Allá en el norte

sito
[suspiro]

Fariña constata que muchas series españolas presentan la suficiente solidez como para que el espectador internacional las considere una opción atractiva, dentro de la plataforma de Netflix, con tramas heterodoxas y un cuidado estético a la altura de producciones americanas. El sargento Castro se empeña en ir contra un entramado corrupto del que la mayor parte del entorno de la ría de Orousa es partícipe, políticos y guardias civiles incluidos. El líder de los narcotraficantes es Sito Miñanco, protagonista de la serie con el que se llega a sentir cierta empatía, pese a conocer lo ilegal y peligroso de su negocio. La clave es entender sus razones, no justificarlas. Se evita, por tanto, el maniqueísmo y queda una epopeya homérica cuyo interés aumenta a medida que el sargento acota su red. Sito no quiere que le tengan miedo, sino que le respeten. Su objetivo inicial era ofrecer una vida mejor a su familia, pero se rinde ante otro mayor: el poder. Es la droga más dura.

Humedal

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Hemos llegado hace un rato del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, donde hemos pasado la jornada. Hacía más de diez años que no acudía por allí, pero apenas ha cambiado. Ruidera es un pueblo que apostó todo al turismo, de manera que la vida de los vecinos gira en torno a la estación de verano, pulmón para su economía y periodo del año en el que los visitantes de la comarca le insuflan algo de vida. Hay muchos chalets modestos abandonados alrededor de la laguna más cercana a Ruidera; algunos lucen un cartel de “se vende”; otros lo tendrán, pero la maleza salvaje impide verlo. Este Parque es un complejo por el que pasear y donde escuchar las cascadas a través de las cuales las lagunas, desde la que comienza en la provincia de Albacete hasta las de Ciudad Real, se enlazan, hasta desembocar en el pantano de Peñarroya. Se las conoce como “la playa de La Mancha”, puesto que son muchos a los que no les importa bañarse pisando piedras y con la incógnita de si el siguiente paso será liso o el pie caerá en un hoyo. Como cada día, pero con agua.

Miércoles de Asunción

Escribo estas líneas desde el patio. Hace unos meses, mi perro estaría aquí también, tumbado bajo mis piernas y mirándome de vez en cuando. Las farolas solares se están empezando a encender y corre una brisa que hace de epílogo del verano. Aún me quedan unos días de vacaciones, pero el calor mortífero lo hemos dejado atrás. El oráculo meteorológico anuncia lluvias para mañana. Ahora mismo acaba de sonar el himno de España: hay procesión y acaban de sacar el paso de la iglesia. Le sigue una serie de petardos. ¿Por qué los tiran? A mi perro, y a todos los perros, les aterran. Esto no son las fallas. Me parece estupendo que celebren sus fiestas, amparadas por el ayuntamiento, pero que no molesten con su desagradable pirotecnia. Otro. Y otro. He empezado a escribir relajada, después de ducharme y salir al campo con la bicicleta, donde, por cierto, me he encontrado con un Peugeot 105 blanco entre dos hilos de viñas que parecía abandonado. No había ningún agricultor alrededor, tampoco nadie dentro. Me he bajado de la bicicleta y me he asomado. Un hombre jadeante sobre otra persona. Por el pelo diría que se trataba de una mujer. De todos modos, no me he detenido demasiado por si me descubrían. He vuelto sigilosa a la bicicleta y he emprendido el pedaleo un poco más rápido de lo habitual; unos segundos después, he tomado conciencia del absoluto sinsentido que suponía acelerar mi paso por aquello, si ni se habían percatado y, si lo hubieran hecho ¿qué importaba? Decía, en fin, que me están hartando los petardos. Llaman a la puerta; salgo a abrir.

Los sonidos de la calle

lara turner
¿siempre llama dos veces?

Hoy sé que en media hora tendrá lugar un entierro porque acabo de oír el doblar de las campanas de la iglesia. Los toques cambian en función del acontecimiento: el anuncio de misas, comuniones, bodas y la señal del Ángelus se lleva a cabo desde lo alto de la torre y en todos esos casos se antoja jubiloso, al margen del interés que se tenga por ellos. Hay otro tipo de sonidos que nos anuncian la llegada de vendedores ambulantes —“el turronero, el de todos los años”—, de servicios a pie de calle –la armónica del afilador, que en La mitad del cielo de MGA vaticina lluvia y malos presagios— y de emergencias. Los primeros suelen llevar una cinta grabada cuyo mensaje, dirigido a las mujeres, repiten una y otra vez. Aquí, la llegada de una ambulancia se convierte en noticia; en Madrid, las furgonetas de emergencias y los camiones de bomberos forman parte del paisaje urbano. Nunca, ni allá ni acá, escucho el sonido que más deseo: el timbre que anuncie la visita del cartero y me entregue, en mano, tu carta.

Piscina

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Esta mañana he retocado unos textos, he charlado un rato con mi amigo F. –¡qué suerte tenerte!-, y me he ido a la piscina. Apenas había gente, y donde he extendido mi toalla solo podía escuchar a un par de pajarillos. Me he llevado el cuaderno de notas de Tomás Segovia (El tiempo en los brazos), que me ha hecho buena compañía, hasta que en la cafetería han puesto Cadena Dial –iba a escribir “sintonizado”, pero me temo que ya las ruletas son una pieza de museo-. No me ha parecido serio leer a Segovia con Álex Ubago de fondo, de modo que me he zambullido al agua y he hecho unos largos. En el descanso entre uno y otro, escucho quejarse a un niño: “Yo tengo muchas monedas. Antes tenía billetes, de la comunión, pero mi madre me cogió todos los cuartos”. Cuando vuelvo a la sombrilla, aparto el libro y justo se abre en la página 201, donde figuran unos versos de TS que parecen interpelarme: …y donde es mi tarea / sostener el milagro en el que no confío.

Un domingo de verano

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Esta tierra, tan dada al localismo y al folclore, ha relegado al umbral del olvido el legado intelectual de Ángel Crespo. JCM me ha hablado tanto de él que ya lo percibo como familiar. Además de poeta, es un profundo conocedor de Fernando Pessoa; también, de Dante. En su pueblo, Alcolea de Calatrava, bautizaron una calle y la biblioteca municipal con su nombre. Aunque esto es difícil de objetivar, yo tengo la impresión de que en C-LM no se le ha hecho mucho caso. Ni siquiera hay una fundación simbólica en su honor –su legado se conserva en la Fundación Jorge Guillén-. Su última antología se titula, curiosamente, La voluntad de perdurar.

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José Benlliure

Anoche me escribió C. para reprocharme la brevedad del post de ayer; X me ha preguntado esta mañana si me pasaba algo. Ayer escribí más, pero cuando lo terminé pulsé la opción “Seleccionar todo” y borre todas aquellas palabras. Porque su único destinatario era mi alma.

*Luego me sorprendo cuando JCM me dice que escribo con pudor.

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He pasado la mañana en la piscina. Al lado, un matrimonio con su hija, de unos siete años. La niña ha comenzado a llorar porque sus padres, mientras ella se bañaba, se han comido la bolsa de gusanitos que habían comprado para compartir. A los diez minutos, ella ya estaba sonriendo y abrazando a su madre. Por un momento he vuelto a creer en la inocencia.

*La nueva foto que adorna la barra lateral derecha me la ha enviado MV desde Dinamarca. ¡Muchas gracias!