Tan solo un día

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Escribo estas líneas con un profundo dolor de estómago. Creo que he sufrido una intoxicación. Maldigo la hora en que pasé al bar más cercano al Archivo para comer algo rápido a mediodía. Desde el principio, comenzó mal, pues tuve que reclamar al camarero que no me atendiera. “Ah, pensaba que estabas esperando a alguien”. En sentido figurado, puede, pero en ese momento no. Para colmo, en una mesa adyacente, un grupo que hablaba altísimo y se refería a sus conocidos como “la Carmen”, “la chica esa”, etc. Ha comenzado a llover y, al regresar, apenas he podido contemplar el árbol de la foto, que me ha parecido estupendo. Lo más bonito que he visto hoy.

Las causas

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En el metro, de vuelta de una tarde de archivo, se ha sentado a mi lado un chico pelirrojo con las gafas de la misma montura que las mías. Ha sacado un libro de la editorial Debolsillo. En un encabezamiento, “Causas de la felicidad”; en otro, “Entusiasmo”. Con los años empiezo a valorar la posibilidad de que el entusiasmo sea, por el contrario, causa de los males del ánimo y desafecciones varias. Se trataba de La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell, un clásico contemporáneo y motivo –a pesar de que estimo al autor–, que confirma que no he encontrado a mi alma gemela –al menos, en lo tocante al aspecto físico–. Quizá yo me inclinaría por Causas de la melancolía, título ficticio, o directamente por Henri-Frédéric Amiel.

Loterías

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Cada año, por estas fechas, se coloca en la entrada del CCHS una mesa dispuesta para vender lotería de una sucursal de Ciudad Lineal. Avisan por correo electrónico cuándo vendrán, pero no recuerdo haberlo leído, pues la mitad de los mensajes que recibo en la cuenta institucional son spam y muchos ni los abro. Un compañero me comentó que la mañana del jueves estarían vendiendo en una hora determinada. “¿Te animas a comprar? Si no llevas suelto, te lo compro y luego me lo das”. Otros años sí que he comprado, animada por la novedad. Pero este año he rehusado gastarme 20€ en una ilusión.  Con esa cifra, puedo comprarme un buen libro y me sobran unos euros para una merienda. 16€ costó Impresiones provinciales, volumen del que he disfrutado este fin de semana. Los buenos ratos que me ha hecho pasar, leyendo las reflexiones de Jiménez Lozano, sumados a la dedicación del trabajo gustoso, mi propia compañía y la de los seres queridos, son mi lotería preferida.

Anoche no me podía dormir porque terminé un texto y sentía que había algo que fallaba. Lo releía concienzudamente, pero no daba con el quid. Le he consultado a Md’s, que es quien más sabe del autor del que hablaba, y generosamente —como siempre— me ha asesorado. Excelentes correcciones, pertinentes y agudas, llegando a mostrar puntos ciegos para neófitos como yo. Todo a resultas de su bagaje y, particularmente, de su gentileza. Algunas personas se limitarían a esbozar unas vaguedades para quedar bien; otras, por el contrario, a esgrimir frases lapidarias —incluso, hirientes— para poner de manifiesto su superioridad intelectual. Cuando uno da a leer un texto inédito a alguien debe hacerlo porque confía en él/ella. Releyendo de nuevo mis líneas, e incorporadas las sugerencias de M, me he dado cuenta de que el problema de fondo residía en que no estaba convencida de lo que yo misma afirmaba. Ahora, sí.

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Espero que os guste la nueva imagen. Se trata de una foto de los molinos de Consuegra. Estoy más familiarizada con los molinos de Campo de Criptana, Alcázar de San Juan y Mota del Cuervo, pero esa imagen me gusta por los colores, acordes con la estética del blog, y también porque al fondo se ve el pueblo, visión de un conjunto modesto de casas, con los límites muy definidos y que lindan con el campo manchego, a la que sí estoy más acostumbrada. Fotografía provincial —me ha gustado este término empleado por Jiménez Lozano, en lugar del manido y deliberadamente despectivo provinciano—, con la que seguimos adelante, casi —¡ya!– un año después de la inauguración.

Dos cajeros del Supercor, esta tarde:

— ¡Hoy espérame al salir, que siempre te vas corriendo!

— Hija, es que tengo un iPhone que cargar.

— ¡Y yo una familia que cuidar!

Sábado

Encuentro un papel traspapelado en una fotocopiadora en el que se afirma que “leer un diccionario es algo ameno y divertido”. Desde luego, esa frase parece escrita al calor de un diccionario de sinónimos, pues ameno significa lo mismo que divertido, pero la cuestión de fondo es que me parece de un postureo sin ambages. En diccionarios de naturaleza enciclopédica, como el biográfico o la Espasa, puede, pero el placer propio de la buena lectura es antagónico al fin de una obra destinada estrictamente a la consulta.

