Banderas

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Foto de José Luis Sevillano

En determinados momentos uno desearía que existieran banderas que, como las de la playa, te avisaran de los peligros del enjambre social. La de color amarillo nos avisaría de las precauciones a tomar en el trato. El equivalente de no bañarse donde no se toque fondo sería no confiar jamás tus secretos. Pero, evidentemente, no existen, y la intuición que uno presume tener falla en la mayoría de las ocasiones.

El cuaderno de las cosas importantes

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Hoy he pasado prácticamente todo el día en la Biblioteca Nacional. Desde el piso, aún parece que escucho el ruido del microfilm. Consultando El Norte de Castilla, he podido leer textos tan interesantes como este:

“Antonio Machado, refiriéndose a la cultura, precisa hasta estos extremos, en una página fechada en 1922: Acaso el deber del Estado sea, en primer término, vetar por la cultura de las masas, y esto, también, en beneficio de la cultura superior. No puede atenderse con preferencia a la formación de una casta de sabios, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se seca por la raíz. Pero los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de los aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como un privilegio. Arriba, los hombres capaces de conocer el sánscrito y el cálculo infinitesimal: abajo, una turba de gañanes que adore al sabio como a un animal sagrado”.

A mediodía, he salido hacia el Café Gijón, donde MGA me esperaba para comer. Allí nos hemos encontrado con CAM, exministro poeta. “Ah, te he traído una cosa”, dice M. Y me ha regalado este cuaderno, con el símbolo hindú “om”. “Para que sigas escribiendo tu diario”.

Domingo

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Vista El club de lectura. Comedia romántica y entretenida con la que me he reído mucho, o sea que cumple su función. Me ha gustado verla desde fuera, sin llegar a sentirme identificada con ninguna de las protagonistas, algo que sí ocurrió la semana pasada con Mary Shelley y que me dejó un regusto amargo en el final, con el que estoy en desacuerdo y con el que marché Gran Vía arriba en yerma desolación. Meterme durante dos horas en el cine —hoy en los Renoir Retiro— para ver una película pastelera me ha proporcionado la amable compañía de un grupo de mujeres divertidas y con ganas de enamorarse sin complejos. Y por si al salir no quedase suficiente cantidad de azúcar, he pasado por la Pastelería Saul a por unos mini croissants —están mucho mejores que los famosos “manolitos”—. Así que dejo dos recomendaciones, una de ellas imprescindible.

Riesgos

homer besándose

Entre ayer y hoy, lectura —lo he dejado a la mitad— de un diario cuyo/a autor/a conoce MGA, que me avisó de que no me iba a gustar. Ha acertado, pese a que intenté comenzar en blanco. Ese diario me ha puesto sobre la mesa, de nuevo, las preguntas de Witold Gombrowicz que me formulé a mí misma cuando inicié el almanaque: “¿Para quién escribo? Si escribo para mí ¿por qué va a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué finjo dialogar conmigo mismo?”. La apatía que me ha provocado se ha producido por dos razones fundamentalmente, ligadas al diario como género y la cuestiones planteadas por aquel diarista de fuste. El/la autor/a escribe para sí mismo, acumulando una serie de neuras oportunas para una consulta de psicoanálisis, pero para un dietario con vocación de ser publicado no. Una consecuencia inmediata es que no se logra empatizar en ningún momento y los temas que trata carecen de interés —al menos, para mí, no dudo de que la sensibilidad de otros conectará sin fisuras—. Esto último enlaza con un aspecto del diario que no se debe obviar: en un género en el que el llamado yo tiene tanto peso, se infiere connatural a él lo siguiente: el interés que te genere el autor va a ser determinante, para leerlo o para no abrir nunca una página / visitar la web. Y ocurre que, si no te habías hecho ninguna composición sobre el autor/a, puede llegar a caerte mal conforme avanzan las páginas —esto ha sido el desencadenante de mi abandono—. Es otro riesgo que entraña el diario. Y que asumo.

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Esta mañana, mientras esperaba a que me hicieran las uñas, me he puesto a pensar en por qué mi relación —es demasiado llamar de ese modo a ese vínculo, mejor diré “trato”—, mi trato con Luis —claro que no se llama así— es de un fondo frío, distante y antipático, sin embargo disfrazado de una cordialidad fingida y necesaria. Creo que nunca surgió el feeling, si me permitís ponerme cursi, y el último adjetivo menoscababa a los otros. Mi amiga B. lo conoce y alguna vez hemos comentado sus veladas impertinencias, que ella misma ha presenciado y que ha calificado de machistas. La cuerda se tensó hace unos meses, cuando después de unos detalles tuvo lugar este intercambio de acusaciones en mitad de una conversación con más gente:

— Yo es que no entiendo por qué hay gente que va contando por ahí su vida, no sé a quién le puede interesar. —dardo envenenado al almanaque.

