Imanes

En su afán de atender a las minorías, el Ayuntamiento de Madrid ha tenido el detalle de mandarnos a los solteros una tarjeta por San Valentín. Eso he pensado cuando he sacado el sobre del buzón. La sorpresa ha llegado al abrirlo y encontrar un imán para la nevera con instrucciones para el buen uso del contenedor orgánico. Los imanes son un elemento decorativo propio de los 90; su tiempo ya pasó. Aún quedan los últimos de Filipinas, es decir, de Torrelodones y Benidorm, esos dibujos de playas con el nombre de la ciudad costera en tipografía bailonga. Los imanes de la nevera son el vehículo costumbrista de promoción de cada país y el último reducto nacionalista que no ha sido arrasado por la globalización.

El partido

Fútbol

Foto de Pinterest

Como he llegado una media hora antes de que abriera la biblioteca de la Residencia de Estudiantes, me he sentado en uno de los bancos de enfrente del edificio principal, en la explanada de la colina de los chopos, como Juan Ramón Jiménez llamaba a la célebre institución. El tiempo era estupendo; parece que uno tiene una mejor disposición de ánimo con el aumento de horas de sol. Las dos pistas de deporte estaban ocupadas: en una, un grupo de niños jugaban al baloncesto; en la otra, un hombre y un niño se divertían con el fútbol. Los primeros estaban teledirigidos por su entrenador, al que, a pesar de encontrarse en el extremo de la pista, se le escuchaba con bastante claridad: “Como Álvaro lo ha hecho mal ¿tú lo haces peor todavía?”, “¡creía que eras el mejor!”, “despertaaad”, “no os durmáis”, “¡corred más rápido!”, “Nacho ¡¡ataca!!”. Las dos primeras frases resultan antipedagógicas; las últimas son algo beligerantes, pero pueden entenderse en su contexto. Comparar a un alumno con otro, mal; generarle un infundado sentimiento de culpa, peor. Sin embargo, en la zona de fútbol se estaba obrando la magia. “¡¡Un gol ahora puede ser definitivo!!”, “cuatro minutos y empate”, “¡¡última jugada!!”, “el árbitro no pita hasta que el balón salga” (todo esto con voz de locutor deportivo, bastante lograda, por cierto). El hombre retransmitía su partido imaginario, y el niño se había metido completamente en la ficción. Ellos han ganado el juego.

El aire del jardín

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“Estoy leyendo a D’Annunzio en un camerino tibio, donde me he procurado una luz bastante pálida: claridad sin brillo. Del libro se desprende un aroma evocador de jardines casi marchitos, y la imaginación se recoge como para una plegaria que no se dice.

El libro me habla sotto vocce de un pasado no muy lejano. Y es más fuerte el aroma, siempre delicado. Surge un parque en la tarde. La tierra está muy blanca; entre los arrayanes oscuros hay un secreto, una misteriosa incubación de sombras. Es el trabajo del jardín. Es el silencio de la noche que nace. ¡Morir un poco!… Vago deseo de algo que no está aquí. Dulce tormento de las almas sensitivas. Meditación que empieza sobre algo, y no sabemos dónde termina. Momento en que el ánimo se ha ido para volver, sin deciros de dónde viene… Una cara muy blanca y unos ojos muy tristes que miran sin ver. Tristeza de todo y de nada. Hora del alma. Ha sonado una nota lamentosa demasiado meliflua. Vuelvo a recogerme a una tristeza positiva, a un recuerdo determinado. Pero no lo consigo; ahora mi corazón está vacío. No siento nada y, si me invaden, me envuelven… Pero como si no fueran mías, como si estuvieran en el aire del jardín, en el aroma de este libro tranquilo y melancólico”. Manuel Machado en La guerra literaria (1898-1914).

Discursos

Yo también me emocioné al escuchar el discurso de Jesús Vidal en los Goya. Fue lo más auténtico que se escuchó en toda la noche. No he visto la película, pero si su interpretación es similar a la manera en la que agradeció el premio, seguro que el premio es merecido. El discurso es un género menor, que generalmente solo interesa al galardonado y a quienes dedica su premio. “Esto va para ella/él, mi amor, porque siempre estás ahí, por tu sonrisa”, blablaba… Hay quienes no se ciñen a la pareja, sino que llevan a cabo un análisis diacrónico de su genealogía familiar. Hubo uno al que hasta le dio tiempo de hablar de Gaza. De modo que, por su frescura y su emoción, Vidal protagonizó la noche y nos regaló un momento emotivo, sincero, que provocó esa lágrima que sale cuando alguien llega al corazón. Buenas noches.

De nuevo Montaigne

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Ha resultado muy grata la lectura de Sobre la vanidad y otros ensayos, un libro de pequeño formato –existe desde hace un par de años una pulsión en el mundo editorial por sacar libros en formato reducido, a precios populares–, con el que he compartido varios trayectos de metro. Está editado por Valdemar.

La exposición Auschwitz termina con la proyección de unos vídeos breves. En todos ellos, los supervivientes de los campos de concentración llevan a cabo un alegato a favor del amor. Coincidían en su repulsa del odio y, a pesar de lo sufrido, no conservaban ningún ápice de resentimiento. No los aparatos de tortura ni las fotos macabras: su testimonio es el recuerdo más vívido que conservo de aquel paseo por el mal.

Acusó y ganó

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Mi amigo C. me regaló la semana pasada, según él, por mi condición de interesada en la Historia de la prensa, Yo acuso. La verdad en marcha, de Émile Zola. La lectura es muy agradable, pero más allá de eso sorprende, por un lado, el afán de un escritor por cambiar el mundo —os recomiendo esta página para conocer la historia— y, por otro, que lo consiga, al menos en el caso concreto que le preocupaba. Entre finales del siglo XX y principios de este, los intelectuales han considerado la firma de manifiestos, su firma, como un arma para luchar por una causa. Siguen existiendo los artículos de opinión, obviamente, pero del carácter de los de Zola no tanto —centrarse durante varias entregas en un caso— ni por supuesto con sus consecuencias —destierro, censura—. ¿Sirve para algo un manifiesto? Me temo que no. Quizá para algunas personas que X apoye la independencia de Y será una garantía, un liderazgo que ayude a formar su punto de vista. De todas maneras, lo que se lleva ahora es el Change.org, y ahí puede firmar quien quiera, no hace falta ser intelectual, como dicen algunos, orgánico.