El aire del jardín

dav

“Estoy leyendo a D’Annunzio en un camerino tibio, donde me he procurado una luz bastante pálida: claridad sin brillo. Del libro se desprende un aroma evocador de jardines casi marchitos, y la imaginación se recoge como para una plegaria que no se dice.

El libro me habla sotto vocce de un pasado no muy lejano. Y es más fuerte el aroma, siempre delicado. Surge un parque en la tarde. La tierra está muy blanca; entre los arrayanes oscuros hay un secreto, una misteriosa incubación de sombras. Es el trabajo del jardín. Es el silencio de la noche que nace. ¡Morir un poco!… Vago deseo de algo que no está aquí. Dulce tormento de las almas sensitivas. Meditación que empieza sobre algo, y no sabemos dónde termina. Momento en que el ánimo se ha ido para volver, sin deciros de dónde viene… Una cara muy blanca y unos ojos muy tristes que miran sin ver. Tristeza de todo y de nada. Hora del alma. Ha sonado una nota lamentosa demasiado meliflua. Vuelvo a recogerme a una tristeza positiva, a un recuerdo determinado. Pero no lo consigo; ahora mi corazón está vacío. No siento nada y, si me invaden, me envuelven… Pero como si no fueran mías, como si estuvieran en el aire del jardín, en el aroma de este libro tranquilo y melancólico”. Manuel Machado en La guerra literaria (1898-1914).

De nuevo Montaigne

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Ha resultado muy grata la lectura de Sobre la vanidad y otros ensayos, un libro de pequeño formato –existe desde hace un par de años una pulsión en el mundo editorial por sacar libros en formato reducido, a precios populares–, con el que he compartido varios trayectos de metro. Está editado por Valdemar.

La exposición Auschwitz termina con la proyección de unos vídeos breves. En todos ellos, los supervivientes de los campos de concentración llevan a cabo un alegato a favor del amor. Coincidían en su repulsa del odio y, a pesar de lo sufrido, no conservaban ningún ápice de resentimiento. No los aparatos de tortura ni las fotos macabras: su testimonio es el recuerdo más vívido que conservo de aquel paseo por el mal.

No al odio

mde

Hoy he visitado la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que ha albergado durante meses el Centro de Exposiciones Arte Canal, en coproducción con el Museo Estatal de Auschwitz–Birkenau. Me ha parecido tristísima, claro. Y me he dado cuenta de que mi generación y generaciones posteriores hemos crecido con un relato sobre el horror nazi bastante edulcorado, a veces superficial y siempre alejado de la naturaleza cruel que motivó el Holocausto. Películas como La vida es bella (1999) y El hundimiento (2004), y novelas (muchas de ellas adaptadas a la gran pantalla, pues es conocida la exitosa recepción de la que los productos culturales de esta temática disfrutan), como El niño del pijama de rayas (2006) han puesto el foco en lo melodramático, en detrimento del rigor histórico.

¿Qué decir sobre la exposición? Una se encuentra sobrecogida ante tanta maldad. ¿Tiene un ser humano el derecho de decidir sobre la vida de otros? ¿Y lo tiene, en nombre de conceptos como la patria, la raza y el honor? Es obvio que no. Como expresa mi admirada Hannah Arendt, había un móvil político pero no había necesidad de ir más allá, de emplear semejantes mecanismos de odio. Separar a las familias, afinar a las víctimas en vagones de ganado (150 personas en uno), despojarlos de sus pertenencias, recluirlos en habitaciones sin camas, apilados como si se tratara de una fosa común “en vida”, mandarles limpiar la sala de deposiciones sin instrumentos de limpieza, llamarles por números y obviar sus nombres, tenderles trampas, castigarlos arbitrariamente, etc., etc.

Y esto me ha parecido lo peor, si es que se puede ponderar lo anterior en una escala: a) enviarles postales falsas, escritas por soldados haciéndose pasar por seres queridos [esto me parece especialmente vil], b) transportar a los presos en camiones “de la Cruz Roja” (falsa) para llevarlos a las cámaras de gas, c) decir que las cámaras de gas son duchas colectivas.

En medio de todo este odio, hay algo que permite conservar algo de esperanza. Durante el tiempo en el que permanecieron confinados, muchas víctimas se ayudaron e hicieron de su amistad una resistencia para conservar un mínimo de fuerza en la supervivencia diaria. Por ejemplo: Siegfried Fried compartió una manta con cinco prisioneros en la marcha de la muerte (1945), y así pudieron vencer los seis a las gélidas temperaturas. El mal existe, pero la generosidad humana también, y brota en las situaciones más adversas.

