Vientos

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Si bien el miércoles fue un día sereno, de esos de otorgar a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido (Novalis), ayer varios acontecimientos se sucedieron desde temprano. Por la mañana experimenté una recaída. El lunes por la tarde tuve cita médica y me dijeron que iba muy bien. Sabía que podía volver a pasar –antes o después-, así que por lo menos ya tenía unos mecanismos para que no se prolongara demasiado ni que fuera muy fuerte (sé que la lectura sería más fácil si dijera de qué se trata exactamente, pero de momento prefiero reservármelo). Cuando se me pasó, me metí al correo y encontré un mensaje de JCM. La mañana adquirió otro cariz. Y por la tarde L., su novio y yo fuimos a la Fundación Mapfre, para visitar la exposición dedicada a Brassäi. Su organización en bloques temáticos, en lugar del tradicional criterio cronológico, engrandece la muestra. Su mirada a los bajos fondos de París va más allá de los mitos de los años 20 y nos descubre un mundo antiglamouroso y auténtico. Una vez desalojado el lugar a las ocho –llama la atención que cierren tan pronto en periodo estival-, nos dirigimos hacia la pizzería que se ha puesto de moda en la calle Hermosilla. La velada se alargó en uno de los locales de la zona, en el que por desgracia no había taburetes libres para sentarse, de modo que, entre las cuñas y el verdejo, me estaba empezando a cansar. Crucé el pub, abarrotado de gente, para ir al baño, y una vez en ese espacio más o menos independiente –el volumen de la música era muy inferior-, tuve que esperar. Mientras observaba las fotos colgadas en la pared, escuché que una voz masculina me preguntaba: “¿Están todos ocupados?”. Me di la vuelta y, cuando lo hice, me pregunté si acaso he estado todo este tiempo de espaldas a la belleza. La desinhibición que producen los néctares y la sonrisa de presentación propiciaron el inicio de una agradable conversación, que se vio interrumpida por la última usuaria del servicio. Pasé, claro –había más gente esperando-, y cuando salí ya no estaba. Volví a donde estaban L. y J., y retomamos la charla –lamenté no poder continuar la otra-. Al rato, noté cómo alguien me tocaba con suavidad el brazo. “¡Hombre, estás aquí! Por fin te he encontrado”. Mi amiga me miraba con cara de “hace media hora nos contabas que habías comenzado una etapa de retiro y recogimiento”; yo me limitaba –naturalmente- a sonreír. Y ahora dejemos hablar al viento, como dijo Onetti.

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