Entre países

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El primer día del curso de alemán, la profesora nos entregó una hoja con diecisiete normas. Según el papel, solo seremos capaces de alcanzar “the proficiency of the German language” si nos adherimos a estas reglas. La que más me ha sorprendido ha sido la número 14: “Please do not carry out conflicts stemming from your home country with other course participants during class” (no desarrolles conflictos relacionados con tu país de origen con otros compañeros durante la clase). El grupo es muy heterogéneo: hay dos de Azerbaiyán, una de Corea (del Sur, claro), otra de Australia, otra de Estados Unidos, dos de México y cuatro españoles, entre los que me encuentro yo. Nosotros tenemos un montón de temas sobre los que podríamos hablar, sobre todo ahora que afrontamos un periodo electoral —aunque últimamente ya no hay diferencia entre legislatura y campaña— así que mejor que, como dice documento, no lo hagamos. Ayer le explicamos a uno de Azerbaiyán lo que es una tortilla de patatas, y se generó un debate sobre la pertinencia de añadirle cebolla o no. ¡Pero lo hicimos al salir de clase! A mí hace unos años no me gustaba con cebolla, pero ahora un poco —bien cortada— no me resulta desagradable, al contrario. Menos mal que no entramos en el aspecto de la cocción: yo la prefiero jugosa, que el huevo esté cocinado lo justo, pero hay otras personas que la prefieren cuajada.

La comida en Alemania, en general, me gusta. La repostería es magnífica. Mi tarta favorita es la Streuselkuchen con compota de cereza (el Streusel son migas de masa crujiente elaborada con mantequilla, que se colocan encima de la compota, que a su vez descansa sobre un bizcocho), aunque la Käsekuchen, tarta de queso con base de masa quebrada, es estupenda. En Colonia hay una cadena de pastelería que tiene sucursales distribuidas por toda la ciudad: se llama Merzenich-Bäckereien y elabora unos dulces magníficos. En el lado de lo salado, la carne se suele vender mayoritariamente procesada, embutida en forma de salchichas —la gama de salchichas es muy amplia— y se puede encontrar, también, una gran variedad de queso. No se vende tanto pescado como en España y se come carne de reno —aún no la he probado—. La semana pasada el Lidl celebró la “semana de España” y vendían productos nacionales, algunos de ellos variantes pasadas por el filtro germánico (por ejemplo, pizza de chorizo y tortilla con sabor a bacon).

Es obligatorio mencionar el pretzel, un pan buenísimo que se vende tanto en forma de lazo como de bollo. Hay unas franquicias que solo venden pretzels y bretzels, algunos con queso y demás ingredientes, como si fueran sándwiches. Como curiosidad, anoto que en los supermercados hay una máquina para reciclar las latas —aquí el reciclaje está más extendido que en España— que, cuando las metes, te da dinero o bien un ticket de descuento para el supermercado —en los desfiles de Carnaval, había gente con bolsas que se dedicaba a recoger las latas del suelo—. Ayer, en Rewe, llevé tres de Coca-Cola y obtuve una reducción de 0’75€ en mi compra. Es una idea interesante que se podría importar a España, pues favorece la conciencia ecológica, curiosamente a través de una dinámica capitalista.

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