Pintar el alma

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Hasta el 30 de septiembre se puede visitar en el Museo del Prado una exposición de escueto título, “Lorenzo Lotto. Retratos”, que bien podría llamarse “El virtuosismo del retrato”. Ocurre que, al contrario que un paisaje, que nos puede transmitir sensaciones dentro de un margen, o evocar recuerdos si se corresponde con un lugar al que asociamos algún sentimiento, y que por supuesto un bodegón, el arte del retrato, si es bueno, va más allá del lienzo, porque nos habla de la psique del retratado.

Abundan en la Plaza Mayor los puestos en los que, a cambio de unas monedas, alguien se ofrece para dibujar tu rostro con carboncillo. En esos casos, se valora el parecido, o sea, la habilidad técnica con la que, quizás, difuminan con pillería ciertos defectos, pues no les importa prescindir de la verdad si es en aras de la satisfacción del cliente. Los cuadros de Lorenzo Latto, en cambio, reflejan fisonomías irregulares, personas melancólicas, dominio de la técnica —esto se ve, particularmente, en las manos y en las barbas—, interés por incluir símbolos colocados de manera sofisticada y discreta y, sobre todo, una preocupación por el retratado en la que se adivina una indagación psicológica y una comunicación que ha llegado a nuestros días.

Uno de los cuadros que más me han entusiasmado ha sido Giovanni Agostino della Torre y su hijo Niccolò (1513-4), procedente de The National Gallery en Londres. ¿A qué esa expresión del hijo? ¿Qué significa la mosca de los papeles que sujeta el padre? Parece una fotografía tomada en una visita del pintor a la casa de esa familia, justo cuando entra al despacho del padre y lo interrumpe en su trabajo –se pueden ver los papeles desperdigados por el escritorio—. Hay otro de la misma tónica, cuyo nombre no pude apuntar, en el que se ve a un joven que se acaba de quitar el sombrero y presenta el pelo ligeramente despeinado.

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Al terminar, hemos bajado a la colección permanente para que la pareja de mi amiga, que visitaba por primera vez la capital y por ende el Museo, conociera algunas obras maestras. Como no teníamos mucho tiempo, mi amiga seleccionó dos de sus cuadros favoritos y yo también; cuando nos encontramos delante de ellos, yo lo miraba de reojo con la curiosidad de conocer su reacción al tratarse de la primera vez. “It’s impressive”, decía –es americano-. “Nunca lo olvidarás”, le dije, pero callé que nunca lo volverá a sentir, aunque regrese en infinidad de viajes.

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