— Pues te sorprendería saber la cantidad de cosas que hay que no te gustan a ti y sí a otras personas.

Una persona cambió inmediatamente de tema, pero a partir de ahí empezó la guerra fría. De la cordialidad se pasó a la indiferencia. Cuando ya me estaban poniendo el esmalte, vino la luz: la actitud de Luis viene determinada también, en gran medida, por su amistad con Esteban —otro de su mismo molde— y algo que ocurrió por entonces con este último, X —amigo mío— y conmigo. Por descontado, será la última vez que hable de él. Además, a quién le iba a interesar. Ni siquiera lo va a leer…

Envoltorio mortal

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Hoy he recibido un libro de TodoColección envuelto en el papel de la sección de esquelas de un periódico. Mi reacción inmediata ha sido considerar el embalaje de muy mal gusto y de nula delicadeza —menciono el agravante de que dos de los finados se apellidaban González—. Sin embargo, luego he recordado que la tradición occidental adolece de una histeria con respecto a la muerte y su sentido, si es que lo tiene, como tampoco probablemente lo tenga la vida. Además de la decrepitud inevitable y mal asumida por la publicidad y el entorno, que asocia el envejecimiento con la mula de carga del canon de belleza ideal. Como me dijo JCM el lunes recordando una cita de M. Vázquez Montalbán: “en este mundo estamos de paso, y sobre todo en este país”.

Primer día

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Ayer me levanté cuando el locutor más divertido y perspicaz ni siquiera había comenzado su discurso. Las tostadas son menos apetecibles a esas horas. Recorrí el trayecto del metro con el acompañamiento feliz de Lo que dejan los días, de Pablo Núñez, sensación agradable que se difuminó al llegar a la parada Estadio Metropolitano, donde se debe cambiar de metro debido al cambio de zona tarifaria. La línea está cortada por obras, pero afortunadamente hay un servicio sustitutivo de autobús. Anduve por los alrededores del Wanda –¡qué diferente de noche, sin luces, con respecto al ambiente bullicioso cuando se celebra un partido!—hasta alcanzarlo y, una vez dentro, me senté al lado de un hombre totalmente concentrado en su móvil. Miré de soslayo a la pantalla: estaba viendo el vídeo de una mosca, a la que se intentaba cazar con una cuerda. A los pocos segundos me di cuenta de que yo también me había quedado un poco abducida por el aletear de la mosca. Llegamos por fin a Coslada, donde me subí al tren de cercanías. Aún era de noche, pero conforme avanzábamos por el corredor del Henares se podía ver cómo el sol se iba engrandeciendo. El silencio del vagón y la conciencia de que era el primer día, y que a partir del jueves que viene todos los demás se convertirían en rutina, contribuyeron a hacer de ese amanecer un espectáculo de calma. Una vez en la Alcarria, noté que la sensación térmica era ligeramente inferior a la de Madrid, de hecho vi a algunos alumnos con chaqueta y jersey. La Facultad a la que tenía que dirigirme está cerca de la estación, de modo que fui hasta allí caminando.

— Perdona ¿sabes dónde está la Facultad de Educación? En el Google Maps pone que es por aquí. –me pregunta un chico.

— Sí, tienes que subir esta cuesta. Yo voy para allá. –le respondo.

— ¿Tú también empiezas hoy?

— Sí, hoy es el primer día.

— ¿Hoy empiezas el grado? ¿En cuál estás?

— Bueno, no estoy en un grado… –y le explico la situación.

— Yo he empezado esta semana la carrera.

— Anda ¿qué vas a estudiar?

— Grado en Magisterio de Primaria.

— ¿Y te está gustando?

— Sí, bueno, empecé el lunes, pero de momento bien. Lo que no me gusta es madrugar.

— ¿Pero para el instituto madrugabas, no?

— Sí, aunque no tanto, porque podía ir andando. Aquí si me levanto un poco tarde, pierdo el cercanías y llego tarde.

— Vaya… Bueno, te acostumbrarás.

Llego por fin al aula. Me esperan los alumnos, expectantes e ilusionados por lo que está por venir. El brillo de sus ojos constata que aún tienen sueños, y me recuerda que un día yo también los tuve. O que quizá es pronto para dejar que las cenizas arrasen con todo: las pavesas son las llamas en el páramo.

Docencia

Mañana regreso a las aulas. Este cuatrimestre iré a la Facultad los jueves para impartir “Teoría y práctica del cuento y “Literatura española y su didáctica” a alumnos de Magisterio. Por la experiencia del curso anterior con estudiantes de Turismo, hablar de libros a otros grados que no son de Filología aporta una visión interdisciplinar, espontánea, incluso divertida en muchas ocasiones –sin que sea el entretenimiento el fin–, que recuerdan que la lectura es un placer y nunca una obligación: leer un texto es interpretarte y no afrontarlo con un lápiz rojo y una lista de términos morfosintácticos. Es esto:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
-¿Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
— Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

Ángel González.