Sábado

IMG_20180922_221639

Cuando te enfrentas a unas primeras pruebas de un libro observas el texto arreglado, como de domingo —bueno, esto expresión hace tiempo que perdió su funcionalidad—. Esa, digamos, belleza de la maquetación contrasta con el cuestionamiento del grado de precisión léxica de cada palabra, una autoexigencia que conduce a la frustración y que en público conviene reprimir en tanto que corre el riesgo de disfrazarse de falsa modestia.

__

Visto el documental sobre el espinoso caso Asunta. Dicen que la madre sufría el trastorno de Madame Bovary porque, al parecer, se enamoró de un hombre de un pueblo cercano a Santiago y quería librarse de su marido y de su hija para consumar la historia. Sin embargo, se han encontrado indicios de que el padre podría estar implicado. Me provoca repulsión hablar de esto.

__

A mediodía, han llamado al telefonillo. No esperaba a nadie ni a ningún paquete, y era ya un poco tarde para el cartero comercial.

— ¿Sí?

— ¿Conoces a algún búlgaro? –para mayor realismo, leed al interlocutor con acento de doblaje ruso.

— ¿Qué?

— Que si vive ahí un búlgaro.

— No.

— ¿Ni en el bloque? ¿No tienes un vecino búlgaro?

— No tengo ni idea.

— Vale, perdona.

Esta llamada me ha recordado que apenas conozco a mis vecinos, y que este hecho tampoco me importa demasiado mientras no hagan ruido. De la vecina de la derecha conozco su afición por cantar a viva voz las últimas novedades del género urbano, pero lo hace –de momento– puntualmente y de día, así que no me resulta antipático. Una persona me contó el otro día que su piso da a un patio, en el que suele avistar a una pareja que practica el nudismo tanto en el interior de su casa como en la zona común. “Si tuviera hijos, ya les hubiera dicho algo”, se quejaba. “Es increíble levantarse por la mañana y ver que ha salido el hombre a fumar, o sea, ver eso”. Si no eres voyeur ni te resulta atractivo el sujeto, debe de ser bastante incómodo.

Posdata.: Mañana anunciaré algo.

A pesar de todo, César

IMG_20180920_195524

Viaje a la Alcarria con las Memorias de Ruano. Me entusiasma este libro porque, al igual que en La novela de un literato, hay mucha vida. La escritura de Ruano es excelente, de una fluidez que habría que calificar de prodigiosa, si consideramos, además, la rapidez con la que remataba sus textos. Sin embargo, me han llamado mucho la atención los vilipendios que, gratuitamente, dedica a Manuel Machado. ¿Será verdad lo que dice de él? Cuenta que fue a visitar a MM a su casa para comunicarle que se había presentado al premio Mariano de Cavia, de cuyo jurado formaba parte Machado. Según Ruano, el poeta sevillano le prometió que iba a obrar para que venciera. Y Ruano ganó por mayoría, pero al cabo se enteró de que solo un miembro del comité no le había votado: Manuel Machado. No perdamos la perspectiva de que fue a su casa a decirle que se había presentado… Se lo cuento a M., que me dice: “Lo va a decir el tipo más fariseo del panorama literario del siglo pasado. Sus amigos lo definían como un ser amoral y sus enemigos como un periodista sobornable y más falso que los billetes del Rastro”. Yo no soy partidaria del nulla aesthetica sine ethica, estoy al tanto de las barbaridades que cometió y, pese a tratarse del género de las memorias, uno con su lectura se hace sus cábalas sobre lo que se cree y lo que no. Como le he dicho esta mañana a mis alumnos a propósito, precisamente, de la cuestión vida/obra: “Vosotros decidís”.

Banderas

42087787_235156007180013_4224747239295156224_n

Foto de José Luis Sevillano

En determinados momentos uno desearía que existieran banderas que, como las de la playa, te avisaran de los peligros del enjambre social. La de color amarillo nos avisaría de las precauciones a tomar en el trato. El equivalente de no bañarse donde no se toque fondo sería no confiar jamás tus secretos. Pero, evidentemente, no existen, y la intuición que uno presume tener falla en la mayoría de las ocasiones.

El cuaderno de las cosas importantes

42115346_1940117019387090_7221258660863803392_n

Hoy he pasado prácticamente todo el día en la Biblioteca Nacional. Desde el piso, aún parece que escucho el ruido del microfilm. Consultando El Norte de Castilla, he podido leer textos tan interesantes como este:

“Antonio Machado, refiriéndose a la cultura, precisa hasta estos extremos, en una página fechada en 1922: Acaso el deber del Estado sea, en primer término, vetar por la cultura de las masas, y esto, también, en beneficio de la cultura superior. No puede atenderse con preferencia a la formación de una casta de sabios, sin que la alta cultura degenere y palidezca como una planta que se seca por la raíz. Pero los partidarios de un aristocratismo cultural piensan que mientras menor sea el número de los aspirantes a una cultura superior, más seguros estarán ellos de poseerla como un privilegio. Arriba, los hombres capaces de conocer el sánscrito y el cálculo infinitesimal: abajo, una turba de gañanes que adore al sabio como a un animal sagrado”.

