Amistad

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Sentada en el AVE, al lado de una chica cuyo móvil parece un apéndice de su cuerpo, y lamentando que no me haya tocado el locuaz argentino del asiento de delante como compañero, me acuerdo de una pregunta que dos días antes me formuló el chico del jueves: “¿Qué buscas en una relación?”. Qué manera de romper el incipiente hechizo al trasladar el ambiente del bar al de una notaría, o peor: el de un registro de la propiedad. En la dramaturgia antigua, que los enamorados protagonistas se dieran la mano al final de la obra significaba que contraían matrimonio. Ahora ni siquiera besarse un par de veces es garantía de nada. “Yo no busco, sino que espero encontrar”, respondo. “Yo también, pero a mí me gustaría seguir conociéndote. Y ya sabes que puedes hacerme cualquier pregunta, la que sea”. ¿Pero por qué tantas preguntas? La puerta de mi corazón se cerró de golpe para él. “¿Qué es para ti un buen día?”, le pregunto para ver si tiene madera de aforista y aún no lo ha descubierto –y yo de psicoanalista-. “Un buen día es aquel en el que me acuesto con la satisfacción del trabajo bien hecho. Como sabes, soy ingeniero y los detalles son básicos”. Los errores de la ventura y las trampas de la noche.

Cuando llego a la estación, distingo enseguida a mi amiga Marina entre la multitud. Acelero el paso, empujada por una ilusión que hacía tiempo que no sentía. Se puede vivir sin pareja, pero sin el calor -y la infinita paciencia- de mis amigos, la existencia sería una enfermedad crónica.

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