Devolución

Hoy en el metro he coincidido con un chico que, acompañado de una guitarra vieja, entonaba una canción cuya letra resulta demasiado edulcorada y que se ha convertido en uno de esos clásicos de radiofórmula. Sin embargo, ha tenido lugar un momento mágico en el que los acordes han traspasado mi alma. Nadie prestaba atención —móviles, algún libro, pero todos en silencio—, excepto yo, que he levantado la cabeza. En ese momento ha depositado su mirada en mí, mientras cantaba “Vida, devuélveme mi fantasía. Mis ganas de vivir la vida. Devuélveme el aire”. Independientemente de, como decía, el carácter de la letra —conforme avanzaba la música, más agonizante—, he visto mucha verdad en sus acordes. Quizá realmente se lo estaba pidiendo a alguien, a quien compadezco por la tamaña responsabilidad. Se ha despedido con “Las noches me saben a puro dolor” y me han dado ganas de acercarme a él, ponerme la mano en el hombro y decirle “Tranquilo. Se pasa”.

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