Sí o no

rufino tamayo

“El hombre ante el infinito” (1950), Rufino Tamayo

Algunas veces me acuerdo de esta mítica frase de la película La llegada: “¿si conocieras tu vida de principio a fin, cambiarías algo?”, porque nunca he sabido que responder. La modifico ligeramente: “¿si supieras como va a terminar algo, cambiarías tu actitud con respecto a ello?”. Tampoco lo sé.

Es complicado dar respuestas axiomáticas cuando el día deja un poso de ambivalencia tras de sí.

Día festivo

Un año más, la pregunta que Ortega y Gasset formuló en 1914: “Dios mío ¿qué es España?”. Y otro aniversario con el ruido de fondo de las viejas proclamas que rehúyen de la contextualización y pretenden juzgar la Historia como si la sociedad fuera inmutable. Hoy he disfrutado de A qué llamamos España, de Pedro Laín Entralgo, un sentido homenaje a nuestra tierra desde su paisaje, sus costumbres y sus gentes.

“Y ahora es cuando comprendemos [después de citar a Azorín y su La ruta del Quijote] cómo Alonso Quijano había de nacer en estas tierras [Castilla La Nueva], y cómo su
espíritu, sin trabas, libre, había de volar frenético por las regiones del ensueño y de la quimera. ¿De qué manera no sentirnos aquí desligados de todo? ¿De qué manera no sentir que un algo misterioso, que un anhelo que no podemos explicar, que un ansia indefinida, inefable, surge en nuestro espíritu? Esta ansiedad, este anhelo es la llanura
gualda, bermeja, sin una altura, que se extiende bajo un cielo sin nubes hasta tocar, en la inmensidad remota, con el telón azul de la montaña. Y esta ansia y este anhelo es el silencio profundo, solemne, del campo desierto, solitario”.

*Curiosidad: el libro de Pedro Laín nació de un encargo de José Corredor-Matheos cuando el poeta trabajaba en Espasa-Calpe.

Domingo

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Vista El club de lectura. Comedia romántica y entretenida con la que me he reído mucho, o sea que cumple su función. Me ha gustado verla desde fuera, sin llegar a sentirme identificada con ninguna de las protagonistas, algo que sí ocurrió la semana pasada con Mary Shelley y que me dejó un regusto amargo en el final, con el que estoy en desacuerdo y con el que marché Gran Vía arriba en yerma desolación. Meterme durante dos horas en el cine —hoy en los Renoir Retiro— para ver una película pastelera me ha proporcionado la amable compañía de un grupo de mujeres divertidas y con ganas de enamorarse sin complejos. Y por si al salir no quedase suficiente cantidad de azúcar, he pasado por la Pastelería Saul a por unos mini croissants —están mucho mejores que los famosos “manolitos”—. Así que dejo dos recomendaciones, una de ellas imprescindible.

Riesgos

homer besándose

Entre ayer y hoy, lectura —lo he dejado a la mitad— de un diario cuyo/a autor/a conoce MGA, que me avisó de que no me iba a gustar. Ha acertado, pese a que intenté comenzar en blanco. Ese diario me ha puesto sobre la mesa, de nuevo, las preguntas de Witold Gombrowicz que me formulé a mí misma cuando inicié el almanaque: “¿Para quién escribo? Si escribo para mí ¿por qué va a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué finjo dialogar conmigo mismo?”. La apatía que me ha provocado se ha producido por dos razones fundamentalmente, ligadas al diario como género y la cuestiones planteadas por aquel diarista de fuste. El/la autor/a escribe para sí mismo, acumulando una serie de neuras oportunas para una consulta de psicoanálisis, pero para un dietario con vocación de ser publicado no. Una consecuencia inmediata es que no se logra empatizar en ningún momento y los temas que trata carecen de interés —al menos, para mí, no dudo de que la sensibilidad de otros conectará sin fisuras—. Esto último enlaza con un aspecto del diario que no se debe obviar: en un género en el que el llamado yo tiene tanto peso, se infiere connatural a él lo siguiente: el interés que te genere el autor va a ser determinante, para leerlo o para no abrir nunca una página / visitar la web. Y ocurre que, si no te habías hecho ninguna composición sobre el autor/a, puede llegar a caerte mal conforme avanzan las páginas —esto ha sido el desencadenante de mi abandono—. Es otro riesgo que entraña el diario. Y que asumo.

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Esta mañana, mientras esperaba a que me hicieran las uñas, me he puesto a pensar en por qué mi relación —es demasiado llamar de ese modo a ese vínculo, mejor diré “trato”—, mi trato con Luis —claro que no se llama así— es de un fondo frío, distante y antipático, sin embargo disfrazado de una cordialidad fingida y necesaria. Creo que nunca surgió el feeling, si me permitís ponerme cursi, y el último adjetivo menoscababa a los otros. Mi amiga B. lo conoce y alguna vez hemos comentado sus veladas impertinencias, que ella misma ha presenciado y que ha calificado de machistas. La cuerda se tensó hace unos meses, cuando después de unos detalles tuvo lugar este intercambio de acusaciones en mitad de una conversación con más gente:

— Yo es que no entiendo por qué hay gente que va contando por ahí su vida, no sé a quién le puede interesar. —dardo envenenado al almanaque.

— Pues te sorprendería saber la cantidad de cosas que hay que no te gustan a ti y sí a otras personas.

