Noches y días

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Me desvelo últimamente en torno a las cuatro de la madrugada —la mayoría de las veces evito mirar la hora porque saberlo me pone más nerviosa—. Lo bueno es que me pongo a pensar y se me ocurren ideas para el almanaque; lo malo es que me creo que me voy a acordar al día siguiente pero siempre se me olvidan, aunque algunas aparecen días después. La solución fácil y práctica sería apuntarlas, pero el médico me prohibió hacer nada en esos momentos de insomnio. Me decía JCM hace poco que a él se le ocurren los poemas nada más despertarse. En su caso se trata de la hora en la que comienza la jornada. “Un día me volví a acostar para levantarme de nuevo, a ver si venía otro”, me comentaba riendo. Él es muy buen lector de Jung, de manera que ese interés por lo post-onírico se puede rastrear ahí, o tal vez se trate de pura inspiración. Los dioses y el primer verso, Paul Valéry, etc. Algo de eso debe de haber, pero considero que lo fundamental es el trabajo, el pico y pala. Solo así se prepara un buen decorado para que acuda la musa cuando le parezca e ilumine la instancia. Hablo de musas con bastante escepticismo y algo de sorna, pues esa palabra me evoca una escena que viví en mis años más juveniles. Una amiga me invitó a visitar un encuentro de aficionados a la poesía que organizaba una mujer a la que el imaginario colectivo calificaría de poetisa sin plantearse la posibilidad de no tener ningún poema en su dorado cuaderno. Mientras se enfriaba un poco el té que pedí, la observaba detrás de una vela que, debido a la cada vez menor cantidad de cera, se zarandeaba violentamente. No paró de hablar en toda la hora, que se me hizo eterna. “Yo cuando llegan las musas debo encerrarme en mi habitación. Siempre, con llave, porque me aporta la sensación de estar sobre mí misma, completamente en mí. Me siento hasta quedar extasiada. Esos días me entrego al papel y pierdo la noción del tiempo, de hecho puedo estar perfectamente sin comer nada horas y horas”.

Por aquella época, me hacía gracia la idea decimonónica del genio-creador-loco, así que al salir del bar me decía “vaya, pues mis musas serán de las de 20€ la hora y lo básico, porque yo no paso días enteros escribiendo encerrada”. Afortunadamente, poco después leí a Gerardo Diego y a Dámaso Alonso y ese prejuicio se demolió. O tempora!

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