora, la conciencia moral, la satisfacción de alcanzar un fin”.

Si en lugar de debatir sobre las humanidades digitales, las tablets, Finlandia y demás se leyeran con detenimiento estos principios de Luzuriaga, probablemente la enseñanza en este país avanzaría algo más. A los alquimistas del márketing (habría que reflexionar con mucha calma sobre la OCDE y PISA) les gustará más hablar de “nuevos métodos”, aunque sean un desastre, en lugar de evocar el espíritu del 1918 y a, entre muchos otros, don Francisco Giner de los Ríos.

Tan solo un día

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Escribo estas líneas con un profundo dolor de estómago. Creo que he sufrido una intoxicación. Maldigo la hora en que pasé al bar más cercano al Archivo para comer algo rápido a mediodía. Desde el principio, comenzó mal, pues tuve que reclamar al camarero que no me atendiera. “Ah, pensaba que estabas esperando a alguien”. En sentido figurado, puede, pero en ese momento no. Para colmo, en una mesa adyacente, un grupo que hablaba altísimo y se refería a sus conocidos como “la Carmen”, “la chica esa”, etc. Ha comenzado a llover y, al regresar, apenas he podido contemplar el árbol de la foto, que me ha parecido estupendo. Lo más bonito que he visto hoy.

El abrazo de una generación

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JCM con su cuaderno, siempre en el bolsillo de su chaqueta. (13/XI/18)

José Luis Cano publicó en 1960 una selección de poetas jóvenes para el número extraordinario de Navidad de la revista Destino. Algunos no continuaron en el circuito literario más allá de los años 70. Este tipo de ejercicios de canonización prematura no ha perdido su carácter de oráculo artificial, a veces escacharrado. Entre los poetas, figuraban José Corredor-Matheos y Aquilino Duque. Esta semana, los dos han visitado Madrid por distintos compromisos en su agenda. Hace años, me cuenta JCM, se conocieron, y la charla fue muy amigable, pero no volvieron a coincidir (JCM reside en Barcelona; Duque, en Sevilla). El martes por la mañana, en el comedor de la Residencia de Estudiantes, se encontraron y se fundieron en un abrazo lleno de afecto. “Sentí como si lo conociera de siempre”, dice JCM. Ojalá haber presenciado ese momento.

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Dice Manuel Gutiérrez Aragón que “en el cine, la naturalidad es algo que se fabrica”. Ante algunos casos, cada vez estoy más convencida de que su acertada cita se puede ampliar: “en la vida, la naturalidad es algo que se fabrica”. A veces me ocurren determinados sucesos que, de contarlos, convertirían a este almanaque en el texto de un epígono de los creadores de películas de Antena 3. Pese a ello ¿escribirlos? Sí. Publicarlos aquí, de momento, no: la verosimilitud también tiene su fase de producción.