Los profetas del bien

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“Susana y los viejos”, Rembrandt

Con cierta frecuencia se topa uno con los profetas del bien. Se trata de individuos que, cuando te ocurre algo, te dicen: tenías que haber…, te ha pasado por…, si hubieras… La mayoría te conoce superficialmente, pero ellos se apropian la legitimidad de valorar tu situación, considerando, naturalmente, que su opinión es la única correcta. Es muy fácil tomar decisiones cuando conoces el futuro, pero como sucede que, vaya, el mundo no funciona así. Y por eso nos equivocamos (errare humanum est, sed perseverare diabolicum, etc.). Qué le vamos a hacer. Rindamos cuentas a nuestra conciencia (ya es bastante), y no a los mercaderes del consejo plúmbeo.

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Esta mañana he visitado un Decathlon, parque temático de la posmodernidad. Ha desbancado a la Warner, al Parque de Atracciones de Madrid, a Faunia, etc. Las familias acuden los domingos para que los niños jueguen, chillen y correteen. De momento, la entrada es gratuita y no hay que pagar por subirse a una máquina de correr. El Decathlon, pese a su origen francés, es uno de los principales motores de difusión de anglicismos –anglicanismos, diría nuestra vicepresidenta-, pero no solo. Un anglicismo es una palabra que se intercala en el discurso, pero lo que sucede en Decathlon es que los tickets y la descripción del producto están en inglés. Es más preocupante el anglicismo, desde luego, porque puede ensucia un idioma si en él existe el mismo término. Nos contaba el otro día mi profesor de alemán que en Alemania no existe una Real Academia ni ninguna institución equivalente a la RAE. Una de las consecuencias ha sido la variedad de plurales del alemán, fruto de no frenar ni regular la influencia de las lenguas de alrededor. Sin embargo, pese a que en España ejerce una función, las instituciones atraviesan una crisis de autoridad que, de continuar, provoque la irrelevancia de las mismas. Sería fatal para la lengua española, pero esta situación alcanza a tribunales de Justicia, a la Constitución, al Gobierno, en fin. Y lo peor es que hay quienes las integran y, desde dentro, fomentan el odio; son los caballos de Troya contra la democracia.

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