Constituciones

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Me caduca en unos días la tarjeta del Club de Renoir y, como me quedaba una invitación sin gastar, he aprovechado para pasar algo más de una hora fuera del mundo en esta apacible tarde de domingo. Últimamente no me ha llamado la atención ningún film, así que he fundamentado la elección en la estética del cartel, como ocurre con los ligues de discoteca. The Guilty me ha parecido una película estupendamente narrada; en particular, me ha interesado el cuestionamiento de ciertas ideas preconcebidas referentes a historias domésticas. Y la constatación de que, pese a todo, existe la posibilidad de redención. Al salir del cine, paso delante de una de esas franquicias-librerías cuyo reclamo es, en su totalidad, comercial: un libro por 3€, dos por 5€, incluso libros al peso. Puede que algún crítico marxista-leninista esté trabajando en un sesudo artículo académico, tal vez un ensayo, sobre los métodos capitalistas de cuantificación del valor del libro. En el escaparate estaba el Cuaderno amarillo de Sálvador Pániker, autor ya olvidado apenas un año después de la publicación de su diario póstumo. Le comentaba esto último a JCM, íntimo amigo suyo, y me dijo que en Barcelona no lo percibía así. En cualquier caso, Diario de otoño me sigue pareciendo un libro inolvidable.

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Una prima pequeña me ha llamado aterrada porque debe leer el Lazarillo de Tormes y dice no entender nada. Me pregunta si lo he leído, y dice que es muy difícil, que no está escrito en español. Puede que a los ojos de un lector novel ya no sea español —esto es muy discutible, obviamente— pero de lo que no cabe duda es que lo que cuenta el desconocido autor de esta célebre novela picaresca es completamente español.

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Río Duero

 

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Antonio Machado

Ayer me desperté cuando aún era de noche para dirigirme a la Avenida de América, donde me subí a un autobús con destino Logroño. Yo me bajé en Soria. Cuando el conductor abrió la puerta a los pasajeros, una mujer mayor adelantó la cola y gritó “¿¿Este es el bus que va a Soria??”. Le contestaron varias personas que sí, y dejó de un golpe el maletón que portaba. Ya habíamos subido algunos cuando decidió pasar, sin considerar el orden de la fila. “¡Ay, hija mía! ¿Este es el 26? Me voy a sentar contigo, guapa”. “Este es el 13, el 26 está más para atrás” (mientras decía esto, ya se había formado tapón en el pasillo). Finalmente, se sentó al lado de una mujer —desconozco si sería el número asignado—, con el respaldo inclinado al máximo y una manta gigante que alcanzaba su barbilla. Mientras se acomodaban los demás, he escuchado alguna pregunta que le formulaba a su compañera. “¿Estás novia?” le ha dicho, y todos hemos podido conocer que sí, pese a que no nos interesaba. “Yo voy a ver a mi hijo, que está en la cárcel”. “Vaya ¿y eso?”, “Es que se porta muy mal, se porta muy mal…”, “Le tienes que decir que se porte bien”, “Se lo digo, pero no me hace caso”. Por fortuna, al arrancar el vehículo se ha callado y me he podido dormir un poco. He despertado en Medinacelli, un pueblo de piedra marrón que me ha trasladado a otro siglo. Los pueblos manchegos se caracterizan por una mayor plasticidad, son más nuevos —en Castilla y León hay rastreos de épocas celtibéricas— y las construcciones se rematan con fachadas blancas de zócalos azules o granates, en función de la comarca. Esa rocosidad ha sido la tónica de Almazán y, al cabo, Soria. La literatura, o por lo menos la Historia de la literatura, está presente en esta ciudad, pues en ella residieron Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego. Aparte de las reliquias turísticas, como un olmo seco, supuesto olmo original que inspiró a Machado para su poema, que hace las veces de sábana santa de la literatura, espada del Cid o mano del Ché, hay una influencia verdaderamente latente de Soria en la obra de estos tres escritores. En el caso de Machado, Soria significó la estabilización laboral y sentimental-formal, pues allí contrajo nupcias con Leonor.  Me ha gustado pasear por el parque Alameda y recorrer de arriba abajo y de abajo arriba la calle principal, en buena compañía y con la guía formidable de JLS. Regresé a Madrid, de nuevo de noche, con el recuerdo ya perenne de una Soria sucedida.

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Gerardo Diego

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