Moyano

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Por recomendación de una amiga, he merendado en Tim Hortons. Pero no me ha gustado ni el café ni el dulce…

Visita a la Cuesta de Moyano para recoger un libro. El dueño de la caseta se ha despedido de mí y me ha invitado a pasar dentro:

— Ahí tenemos más libros de Historia y Filosofía, por si los quieres ver. Yo me tengo que marchar, pero se queda aquí mi empleado.

Paso y me detengo enfrente de la sección de Filosofía. Mientras hojeo Andar, una filosofía (Frédéric Gros) escucho que el otro trabajador se acerca a mí.

— Has tenido suerte de que se haya ido mi jefe —me dice, mientras siento un escalofrío. “¿Debo salir corriendo de esta caseta?”, pienso. “Pero el libro que he venido a comprar está descatalogado, y era el único ejemplar en Todo Colección…”.

— ¿Por qué?

— Porque yo hago mejores ofertas que él.

— ¿Y qué oferta me ofreces?

— Mira, los libros que llevas. ¿Cuánto son 30 más 3?

— 33 ¿no?

— Pues no. Yo digo que son 30.

— Ah…

— Además, si te sientas en este taburete y miras los libros de la sección de 5€, puedes llevarte el que quieras.

— Gracias, voy a mirar los de la estantería.

Me doy la vuelta y se aleja un poco —menos mal, porque me estaba agobiando su demasiada cercanía—, pero enseguida comienza a hablar de nuevo:

— Mi jefe hace menos ofertas y, cuando vienen a vender libros, paga menos. Yo, en cambio, pago menos todavía por las ventas, pero a los clientes les hago buenos precios.

— Vaya, pues si quiero vender libros ya sé que a ti no te los tengo que presentar…

— Aunque tengan apego o una historia de valor muy importante, yo fijo el precio siempre por lo bajo. Le informo de que estoy aquí de tres a ocho todos los días menos el domingo.

Me río un poco y le pregunto por cuánto me vende los tres que he apartado, ya para cerrar la escena.

— Hemos dicho que 30 más 3 son 30.

— ¿Y estos dos?

— 18 más 3 son 20.

Finalmente, me llevo los dos.

— Señorita, voy a necesitar un tiempo. —se pone a escribir en unos papeles los títulos de los ejemplares. — ¿Va a querer bolsa? Son cinco céntimos.

— No hace falta. —le contesto, cuando ya me está metiendo los libros en la bolsa.

— Entonces son 19’95€, más cinco céntimos de la bolsa, 20€. Nos obligan a cobrar las bolsas, pero nadie me puede decir las ofertas que yo puedo hacer. Quien hace la ley hace la trampa —me dice, guiñándome el ojo.

Cuando me acerca el datáfono y pulso las teclas del pin, gira exageradamente la cabeza.

— Es una cuestión de ética para mí no mirar los pines de los clientes. —recojo el ticket y levanto la bolsa.

— Bueno, pues muchas gracias.

— Señorita ¿me permite? ¿Puede venir un momento? Acérquese. —se dirige a la mesa de su librería, el expositor característico de la Cuesta que colocan todas las casetas. — ¡Vaya! Me lo ha cambiado de sitio el jefe. Ah, no, están aquí. —coge unas entregas de los Episodios Nacionales de Galdós y me las muestra como si fueran cartas. — Elija. ¿Qué le gusta más? ¿Narváez, El voluntario realista, Bodas reales…? A usted le gusta Galdós ¿verdad? Se ha llevado uno suyo…

— Sí, sí, me encanta. Muchísimas gracias… ¡El voluntario realista! ¡No! ¡Bodas reales!

— Tome. Son 5€. Es broma.

— Pues muchísimas gracias, espero que volvamos a coincidir.

— Ya sabe dónde estoy.

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