Edificios históricos

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Esta tarde me he dirigido a la calle Jorge Juan para ver la fachada de la casa donde residieron Nicolás M.ª de Urgoiti, fundador de El Sol, entre otros muchos méritos, y Ricardo Urgoiti, hijo del anterior, introductor en España del cine ruso (El acorazado Potemkin, y más) en España, cofundador de la productora Filmófono, junto con Luis Buñuel, y de la emisora Unión Radio, precedente de la Cadena Ser. Hace un par de meses solicité al Ayuntamiento de Madrid una placa conmemorativa para el edificio, en el marco de su “Plan Placas Memoria”. La última noticia que tengo es que lo están gestionando, pero desconozco si han aprobado mi propuesta. Espero que algún día, no muy lejano, se coloque ese pequeño cuadrado para recordar estas dos figuras, que tanto hicieron por el desarrollo cultural de España. No merecen menos.

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He continuado el paseo, aprovechando la temperatura tan primaveral —anómala para este mes de invierno—, y he llegado a la calle Larra. En el número 8 se encuentra la que fue la sede de los periódicos El Sol y La Voz y del semanario Nuevo Mundo. Urgoiti se preocupó de comprar la mejor maquinaria de la época y de contratar a los redactores y corresponsales más competentes. No he podido ver el edificio por dentro, pues lógicamente al ser domingo está cerrado, pero el exterior presenta, en cualquier caso, una estética muy notable. Hay unas cerámicas en las que se puede leer “Arte, Ciencia, Industria, Progreso”, cuatro palabras que sintetizan la trayectoria vital de Urgoiti.

*Muchas gracias a Nicolás y a David por facilitarme las direcciones.

Día por día

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Hace un año —casi exactamente— comenzó, de manera algo casual, en una de mis habituales comidas en la cafetería del CCHS con Leoncio, la aventura manuelmachadiana. Hasta ese momento leía con cierta frecuencia los poemas de Manuel Machado y, por razones doctorales —mi tesis aborda suplementos culturales de El Sol (1917-1931) de Nicolás M.ª de Urgoiti, y uno de los temas de estudio son las redes que se establecían en ellos, con José Ortega y Gasset a la cabeza de un grupo integrado por Enrique Díez-Canedo, Luis Araquistáin, Ramón Pérez de Ayala y muchos otros, con los que se relacionó don Manuel—, me atañe su esfera social y el campo intelectual en el que se movía. La faceta prosística de Manuel Machado me pareció del mayor interés, y el hecho de que la cultivara en el molde genérico del diario durante el año 1918 —además, en el periódico El Liberal, uno de los más importantes de su época— supuso la fascinación definitiva.

Este diario se publicó de manera parcial en el propio año de 1918, síntoma de su éxito, y con posterioridad en el 1974, en una edición que llevó a cabo la transcripción de los meses de aquella primera. Gracias a los microfilms de la Hemeroteca Municipal y a la digitalización de la Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España, ha sido posible presentar todas las entregas del diario.

Día por día de mi calendario es una de las mejores obras de Manuel Machado, acaso la más original. La amplitud de temas que abarca, el estilo refinado con el que los trató, su ingenio, su afán por la mejora de la situación socioeconómica de España —fue un año verdaderamente convulso, con graves crisis de Gobierno y dificultades en la vida cotidiana de los españoles— y su vocación literaria, plasmada en los elogios a escritores amigos y en sus improvisaciones en, por ejemplo, un paseo por el parque del Retiro, son algunas de las razones por las que os recomendaría su lectura.

Quisiera, por último, agradecer a Abelardo Linares y a todo el equipo de Renacimiento la publicación de esta obra, así como a Leoncio Lopez-Ocon. Sin ellos no hubiera sido posible.

https://www.editorialrenacimiento.com/biblioteca-de-la-memoria-serie-mediana/2121-dia-por-dia-de-mi-calendario.html

El aire del jardín

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“Estoy leyendo a D’Annunzio en un camerino tibio, donde me he procurado una luz bastante pálida: claridad sin brillo. Del libro se desprende un aroma evocador de jardines casi marchitos, y la imaginación se recoge como para una plegaria que no se dice.

