Entender

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Hoy me encuentro de casualidad con estos versos de Jorge de Montemayor:

¿Qué mas gloria que miraros,
Si os entiende el que os miró?
Porque nadie os entendió
Que canse de contemplaros:
Y aunque no pueda entenderos
Como yo no os entendí,
Estará fuera de sí
Cuando no muera por veros.

Jorge de Montemayor

El poema –este es el fragmento que más me gusta– comienza “Alcé los ojos por veros”. A mí también me gustaría alzar los ojos. Pero ¿hacia qué dirección?

Los telediarios a veces parecen magacines superfluos. En la cafetería del Archivo, siempre tienen programado el canal de TeleMadrid. A una noticia sobre el primer prostíbulo de muñecas de silicona le ha seguido el descubrimiento de que el Partido Popular contrató un mercenario para secuestrar a los Bárcenas.  Y ayer dijo el doctor Sánchez que las autonomías habían contribuido a la igualdad. Si hubiera que hacer una lista con las noticias y frases más inverosímiles de la jornada, sería ardua tarea escoger el ganador.

Auden

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W. H. Auden es uno de esos poetas que, al contrario que otros cuya lectura en su día me entusiasmó, me sigue pareciendo estupendo cada vez que regreso a él. Me he detenido en una expresión que me parece magnífica: la deuda de la imaginación. Parece el título de una novela decimonónica. Pertenece a su poema, a ratos desigual, “Epílogo” —me gusta solo a partir del verso “El tiempo te ha enseñado…”—. La deuda de la imaginación es el pecado original del laico, que se arrastra hasta el fin de los días y que de ningún modo se consigue saldar. Sin embargo es el motor que nos empuja, aunque los pasos den a parar al precipicio. Solo por aquellos momentos dorados de los que habla Auden merece la pena asumirla.

*hoy, de camino a la UCM, he visto que se ha cambiado el nombre de la estación “Metropolitano” por “Vicente Aleixandre”, poeta que nunca ha conectado con mi sensibilidad (sorry!). Si el Ayuntamiento pretende honrar el nombre del poeta, quizá hubiera sido más operativo hacer algo con la casa en ruinas. Pero claro, eso lleva más tiempo y mayor inversión.

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Anoche me pasó algo mágico derivado del almanaque. Escribe una estas líneas sin saber a dónde llegan y mucho menos cómo pero, como digo, anoche recibí un mensaje que me alegró enormemente. En unos días este lugar cumplirá un año y, en este tiempo, ha pasado de todo, incluso me temo que se ha constituido un club de agraviados formado por personas que se dieron por aludidas en frases que ni siquiera contaban con un referente concreto. Es un mal intrínseco de la escritura: pones algo de carácter misterioso o crítico y cinco creen que va por ellos, y si ocurre que hay una verdadera motivación por lanzar alguna indirecta, el destinatario ni lo lee o ni se percata. Pero en general lo bueno supera con mucho a estas pequeñas espinas. A veces se tiene la sensación de que, al igual que en un aula, se está explicando un tema al auditorio y solo uno o dos alumnos te miran con atención, acaso con expectación. Solo si hubiera uno o dos lectores ya sería suficiente, pues se da la diferencia de que en este caso el tema, que es la vida, me la intento explicar a mí. Para ese alumno que toma sus apuntes con ahínco, pese a mi inexperiencia, hablo; para esa persona que se encuentra enfrente del ordenador escuchándome, no obstante los defectos que sin duda hay, escribo. A ti, gracias.

El tú

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11/xii

Hoy he pasado el día en el Archivo. Lo echaba de menos. La manipulación de documentos antiguos y la lectura de fragmentos inéditos, sobre los que han pasado años, suelen ser prácticas muy estimulantes —cuando la caligrafía es legible, claro—. En este caso se trata de textos autobiográficos, lo cual genera una conexión íntima con el autor. En la soledad de la sala de trabajo, con un jubilado a unos metros consultando unos mapas, parecía que X me contaba sus azarosas aventuras empresariales y sus hondas preocupaciones de índole espiritual. Y que en los momentos de fatiga, de nublada vista por las horas bajo la lámpara y de las zancadillas que son las palabras indescifrables me daba la mano y me decía: “adelante”. Seguiré por ti.

