Miércoles de Asunción

Escribo estas líneas desde el patio. Hace unos meses, mi perro estaría aquí también, tumbado bajo mis piernas y mirándome de vez en cuando. Las farolas solares se están empezando a encender y corre una brisa que hace de epílogo del verano. Aún me quedan unos días de vacaciones, pero el calor mortífero lo hemos dejado atrás. El oráculo meteorológico anuncia lluvias para mañana. Ahora mismo acaba de sonar el himno de España: hay procesión y acaban de sacar el paso de la iglesia. Le sigue una serie de petardos. ¿Por qué los tiran? A mi perro, y a todos los perros, les aterran. Esto no son las fallas. Me parece estupendo que celebren sus fiestas, amparadas por el ayuntamiento, pero que no molesten con su desagradable pirotecnia. Otro. Y otro. He empezado a escribir relajada, después de ducharme y salir al campo con la bicicleta, donde, por cierto, me he encontrado con un Peugeot 105 blanco entre dos hilos de viñas que parecía abandonado. No había ningún agricultor alrededor, tampoco nadie dentro. Me he bajado de la bicicleta y me he asomado. Un hombre jadeante sobre otra persona. Por el pelo diría que se trataba de una mujer. De todos modos, no me he detenido demasiado por si me descubrían. He vuelto sigilosa a la bicicleta y he emprendido el pedaleo un poco más rápido de lo habitual; unos segundos después, he tomado conciencia del absoluto sinsentido que suponía acelerar mi paso por aquello, si ni se habían percatado y, si lo hubieran hecho ¿qué importaba? Decía, en fin, que me están hartando los petardos. Llaman a la puerta; salgo a abrir.

Los sonidos de la calle

lara turner

¿siempre llama dos veces?

Hoy sé que en media hora tendrá lugar un entierro porque acabo de oír el doblar de las campanas de la iglesia. Los toques cambian en función del acontecimiento: el anuncio de misas, comuniones, bodas y la señal del Ángelus se lleva a cabo desde lo alto de la torre y en todos esos casos se antoja jubiloso, al margen del interés que se tenga por ellos. Hay otro tipo de sonidos que nos anuncian la llegada de vendedores ambulantes —“el turronero, el de todos los años”—, de servicios a pie de calle –la armónica del afilador, que en La mitad del cielo de MGA vaticina lluvia y malos presagios— y de emergencias. Los primeros suelen llevar una cinta grabada cuyo mensaje, dirigido a las mujeres, repiten una y otra vez. Aquí, la llegada de una ambulancia se convierte en noticia; en Madrid, las furgonetas de emergencias y los camiones de bomberos forman parte del paisaje urbano. Nunca, ni allá ni acá, escucho el sonido que más deseo: el timbre que anuncie la visita del cartero y me entregue, en mano, tu carta.

Piscina

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Esta mañana he retocado unos textos, he charlado un rato con mi amigo F. –¡qué suerte tenerte!-, y me he ido a la piscina. Apenas había gente, y donde he extendido mi toalla solo podía escuchar a un par de pajarillos. Me he llevado el cuaderno de notas de Tomás Segovia (El tiempo en los brazos), que me ha hecho buena compañía, hasta que en la cafetería han puesto Cadena Dial –iba a escribir “sintonizado”, pero me temo que ya las ruletas son una pieza de museo-. No me ha parecido serio leer a Segovia con Álex Ubago de fondo, de modo que me he zambullido al agua y he hecho unos largos. En el descanso entre uno y otro, escucho quejarse a un niño: “Yo tengo muchas monedas. Antes tenía billetes, de la comunión, pero mi madre me cogió todos los cuartos”. Cuando vuelvo a la sombrilla, aparto el libro y justo se abre en la página 201, donde figuran unos versos de TS que parecen interpelarme: …y donde es mi tarea / sostener el milagro en el que no confío.

Un domingo de verano

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Esta tierra, tan dada al localismo y al folclore, ha relegado al umbral del olvido el legado intelectual de Ángel Crespo. JCM me ha hablado tanto de él que ya lo percibo como familiar. Además de poeta, es un profundo conocedor de Fernando Pessoa; también, de Dante. En su pueblo, Alcolea de Calatrava, bautizaron una calle y la biblioteca municipal con su nombre. Aunque esto es difícil de objetivar, yo tengo la impresión de que en C-LM no se le ha hecho mucho caso. Ni siquiera hay una fundación simbólica en su honor –su legado se conserva en la Fundación Jorge Guillén-. Su última antología se titula, curiosamente, La voluntad de perdurar.

