¿Navidad?

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Estos días en los que uno recibe amables felicitaciones de Navidad y añade la tradicional fórmula para acompañar los correos, me he dado cuenta de que últimamente leo más “felices fiestas” que “feliz Navidad”. La toma de conciencia se ha producido a raíz de la lectura de “que pases una auténtica Navidad”, una de las frases que contenía un correo de Md’s. Él conoce y practica el sentido primigenio de la Navidad, de modo que el empleo de ese adjetivo —aparte de que se sale de la unidad léxica común— confirmó la ausencia de significado en el significante. No quiero, por mi parte, predicar que tengamos que salir a la calle con zambombas a pedir el aguinaldo ni expropiar los papa Noel colgantes —por cierto, me alegra que se haya superado la moda del papa Noel suicida/escalador—, ni tampoco abrazar la cursilada de “feliz solsticio de invierno”. Considero que hay que tomar lo mejor de las tradiciones y que estas deben adaptarse —bueno, los que las practican deben adaptarlas, mejor dicho— a su contexto. Ser tradición no me parece un valor en sí mismo. Ayer, mientras hacía la maleta, decía “bueno, vacaciones”. Tenía la misma sensación que si se tratase de verano o de Semana Santa. Hace tanto tiempo que en los supermercados y centros comerciales hay una oferta de productos de Navidad que, paradójicamente, me ha hecho perder el sentido del tiempo. Si los mazapanes, turrones, etc., se comen en una época determinada, al igual que en los Santos los buñuelos, pero existe la posibilidad de adquirirlos en un marco amplio, esta extensión provoca que pierdan gran parte de su atractivo. Es Navidad, sí ¿pero cómo definiríamos ahora la Navidad sin caer en el tremendismo fundamentalista? ¿Sigue siendo funcional que se llame así (Nativitate en latín, nacimiento de la vida)?

En un folletín de El Sol de 1924 sobre tratados políticos, encuentro esta sentencia: “Todos habían estudiado los libros, ninguno la naturaleza”. Dice I. Alcántara Medina, autor que desconozco y del que en una fugaz búsqueda en Google no he encontrado nada, que políticos como Cánovas, Castelar y Salmerón eran hombres literatos, “saturados de humanidades”. ¡Qué gracia! Cómo ha cambiado todo, ahora los políticos no escriben sus discursos y son profesionales de lo suyo. ¿Cómo puede ser que a los 18 años, edad en la que la formación es aún tibia, alguien se afilie a un partido político y desde entonces en lugar de estudiar comience a encarrilar cargos dentro de ese partido y al poco en la comunidad autónoma, para después “dar el salto” al ámbito nacional? Entre las varias respuestas posibles, está la lealtad. Queda bonito decirlo, pero ya expresé que de los políticos lo que se espera es que hagan bien su trabajo, no la cama. ¿Un político que ocupa su puesto porque no le falló al jefe? ¿Ese es el aval para ser portavoz? Ejemplos como este abundan en los partidos y esta praxis legitimadora supone un lastre para la democracia.

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hay días que uno quisiera que no acabaran nunca o, si fuera obligatorio, que no se despertarse jamás del sueño.

y ayer sin embargo, día rutinario total, decía ¿qué más se puede pedir? levantarse, hacer lo que a uno le gusta, reservar media hora para salir a correr, abrir el glosario de D’Ors y descubrir un mundo, etc. pero esta mañana he visto el sol iluminarse sin medida. una nueva aventura que afrontar.

Récord

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foto del Portal de Bibliotecas de Madrid

Encuentro eta simpática nota en El Sol de octubre de 1918 sobre la Biblioteca Municipal de Madrid, cuyo cargo de director ocupó Manuel Machado:

“Nota de la Alcaldía:

La Biblioteca municipal madrileña ha llegado en estos últimos meses al máximum de la concurrencia de lectores, hasta el punto de resultar muchos días exiguo e insuficiente el local en que se halla instalada. Más de 700 obras han sido servidas al público en los últimos treinta días. Consignamos con júbilo estos hechos que revelan ante todo el creciente deseo de cultura en nuestro pueblo y, al par, no sería justo negarlo, el noble afán y el acierto con que el Ayuntamiento de Madrid se esfuerza en contribuir al desarrollo y mantenimiento de tan buenas disposiciones”.