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Por la tarde-noche, he acudido a un acto en el Ateneo. Bajando por la calle Santa Catalina, me he encontrado con la sede de la Iglesia de la Cienciología, famosa por su cara más visible (Tom Cruise). Un cartel colocado en la puerta ofrece un “Test de Personalidad. Análisis de Capacidades Oxford”. En el gráfico, figura como rasgo de personalidad “feliz”. ¿Se trata de un rasgo de carácter? Clasificaría como tales la simpatía, la introversión, la timidez, en fin, son conocidos; sin embargo, diría que feliz es un estado del ánimo transitorio, con mayor o menor duración dependiendo del sujeto, y no una característica de la personalidad. Uno de los eslóganes era “Conoce al verdadero Tú”, frase definitiva para huir. Entiendo que “el conocimiento de uno mismo” se haya convertido en una de esas frases recurrentes en las reseñas de narrativa, junto con “lo concreto que se hace universal” (hay muchas variantes), pero ¿el conocimiento del ? ¿Qué es exactamente? Ni siquiera tengo aún claro eso del yo. Podríamos discurrir por sesudas reflexiones ontológicas, pero ya es tarde. Buenas noches.

Devolución

Hoy en el metro he coincidido con un chico que, acompañado de una guitarra vieja, entonaba una canción cuya letra resulta demasiado edulcorada y que se ha convertido en uno de esos clásicos de radiofórmula. Sin embargo, ha tenido lugar un momento mágico en el que los acordes han traspasado mi alma. Nadie prestaba atención —móviles, algún libro, pero todos en silencio—, excepto yo, que he levantado la cabeza. En ese momento ha depositado su mirada en mí, mientras cantaba “Vida, devuélveme mi fantasía. Mis ganas de vivir la vida. Devuélveme el aire”. Independientemente de, como decía, el carácter de la letra —conforme avanzaba la música, más agonizante—, he visto mucha verdad en sus acordes. Quizá realmente se lo estaba pidiendo a alguien, a quien compadezco por la tamaña responsabilidad. Se ha despedido con “Las noches me saben a puro dolor” y me han dado ganas de acercarme a él, ponerme la mano en el hombro y decirle “Tranquilo. Se pasa”.

Constituciones

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Me caduca en unos días la tarjeta del Club de Renoir y, como me quedaba una invitación sin gastar, he aprovechado para pasar algo más de una hora fuera del mundo en esta apacible tarde de domingo. Últimamente no me ha llamado la atención ningún film, así que he fundamentado la elección en la estética del cartel, como ocurre con los ligues de discoteca. The Guilty me ha parecido una película estupendamente narrada; en particular, me ha interesado el cuestionamiento de ciertas ideas preconcebidas referentes a historias domésticas. Y la constatación de que, pese a todo, existe la posibilidad de redención. Al salir del cine, paso delante de una de esas franquicias-librerías cuyo reclamo es, en su totalidad, comercial: un libro por 3€, dos por 5€, incluso libros al peso. Puede que algún crítico marxista-leninista esté trabajando en un sesudo artículo académico, tal vez un ensayo, sobre los métodos capitalistas de cuantificación del valor del libro. En el escaparate estaba el Cuaderno amarillo de Sálvador Pániker, autor ya olvidado apenas un año después de la publicación de su diario póstumo. Le comentaba esto último a JCM, íntimo amigo suyo, y me dijo que en Barcelona no lo percibía así. En cualquier caso, Diario de otoño me sigue pareciendo un libro inolvidable.

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Una prima pequeña me ha llamado aterrada porque debe leer el Lazarillo de Tormes y dice no entender nada. Me pregunta si lo he leído, y dice que es muy difícil, que no está escrito en español. Puede que a los ojos de un lector novel ya no sea español —esto es muy discutible, obviamente— pero de lo que no cabe duda es que lo que cuenta el desconocido autor de esta célebre novela picaresca es completamente español.

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Río Duero

 

