El gesto de la melancolía

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De entre los muchos y excelentes cuadros que se custodian en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, una pinacoteca de primer orden que, lamentablemente, ha quedado eclipsada por el Guggenheim –cuando visité el primero, me encontraba yo sola en la mayoría de las salas, mientras que el otro está permanentemente concurrido—, este cuadro de Aurelio Arteta (Bilbao, 1879 – México, 1940) me hizo detenerme más tiempo del habitual –es difícil, no obstante, determinar cuál es el intervalo conveniente para contemplar una pintura, pues si es buena no te importará dilatarlo hasta que se forme una pequeña aglomeración—. ¿Cuál es la historia que arrastra el hombre tras de sí? ¿Cómo se llama el protagonista? No importa, porque Aurelio Arteta, buen amigo de Gutiérrez Solana, nos ha retratado a nosotros en ese instante en el que suspiramos frente a lo inconmensurable: la ría de Bilbao, reflejo heraclitiano de la vida y la muerte. Conmueve tener en cuenta que por aquellas fechas –alrededor de los años 30—, la contaminación de la ciudad era galopante, y de ella no se escapaba el vértice líquido, de modo que el caballo saciando su sed y la metáfora del filósofo griego explican su desolación.

Solo hoy

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“Vive como si hoy fuera el último día de tu vida”, rezaba un cartel de esos que se comparten por Whatsapp. Esta mañana, mientras tomaba el sol en la piscina, me he acordado de la frase, he pensado qué haría en ese caso y he llegado a la conclusión de que no haría nada especial. La rutina de los días y la conciencia de que esto es lo que hay, sin más, la eliminación de las expectativas –con respecto a las personas y a las cosas-, del juicio a uno mismo y a los demás, dejar ir e ir, pensando en el instante único, que se esfuma inasible a través del tiempo.

Ayer mismo, por ejemplo, sin que pasase nada extraordinario en particular ni recibiera ninguna noticia que generase una dosis extra de adrenalina, me acosté con la sensación de haber protagonizado un día felizmente rutinario, del que espero una probable sucesión de variantes futuras en el marco del asueto estival. Nadar y tomar el sol, disfrutar de la comida, pasear, leer un rato, hablar con mi familia y con amigos, tomarme un tinto de verano –o dos-, no meterme a Facebook, enamorarme por la mañana y desenamorarme por la noche, dormir. En el fondo, quizá piense que es apacible porque sé que ese conjunto es efímero y solo realizable de acuerdo a unas condiciones materiales concretas. Lo vivo como si fuera el último porque sé que será irrepetible.

Allá en el norte

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[suspiro]

Fariña constata que muchas series españolas presentan la suficiente solidez como para que el espectador internacional las considere una opción atractiva, dentro de la plataforma de Netflix, con tramas heterodoxas y un cuidado estético a la altura de producciones americanas. El sargento Castro se empeña en ir contra un entramado corrupto del que la mayor parte del entorno de la ría de Orousa es partícipe, políticos y guardias civiles incluidos. El líder de los narcotraficantes es Sito Miñanco, protagonista de la serie con el que se llega a sentir cierta empatía, pese a conocer lo ilegal y peligroso de su negocio. La clave es entender sus razones, no justificarlas. Se evita, por tanto, el maniqueísmo y queda una epopeya homérica cuyo interés aumenta a medida que el sargento acota su red. Sito no quiere que le tengan miedo, sino que le respeten. Su objetivo inicial era ofrecer una vida mejor a su familia, pero se rinde ante otro mayor: el poder. Es la droga más dura.

Vacaciones

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PM, ayer

Anoche me encontré con mi antiguo maestro de escuela, don Juan. Me alegró poder charlar con él un rato, después de más de una década sin verlo. Cuando nos despedimos, sensación de que quizá fuera la última vez. Comencé a rememorar anécdotas y algunas de sus enseñanzas, las vitales, las del lado de educar y no tanto del formar. He olvidado los nombres de los reyes visigodos, pero no las primeras. En una ocasión, nos repartió un test con un batiburrillo de preguntas generales. Solo me acuerdo de esta: “¿Como quién quieres ser de mayor?”. Pensé varios minutos la respuesta; finalmente, la dejé en blanco. Esa cuestión iba más allá del as en la manga para los intercambios verbales con niños desconocidos: el qué quieres ser de mayor. Formular esa pregunta es síntoma de que aún late la ilusión de libertad inherente a la infancia, encantadora en el vuelo corto y frustrante en el largo plazo. No sabía como quién quería ser, porque solo en ese instante fui consciente de que, para algunos, es conveniente tener modelos. Tenía -y sigo teniendo- más claro a lo que no quería parecerme. Años después, encontré en Meditaciones sobre el Quijote esta feliz cita de Ortega y Gasset: “Héroe es quien quiere ser el mismo”. Ahora rellenaría ese espacio en blanco y escribiría “como yo”, para materializar en palabras la intuición que por entonces bullía. Creo que lo voy consiguiendo.