Plañideras

 

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El sábado comprobé de primera mano por qué se ha extinguido el oficio de las plañideras: ha dejado de hacer falta.

En las ciudades de provincia y pueblos de España los entierros, si eres amigo de la familia, consisten en, primero, acudir al tanatorio y, desde allí, desfilar detrás del coche fúnebre hasta la parroquia en la que se celebre el funeral. Una vez terminada la Eucaristía, se forma una fila, más o menos larga en función de la popularidad del finado, en la que se va trasladando el pésame a los familiares. La costumbre, por descontado machista, es que las mujeres dolientes se coloquen en el primer banco de la derecha y los hombres en el de la izquierda. En estas veladas sociales, que congregan a más personas que cualquier actividad municipal o religiosa, suele ser recurrente que aparezca alguien que rivalice en protagonismo sentimental con los más allegados. Ocupa la vacante de las plañideras y lo hace con profesionalidad: acude a la pasarela del pésame y abraza, estruja, a todos, les da palmetazos en la espalda y pronuncia palabras entrecortadas pero sonoras, con el resultado de que se invierten los roles y los dolientes terminan por darle ánimos a él o a ella. Esta interpretación, en algunos casos digna de un Goya a actor revelación, no excluye otra, mucho más frecuente: la del espectador que comenta el acto y a sus protagonistas. “Pues he visto a Pepe muy entero, me ha sorprendido”, “Este se ve que es el novio de la hija, porque los he visto salir del tanatorio de la mano”, “Han venido los sobrinos de Mallorca, y eso que no lo visitaron en el hospital nunca. ¡Qué vergüenza!” son algunos ejemplos. Pero esto forma parte de la normalidad. La verdadera revelación, lo que hace de un entierro algo inolvidable para la concurrencia, es que uno de los asistentes sufra un síncope y sea preciso acudir a socorrerlo, para tumbarlo en un banco, abanicarlo con las hojas parroquiales del último mes y echarle un poco de agua bendita por encima. El verano, por el calor, es la estación más propicia a tales accidentes; también, cuando más público hay.

El gesto de la melancolía

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De entre los muchos y excelentes cuadros que se custodian en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, una pinacoteca de primer orden que, lamentablemente, ha quedado eclipsada por el Guggenheim –cuando visité el primero, me encontraba yo sola en la mayoría de las salas, mientras que el otro está permanentemente concurrido—, este cuadro de Aurelio Arteta (Bilbao, 1879 – México, 1940) me hizo detenerme más tiempo del habitual –es difícil, no obstante, determinar cuál es el intervalo conveniente para contemplar una pintura, pues si es buena no te importará dilatarlo hasta que se forme una pequeña aglomeración—. ¿Cuál es la historia que arrastra el hombre tras de sí? ¿Cómo se llama el protagonista? No importa, porque Aurelio Arteta, buen amigo de Gutiérrez Solana, nos ha retratado a nosotros en ese instante en el que suspiramos frente a lo inconmensurable: la ría de Bilbao, reflejo heraclitiano de la vida y la muerte. Conmueve tener en cuenta que por aquellas fechas –alrededor de los años 30—, la contaminación de la ciudad era galopante, y de ella no se escapaba el vértice líquido, de modo que el caballo saciando su sed y la metáfora del filósofo griego explican su desolación.

Desde donde se ve todo

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En esta foto me encuentro en el único punto del Casco Viejo bilbaíno desde el cual es posible ver la Basílica de Begoña; naturalmente, no por completo. Acaso el diario íntimo sea un género en el que se prefiera enseñar la espadaña y dejar que el lector se haga una composición del edificio, o sea, de nuestro ser. Que también transite por esa calle con la ilusión de poder alcanzarlo, pero que en ese camino se conceda el valor al laberinto y no a su salida.

Legado

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Acabo de llegar del parque de siempre, el de los domingos aquí y el de los días de diario cuando salgo a despejarme. Ya se nota que no anochece tarde: ha oscurecido mientras apuraba las páginas de un libro y los hielos del vaso de Coca-Cola estaban a punto de derretirse por completo. He disfrutado de un aire muy agradable y de una terraza despejada, en la que algunas palomas picoteaban alrededor. Pareciera que de la paloma, conocida popularmente como rata con alas, solo hubiera un único modelo, pero una vez que te detienes a observar con moderada atención a estas aves descubres que cada una tiene una fisonomía. Existe, por cierto, la colombofilia. Resulta un misterio que una paloma lleve consigo un mensaje y lo entregue en el palomar de destino sin perderse en el trayecto.

