Marcapáginas

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Esta mañana he recibido una muy grata sorpresa: mi amigo C.C. me ha enviado una colección de marcapáginas, fabricados por él mismo a partir de viñetas de Liniers, para conmemorar el Día del Libro. El sobre blanco de la foto es el intermedio de todos los envoltorios que la cuidaban, comenzando por un paquete marrón de Correos. El viernes se marcha a San Francisco. Espero que disfrute de una agradable estancia allí.

 

Desorden civil

He visto, a través de la ventana del escritorio, que en una parte de la calle comenzaba a apiñarse un montón de gente. Me he asomado por otra ventana para ver qué ocurría. En la pared del bloque vecino, una niña pataleaba y agarraba a su madre por sus pelos. Acompañaba sus movimientos de expresiones soeces, entre las que destaca el “hija de puta” a su madre y el “hijo de puta” al policía. Han llegado más agentes y la cantidad de curiosos expectantes ha aumentado. La muchacha, lejos de tranquilizarse, se ha alterado más aún, hasta el punto de zafarse de los brazos de un policía propinándole un empujón violento. Ha salido corriendo hacia una bocacalle, pero pronto la han vuelto a atrapar. Al trasladarse de escenario, me he quedado sin campo de visión suficiente, así que me he puesto la gabardina y he bajado a la calle, fingiendo que daba un paseo. “¿Qué le pasa?” le he preguntado al anciano que contemplaba el suceso desde un banco, y que se ha desplazado también hacia la otra calle. “Pues una cría, que está loca o está borracha”.

La niña profería insultos sin descanso —su volumen era tal que se oía sin estar cerca—, y resultaban acaso más hirientes debido a su precocidad. Cuando me he asomado, he visto cómo le colocaban unas esposas. Terrible imagen la de un niño detenido. La chica se ha sentado en el suelo y un policía ha ordenado despejar la zona. He seguido caminando calle abajo, pero no me he demorado mucho en el paseo y enseguida he dado la vuelta. Pensaba que la historia había terminado, sin embargo una ambulancia ha aparcado y he tenido que apresurarme para conocer el desenlace. “¡¡No!! ¡¡Ambulancia no!!” gritaba la niña. Los médicos del Samur han hablado con la madre y la muchacha ha comenzado a llorar. Otro policía nos ha instado a dispersarnos, así que hemos tenido que abandonar el espectáculo sin saber cuál ha sido su final. Me acabo de asomar por la ventana y están los agentes y los profesionales del Samur discutiendo. Supongo que debe de ser difícil coordinar fuerzas del orden para un caso como ese, propio de aquel programa llamado Super Nanny.

23 abril

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Cada 23 de abril se respiraba en Alcalá un ambiente especial. No había clase, y yo aprovechaba para darme un paseo por la Feria del Libro de allí —estoy escribiendo en pasado pero imagino que estos verbos se pueden seguir conjugando en presente—. La Facultad solía organizar muchas actividades para los estudiantes, entre las que destacaba el encuentro con el escritor galardonado con el Premio Cervantes. Le podíamos hacer preguntas, previamente escritas en un papelito, que metían en una urna y el moderador iba seleccionando. En 2015, me animé a hacerle una cuestión a Juan Goytisolo. Me puse colorada cuando la leyeron en voz alta, por escuchar “Sofía” en la sala y porque mis compañeros me sonreían cómplices. Escribí: “¿Considera que la literatura debe ser comprometida?”. Aquel año ya empecé a plantearme, si no la validez, sí la verosimilitud de ciertos discursos al servicio de ideologías; también, la capacidad de influencia en la realidad de una obra de arte, aunque me temo que esto último nunca me lo creí —quizá quepa recordar que en 2015 se venía arrastrando una pulsión por las novelas sobre la Guerra Civil sin precedentes—. Y aquel año escuché a menudo aquel concepto de compromiso: los que lo citaban daban —dan— por hecho que implicaba una implicación política de izquierdas. Uno, es obvio, puede estar comprometido con cualquier causa, ya se corresponda con unas siglas u otras.

Goytisolo respondió, y lo hizo con una reflexión que se instaló para siempre en mi memoria, por su lucidez y porque, para mí, abrió la puerta de la libertad, creadora y lectora.  [parafraseo] “No creo en el compromiso como valor para calificar a una obra. Uno puede tener una intención muy buena, pero no tener la capacidad de plasmarlo en un texto más o menos bien. Y otro puede ser un misógino, como lo era Quevedo, y escribir sonetos de amor bellísimos, como hizo él”.

Juan Goytisolo no es de mis escritores favoritos, y tampoco suelo frecuentar sus obras; sin embargo, aquella intervención, como decía, me pareció espléndida.

Naturaleza muerta

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Digitalización del Museo del Prado. Atención al gato que hay debajo del ala…

“¡¡Espera!! ¡No lo muerdas! Primero hay que hacer la foto”, le grita una chica a otra al salir de una heladería para impedir el mordisco. ¿Se han comprado el polo porque les apetecía o porque querían subir a su Instagram una foto para atestiguar que han visitado el sitio? Me he pedido uno de frambuesa y limón. La imagen de mí misma chupando un polo por la calle me ha resultado algo ridícula e incluso ambivalente, pero pronto se me ha pasado cuando en una de esas calles viejas de Malasaña he visto a un grupo de chicas, vestidas con telas de leopardo y botas de plástico. Unas enseñaban a otras el movimiento del “twerking”, con las modalidades a) en medio de la rúa y b) frotándose contra la pared. Las profesoras lo hacían con verdadera destreza.

