Cuaderno para sueños

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Hoy por la tarde ponían París, bajos fondos en la Filmoteca (Cine Doré). Se presentaba como un agradable plan de domingo, pero al llegar hasta allí, casi media hora antes de su comienzo, me he encontrado con el cartel “agotadas”. He seguido andando, qué remedio, y me he dirigido hasta Sol. Allí, he entrado en el sitio donde más claramente se manifiesta el progreso técnico: la tienda Tiger. Venden una serie de objetos que, de no estar allí, a muchos jamás se nos ocurrirían; otros presentan un diseño refinado y divertido y, en último término, hay una zona con golosinas, también originales. Ya en Sol, he visto una manifestación —para variar— y el autobús de la Cruz Roja. He recordado que hacía meses que no donaba y he subido. Una vez rellenado el cuestionario, he pasado a una cabina para que me hicieran la prueba de la glucosa y me tomaran la tensión. Tengo hipoglucemia, pero había bebido líquido desde que salí de casa, de modo que no esperaba que me tuvieran que dar una coca-cola para subirla —me ha pasado en ocasiones anteriores—. En fin, he tenido que esperar un rato, hasta que me han llamado para volver a tomármela. Seguía al mismo nivel, así que no he podido donar. La médica ha tenido el detalle de regalarme el obsequio posdonación, consistente en dos imanes —qué casualidad—, uno con un calendario de la Cruz Roja y otro con un bloc de notas de la marca Pascual. A la salida, he visto cómo una mujer que había bajado las escaleras unos minutos antes que yo, se desplomaba en el suelo. Rápidamente, ha acudido el “perro” de la Patrulla Canina, supongo que para intentar ayudar, y esto ha conferido cierto carácter de disparate a la situación. La mujer iba acompañada de su pareja, que ha llamado enseguida a uno de los médicos, y la han vuelto a subir al autobús. He pasado por La Central, donde he disfrutado de un agradable rato de charla con dos de sus estupendas libreras —una de ellas me ha dicho que me vio corriendo en el parque de mi barrio el jueves (otra casualidad)—. He bajado por la Gran Vía, y me ha parecido muy bella la imagen del Palacio de Cibeles iluminado, con el atardecer de fondo; también las columnas del inicio del Paseo de Recoletos, cuyo reflejo en el agua hacía de ese conjunto —a esas horas, sin sus habituales patos—un espacio muy hermoso. No ha sido posible ver la película de Jacques Becker, pero a través de las calles del viejo Madrid he visto muchas otras, todas con el mismo telón de fondo: la vida.

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