En los últimos años han surgido partidos políticos que amenazan a la Unión Europea y que fundamentan su discurso en el odio al Otro. Necesitamos recordar nuestra historia, así como la de las demás naciones. Parece un tópico, y en parte lo es, pero no es menos cierto que lo pasado se olvida pronto y quienes no han, hemos, sufrido periodos cruentos no somos verdaderamente conscientes de lo que tenemos. Europa debe permanecer unida y no podemos permitir que venza el discurso nacionalista y euroescéptico. En mayo se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo y debemos acudir a las urnas, con el lema de la UE en mente:

unida en la diversidad.

El sobre sin carta

dav

“A veces me han llegado sobres sin carta, sin nada dentro; sobres sin pegar, que debieron traer un impreso, una tarjeta, un aviso, algo.

Son como caballos que vienen sin amo, ansiosos heraldos que se han escurrido de manos malas y han venido a dar, al menos, la nueva de la desgracia.

A veces eran de letras desconocidas. Otras decían: Faire suivre, otras…

Siempre los he guardado como cartas incógnitas que nada dicen y siempre están diciendo: espera, espera; por darles premio a su honradez diligente”.

El águila herida

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El Archivo y la Biblioteca Joaquín Leguina se encuentran en la antigua fábrica de cervezas El Águila

Me entero gracias a una amable llamada de que se ha decidido cerrar el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid por las tardes. Hasta hace unas semanas, abría ininterrumpidamente de nueve de la mañana a nueve de la noche, un horario amplio que permitía a cualquier investigador o interesado en sus fondos y en los del Archivo de Protocolos aprovechar la jornada. Hay que tener en cuenta que el material se consulta allí, no hay un catálogo en línea, y una vez anotada la signatura es necesario esperar a que te suministren la caja. En esto ya se va un tiempo, que se debe sumar al previamente invertido en identificarse —en recepción, te apuntan manualmente en dos listas y te dan una tarjeta y la llave de la taquilla asignada— y en dejar tus pertenencias para quedarte con lo imprescindible. Cuando se aproxima la hora de cierre, unos quince minutos antes, ya hay que ir saliendo de allí. De modo que, sin las horas vespertinas, nos quedamos con unas cuatro o cinco horas —como mucho— disponibles para trabajar. Esto disgusta a todos y en particular a aquellos no residentes en Madrid que viajan a propósito a la capital para consultar archivos, hemerotecas y bibliotecas. Ocurre, además, que por la tarde hay tres archiveros que realizan su trabajo con una diligencia excepcional, cuya labor permite que se conviertan en aliados para las pesquisas de la investigación. Confío que nada les afecte y se reestructuren los horarios.

Lamento esta decisión y espero que sea provisional. Somos y serán muchos los afectados; el primero, el patrimonio histórico de Madrid.

El fotógrafo de una época

mde

Jean Laurent llegó a España a finales del siglo XIX decidido a enriquecerse con el comercio del papel de jade. No pudo ser, pero lo intentó de nuevo con la fotografía. Y lo consiguió, gracias a una adelantada visión comercial que provocó la renovación de un arte aún incipiente. Tuvo el privilegio de inmortalizar las pinturas negras de Goya en los muros donde se pintaron y logró que no solo las clases adineradas y la Monarquía pudieran disfrutar de un retrato fotográfico propio. Ahora que en menos de un segundo es posible captar una imagen, está bien recordar los orígenes, cuando si durante 40 minutos no se lograba permanecer firme, la foto salía defectuosa.

La perspectiva

dav

Hoy he disfrutado de este librito –por el tamaño–, que reúne las diociocho entrevistas que Antonio Machado concedió a lo largo de su carrera. Fueron pocas, y para colmo no se prodigaba mucho en las respuestas (al contrario que su extrovertido hermano mayor). El prólogo de Jiménez Lozano, estupendo, y de estas interviu, como se denominaban en la época, me han gustado particularmente las pinceladas que los periodistas aportan sobre la imagen pública del poeta.

“¿Qué pasa hoy en el Mundo que tenga la importancia y trascendencia de la ciencia Nueva de Galileo, de la reforma de Lutero, de las revelaciones del Cristo, de las charlas de Sócrates con los jóvenes de Atenas? Realmente, no sabemos todavía si ha pasado algo importante en nuestro tiempo.

Pero estas consideraciones, más o menos escépticas, no eximen al artista de vivir su tiempo”.

Entrevista de Rosario del Olmo a Antonio Machado en La Libertad (12-I-1934), recogida en el libro Caminos sobre la mar (ed. Rafael Inglada).