Feliz año

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última foto de 2018

Un año más que se escapa inasible, cada vez más rápido. Nos acercamos al cierre de la primera década del siglo XXI, sin saber aún si estamos en una nueva era y con la seguridad por parte de muchos de que estamos ante un fin de civilización. Graves problemas políticos acaparan las páginas de los diarios, algunos de ellos sin solución aparente —y el mapa de partidos españoles se ha transformado, dejando atrás el tradicional bipartidismo—. Nuevas profesiones y problemas sociales desafían nuestras creencias; ideas que creíamos superadas renacen con notable aceptación. Imposibilidad de pensar en el largo plazo, amistades esparcidas por el mundo, comunicación en medios fríos que a la fuerza se vuelven calientes. ¿Se termina un año o lo terminamos nosotros?

Os dejo, a modo de postal escrita, estas palabras de Eugenio D’Ors:

¡Noches claras de fin de diciembre! ¡Noches propicias a la meditación, cuando el año agoniza!

Salimos de 1923 desolados, pero muy limpios… Nuestras almas son hoy como aquellos pueblos que las batallas arrasaron, y en donde se han barrido los escombros antes que dar principio a la nueva faena de construir y de sembrar. Eugenio D’Ors, Nuevo glosario (1947)

Sigamos el surco de nuestro arado y alarguémoslo. Que paséis muy buena noche y gracias por ir arrancando conmigo las hojas del almanaque.

Baja temperatura

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He salido a dar un paseo por el campo. Las viñas están juanramonianas, sin aspavientos retóricos pero con la seguridad de que habrá frutos. Y están marrones, enjutas, frías. Quizá yo también lo estoy —fría—. Alguna piedra complicaba el camino y me acordaba de esos versos de León Felipe en los que dice:

que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera.

Qué fácil es olvidar lo que nunca has disfrutado; qué ligereza descubrir que lo que creías roca es en realidad una diminuta piedra de río. Buenas noches.

Solo serrín

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“Antes a los profesores universitarios se les respetaba, eran alguien, ahora ya ni eso. La gente admira más a Belén Esteban”, me dice un profesor universitario que a lo mejor sueña con tener una alfombra roja a la salida de su Facultad. Cuando un alumno me escucha con atención o encuentro en alguna práctica alguna referencia de las llamadas secundarias, o han prestado atención a un autor que les he recomendado, ya me siento muy respetada. Lo que piense el vecino de la esquina me da igual.

Esta mañana he ojeado uno de los diarios del cosmopolita Rufino Blanco-Fomeona, uno de los personajes de mi Tesis. Dice en unas palabras preliminares: “Todo libro de memorias, todo diario de vida, choca a una minoría: los pascalianos enemigos del yo. En cambio, puede interesar, por humilde que la obra sea —y el yo y la vida que la obra transparente—, a los que piensen que nada hay más importante para el hombre que el hombre mismo; que todo, hasta las ideas más abstractas, los descubrimientos científicos más osados, las pasiones más motoras del universo social, van implícitas en ese muñeco de dos piernas, dos brazos, un cuerpo trufado de entrañas y una cabeza a menudo solo de serrín”. Una obviedad bien expresada vale más que intentar descubrir la pólvora —entre otras razones, porque te terminas quemando—.

Niebla

niebla

foto de Pinterest

He visto un ambiente nocturno a la luz del día, o un día que parecía noche, en el trayecto hacia Alcázar. Una niebla envolvía el automóvil y apenas se veía más allá de dos líneas separadoras de carriles. Viento seco, frío seco y niebla seca: Castilla. La masa blanca impedía ver nada que no fuera los faros de coches, como búhos descubiertos. Al ascender hacia Campo de Criptana, se ha reducido la niebla y los molinos se han descubierto rodeados de discos de cobre. Golpeados por el viento seco, pero las aspas no se movían. Hace tiempo que no se mueven. Y al bajar de nuevo hacia Alcázar, otra vez la niebla. Oscuridad blanca y miedo por ignorar las señales. Aqueronte, río del dolor, el camino a Alcázar.

Aviones

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Es impresionante la cantidad de pájaros “aviones” (se llama así la especie) que volaban sobre el pueblo hace un par de días. Se movían en círculos, siempre en grupos, y permanecieron en el lugar donde tomé la foto un largo rato. Dirigen su rumbo a África, para pasar el invierno. Yo en un par de meses me subiré a un avión y me marcharé. Pero no sé si, como estos pajarillos, volveré. Y, al contrario que ellos, me voy sola.

