Al sol

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Ha llegado la primavera y los vientos y las lluvias —casi diarias— han dado una tregua. Es un gusto pasear bajo el sol sin paraguas y sin capucha, y poder observar las agujas de las numerosas iglesias románicas que hay distribuidas en la ciudad sobresaliendo de entre los bloques de pisos. Muchas de estas iglesias, por cierto, albergan conciertos de música y actividades culturales —este uso del espacio sagrado también se da en otros países—. Hace un par de semanas cortaron el acceso a los alrededores de la catedral por vientos de más de 120 kilómetros, sin embargo, hoy había una gran cantidad de gente sentada en las escaleras del monumento —este tipo de escaleras, presentes en diferente número de escalones en otras catedrales, tenían un doble fin, uno estético o simbólico, o sea, elevar la altura del edificio para acercarlo al cielo, y otro práctico, que los peregrinos limpiaran su calzado de barro—. El viernes el césped del campus estaba lleno de estudiantes, algunos tumbados y otros haciendo pic-nics. Ese día saqué la bandeja del comedor a la terraza, y me senté en la única mesa que quedaba libre. En Alemania, que una mesa esté libre significa que no haya ninguna silla para sentarse, pues es completamente normal estar en una mesa para dos y que en la silla de enfrente se siente alguien. Me ha pasado más de una vez y el viernes volvió a ocurrir, cuando se sentó una mujer mayor. Ella disfrutaba de un helado y, pasados unos minutos, en un arranque de soledad, me empezó a dar conversación. Comía en la facultad porque tenía la tarjeta de descuento, ya que había estudiado en el programa Seniorenstudium (como la Universidad de Mayores en España). La charla me incomodó cuando, después de las típicas preguntas generales, su curiosidad se hizo más incisiva: dónde vives, sola o con quién, el barrio e incluso la calle, respuestas que inventé porque no entendía el interrogatorio. Le faltó preguntar cuánto pagaba por el alojamiento, pero afortunadamente en este país hablar de dinero es un tema tabú —la semana pasada viví cierto choque cultural con este tema, pues una compañera mexicana, hablando de un problema que intentaba solucionar con su banco, me enseñó su página personal en la app del banco y pude ver todo su historial económico—. La mujer se terminó por fin el helado y se marchó, pero enseguida se sentó otra persona, esta vez en silencio.

Entrevista a Miguel d’Ors

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Acaba de salir el último número de la revista ovetense Anáfora, en el que se ha publicado la entrevista que Rodrigo Olay y yo hicimos a Miguel d’Ors. Fue una experiencia estupenda; espero que disfrutéis del resultado. Muchas gracias a Rodrigo por el excelente trabajo en equipo y a Miguel d’Ors por su generosidad y amabilidad.

Os animo a suscribiros (4 números al año por 10€, gastos de envío incluidos): https://improntaeditorial.wordpress.com/anafora/

Apuntes al vuelo

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Quienes se afanan en dictaminar lo que es o no literatura presentan el mismo patrón que los adalides de la nación. Suelen escribir tales conceptos en mayúscula. No se han enterado de que todo está sujeto a permanente cambio y de que la categorización absoluta de palabras solo trae problemas. Ambos espectros de la opinión pública revisten el mismo interés, o sea, ninguno.

Esta tarde un compañero de Bangladesh ha tenido el detalle de regalarme una tableta de chocolate con chili. La semana pasada se comió una y me dio a probar; le dije que me gustó y hoy ha venido con la bolsa de Lindt. Cuando me la ha entregado, le he ido a dar dos besos y se ha quedado sorprendido; no sé si sabía que iba a dárselos, pues él me ha abrazado, de modo que se han trocado las emociones y he terminado siendo yo la sorprendida. Ha sido una escena algo extraña, creo que se ha producido un choque cultural a través de la comunicación no verbal. En Alemania, por ejemplo, la gente se saluda dando la mano. En España, con dos besos. En, México, con un beso y un pequeño abrazo. Es tan importante conocer este lenguaje no hablado como las frases básicas de un idioma.

Jacques Audiard

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Los cines en Colonia son como bares. Aquí sustituyen las palomitas por las botellas de cerveza y la luz es tibia en todo el ambiente. Anoche fui a ver The Sisters Brothers, la nueva película de Jacques Audiard. Este director francés es autor de De óxido y hueso, una historia de superación en la que surge el amor de la manera más inesperada. Es una película fascinante. Pero esta última lo es aún más. Se trasladó a Estados Unidos para dirigir el género más americano que existe: un western, y le ha salido una obra universal que apela directamente a nuestra memoria sentimental. Joaquin Phoenix, una vez más, está brillante, y John C. Reilly desarrolla un personaje tierno, introspectivo y romántico, opuesto a la idea de masculinidad típica de las películas del oeste. Una historia protagonizada por una pareja complementaria da mucho juego, de modo que los diálogos y las imágenes entre ellos, dos hermanos con sendos traumas, absorben al espectador y nos llevan de la mano a un desenlace inevitablemente catártico. La búsqueda de oro como búsqueda de uno mismo y la fraternidad como alianza definitiva. ¿Acaso no es eso la vida?