Mientras regresaba, con las risas de los niños jugando en los columpios de fondo y algún ladrido de los perros, he recordado una escena de la película que pusieron ayer en el tren. No la vi entera y ni siquiera me puse los cascos —¿a quién le apetece meterse en un film a las ocho de la mañana? —, pero pude leer los subtítulos de los primeros minutos. En un colegio de primaria, un niño tenía detrás una pizarra en la que se leía “My legacy”. Decía que lo que dejaría a la posteridad sería una medalla en un deporte olímpico –el que mencionó ni siquiera lo era-. Bien por el guion: ya nos deja el terreno abonado para presentar y enfatizar las altas cualidades del protagonista. Acude a la pizarra con cierta desgana y expresa: “El legado no debe identificarse con el currículum ni con los números de la cuenta corriente, sino con lo que aportas a las personas que conoces y que merecen la pena”. Ahora pienso en la sonrisa de Julia, permanente, amplia y buena. Quizá debería sonreír más. A todos, sin excepción. Ese será, para mí, su legado.

Posdata: La semana que viene compartiré algunas notas de mi estancia en Bilbao.

Noche de regreso

El sacerdote que ha oficiado la homilía nos ha invitado a entender esta muerte como una llamada de Dios, como un mensaje que, aunque ni lo comprendamos ni estemos de acuerdo, nos ha enviado para recordarnos que la vida no es perfecta, que Jesús cargó la cruz y que solo alcanzaremos la felicidad plena en la Eternidad, donde ya se encuentra Julia. ¿Cómo puede llevarse a una madre con dos hijas, una de siete años y otra de dos? ¿Por qué permite que los padres entierren a los hijos? ¿Acaso criarlas y pasar tiempo con ellos no es la verdadera Gloria? No lo entiendo y mi Fe se tambalea. Hay fenómenos, como el infarto cerebral, para los que es inútil buscar una causalidad, y explicaciones insuficientes a muertes prematuras e injustas que se escuchan con el fin de entender pero que acaban sumiéndote en el escepticismo. Buenas noches.

Ida y vuelta

Escribo estas líneas desde el Talgo Madrid-Almería. Es temprano y se trata del primer tren de la mañana que ayer estaba disponible para bajarse en Alcázar. Apenas hace unas horas permanecía sentada en un Alvia, procedente del Norte. En los dos, afortunadamente, silencio. A estas horas la mayoría de los viajantes duerme; anoche, solo se escuchaba el susurro de una pareja joven. Quise escucharles un momento, para ver si capturaba algún “ha sido el mejor viaje de mi vida”, ” eres el amor de mi vida” o “no imagino mi vida -claro- sin ti”, esas frases que prescriben al año, pero solo oí decir a la chica que tenía que poner una lavadora.
No tenía previsto visitar la Meseta tan pronto, pero la hermana de mi amiga L. ha fallecido después de sufrir un ictus letal y hoy se celebra el entierro. Volveré a Madrid esta noche. Aunque estoy en contacto permanente con ella, desconozco qué le diré en persona. ¿Qué palabras pueden contribuir a paliar su dolor, a reconfortarla al menos durante unos minutos? No hay, porque no deben existir reveses de esta índole. Y sin embargo ocurren.

Solo hoy

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“Vive como si hoy fuera el último día de tu vida”, rezaba un cartel de esos que se comparten por Whatsapp. Esta mañana, mientras tomaba el sol en la piscina, me he acordado de la frase, he pensado qué haría en ese caso y he llegado a la conclusión de que no haría nada especial. La rutina de los días y la conciencia de que esto es lo que hay, sin más, la eliminación de las expectativas –con respecto a las personas y a las cosas-, del juicio a uno mismo y a los demás, dejar ir e ir, pensando en el instante único, que se esfuma inasible a través del tiempo.

Ayer mismo, por ejemplo, sin que pasase nada extraordinario en particular ni recibiera ninguna noticia que generase una dosis extra de adrenalina, me acosté con la sensación de haber protagonizado un día felizmente rutinario, del que espero una probable sucesión de variantes futuras en el marco del asueto estival. Nadar y tomar el sol, disfrutar de la comida, pasear, leer un rato, hablar con mi familia y con amigos, tomarme un tinto de verano –o dos-, no meterme a Facebook, enamorarme por la mañana y desenamorarme por la noche, dormir. En el fondo, quizá piense que es apacible porque sé que ese conjunto es efímero y solo realizable de acuerdo a unas condiciones materiales concretas. Lo vivo como si fuera el último porque sé que será irrepetible.