El secuestro de la libertad

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Pretendía huir del calor asfixiante que está haciendo hoy durante unas dos horas en una gélida sala de cine, pero me he encontrado con algo peor: una atmósfera angustiosa fruto de la opresión que sufre la protagonista de El viaje de Nisha, debido a la perpetuación de un código de comportamiento primitivo que una comunidad de inmigrantes pakistaníes se empeña en mantener, pese a vivir en un país con unos niveles de libertad y progreso muy superiores. La brecha estalla cuando la hija adolecente se comporta como una chica occidental, o sea, como lo que es. Invita a un chico a su dormitorio y, por una llamada de móvil con un volumen demasiado alto, el padre acude a la habitación y los descubre. Se cree que han mantenido relaciones sexuales y que el honor de su familia ha quedado mancillado, de modo que les propina a ambos una paliza y envía a la joven, por supuesto contra su voluntad, a vivir a Pakistán con sus tíos. Este es solo uno de los castigos a los que se ve sometida, acaso el menos cruel –imaginad los otros—. Todos ellos toman como base la culpa que pretenden que la chica sienta por actos totalmente normales, incluso cándidos. “Con todo lo que hemos hecho por ti ¿así nos lo pagas?”, “Tu madre está sufriendo muchísimo”, “No podemos mirar a nadie a los ojos por tu mal comportamiento”, etc. Pero ¿por qué estas infundadas acusaciones?, se pregunta uno desesperadamente. Por la tradición, por el concepto de honra y por la misoginia de una cultura que caducó hace tiempo.

Años atrás, pasé un mes en Edimburgo para realizar un curso de inglés y convivir con una familia nativa. La escuela me asignó a una familia de inmigrantes indios que profesaba la religión Sij. El padre, como el de la película, tenía una tienda, y nunca se había cortado el pelo –se lo cubría con un turbante—. La mujer seguía hablando su idioma natal, solo cuando estaba yo cambiaba al inglés. El hijo hacía lo que quería; la hija se ocupaba de la casa. Con 16 años y ya le habían asignado un marido. Un día, mientras me enseñaba a hacer su pan típico, me lo contó y yo le pregunté si conocía al muchacho. Me contestó que solo había visto una foto, pero que tenía muchas ganas de mudarse. “¿Pero de verdad te quieres casar?” le pregunté ingenuamente. La chica se enfadó y cambió radicalmente de tema, pues era evidente que nos estábamos metiendo en terrenos embrollados. Ella, al igual que Nisha, se ha educado entre dos culturas, pero sin la posibilidad de elegir la que quieren.

Estas historias ponen sobre la mesa uno de los retos que afrontan nuestras democracias europeas: el multiculturalismo. La inmigración enriquece a los países y la coexistencia de culturas es, por descontado, positivo, pero hay determinadas tradiciones que desafían la libertad, tanto del Estado –idealmente laico- como del individuo. No todo vale.

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