Solo hoy

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“Vive como si hoy fuera el último día de tu vida”, rezaba un cartel de esos que se comparten por Whatsapp. Esta mañana, mientras tomaba el sol en la piscina, me he acordado de la frase, he pensado qué haría en ese caso y he llegado a la conclusión de que no haría nada especial. La rutina de los días y la conciencia de que esto es lo que hay, sin más, la eliminación de las expectativas –con respecto a las personas y a las cosas-, del juicio a uno mismo y a los demás, dejar ir e ir, pensando en el instante único, que se esfuma inasible a través del tiempo.

Ayer mismo, por ejemplo, sin que pasase nada extraordinario en particular ni recibiera ninguna noticia que generase una dosis extra de adrenalina, me acosté con la sensación de haber protagonizado un día felizmente rutinario, del que espero una probable sucesión de variantes futuras en el marco del asueto estival. Nadar y tomar el sol, disfrutar de la comida, pasear, leer un rato, hablar con mi familia y con amigos, tomarme un tinto de verano –o dos-, no meterme a Facebook, enamorarme por la mañana y desenamorarme por la noche, dormir. En el fondo, quizá piense que es apacible porque sé que ese conjunto es efímero y solo realizable de acuerdo a unas condiciones materiales concretas. Lo vivo como si fuera el último porque sé que será irrepetible.

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