Hoy he escuchado por primera vez una canción que ya se ha convertido en una de mis preferidas. Se titula “Perdona (ahora sí que sí)“. Sus dos primeros versos:

Se me olvida que no me quieres

Sobre todo cuando es viernes

¿Hace falta más? Y sin embargo sigo olvidándolo a veces.

Noches y días

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Me desvelo últimamente en torno a las cuatro de la madrugada —la mayoría de las veces evito mirar la hora porque saberlo me pone más nerviosa—. Lo bueno es que me pongo a pensar y se me ocurren ideas para el almanaque; lo malo es que me creo que me voy a acordar al día siguiente pero siempre se me olvidan, aunque algunas aparecen días después. La solución fácil y práctica sería apuntarlas, pero el médico me prohibió hacer nada en esos momentos de insomnio. Me decía JCM hace poco que a él se le ocurren los poemas nada más despertarse. En su caso se trata de la hora en la que comienza la jornada. “Un día me volví a acostar para levantarme de nuevo, a ver si venía otro”, me comentaba riendo. Él es muy buen lector de Jung, de manera que ese interés por lo post-onírico se puede rastrear ahí, o tal vez se trate de pura inspiración. Los dioses y el primer verso, Paul Valéry, etc. Algo de eso debe de haber, pero considero que lo fundamental es el trabajo, el pico y pala. Solo así se prepara un buen decorado para que acuda la musa cuando le parezca e ilumine la instancia. Hablo de musas con bastante escepticismo y algo de sorna, pues esa palabra me evoca una escena que viví en mis años más juveniles. Una amiga me invitó a visitar un encuentro de aficionados a la poesía que organizaba una mujer a la que el imaginario colectivo calificaría de poetisa sin plantearse la posibilidad de no tener ningún poema en su dorado cuaderno. Mientras se enfriaba un poco el té que pedí, la observaba detrás de una vela que, debido a la cada vez menor cantidad de cera, se zarandeaba violentamente. No paró de hablar en toda la hora, que se me hizo eterna. “Yo cuando llegan las musas debo encerrarme en mi habitación. Siempre, con llave, porque me aporta la sensación de estar sobre mí misma, completamente en mí. Me siento hasta quedar extasiada. Esos días me entrego al papel y pierdo la noción del tiempo, de hecho puedo estar perfectamente sin comer nada horas y horas”.

Por aquella época, me hacía gracia la idea decimonónica del genio-creador-loco, así que al salir del bar me decía “vaya, pues mis musas serán de las de 20€ la hora y lo básico, porque yo no paso días enteros escribiendo encerrada”. Afortunadamente, poco después leí a Gerardo Diego y a Dámaso Alonso y ese prejuicio se demolió. O tempora!

En este sitio

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Paso un momento por aquí para consignar el momento feliz que me ha producido la lectura del primer libro de Felipe Camino Galicia de la Rosa, es decir, León Felipe. Imagino a este hombre escribiendo estos versos entre el pequeño pueblo de Almonacid de Zorita, provincia de Guadalajara, y Madrid, que sin saber lo que se le venía encima imprimió al conjunto un título profético: Versos y oraciones del caminante. Este es uno de sus primeros poemas; me parece magnífico, por hondo e, insisto, premonitorio:

No quiero el verbo raro
ni la palabra extraña;
quiero que todas,
todas mis palabras
–fáciles siempre
a los que aman–,
vayan ungidas
con mi alma.

El poema que más me ha gustado, con el que he sentido una emoción profunda, ha sido este:

Cuando me han visto solo y recostado
al borde del camino,
unos hombres
con trazas de mendigos
que cruzaban rebeldes y afanosos
me han dicho:
—Ven con nosotros,
peregrino.

Y otros hombres
con portes de patricios
que llevaban sus galas
intranquilos,
me han hablado
lo mismo:
—Ven con nosotros, peregrino.

Yo a todos los he visto
perderse allá a lo lejos del camino…
y me he quedado solo, sin despegar los labios, en mi sitio.

La obra posterior de León Felipe no me gusta tanto, pero solo por estos dos textos, “solo” por Versos y oraciones de un caminante, se merece un ticket para el panteón de la poesía.