El libro me habla sotto vocce de un pasado no muy lejano. Y es más fuerte el aroma, siempre delicado. Surge un parque en la tarde. La tierra está muy blanca; entre los arrayanes oscuros hay un secreto, una misteriosa incubación de sombras. Es el trabajo del jardín. Es el silencio de la noche que nace. ¡Morir un poco!… Vago deseo de algo que no está aquí. Dulce tormento de las almas sensitivas. Meditación que empieza sobre algo, y no sabemos dónde termina. Momento en que el ánimo se ha ido para volver, sin deciros de dónde viene… Una cara muy blanca y unos ojos muy tristes que miran sin ver. Tristeza de todo y de nada. Hora del alma. Ha sonado una nota lamentosa demasiado meliflua. Vuelvo a recogerme a una tristeza positiva, a un recuerdo determinado. Pero no lo consigo; ahora mi corazón está vacío. No siento nada y, si me invaden, me envuelven… Pero como si no fueran mías, como si estuvieran en el aire del jardín, en el aroma de este libro tranquilo y melancólico”. Manuel Machado en La guerra literaria (1898-1914).

De nuevo Montaigne

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Ha resultado muy grata la lectura de Sobre la vanidad y otros ensayos, un libro de pequeño formato –existe desde hace un par de años una pulsión en el mundo editorial por sacar libros en formato reducido, a precios populares–, con el que he compartido varios trayectos de metro. Está editado por Valdemar.

La exposición Auschwitz termina con la proyección de unos vídeos breves. En todos ellos, los supervivientes de los campos de concentración llevan a cabo un alegato a favor del amor. Coincidían en su repulsa del odio y, a pesar de lo sufrido, no conservaban ningún ápice de resentimiento. No los aparatos de tortura ni las fotos macabras: su testimonio es el recuerdo más vívido que conservo de aquel paseo por el mal.

No al odio

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Hoy he visitado la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos que ha albergado durante meses el Centro de Exposiciones Arte Canal, en coproducción con el Museo Estatal de Auschwitz–Birkenau. Me ha parecido tristísima, claro. Y me he dado cuenta de que mi generación y generaciones posteriores hemos crecido con un relato sobre el horror nazi bastante edulcorado, a veces superficial y siempre alejado de la naturaleza cruel que motivó el Holocausto. Películas como La vida es bella (1999) y El hundimiento (2004), y novelas (muchas de ellas adaptadas a la gran pantalla, pues es conocida la exitosa recepción de la que los productos culturales de esta temática disfrutan), como El niño del pijama de rayas (2006) han puesto el foco en lo melodramático, en detrimento del rigor histórico.

¿Qué decir sobre la exposición? Una se encuentra sobrecogida ante tanta maldad. ¿Tiene un ser humano el derecho de decidir sobre la vida de otros? ¿Y lo tiene, en nombre de conceptos como la patria, la raza y el honor? Es obvio que no. Como expresa mi admirada Hannah Arendt, había un móvil político pero no había necesidad de ir más allá, de emplear semejantes mecanismos de odio. Separar a las familias, afinar a las víctimas en vagones de ganado (150 personas en uno), despojarlos de sus pertenencias, recluirlos en habitaciones sin camas, apilados como si se tratara de una fosa común “en vida”, mandarles limpiar la sala de deposiciones sin instrumentos de limpieza, llamarles por números y obviar sus nombres, tenderles trampas, castigarlos arbitrariamente, etc., etc.

Y esto me ha parecido lo peor, si es que se puede ponderar lo anterior en una escala: a) enviarles postales falsas, escritas por soldados haciéndose pasar por seres queridos [esto me parece especialmente vil], b) transportar a los presos en camiones “de la Cruz Roja” (falsa) para llevarlos a las cámaras de gas, c) decir que las cámaras de gas son duchas colectivas.

En medio de todo este odio, hay algo que permite conservar algo de esperanza. Durante el tiempo en el que permanecieron confinados, muchas víctimas se ayudaron e hicieron de su amistad una resistencia para conservar un mínimo de fuerza en la supervivencia diaria. Por ejemplo: Siegfried Fried compartió una manta con cinco prisioneros en la marcha de la muerte (1945), y así pudieron vencer los seis a las gélidas temperaturas. El mal existe, pero la generosidad humana también, y brota en las situaciones más adversas.

En los últimos años han surgido partidos políticos que amenazan a la Unión Europea y que fundamentan su discurso en el odio al Otro. Necesitamos recordar nuestra historia, así como la de las demás naciones. Parece un tópico, y en parte lo es, pero no es menos cierto que lo pasado se olvida pronto y quienes no han, hemos, sufrido periodos cruentos no somos verdaderamente conscientes de lo que tenemos. Europa debe permanecer unida y no podemos permitir que venza el discurso nacionalista y euroescéptico. En mayo se celebrarán las elecciones al Parlamento Europeo y debemos acudir a las urnas, con el lema de la UE en mente:

unida en la diversidad.