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Recibo un correo en el que me felicitan la Navidad. Un 17 de noviembre. Y no me llama la atención, pues el calendario lo marcan los centros comerciales y supermercados, que llevan días ofreciendo productos navideños. Se ha perdido la conciencia del sentido de las fiestas y por supuesto se ha perdido también el trasfondo religioso de las mismas. El consumo desaforado —y guiado— me aburre. Al hilo de esto, mi móvil está dando sus últimas bocanadas. Solo tiene poco más de un año de vida y, teóricamente, era de los mejores cuando lo compré. La obsolescencia programada otorga cada vez menos margen. Lamento tener que plantearme por un segundo la necesidad de sustituir el terminal por uno nuevo que seguramente dure menos aún. Busco las últimas novedades y veo un móvil con cuatro cámaras traseras. ¿Para qué tanto? Usar y tirar, usar y tirar. Y así ad infinitum.

Esta mañana he ido a una nueva peluquería que han abierto en el barrio. La experiencia no ha podido ser mejor. El peluquero ha captado mis preocupaciones y las ha comprendido, proporcionándoles solución eficiente. Me ha cortado mucho el pelo, y no me ha importado. Ha sido el primer profesional del cabello que no me ha dicho “ay, qué pelo tan bonito ¿es tuyo? / ¿es natural?” y por eso desde el principio me ha caído bien. Uno llega a un punto en el que prefiere que le respeten y le comprendan, en lugar de recibir propinas fundamentadas en la falsedad. Los productos son orgánicos y me han parecido magníficos; el champú, por ejemplo, olía a plantas. Cambiarse el look es el telón que abre una nueva etapa. Ha empezado hoy.

Gracias

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“Lo importante no es lo que podría hacer, sino lo que quiero hacer. Libre es apenas nada, voluntario es mucho más”. Esto dice Antonio Cabrera en su primer libro de aforismos, cuyo título me parece estupendo: Gracias, distancia. A la distancia agradezco haber colocado mis emociones, que a veces parecen jugar al corro de la patata. La distancia me ha señalado seres que solo provocaban daño —esa distancia ha servido, además, para descubrir sus mentiras sistemáticas—, y al mismo tiempo ha puesto de relieve que tal vez he perdido a buenos amigos que me tendían la mano y, por distintos problemas, he sido incapaz de cuidar. Siento que me voy quitando una losa invisible y este vacío se va llenando de determinación. Por eso, esta mañana me he derrumbado junto a mi compañero y amigo F., que me ha dejado este libro —AC fue profesor suyo—, y me ha enseñado los agradecimientos de su Tesis, hoy terminada. Me ha dedicado unas palabras verdaderamente afectuosas, pero lo que ha conseguido exteriorizar los sentimientos más profundos ha sido el párrafo que brinda a sus padres y hermana. En esas líneas en las que habla del sacrificio de sus progenitores y de su apoyo constante he visto reflejada mi situación, similar. Al cabo la fortaleza de uno pivota sobre un eje clave: la familia íntima. Lo demás, exceptuando amigos cercanos —debo evitar a toda costa, después del más reciente desengaño vivido, extrapolar la desconfianza a todos—, es el atrezzo del mundo.

El abrazo de una generación

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JCM con su cuaderno, siempre en el bolsillo de su chaqueta. (13/XI/18)

José Luis Cano publicó en 1960 una selección de poetas jóvenes para el número extraordinario de Navidad de la revista Destino. Algunos no continuaron en el circuito literario más allá de los años 70. Este tipo de ejercicios de canonización prematura no ha perdido su carácter de oráculo artificial, a veces escacharrado. Entre los poetas, figuraban José Corredor-Matheos y Aquilino Duque. Esta semana, los dos han visitado Madrid por distintos compromisos en su agenda. Hace años, me cuenta JCM, se conocieron, y la charla fue muy amigable, pero no volvieron a coincidir (JCM reside en Barcelona; Duque, en Sevilla). El martes por la mañana, en el comedor de la Residencia de Estudiantes, se encontraron y se fundieron en un abrazo lleno de afecto. “Sentí como si lo conociera de siempre”, dice JCM. Ojalá haber presenciado ese momento.

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Dice Manuel Gutiérrez Aragón que “en el cine, la naturalidad es algo que se fabrica”. Ante algunos casos, cada vez estoy más convencida de que su acertada cita se puede ampliar: “en la vida, la naturalidad es algo que se fabrica”. A veces me ocurren determinados sucesos que, de contarlos, convertirían a este almanaque en el texto de un epígono de los creadores de películas de Antena 3. Pese a ello ¿escribirlos? Sí. Publicarlos aquí, de momento, no: la verosimilitud también tiene su fase de producción.

No querías creer

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Ayer tuve una conversación sobre Gabriel Ferrater y recordé que hace mucho que no lo leo. He buscado mi ejemplar de Las mujeres y los días y he visto una etiqueta verde que señalaba “Atardecer”. El principio no me ha dicho nada. Pero hay dos versos que parecían hablarme directamente: “demasiado corazón disponible / demasiado exceso de nosotros”. Y otro poema, que lleva por título “A media mañana”, me ha interpelado también. Concluye así, amargo y verdadero:

(…) Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.