El principio

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Esta tarde tenía una cita médica y durante los primeros minutos de espera he disfrutado del siempre nuevo El cuaderno gris de Josep Pla. Me ha producido un gran asombro esta imagen, tan plástica, del delfín:

“Fuera de la bahía de Tamariu, encontramos los delfines que pasan y saltan sin parar, juguetones y potentes. El delfín es el pez más bonito para verlo nadar: quizá más que el atún. Tiene un nadar rápido y fuerte, deslizante, de una manera que fascina la vista. Si atraviesan un agua blanquecina y pálida y la luz es pujante, la capa coloidal que les cubre les da una calidad de cristal –parecen peces de vidrio que pasan como un relámpago dentro del medio líquido; si el agua es de un azul denso, oscuro, pasan como una sombra misteriosa, oscura, que se precipita vertiginosamente”.

Me encontraba únicamente yo en la sala de espera, pero al rato ha llegado un hombre portando un bebé en una mochila frontal que convertía al niño en una columna con ojos. A pesar de que me estaba entreteniendo la lectura, me he animado a darle conversación pues esa escena me hizo presagiar que podría regalarme la entrada de hoy del almanaque. Disculpad la escasez de inventiva, y por otro lado no penséis que sistemáticamente me pongo a charlar con quien primero se pone a tiro.

— ¡Anda, qué niño tan guapo! —es sabido que cuando se vive una escena en la que está presente niño pequeño y el adulto es su padre/madre, las reglas de cortesía recomiendan alabar su belleza, aunque no se pueda certificar, o en su lugar decir —o añadir— ¡qué grande! pese a que se desconozca su edad y por tanto sea imposible determinar cuán superior es su nivel de masa corporal en relación a la media.

— Minino, que te ha llamado guapo esta chica, abú, abú.

— ¡Qué curiosa forma de llevarlo! ¿Es más cómoda la mochila que el carrito?

— Sí, no molesta nada, tiene muchas sujeciones. Pensamos —la pareja estaba ausente, pero él conjugaba el verbo como los condes de Carrión y las hijas de El Cid, que hablaban como uno— que es mejor ya que en el capó solo ve el cielo y con la mochila puede disfrutar del entorno.

— Ah, qué bien. ¿Y cómo se llama? —esta es pregunta obligatoria.

— Se llama Asier, un nombre vasco.

— Sí, sí, lo conozco…

— Asier significa el principio, el inicio. Él es el principio de muchas cosas. ¿Verdad que sí? —esto lo decía mirando al bebé.

— Me alegro…

— Oye, pórtate bien. Yaaa, yaaaa. Los Reyes te van a traer leche agria.

— ¿Leche agria?

— Claro, es que ahora solo come leche. Carbón no puede…

En ese momento, han salido a llamarme, y el padre y el hijo se han quedado jugando con un gusilú iluminado. Extrañas sensaciones después de esa breve ¿conversación?

 

Buscar el pasado

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He salido temprano esta mañana, dirección Plaza de Cibeles, para desayunar con unos amigos. En principio la cita se iba a limitar a las tostadas, pero hemos acabado pasando el día juntos. Uno de ellos decía que nunca había estado en el Rastro. Yo estuve el año pasado con un amigo de Galicia, que lo visitó por primera vez. Mis recuerdos acerca de ese monumento turístico dinámico se remontan a la infancia y a la familia periférica, por un lado. porque un tío mío de Madrid me contaba que acudía cada domingo a primera hora, por otro lado, porque lo visité con una tía y una prima, que me regalaron varios objetos. Acierta Andrés Trapiello cuando dice que “El Rastro es muchas cosas pero, sobre todo, es un lugar al que la gente va, aunque no lo sepa, a buscar su pasado”. Francamente, no tengo especial afición por el Rastro pues la parte que me interesa, que está en la Plaza del Campillo Nuevo, la suplí desde hace tiempo gracias a TodoColección e IberLibro. Y me agobian las aglomeraciones que se forman a partir de las diez bajando la calle Carlos Arniches y aledañas, campo fructífero para carteristas. La solución para evitar las avalanchas de turistas es madrugar, claro. Hay muchísimos puestos iguales, diferentes en función de lo que se lleve: hoy predominaban los pendientes de plata, las chaquetas de piel “de borreguito” y, esto siempre, la marroquinería. Amenizan el paseo los distintos músicos ambulantes y la conciencia de que no hay visita igual, a pesar de todo, y en mi caso porque el/ los acompañante-s me brindan un paseo de amenidad al intercambiar impresiones calle abajo.