Entre países

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El primer día del curso de alemán, la profesora nos entregó una hoja con diecisiete normas. Según el papel, solo seremos capaces de alcanzar “the proficiency of the German language” si nos adherimos a estas reglas. La que más me ha sorprendido ha sido la número 14: “Please do not carry out conflicts stemming from your home country with other course participants during class” (no desarrolles conflictos relacionados con tu país de origen con otros compañeros durante la clase). El grupo es muy heterogéneo: hay dos de Azerbaiyán, una de Corea (del Sur, claro), otra de Australia, otra de Estados Unidos, dos de México y cuatro españoles, entre los que me encuentro yo. Nosotros tenemos un montón de temas sobre los que podríamos hablar, sobre todo ahora que afrontamos un periodo electoral —aunque últimamente ya no hay diferencia entre legislatura y campaña— así que mejor que, como dice documento, no lo hagamos. Ayer le explicamos a uno de Azerbaiyán lo que es una tortilla de patatas, y se generó un debate sobre la pertinencia de añadirle cebolla o no. ¡Pero lo hicimos al salir de clase! A mí hace unos años no me gustaba con cebolla, pero ahora un poco —bien cortada— no me resulta desagradable, al contrario. Menos mal que no entramos en el aspecto de la cocción: yo la prefiero jugosa, que el huevo esté cocinado lo justo, pero hay otras personas que la prefieren cuajada.

La comida en Alemania, en general, me gusta. La repostería es magnífica. Mi tarta favorita es la Streuselkuchen con compota de cereza (el Streusel son migas de masa crujiente elaborada con mantequilla, que se colocan encima de la compota, que a su vez descansa sobre un bizcocho), aunque la Käsekuchen, tarta de queso con base de masa quebrada, es estupenda. En Colonia hay una cadena de pastelería que tiene sucursales distribuidas por toda la ciudad: se llama Merzenich-Bäckereien y elabora unos dulces magníficos. En el lado de lo salado, la carne se suele vender mayoritariamente procesada, embutida en forma de salchichas —la gama de salchichas es muy amplia— y se puede encontrar, también, una gran variedad de queso. No se vende tanto pescado como en España y se come carne de reno —aún no la he probado—. La semana pasada el Lidl celebró la “semana de España” y vendían productos nacionales, algunos de ellos variantes pasadas por el filtro germánico (por ejemplo, pizza de chorizo y tortilla con sabor a bacon).

Es obligatorio mencionar el pretzel, un pan buenísimo que se vende tanto en forma de lazo como de bollo. Hay unas franquicias que solo venden pretzels y bretzels, algunos con queso y demás ingredientes, como si fueran sándwiches. Como curiosidad, anoto que en los supermercados hay una máquina para reciclar las latas —aquí el reciclaje está más extendido que en España— que, cuando las metes, te da dinero o bien un ticket de descuento para el supermercado —en los desfiles de Carnaval, había gente con bolsas que se dedicaba a recoger las latas del suelo—. Ayer, en Rewe, llevé tres de Coca-Cola y obtuve una reducción de 0’75€ en mi compra. Es una idea interesante que se podría importar a España, pues favorece la conciencia ecológica, curiosamente a través de una dinámica capitalista.

Don Carnaval

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Hasta que no he recaído en Colonia, nunca me había interesado mucho el Carnaval. Aquí a la batalla entre don Carnaval y doña Cuaresma se le llama “la quinta estación del año” —en el tiempo que llevo aquí, diría que hay solo dos estaciones, invierno y, si sale un poco más el sol, primavera—. Y la gente va disfrazada desde por la mañana temprano. La extrañeza ante ese código permanente de vestimenta pasa enseguida al cuestionamiento sobre si se estará incumpliendo alguna norma de urbanidad. El lunes, Rosemontag, fue el día grande: un desfile de más de tres horas en el que repartieron, desde carrozas enormes, chocolates, peluches y golosinas. Había que gritar “Kamelle!” a su paso. Cuando lo dices dos veces parece como si hubieras estado allí toda la vida. Durante el desfile, los participantes a pie llevaban tulipanes. Se acercaban a las gradas y le daban el tulipán a quien escogían. El afortunado o afortunada les correspondía con un beso. Fue divertido y curioso, pues que te regale una flor un galán vestido de mosquetero pensaba que era algo que solo ocurría en las películas.

El Carnaval es, en esencia, una metáfora de la vida. Un lunes estás disfrutando de los goces y, el miércoles, te recuerdan que solo eres polvo, o sea, nada. Y ese lunes vas, encima, disfrazado de una identidad que probablemente quisieras tener siempre pero que sabes que es temporal. Los chocolates y los tulipanes ayudan a paliar ese vacío.

Granada ¿IV?

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y no poder estar entre esas gentes
cuyo rumor me llega como a través de un muro.

Ciego en Granada (1975), Miguel d’Ors

Hace poco más de un año que estuve en Granada. Hoy me encuentro de nuevo en esta capital de la nieve —me ha resultado muy agradable la imagen de Sierra Nevada en el horizonte de la carretera—, en un viaje fugaz. Qué diferentes las sensaciones entre una y otra visita, los paseos con el ruido del río Darro de fondo, dirección Paseo de los Tristes. La cuestión de fondo, sin querer ahondar en el tema, es que muchas historias son, en realidad, etapas de aprendizaje. Unos minutos asomada en el balcón de la habitación de hotel me ha permitido contemplar un mosaico muy amplio de seres, cada uno con su fisonomía y sus acciones —algunas de las cuales me hubiera gustado no tener que ver—. Decía Julio Cortázar que “el amor no se elige: te elige”. Sin referirme al amor, extiendo el sustantivo al conjunto de afectos, no necesariamente con un eros implícito —y reconociendo, por otro lado, la exención de culpa a la que invita la frase—, que establecemos a lo largo de nuestras vidas. Creo, también, que errar es humano y que cambiar de opinión no solo es bueno, sino que, en muchos casos, es fruto de un crecimiento personal logrado a través de la sucesión de fracasos. Buenas noches.