Retazos, Antonio Duque Amusco

*comparto en el blog la reseña de Retazos (Renacimiento, 2018), de Antonio Duque Amusco, publicada en el suplemento literario “El posdata de hoy”, de Levante-EMV, pues no se puede leer completa en su página web.

Imagen Retazos

Hilvanar la memoria

Glosar un libro de haikus puede resultar una tarea tan inane como compleja, en tanto que supone explicar lo que no requiere palabras: una fotografía emocional, lograda mediante diecisiete sílabas cuya cohesión da lugar a un destello. La buena salud del haiku en España debe ser considerada al calor, por un lado, del auge de las formas breves, como el aforismo y el microcuento y, por otro, como parte —o, por lo menos, como algo no ajeno— del creciente interés por lo oriental. Cualquier moda procedente de otra cultura —de otra cosmovisión, incluso—, pasada por el filtro occidental, corre el riesgo de convertirse en una parodia de sí misma. No sucede así con Retazos (2018), el libro de haikus de Antonio Duque Amusco (Madrid-Sevilla, 1943), pues no condesciende al orientalismo impostado ni presenta tanteos apresurados. La obra ha visto la luz en la editorial Renacimiento, como todas las anteriores del escritor (La pared vertical, de 1998; Una luz que se va, de 2003; y Las sombras del silencio, de 2013).

El autor incluye un brevísimo prólogo en el que cuenta cómo se produjo su incursión en el género: un amigo le regaló En las orillas del haiku (2004), de Jesús Montero, lo que supuso su primer acercamiento. Años después, confiesa que disfrutó de la lectura de La enredadera (2016), de Susana Benet, obra que le animó a dar el paso definitivo.

El título, Retazos, evoca una consideración de las composiciones poéticas como retales hilvanados por la melancolía. Esta galería de piezas tira de dos hilos: “Vivencias” y “Evocaciones”, dos partes que, leídas por separado, se nos antojan independientes; en conjunto, iguales por el poso nostálgico, algo machadiano también. Cada haiku, aislado, sorprende no por lo que cuenta, sino porque parece estar recordándonos un retazo de nuestros anaqueles de la memoria. “Llega el otoño. / Ya no hay niños jugando / con el verano”.

El libro comienza con unos versos de Francisco Brines, pertenecientes a El otoño de las rosas (1986). Se trata de una cita que consigna las intenciones del autor: “Cuando la edad es ya desventurada, / y es un pétalo el día / y apenas quedan rosas, / no es posible que el mundo pueda ser recobrado…”. Queda la incógnita acerca de si habrá un mañana. Por lo menos, los haikus de Duque recogen el rumor de esos pétalos y evitan que caigan al vacío. En “Vivencias”, el poeta recupera una serie de imágenes de su infancia, que encierran sensaciones y que giran, fundamentalmente, en torno a las estaciones del año, a la naturaleza, a recuerdos de un patio de Sevilla (“Geranios blancos; callejas de mi pueblo, flores de cal”) y a un huerto claro donde madura el limonero (“Del limonero / he cortado tres ramas / por ver el cielo”). Hay un afán de introspección en “Evocaciones”, mitad de la obra en la que se recuerda un amor desaparecido, del que apenas queda un rumor: “Duele la ausencia. / Son las lamentaciones / de un hombre solo”. Provoca que el sujeto se difumine a través de la luz de un cristal, o bien que se identifique con el viento, única posibilidad de acercarse a esa persona llorada. Como decía, hay una coherencia entre las dos partes, que se puede rastrear en haikus concretos, como estos dos, cuyo esquema se repite con un final y una puntuación distintos: “Tarde de invierno. / Al calor de la lumbre / vuelve la muerte”, en la primera; “Tardes de invierno: / al calor de la lumbre / duele el olvido”, en la segunda.

Duque pregunta en uno de los haikus ¿para quién vivir? La lectura de este libro es una respuesta en sí misma: no hay para quién ni para qué, tan solo queda contemplar el paisaje y habitar el tiempo. “Nada regresa / tras las horas perdidas. / Faltan promesas”.

13/X/2018

 

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