Entender

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Hoy me encuentro de casualidad con estos versos de Jorge de Montemayor:

¿Qué mas gloria que miraros,
Si os entiende el que os miró?
Porque nadie os entendió
Que canse de contemplaros:
Y aunque no pueda entenderos
Como yo no os entendí,
Estará fuera de sí
Cuando no muera por veros.

Jorge de Montemayor

El poema –este es el fragmento que más me gusta– comienza “Alcé los ojos por veros”. A mí también me gustaría alzar los ojos. Pero ¿hacia qué dirección?

Los telediarios a veces parecen magacines superfluos. En la cafetería del Archivo, siempre tienen programado el canal de TeleMadrid. A una noticia sobre el primer prostíbulo de muñecas de silicona le ha seguido el descubrimiento de que el Partido Popular contrató un mercenario para secuestrar a los Bárcenas.  Y ayer dijo el doctor Sánchez que las autonomías habían contribuido a la igualdad. Si hubiera que hacer una lista con las noticias y frases más inverosímiles de la jornada, sería ardua tarea escoger el ganador.

Auden

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W. H. Auden es uno de esos poetas que, al contrario que otros cuya lectura en su día me entusiasmó, me sigue pareciendo estupendo cada vez que regreso a él. Me he detenido en una expresión que me parece magnífica: la deuda de la imaginación. Parece el título de una novela decimonónica. Pertenece a su poema, a ratos desigual, “Epílogo” —me gusta solo a partir del verso “El tiempo te ha enseñado…”—. La deuda de la imaginación es el pecado original del laico, que se arrastra hasta el fin de los días y que de ningún modo se consigue saldar. Sin embargo es el motor que nos empuja, aunque los pasos den a parar al precipicio. Solo por aquellos momentos dorados de los que habla Auden merece la pena asumirla.

*hoy, de camino a la UCM, he visto que se ha cambiado el nombre de la estación “Metropolitano” por “Vicente Aleixandre”, poeta que nunca ha conectado con mi sensibilidad (sorry!). Si el Ayuntamiento pretende honrar el nombre del poeta, quizá hubiera sido más operativo hacer algo con la casa en ruinas. Pero claro, eso lleva más tiempo y mayor inversión.

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Anoche me pasó algo mágico derivado del almanaque. Escribe una estas líneas sin saber a dónde llegan y mucho menos cómo pero, como digo, anoche recibí un mensaje que me alegró enormemente. En unos días este lugar cumplirá un año y, en este tiempo, ha pasado de todo, incluso me temo que se ha constituido un club de agraviados formado por personas que se dieron por aludidas en frases que ni siquiera contaban con un referente concreto. Es un mal intrínseco de la escritura: pones algo de carácter misterioso o crítico y cinco creen que va por ellos, y si ocurre que hay una verdadera motivación por lanzar alguna indirecta, el destinatario ni lo lee o ni se percata. Pero en general lo bueno supera con mucho a estas pequeñas espinas. A veces se tiene la sensación de que, al igual que en un aula, se está explicando un tema al auditorio y solo uno o dos alumnos te miran con atención, acaso con expectación. Solo si hubiera uno o dos lectores ya sería suficiente, pues se da la diferencia de que en este caso el tema, que es la vida, me la intento explicar a mí. Para ese alumno que toma sus apuntes con ahínco, pese a mi inexperiencia, hablo; para esa persona que se encuentra enfrente del ordenador escuchándome, no obstante los defectos que sin duda hay, escribo. A ti, gracias.