El sobre sin carta

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“A veces me han llegado sobres sin carta, sin nada dentro; sobres sin pegar, que debieron traer un impreso, una tarjeta, un aviso, algo.

Son como caballos que vienen sin amo, ansiosos heraldos que se han escurrido de manos malas y han venido a dar, al menos, la nueva de la desgracia.

A veces eran de letras desconocidas. Otras decían: Faire suivre, otras…

Siempre los he guardado como cartas incógnitas que nada dicen y siempre están diciendo: espera, espera; por darles premio a su honradez diligente”.

El águila herida

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El Archivo y la Biblioteca Joaquín Leguina se encuentran en la antigua fábrica de cervezas El Águila

Me entero gracias a una amable llamada de que se ha decidido cerrar el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid por las tardes. Hasta hace unas semanas, abría ininterrumpidamente de nueve de la mañana a nueve de la noche, un horario amplio que permitía a cualquier investigador o interesado en sus fondos y en los del Archivo de Protocolos aprovechar la jornada. Hay que tener en cuenta que el material se consulta allí, no hay un catálogo en línea, y una vez anotada la signatura es necesario esperar a que te suministren la caja. En esto ya se va un tiempo, que se debe sumar al previamente invertido en identificarse —en recepción, te apuntan manualmente en dos listas y te dan una tarjeta y la llave de la taquilla asignada— y en dejar tus pertenencias para quedarte con lo imprescindible. Cuando se aproxima la hora de cierre, unos quince minutos antes, ya hay que ir saliendo de allí. De modo que, sin las horas vespertinas, nos quedamos con unas cuatro o cinco horas —como mucho— disponibles para trabajar. Esto disgusta a todos y en particular a aquellos no residentes en Madrid que viajan a propósito a la capital para consultar archivos, hemerotecas y bibliotecas. Ocurre, además, que por la tarde hay tres archiveros que realizan su trabajo con una diligencia excepcional, cuya labor permite que se conviertan en aliados para las pesquisas de la investigación. Confío que nada les afecte y se reestructuren los horarios.

Lamento esta decisión y espero que sea provisional. Somos y serán muchos los afectados; el primero, el patrimonio histórico de Madrid.

El fotógrafo de una época

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Jean Laurent llegó a España a finales del siglo XIX decidido a enriquecerse con el comercio del papel de jade. No pudo ser, pero lo intentó de nuevo con la fotografía. Y lo consiguió, gracias a una adelantada visión comercial que provocó la renovación de un arte aún incipiente. Tuvo el privilegio de inmortalizar las pinturas negras de Goya en los muros donde se pintaron y logró que no solo las clases adineradas y la Monarquía pudieran disfrutar de un retrato fotográfico propio. Ahora que en menos de un segundo es posible captar una imagen, está bien recordar los orígenes, cuando si durante 40 minutos no se lograba permanecer firme, la foto salía defectuosa.

La perspectiva

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Hoy he disfrutado de este librito –por el tamaño–, que reúne las diociocho entrevistas que Antonio Machado concedió a lo largo de su carrera. Fueron pocas, y para colmo no se prodigaba mucho en las respuestas (al contrario que su extrovertido hermano mayor). El prólogo de Jiménez Lozano, estupendo, y de estas interviu, como se denominaban en la época, me han gustado particularmente las pinceladas que los periodistas aportan sobre la imagen pública del poeta.

“¿Qué pasa hoy en el Mundo que tenga la importancia y trascendencia de la ciencia Nueva de Galileo, de la reforma de Lutero, de las revelaciones del Cristo, de las charlas de Sócrates con los jóvenes de Atenas? Realmente, no sabemos todavía si ha pasado algo importante en nuestro tiempo.

Pero estas consideraciones, más o menos escépticas, no eximen al artista de vivir su tiempo”.

Entrevista de Rosario del Olmo a Antonio Machado en La Libertad (12-I-1934), recogida en el libro Caminos sobre la mar (ed. Rafael Inglada).

Nervios y caimanes

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Luis Bagaría

El canal Mega representa la heterodoxia de la televisión, pues ofrece un abanico de programas de lo más extravagante y, en algunos casos, hipnótico. Vi hace un par de días una escena bastante curiosa, en un reality de caza de caimanes. Me resulta imposible empatizar con alguien que consagra sus ratos de ocio a perturbar el hábitat de los cocodrilos y caimanes, adentrándose en pantanos con sus lanchas motoras para matarlos y con posterioridad venderlos. En general, no me agrada la actividad cinegética y nunca la definiría como un deporte. Obviando por unos minutos esto, me llamó la atención el diálogo entre los cazadores, un padre y un hijo.

— ¡Venga, mételo a la barca! —gritaba el padre, totalmente entusiasmado.

Con bastante languidez y parsimonia, el hijo colocó al caimán, mientras intentaba que no se le cayera el cigarro de la boca.

— Es que mi padre se pone muy nervioso… —se quejaba, mirando a la cámara.

— ¡Sí! ¡Me pongo nervioso! Y espero seguir poniéndome nervioso mucho tiempo.

Esta pareja mostraba el contraste entre la afición de uno y la obligación del otro. Quizá al hijo también le gusta, pero la manifestación de su interés es mucho menos visible. Ese ponerse nervioso manifiesta la emoción y, prosaicamente, presenta reminiscencias del concepto escurridizo y espiritual de “vocación”. Prefiero hablar de inclinaciones, pues el componente cultural y nuestras decisiones son decisivas; en cualquier caso, la idea es similar y el hombre reflejaba lo que se siente cuando haces algo que verdaderamente te gusta. Hay otro tipo de nervios, que nacen de la inseguridad; también, de la preocupación. Así que como mensaje de inicio del año y recogiendo el hilo de la entrada anterior, intentemos buscar aquello que nos ponga nerviosos.