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Antonio Machado

Ayer me desperté cuando aún era de noche para dirigirme a la Avenida de América, donde me subí a un autobús con destino Logroño. Yo me bajé en Soria. Cuando el conductor abrió la puerta a los pasajeros, una mujer mayor adelantó la cola y gritó “¿¿Este es el bus que va a Soria??”. Le contestaron varias personas que sí, y dejó de un golpe el maletón que portaba. Ya habíamos subido algunos cuando decidió pasar, sin considerar el orden de la fila. “¡Ay, hija mía! ¿Este es el 26? Me voy a sentar contigo, guapa”. “Este es el 13, el 26 está más para atrás” (mientras decía esto, ya se había formado tapón en el pasillo). Finalmente, se sentó al lado de una mujer —desconozco si sería el número asignado—, con el respaldo inclinado al máximo y una manta gigante que alcanzaba su barbilla. Mientras se acomodaban los demás, he escuchado alguna pregunta que le formulaba a su compañera. “¿Estás novia?” le ha dicho, y todos hemos podido conocer que sí, pese a que no nos interesaba. “Yo voy a ver a mi hijo, que está en la cárcel”. “Vaya ¿y eso?”, “Es que se porta muy mal, se porta muy mal…”, “Le tienes que decir que se porte bien”, “Se lo digo, pero no me hace caso”. Por fortuna, al arrancar el vehículo se ha callado y me he podido dormir un poco. He despertado en Medinacelli, un pueblo de piedra marrón que me ha trasladado a otro siglo. Los pueblos manchegos se caracterizan por una mayor plasticidad, son más nuevos —en Castilla y León hay rastreos de épocas celtibéricas— y las construcciones se rematan con fachadas blancas de zócalos azules o granates, en función de la comarca. Esa rocosidad ha sido la tónica de Almazán y, al cabo, Soria. La literatura, o por lo menos la Historia de la literatura, está presente en esta ciudad, pues en ella residieron Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego. Aparte de las reliquias turísticas, como un olmo seco, supuesto olmo original que inspiró a Machado para su poema, que hace las veces de sábana santa de la literatura, espada del Cid o mano del Ché, hay una influencia verdaderamente latente de Soria en la obra de estos tres escritores. En el caso de Machado, Soria significó la estabilización laboral y sentimental-formal, pues allí contrajo nupcias con Leonor.  Me ha gustado pasear por el parque Alameda y recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la calle principal, en buena compañía y con la guía formidable de JLS. Regresé a Madrid, de nuevo de noche, con el recuerdo ya perenne de una Soria sucedida.

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Gerardo Diego

Reglas de juego

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Hoy he acudido al kiosko alentada por la curiosidad de leer el especial conmemorativo de los 40 años de Constitución que ha preparado El País. La ilustración de Chema Madoz, en la línea del ingenio que lo caracteriza —hace un par de años hubo una exposición sobre su obra en el Centro Conde Duque—, recoge la función de la Carta Magna. Leyes para ser más libres, para jugar el partido de la ciudadanía en el estadio del Estado —fonéticamente, se parecen en extremo estas palabras— español.

Por la tarde, visita a ECI para comprar un árbol de Navidad. Se trata de un regalo: mi espíritu navideño es casi inexistente. Había una sección especialmente dedicada a la decoración navideña. Árboles de todos los tamaños y Papa Noels con una gama amplia de expresiones faciales. Me ha sorprendido mucho no ver ningún Rey Mago. Lamento mucho que se pierda esta tradición, pues son unas figuras muy simpáticas. Tal vez aquel esperpento de Vallecas fue el remate definitivo.  A los reyes se les asocia el oro, el incienso y la mirra. A Papá Noel, la coca-cola. Y me temo que, de estos cuatro “signos”, el último es con el que estoy más familiarizada…

Los Shelby

Shelby

Solo por ver cómo visten ya merece la pena

Estas semanas he estado viendo la serie Peaky Blinders. La primera temporada me entusiasmó, porque el perfil del protagonista, Thomas Shelby, estaba muy logrado, nada maniqueo a pesar de que se presentase desde el principio como alguien al margen de lo legal o, si me permitís la cursilería, del sistema —él y su tribu gitana tenían su propio sistema—. Se metió en líos con la policía e incluso con el Gobierno de Churchill; paralelamente, se construía una historia de amor entre una espía y él, que además padecía un Trastorno de Estrés Postraumático a raíz de combatir en la I Guerra Mundial y por este motivo vivía atormentado. Había otros hilos, de los que fueron tirando las siguientes temporadas. Me interesaron menos, pero hubo un personaje aparentemente secundario cuyas problemáticas favorecieron que se le prestara progresiva atención: Arthur Shelby. Los hermanos Shelby funcionan mediante una estructura piramidal en cuya cima está Thomas, y como base de apoyo del primero, John y Arthur. La familia no se habla con el padre, que llega de visita y Arthur comete el error de confiar ingenuamente en él. Como le habían avisado, se la juega. Es una persona muy vulnerable, que a pesar de la apariencia ruda sufre y tiene muchas dudas sobre sí mismo. Sufre un grado notable de esquizofrenia, pero su entorno no lo comprende porque ni siquiera conocen que su malestar responde a ese término científico. Resurge de las cenizas a pesar de la ausencia de tratamiento profesional y comienza una nueva vida capitaneada por una Fe que nunca había profesado. Hay otro momento, en la última temporada, que realza su humanidad y lo avala como un personaje memorable de la ficción serial pero, ante todo, como hombre.

arthur shelby