El partido

Fútbol

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Como he llegado una media hora antes de que abriera la biblioteca de la Residencia de Estudiantes, me he sentado en uno de los bancos de enfrente del edificio principal, en la explanada de la colina de los chopos, como Juan Ramón Jiménez llamaba a la célebre institución. El tiempo era estupendo; parece que uno tiene una mejor disposición de ánimo con el aumento de horas de sol. Las dos pistas de deporte estaban ocupadas: en una, un grupo de niños jugaban al baloncesto; en la otra, un hombre y un niño se divertían con el fútbol. Los primeros estaban teledirigidos por su entrenador, al que, a pesar de encontrarse en el extremo de la pista, se le escuchaba con bastante claridad: “Como Álvaro lo ha hecho mal ¿tú lo haces peor todavía?”, “¡creía que eras el mejor!”, “despertaaad”, “no os durmáis”, “¡corred más rápido!”, “Nacho ¡¡ataca!!”. Las dos primeras frases resultan antipedagógicas; las últimas son algo beligerantes, pero pueden entenderse en su contexto. Comparar a un alumno con otro, mal; generarle un infundado sentimiento de culpa, peor. Sin embargo, en la zona de fútbol se estaba obrando la magia. “¡¡Un gol ahora puede ser definitivo!!”, “cuatro minutos y empate”, “¡¡última jugada!!”, “el árbitro no pita hasta que el balón salga” (todo esto con voz de locutor deportivo, bastante lograda, por cierto). El hombre retransmitía su partido imaginario, y el niño se había metido completamente en la ficción. Ellos han ganado el juego.

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