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Paso un momento por aquí para consignar el momento feliz que me ha producido la lectura del primer libro de Felipe Camino Galicia de la Rosa, es decir, León Felipe. Imagino a este hombre escribiendo estos versos entre el pequeño pueblo de Almonacid de Zorita, provincia de Guadalajara, y Madrid, que sin saber lo que se le venía encima imprimió al conjunto un título profético: Versos y oraciones del caminante. Este es uno de sus primeros poemas; me parece magnífico, por hondo e, insisto, premonitorio:

No quiero el verbo raro
ni la palabra extraña;
quiero que todas,
todas mis palabras
–fáciles siempre
a los que aman–,
vayan ungidas
con mi alma.

El poema que más me ha gustado, con el que he sentido una emoción profunda, ha sido este:

Cuando me han visto solo y recostado
al borde del camino,
unos hombres
con trazas de mendigos
que cruzaban rebeldes y afanosos
me han dicho:
—Ven con nosotros,
peregrino.

Y otros hombres
con portes de patricios
que llevaban sus galas
intranquilos,
me han hablado
lo mismo:
—Ven con nosotros, peregrino.

Yo a todos los he visto
perderse allá a lo lejos del camino…
y me he quedado solo, sin despegar los labios, en mi sitio.

La obra posterior de León Felipe no me gusta tanto, pero solo por estos dos textos, “solo” por Versos y oraciones de un caminante, se merece un ticket para el panteón de la poesía.

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