El aire del jardín

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“Estoy leyendo a D’Annunzio en un camerino tibio, donde me he procurado una luz bastante pálida: claridad sin brillo. Del libro se desprende un aroma evocador de jardines casi marchitos, y la imaginación se recoge como para una plegaria que no se dice.

El libro me habla sotto vocce de un pasado no muy lejano. Y es más fuerte el aroma, siempre delicado. Surge un parque en la tarde. La tierra está muy blanca; entre los arrayanes oscuros hay un secreto, una misteriosa incubación de sombras. Es el trabajo del jardín. Es el silencio de la noche que nace. ¡Morir un poco!… Vago deseo de algo que no está aquí. Dulce tormento de las almas sensitivas. Meditación que empieza sobre algo, y no sabemos dónde termina. Momento en que el ánimo se ha ido para volver, sin deciros de dónde viene… Una cara muy blanca y unos ojos muy tristes que miran sin ver. Tristeza de todo y de nada. Hora del alma. Ha sonado una nota lamentosa demasiado meliflua. Vuelvo a recogerme a una tristeza positiva, a un recuerdo determinado. Pero no lo consigo; ahora mi corazón está vacío. No siento nada y, si me invaden, me envuelven… Pero como si no fueran mías, como si estuvieran en el aire del jardín, en el aroma de este libro tranquilo y melancólico”. Manuel Machado en La guerra literaria (1898-1914).

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