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El Museo del Prado siempre suele estar concurrido por turistas, especialmente los fines de semana. He acudido después de comer para visitar Rubens, pintor de bocetos. Me han gustado las capas finas de pintura, que llaman a esforzar la vista y a detenerse para lograr adivinar los contornos. También, la idea que late en esta exposición, pues es una defensa del boceto, del borrador, de las repeticiones, de la técnica; en definitiva, de los ejercicios de artistas que prefieren detenerse en temas concretos con resultados solventes. Y la obra que más me ha intrigado ha sido “Filopómenes descubierto”, de Pedro Pablo Rubens y Frans Snyders, una naturaleza muerta —literalmente—. Este cuadro nos enseña que las apariencias, muchas veces, engañan, y que el hábito no hace al fraile. Rubens y Snyders se inspiraron en un fragmento de Vidas paralelas, del latino Plutarco, dedicado a Filopómenes, “el último griego”. Según Plutarco, al hombre le prepararon un banquete de homenaje, y cuando llegó a la casa de los anfitriones, una criada le confundió con un criado debido a su apariencia humilde —si tan humilde era la apariencia, una túnica de un color rojo tan vivo como el que se ve en el cuadro no sé hasta qué punto casa con la historia y esa confusión—.  En cualquier caso, contemplar esa oca muerta, tendida sobre un montón de animales muertos y vegetales rancios, causa cierta turbación.

Los monstruos de la razón

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“El sueño de la razón produce monstruos”, Goya

Intento ordenar el relato de lo que ocurrió anoche, pero el impacto que me produjeron las noticias de A. dificulta el ejercicio. Me contó las varias decisiones que ha tomado, todas ellas a merced de un cambio drástico de identidad, que yo no esperaba en absoluto. Sus dedos temblaban ligeramente mientras sujetaban el cigarro —ha vuelto a fumar, como “modo para canalizar la ansiedad”— y su mirada estaba a ratos perdida. En una terraza, hubo un momento en que nos quedamos calladas, y pasó una terna de adolescentes riendo y chillando. “Míralos. La vida no les ha hecho daño todavía”, me dice. “Del brillo en los ojos se pasa a la mueca cínica”, contesto. Ahora ¿quién es A.? La percibo como un pajarillo que se ha arrancado un ala y la otra se la han cortado.

“La única realidad es el momento en que posas la cara en la almohada y estás a punto de dormir. Ese eres tú contigo mismo”, lamenta. Pero, digo, está Montaigne: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de uno mismo”. Silencio escéptico. Anoche fue muy larga. A. tiene que (va a) salir adelante.

Ternura auténtica

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¡Qué buena compañía hace Pla!

Recuerdo perfectamente tal día como hoy el año pasado. Estuve en X, en la entrega de un premio en el que me quedé finalista. No gané, y además pude presenciar en primera fila cómo se lo entregaba X a un amigo suyo. “Sospechar del Planeta es como sospechar de los Reyes Magos”, dijo Savater. No era el Planeta, pero la frase es extensible al mercado de los galones. Me causa cierta compasión rememorar cómo me ilusioné las horas previas. En cualquier caso, atesoro un buen recuerdo de aquella experiencia: el mensaje que me envió X. Ese fue el verdadero premio.

Y sin embargo:

“Cuando la experiencia de la vida es corta, confusa y contradictoria –éste es mi caso– es una pedantería literal, por más dolorosa que sea la experiencia, posar de hombre que está de vuelta de todo, completamente curtido. Observo con horror que todo me lleva al resecamiento y a la indiferencia, pero sería un farsante si afirmase que he llegado al cabo de todo. Quizás, hasta en los casos peores, queda siempre una reserva de ternura auténtica” Josep Pla, El cuaderno gris, p. 182.

En un rato, salgo para ver a mi amiga AT. Me cuenta que “su vida ha cambiado absolutamente, algo que no es ni bueno ni malo”. Muchas ganas de verla y de charlar. Buenas noches.

 

Esperanza

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Anoche, César González-Ruano en su Diario íntimo: “Solo veo posible hacerme una existencia a la medida de los consuelos negativos. No sufrir demasiado, no llevarme disgustos. Con eso parece que pueda bastarme. De los goces va uno perdiendo las llaves de los deseos” (29/VIII/1951). Asentí —y más, precisamente, anoche—. Pero esta tarde, esperando a que saliera el cercanías de vuelta a Madrid, he recibido un correo. Era un Sí. Un Sí que me hace especial ilusión. Quizá haya esperanza. Poca, pero hay. Ha arrancado el tren, inicio de trayecto anunciado por esos pitos desagradables que, hoy, me han sonado como campanas, y he mirado el paisaje sonriendo. Por primera vez me ha parecido bonito.