No al odio

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Hoy he visitado la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que ha albergado durante meses el Centro de Exposiciones Arte Canal, en coproducción con el Museo Estatal de Auschwitz–Birkenau. Me ha parecido tristísima, claro. Y me he dado cuenta de que mi generación y generaciones posteriores hemos crecido con un relato sobre el horror nazi bastante edulcorado, a veces superficial y siempre alejado de la naturaleza cruel que motivó el Holocausto. Películas como La vida es bella (1999) y El hundimiento (2004), y novelas (muchas de ellas adaptadas a la gran pantalla, pues es conocida la exitosa recepción de la que los productos culturales de esta temática disfrutan), como El niño del pijama de rayas (2006) han puesto el foco en lo melodramático, en detrimento del rigor histórico.

¿Qué decir sobre la exposición? Una se encuentra sobrecogida ante tanta maldad. ¿Tiene un ser humano el derecho de decidir sobre la vida de otros? ¿Y lo tiene, en nombre de conceptos como la patria, la raza y el honor? Es obvio que no. Como expresa mi admirada Hannah Arendt, había un móvil político pero no había necesidad de ir más allá, de emplear semejantes mecanismos de odio. Separar a las familias, afinar a las víctimas en vagones de ganado (150 personas en uno), despojarlos de sus pertenencias, recluirlos en habitaciones sin camas, apilados como si se tratara de una fosa común “en vida”, mandarles limpiar la sala de deposiciones sin instrumentos de limpieza, llamarles por números y obviar sus nombres, tenderles trampas, castigarlos arbitrariamente, etc., etc.

Y esto me ha parecido lo peor, si es que se puede ponderar lo anterior en una escala: a) enviarles postales falsas, escritas por soldados haciéndose pasar por seres queridos [esto me parece especialmente vil], b) transportar a los presos en camiones “de la Cruz Roja” (falsa) para llevarlos a las cámaras de gas, c) decir que las cámaras de gas son duchas colectivas.

En medio de todo este odio, hay algo que permite conservar algo de esperanza. Durante el tiempo en el que permanecieron confinados, muchas víctimas se ayudaron e hicieron de su amistad una resistencia para conservar un mínimo de fuerza en la supervivencia diaria. Por ejemplo: Siegfried Fried compartió una manta con cinco prisioneros en la marcha de la muerte (1945), y así pudieron vencer los seis a las gélidas temperaturas. El mal existe, pero la generosidad humana también, y brota en las situaciones más adversas.

En los últimos años han surgido partidos políticos que amenazan a la Unión Europea y que fundamentan su discurso en el odio al Otro. Necesitamos recordar nuestra historia, así como la de las demás naciones. Parece un tópico, y en parte lo es, pero no es menos cierto que lo pasado se olvida pronto y quienes no han, hemos, sufrido periodos cruentos no somos verdaderamente conscientes de lo que tenemos. Europa debe permanecer unida y no podemos permitir que venza el discurso nacionalista y euroescéptico. En mayo se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo y debemos acudir a las urnas, con el lema de la UE en mente:

unida en la diversidad.

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