Primer día

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Ayer me levanté cuando el locutor más divertido y perspicaz ni siquiera había comenzado su discurso. Las tostadas son menos apetecibles a esas horas. Recorrí el trayecto del metro con el acompañamiento feliz de Lo que dejan los días, de Pablo Núñez, sensación agradable que se difuminó al llegar a la parada Estadio Metropolitano, donde se debe cambiar de metro debido al cambio de zona tarifaria. La línea está cortada por obras, pero afortunadamente hay un servicio sustitutivo de autobús. Anduve por los alrededores del Wanda –¡qué diferente de noche, sin luces, con respecto al ambiente bullicioso cuando se celebra un partido!—hasta alcanzarlo y, una vez dentro, me senté al lado de un hombre totalmente concentrado en su móvil. Miré de soslayo a la pantalla: estaba viendo el vídeo de una mosca, a la que se intentaba cazar con una cuerda. A los pocos segundos me di cuenta de que yo también me había quedado un poco abducida por el aletear de la mosca. Llegamos por fin a Coslada, donde me subí al tren de cercanías. Aún era de noche, pero conforme avanzábamos por el corredor del Henares se podía ver cómo el sol se iba engrandeciendo. El silencio del vagón y la conciencia de que era el primer día, y que a partir del jueves que viene todos los demás se convertirían en rutina, contribuyeron a hacer de ese amanecer un espectáculo de calma. Una vez en la Alcarria, noté que la sensación térmica era ligeramente inferior a la de Madrid, de hecho vi a algunos alumnos con chaqueta y jersey. La Facultad a la que tenía que dirigirme está cerca de la estación, de modo que fui hasta allí caminando.

— Perdona ¿sabes dónde está la Facultad de Educación? En el Google Maps pone que es por aquí. –me pregunta un chico.

— Sí, tienes que subir esta cuesta. Yo voy para allá. –le respondo.

— ¿Tú también empiezas hoy?

— Sí, hoy es el primer día.

— ¿Hoy empiezas el grado? ¿En cuál estás?

— Bueno, no estoy en un grado… –y le explico la situación.

— Yo he empezado esta semana la carrera.

— Anda ¿qué vas a estudiar?

— Grado en Magisterio de Primaria.

— ¿Y te está gustando?

— Sí, bueno, empecé el lunes, pero de momento bien. Lo que no me gusta es madrugar.

— ¿Pero para el instituto madrugabas, no?

— Sí, aunque no tanto, porque podía ir andando. Aquí si me levanto un poco tarde, pierdo el cercanías y llego tarde.

— Vaya… Bueno, te acostumbrarás.

Llego por fin al aula. Me esperan los alumnos, expectantes e ilusionados por lo que está por venir. El brillo de sus ojos constata que aún tienen sueños, y me recuerda que un día yo también los tuve. O que quizá es pronto para dejar que las cenizas arrasen con todo: las pavesas son las llamas en el páramo.

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