Una persona cambió inmediatamente de tema, pero a partir de ahí empezó la guerra fría. De la cordialidad se pasó a la indiferencia. Cuando ya me estaban poniendo el esmalte, vino la luz: la actitud de Luis viene determinada también, en gran medida, por su amistad con Esteban —otro de su mismo molde— y algo que ocurrió por entonces con este último, X —amigo mío— y conmigo. Por descontado, será la última vez que hable de él. Además, a quién le iba a interesar. Ni siquiera lo va a leer…

Docencia

Mañana regreso a las aulas. Este cuatrimestre iré a la Facultad los jueves para impartir “Teoría y práctica del cuento y “Literatura española y su didáctica” a alumnos de Magisterio. Por la experiencia del curso anterior con estudiantes de Turismo, hablar de libros a otros grados que no son de Filología aporta una visión interdisciplinar, espontánea, incluso divertida en muchas ocasiones –sin que sea el entretenimiento el fin–, que recuerdan que la lectura es un placer y nunca una obligación: leer un texto es interpretarte y no afrontarlo con un lápiz rojo y una lista de términos morfosintácticos. Es esto:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
-¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
— Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

Ángel González.

Moyano

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Por recomendación de una amiga, he merendado en Tim Hortons. Pero no me ha gustado ni el café ni el dulce…

Visita a la Cuesta de Moyano para recoger un libro. El dueño de la caseta se ha despedido de mí y me ha invitado a pasar dentro:

— Ahí tenemos más libros de Historia y Filosofía, por si los quieres ver. Yo me tengo que marchar, pero se queda aquí mi empleado.

Paso y me detengo enfrente de la sección de Filosofía. Mientras hojeo Andar, una filosofía (Frédéric Gros) escucho que el otro trabajador se acerca a mí.

— Has tenido suerte de que se haya ido mi jefe —me dice, mientras siento un escalofrío. “¿Debo salir corriendo de esta caseta?”, pienso. “Pero el libro que he venido a comprar está descatalogado, y era el único ejemplar en Todo Colección…”.

— ¿Por qué?

— Porque yo hago mejores ofertas que él.

— ¿Y qué oferta me ofreces?

— Mira, los libros que llevas. ¿Cuánto son 30 más 3?

— 33 ¿no?

— Pues no. Yo digo que son 30.

— Ah…

— Además, si te sientas en este taburete y miras los libros de la sección de 5€, puedes llevarte el que quieras.

— Gracias, voy a mirar los de la estantería.

Me doy la vuelta y se aleja un poco —menos mal, porque me estaba agobiando su demasiada cercanía—, pero enseguida comienza a hablar de nuevo:

— Mi jefe hace menos ofertas y, cuando vienen a vender libros, paga menos. Yo, en cambio, pago menos todavía por las ventas, pero a los clientes les hago buenos precios.

— Vaya, pues si quiero vender libros ya sé que a ti no te los tengo que presentar…

— Aunque tengan apego o una historia de valor muy importante, yo fijo el precio siempre por lo bajo. Le informo de que estoy aquí de tres a ocho todos los días menos el domingo.

Me río un poco y le pregunto por cuánto me vende los tres que he apartado, ya para cerrar la escena.

— Hemos dicho que 30 más 3 son 30.

— ¿Y estos dos?

— 18 más 3 son 20.

Finalmente, me llevo los dos.

— Señorita, voy a necesitar un tiempo. —se pone a escribir en unos papeles los títulos de los ejemplares. — ¿Va a querer bolsa? Son cinco céntimos.

— No hace falta. —le contesto, cuando ya me está metiendo los libros en la bolsa.

— Entonces son 19’95€, más cinco céntimos de la bolsa, 20€. Nos obligan a cobrar las bolsas, pero nadie me puede decir las ofertas que yo puedo hacer. Quien hace la ley hace la trampa —me dice, guiñándome el ojo.

Cuando me acerca el datáfono y pulso las teclas del pin, gira exageradamente la cabeza.

— Es una cuestión de ética para mí no mirar los pines de los clientes. —recojo el ticket y levanto la bolsa.

— Bueno, pues muchas gracias.

— Señorita ¿me permite? ¿Puede venir un momento? Acérquese. —se dirige a la mesa de su librería, el expositor característico de la Cuesta que colocan todas las casetas. — ¡Vaya! Me lo ha cambiado de sitio el jefe. Ah, no, están aquí. —coge unas entregas de los Episodios Nacionales de Galdós y me las muestra como si fueran cartas. — Elija. ¿Qué le gusta más? ¿Narváez, El voluntario realista, Bodas reales…? A usted le gusta Galdós ¿verdad? Se ha llevado uno suyo…

— Sí, sí, me encanta. Muchísimas gracias… ¡El voluntario realista! ¡No! ¡Bodas reales!

— Tome. Son 5€. Es broma.

— Pues muchísimas gracias, espero que volvamos a coincidir.

— Ya sabe dónde estoy.

Pesetas

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Esta mañana me he encontrado con este muñeco hinchable en los alrededores del CCHS. La cosa es que ayer por la tarde, al salir, vi en un contenedor amarillo unas piernas de plástico, a la manera de las que hay en el Teatro Calderón. Automáticamente pensé que se trataría de una mujer, pero en la foto se puede comprobar con mucha claridad que no.

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En la cola del supermercado tenía delante a un anciano, con camisa amarilla, chaleco –no trabajaba en Correos-, un garrote y un audífono de tamaño considerable. Ha sacado un monedero y, al abrirlo, el dependiente ha exclamado: “¡Son pesetas!”. Así que ha adentrado su mano en uno de los tantos bolsillos de su chaleco y ha abierto una cartera de metal, en la que guardaba los billetes. Después de guardar las vueltas, ha agarrado mi paquete de uvas y se lo ha llevado. “¡Esto es mío!”, le he dicho riendo. “¡Ay, de verdad, señorita, vaya tarde!”. Y se ha ido con el garrote y su bolsa de torreznos.

 

Actualización. Me comenta una amiga que le suena haber visto al muñeco el año pasado cuando fuimos a ARCO. Yo no lo recuerdo, pero tampoco lo niego…