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José Benlliure

Anoche me escribió C. para reprocharme la brevedad del post de ayer; X me ha preguntado esta mañana si me pasaba algo. Ayer escribí más, pero cuando lo terminé pulsé la opción “Seleccionar todo” y borre todas aquellas palabras. Porque su único destinatario era mi alma.

*Luego me sorprendo cuando JCM me dice que escribo con pudor.

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He pasado la mañana en la piscina. Al lado, un matrimonio con su hija, de unos siete años. La niña ha comenzado a llorar porque sus padres, mientras ella se bañaba, se han comido la bolsa de gusanitos que habían comprado para compartir. A los diez minutos, ella ya estaba sonriendo y abrazando a su madre. Por un momento he vuelto a creer en la inocencia.

*La nueva foto que adorna la barra lateral derecha me la ha enviado MV desde Dinamarca. ¡Muchas gracias!

Amistad

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Sentada en el AVE, al lado de una chica cuyo móvil parece un apéndice de su cuerpo, y lamentando que no me haya tocado el locuaz argentino del asiento de delante como compañero, me acuerdo de una pregunta que dos días antes me formuló el chico del jueves: “¿Qué buscas en una relación?”. Qué manera de romper el incipiente hechizo al trasladar el ambiente del bar al de una notaría, o peor: el de un registro de la propiedad. En la dramaturgia antigua, que los enamorados protagonistas se dieran la mano al final de la obra significaba que contraían matrimonio. Ahora ni siquiera besarse un par de veces es garantía de nada. “Yo no busco, sino que espero encontrar”, respondo. “Yo también, pero a mí me gustaría seguir conociéndote. Y ya sabes que puedes hacerme cualquier pregunta, la que sea”. ¿Pero por qué tantas preguntas? La puerta de mi corazón se cerró de golpe para él. “¿Qué es para ti un buen día?”, le pregunto para ver si tiene madera de aforista y aún no lo ha descubierto –y yo de psicoanalista-. “Un buen día es aquel en el que me acuesto con la satisfacción del trabajo bien hecho. Como sabes, soy ingeniero y los detalles son básicos”. Los errores de la ventura y las trampas de la noche.

Cuando llego a la estación, distingo enseguida a mi amiga Marina entre la multitud. Acelero el paso, empujada por una ilusión que hacía tiempo que no sentía. Se puede vivir sin pareja, pero sin el calor -y la infinita paciencia- de mis amigos, la existencia sería una enfermedad crónica.

Vacaciones

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PM, ayer

Anoche me encontré con mi antiguo maestro de escuela, don Juan. Me alegró poder charlar con él un rato, después de más de una década sin verlo. Cuando nos despedimos, sensación de que quizá fuera la última vez. Comencé a rememorar anécdotas y algunas de sus enseñanzas, las vitales, las del lado de educar y no tanto del formar. He olvidado los nombres de los reyes visigodos, pero no las primeras. En una ocasión, nos repartió un test con un batiburrillo de preguntas generales. Solo me acuerdo de esta: “¿Como quién quieres ser de mayor?”. Pensé varios minutos la respuesta; finalmente, la dejé en blanco. Esa cuestión iba más allá del as en la manga para los intercambios verbales con niños desconocidos: el qué quieres ser de mayor. Formular esa pregunta es síntoma de que aún late la ilusión de libertad inherente a la infancia, encantadora en el vuelo corto y frustrante en el largo plazo. No sabía como quién quería ser, porque solo en ese instante fui consciente de que, para algunos, es conveniente tener modelos. Tenía -y sigo teniendo- más claro a lo que no quería parecerme. Años después, encontré en Meditaciones sobre el Quijote esta feliz cita de Ortega y Gasset: “Héroe es quien quiere ser el mismo”. Ahora rellenaría ese espacio en blanco y escribiría “como yo”, para materializar en palabras la intuición que por entonces bullía. Creo que lo voy consiguiendo.

*Queridos amigos, muchas gracias por vuestra compañía, por vuestra complicidad desde el anonimato, en suma, por hacer que estas notas no naufraguen en la inmensidad de la Red. Estaré unos días de viaje, sin acceso a ordenador, aunque llevaré conmigo un cuaderno. Nos veremos, seguramente, a finales de la próxima semana. Un fuerte abrazo.