Riesgos

homer besándose

Entre ayer y hoy, lectura —lo he dejado a la mitad— de un diario cuyo/a autor/a conoce MGA, que me avisó de que no me iba a gustar. Ha acertado, pese a que intenté comenzar en blanco. Ese diario me ha puesto sobre la mesa, de nuevo, las preguntas de Witold Gombrowicz que me formulé a mí misma cuando inicié el almanaque: “¿Para quién escribo? Si escribo para mí ¿por qué va a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué finjo dialogar conmigo mismo?”. La apatía que me ha provocado se ha producido por dos razones fundamentalmente, ligadas al diario como género y la cuestiones planteadas por aquel diarista de fuste. El/la autor/a escribe para sí mismo, acumulando una serie de neuras oportunas para una consulta de psicoanálisis, pero para un dietario con vocación de ser publicado no. Una consecuencia inmediata es que no se logra empatizar en ningún momento y los temas que trata carecen de interés —al menos, para mí, no dudo de que la sensibilidad de otros conectará sin fisuras—. Esto último enlaza con un aspecto del diario que no se debe obviar: en un género en el que el llamado yo tiene tanto peso, se infiere connatural a él lo siguiente: el interés que te genere el autor va a ser determinante, para leerlo o para no abrir nunca una página / visitar la web. Y ocurre que, si no te habías hecho ninguna composición sobre el autor/a, puede llegar a caerte mal conforme avanzan las páginas —esto ha sido el desencadenante de mi abandono—. Es otro riesgo que entraña el diario. Y que asumo.

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Esta mañana, mientras esperaba a que me hicieran las uñas, me he puesto a pensar en por qué mi relación —es demasiado llamar de ese modo a ese vínculo, mejor diré “trato”—, mi trato con Luis —claro que no se llama así— es de un fondo frío, distante y antipático, sin embargo disfrazado de una cordialidad fingida y necesaria. Creo que nunca surgió el feeling, si me permitís ponerme cursi, y el último adjetivo menoscababa a los otros. Mi amiga B. lo conoce y alguna vez hemos comentado sus veladas impertinencias, que ella misma ha presenciado y que ha calificado de machistas. La cuerda se tensó hace unos meses, cuando después de unos detalles tuvo lugar este intercambio de acusaciones en mitad de una conversación con más gente:

— Yo es que no entiendo por qué hay gente que va contando por ahí su vida, no sé a quién le puede interesar. —dardo envenenado al almanaque.

— Pues te sorprendería saber la cantidad de cosas que hay que no te gustan a ti y sí a otras personas.

Una persona cambió inmediatamente de tema, pero a partir de ahí empezó la guerra fría. De la cordialidad se pasó a la indiferencia. Cuando ya me estaban poniendo el esmalte, vino la luz: la actitud de Luis viene determinada también, en gran medida, por su amistad con Esteban —otro de su mismo molde— y algo que ocurrió por entonces con este último, X —amigo mío— y conmigo. Por descontado, será la última vez que hable de él. Además, a quién le iba a interesar. Ni siquiera lo va a leer…

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