Miércoles

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A la consulta del médico, al igual que a la peluquería, hay que ir sin prisa. Me llevé el librito de la foto, aunque un tipo quejándose de continuo, profiriendo expresiones blasfemas mientras se movía de un lado a otro de la sala de espera dificultaba la concentración. Una niña, de repente, llamó nuestra atención cuando le dijo tajante a su madre “deja de decirme eso”. La miramos y, lejos de recular en su actitud faltona ante el crítico escrutinio de desconocidos, se vino arriba. Media hora después de la hora de la cita, llegó mi turno. No me gusta la médica asignada en Madrid. En una consulta debes expresarte de la mejor manera posible, pues en función de cómo describas tu dolor, más atinado será el diagnóstico. Pero esa médica te hace sentir cohibido si eres tímido e incómodo y tenso si quieres que te escuche. A mí ayer me resultó hasta desagradable. “Es normal”, responde. Voy una o dos veces al año como mucho, nunca me ha entusiasmado ir –como a todos, naturalmente-, así que si yo pensara que determinado dolor fuera normal, no me hubiera molestado en salir antes del trabajo para pasar parte de la tarde en un lugar tan antipático. Impotencia.

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