Al sol

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Ha llegado la primavera y los vientos y las lluvias —casi diarias— han dado una tregua. Es un gusto pasear bajo el sol sin paraguas y sin capucha, y poder observar las agujas de las numerosas iglesias románicas que hay distribuidas en la ciudad sobresaliendo de entre los bloques de pisos. Muchas de estas iglesias, por cierto, albergan conciertos de música y actividades culturales —este uso del espacio sagrado también se da en otros países—. Hace un par de semanas cortaron el acceso a los alrededores de la catedral por vientos de más de 120 kilómetros, sin embargo, hoy había una gran cantidad de gente sentada en las escaleras del monumento —este tipo de escaleras, presentes en diferente número de escalones en otras catedrales, tenían un doble fin, uno estético o simbólico, o sea, elevar la altura del edificio para acercarlo al cielo, y otro práctico, que los peregrinos limpiaran su calzado de barro—. El viernes el césped del campus estaba lleno de estudiantes, algunos tumbados y otros haciendo pic-nics. Ese día saqué la bandeja del comedor a la terraza, y me senté en la única mesa que quedaba libre. En Alemania, que una mesa esté libre significa que no haya ninguna silla para sentarse, pues es completamente normal estar en una mesa para dos y que en la silla de enfrente se siente alguien. Me ha pasado más de una vez y el viernes volvió a ocurrir, cuando se sentó una mujer mayor. Ella disfrutaba de un helado y, pasados unos minutos, en un arranque de soledad, me empezó a dar conversación. Comía en la facultad porque tenía la tarjeta de descuento, ya que había estudiado en el programa Seniorenstudium (como la Universidad de Mayores en España). La charla me incomodó cuando, después de las típicas preguntas generales, su curiosidad se hizo más incisiva: dónde vives, sola o con quién, el barrio e incluso la calle, respuestas que inventé porque no entendía el interrogatorio. Le faltó preguntar cuánto pagaba por el alojamiento, pero afortunadamente en este país hablar de dinero es un tema tabú —la semana pasada viví cierto choque cultural con este tema, pues una compañera mexicana, hablando de un problema que intentaba solucionar con su banco, me enseñó su página personal en la app del banco y pude ver todo su historial económico—. La mujer se terminó por fin el helado y se marchó, pero enseguida se sentó otra persona, esta vez en silencio.

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