Último domingo de julio

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He recordado gracias a la imprudencia de Sánchez lo mucho que me gustaban The Killers años ha. Tengo en PM los discos que publicaron hasta 2011. Después de aquel año, les perdí la pista. The Killers fue la banda sonora de uno de esos veranos que cumplen la función de ritos iniciáticos al mundo adulto. Se trató de uno de los varios cursos de inglés en el extranjero, esas experiencias en las que el idioma es lo de menos. Sales de tu entorno y convives con un abanico de jóvenes personalidades gracias a las cuales la mente se expande y tomas consciencia de la variedad de estilos de vida, de creencias y de maneras de entender el mundo que existen (en esos tiempos las redes sociales no estaban aún generalizadas, de hecho, aún no había smartphones). Conocí a un muchacho de Levante. Se llamaba Pablo. ¿Qué habrá sido de él? Lamento haber olvidado su apellido. En cambio, tengo grabada en la retina la imagen del chico saliendo de una discoteca con una mano en los ojos, limpiándose las lágrimas. Un rato antes habíamos hablado. Al día siguiente, no acudió a clase y una paisana suya me contó que se encontraba mal. Sentí un pinchazo en el pecho: era mi culpa. Quizá en otro sitio; de otra manera. O tampoco. Las cosas, cuando no surgen, es mejor dejarlas ir.

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— Cariño, ¿tienes hora para limar y esmaltar?

— Paqui, tenemos overbooking hoy, me queda hacer una manicura y una pedicura. Y después cerramos… El lunes vienes y te la hago.

— Pero es que el lunes a las 11 tengo médico y no puedo ir con estas uñas… ¿No hay otra chica libre?

— Están peinando ahora mismo. Si quieres, quédate, pero tendrás que esperar una hora por lo menos.

— Ay, gracias, guapa, pues me siento aquí y me espero.

La señora se sentó en una silla, con el bolso en otra y el brazo apoyado en la mesa para los tratamientos de manos. No parecía tener ninguna prisa. Mientras se me secaban las uñas, la observaba disimuladamente. Ella leía el ¡Hola!, con una sonrisa que transmitía, más que interés por la crónica rosa, el bienestar de quien no se quiere marchar de un sitio. Esta mujer me recordó a otra que, el año pasado, me agarró con delicadeza del brazo para preguntarme, casi en un susurro: “¿Me ves bien el pelo? Acabo de salir de la peluquería…”. Naturalmente, le dije que sí, que estaba muy guapa. La misericordia que solicitaban sus ojos no admitía otra respuesta. Con cierta probabilidad, las dos ancianas tengan en común una situación de soledad –acaso sobrevenida por la viudedad-: la primera desea a alguien con quien pasar la tarde, y la segunda anhela a un interlocutor con el que sentirse satisfecha con el peinado.

La cantidad de ancianos que viven solos en sus casas no deja de aumentar. Estos días ha sido noticia la inauguración en Barcelona del Programa Vincles, un servicio que nace con el objetivo de apoyar a los mayores que viven solos. En Madrid, desde 1987 la Fundación Amigos de los Mayores ha desarrollado programas de acompañamiento y actividades de sensibilización. El problema de los ancianos es que la soledad puede ir ligada al aislamiento: la movilidad reducida y enfermedades de distinta índole provocan que las formas de paliar la soledad incómoda se reduzcan drásticamente. La soledad se vuelve encierro.

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“Dejemos al mañana el capricho del mañana”, Juan Ramón Jiménez.

 

Posdata. Un saludo especial para MV, que hoy comienza su aventura en una expedición de Greenpeace. ¡¡Lo vas a hacer genial!!

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