A mediodía, he salido hacia el Café Gijón, donde MGA me esperaba para comer. Allí nos hemos encontrado con CAM, exministro poeta. “Ah, te he traído una cosa”, dice M. Y me ha regalado este cuaderno, con el símbolo hindú “om”. “Para que sigas escribiendo tu diario”.

Domingo

IMG_20180916_211354

Vista El club de lectura. Comedia romántica y entretenida con la que me he reído mucho, o sea que cumple su función. Me ha gustado verla desde fuera, sin llegar a sentirme identificada con ninguna de las protagonistas, algo que sí ocurrió la semana pasada con Mary Shelley y que me dejó un regusto amargo en el final, con el que estoy en desacuerdo y con el que marché Gran Vía arriba en yerma desolación. Meterme durante dos horas en el cine —hoy en los Renoir Retiro— para ver una película pastelera me ha proporcionado la amable compañía de un grupo de mujeres divertidas y con ganas de enamorarse sin complejos. Y por si al salir no quedase suficiente cantidad de azúcar, he pasado por la Pastelería Saul a por unos mini croissants —están mucho mejores que los famosos “manolitos”—. Así que dejo dos recomendaciones, una de ellas imprescindible.

Riesgos

homer besándose

Entre ayer y hoy, lectura —lo he dejado a la mitad— de un diario cuyo/a autor/a conoce MGA, que me avisó de que no me iba a gustar. Ha acertado, pese a que intenté comenzar en blanco. Ese diario me ha puesto sobre la mesa, de nuevo, las preguntas de Witold Gombrowicz que me formulé a mí misma cuando inicié el almanaque: “¿Para quién escribo? Si escribo para mí ¿por qué va a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué finjo dialogar conmigo mismo?”. La apatía que me ha provocado se ha producido por dos razones fundamentalmente, ligadas al diario como género y la cuestiones planteadas por aquel diarista de fuste. El/la autor/a escribe para sí mismo, acumulando una serie de neuras oportunas para una consulta de psicoanálisis, pero para un dietario con vocación de ser publicado no. Una consecuencia inmediata es que no se logra empatizar en ningún momento y los temas que trata carecen de interés —al menos, para mí, no dudo de que la sensibilidad de otros conectará sin fisuras—. Esto último enlaza con un aspecto del diario que no se debe obviar: en un género en el que el llamado yo tiene tanto peso, se infiere connatural a él lo siguiente: el interés que te genere el autor va a ser determinante, para leerlo o para no abrir nunca una página / visitar la web. Y ocurre que, si no te habías hecho ninguna composición sobre el autor/a, puede llegar a caerte mal conforme avanzan las páginas —esto ha sido el desencadenante de mi abandono—. Es otro riesgo que entraña el diario. Y que asumo.

__

Esta mañana, mientras esperaba a que me hicieran las uñas, me he puesto a pensar en por qué mi relación —es demasiado llamar de ese modo a ese vínculo, mejor diré “trato”—, mi trato con Luis —claro que no se llama así— es de un fondo frío, distante y antipático, sin embargo disfrazado de una cordialidad fingida y necesaria. Creo que nunca surgió el feeling, si me permitís ponerme cursi, y el último adjetivo menoscababa a los otros. Mi amiga B. lo conoce y alguna vez hemos comentado sus veladas impertinencias, que ella misma ha presenciado y que ha calificado de machistas. La cuerda se tensó hace unos meses, cuando después de unos detalles tuvo lugar este intercambio de acusaciones en mitad de una conversación con más gente:

— Yo es que no entiendo por qué hay gente que va contando por ahí su vida, no sé a quién le puede interesar. —dardo envenenado al almanaque.

— Pues te sorprendería saber la cantidad de cosas que hay que no te gustan a ti y sí a otras personas.

Una persona cambió inmediatamente de tema, pero a partir de ahí empezó la guerra fría. De la cordialidad se pasó a la indiferencia. Cuando ya me estaban poniendo el esmalte, vino la luz: la actitud de Luis viene determinada también, en gran medida, por su amistad con Esteban —otro de su mismo molde— y algo que ocurrió por entonces con este último, X —amigo mío— y conmigo. Por descontado, será la última vez que hable de él. Además, a quién le iba a interesar. Ni siquiera lo va a leer…

Envoltorio mortal

IMG_20180914_221314

Hoy he recibido un libro de TodoColección envuelto en el papel de la sección de esquelas de un periódico. Mi reacción inmediata ha sido considerar el embalaje de muy mal gusto y de nula delicadeza —menciono el agravante de que dos de los finados se apellidaban González—. Sin embargo, luego he recordado que la tradición occidental adolece de una histeria con respecto a la muerte y su sentido, si es que lo tiene, como tampoco probablemente lo tenga la vida. Además de la decrepitud inevitable y mal asumida por la publicidad y el entorno, que asocia el envejecimiento con la mula de carga del canon de belleza ideal. Como me dijo JCM el lunes recordando una cita de M. Vázquez Montalbán: “en este mundo estamos de paso, y sobre todo en este país”.