Feria (y III)

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“¿Me firmas este libro?” pregunta una niña que apenas alcanza a la altura del mostrador. Se trata de mi sobrina-segunda Inés. Mi primo, su mujer y sus hijos han acudido a verme. Ah, la familia. Siempre ahí, sobre todo cuando hay herencias de por medio. Me esfuerzo por ser simpática con los pequeños. Nunca se me ha dado bien tratar con niños: no sé qué decirles y cualquier comentario que haga me suena a impostura, comenzando por el tono de voz. Charlo un poco con mi primo. “Bueno, a ver si te pasas un día y te enseñamos los últimos proyectos (los dos son arquitectos)”. “Sí, sí”. Les firmo el libro colectivamente. “Muchas gracias por venir”. “Pero prima, si estamos al lado ¡cómo no íbamos a venir! [viven en la calle Santa María de la Cabeza, a la altura de Atocha]”. Se marchan, y reconozco que me ha alegrado verlos.

Mientras tanto, mi compañera finlandesa charla con las encargadas de la caseta sobre lugares emblemáticos de su país y recetas con salmón. Me pide que le firme su ejemplar y, ante la amenaza de lluvia, regresa a su casa. Veo cómo desaparece entre la marabunta. El paisaje humano se puede contemplar con amplitud desde el taburete de la caseta. En las de al lado, firman Carme Chaparro y Lorenzo Silva, con sendas filas para las que son necesarias dispositivos de seguridad; enfrente, un puesto de helados poco concurrido y otro de gofres, este con más aceptación y cuyo olor llega y atrae.

Pasa un amigo y nos saludamos. Él firma mañana. “Vaya día has elegido…”. “¡Cómo iba a saberlo!”. Se compra un par de libros y se va. Me siento como en un puesto de mercado. ¿Qué le pongo? dan ganas de preguntar a los paseantes.

Se para un grupo de chicas disfrazadas de alguna tribu urbana cuya denominación desconozco y leen las solapas de algunos libros. Detrás de ellas, aparece un tipo poco más mayor que yo, con camisa de cuadros vichy y gafas de sol, pese a no hacer nada de sol.

— ¿Eres la autora de este libro? –pregunta sonriendo.

— Sí…

Se queda mirando al expositor.

— ¿Vienes incluida con el libro si lo compro?

— Me temo que no… —aunque algunos dicen que tiene partes autobiográficas.

— Convénceme para comprarlo. De qué va.

— No me acuerdo de qué va, hace un año que salió. –me estaba empezando a cansar y, francamente, lo último que me apetecía era ejercer de comercial de mí misma.

— ¡¡No puede ser!! Creo que me lo voy a llevar, pero solo si me pones tu teléfono en la dedicatoria.

— Pues lo siento, pero gracias por tu interés –dije, y cogí el móvil para ignorarlo frontalmente, ante la mirada curiosa de las encargadas.

Por suerte, se marchó –al fin- después de que le espetara la negativa.

— Desde luego, aquí no os aburrís –les dije.

— Se pasan las horas voladas. Pero lo que más vemos son perros, de todas las razas. Perros con calcetines y zapatos. –añade una.

Me escribe MV: “¿firmas?”. “Aquí estoy…”. Y empieza la tormenta. Entra el editor a saludar. Llegan algunos lectores del almanaque. Es curiosa la sensación de conocer a personas que te leen, que no has tratado personalmente, y que sin embargo saben muchas cosas –las que has contado- de ti. [A vosotros, gracias por capear con el mal tiempo para saludarme].

Los transeúntes comienzan a marcharse del Retiro. Llueve con más fuerza, truena y oscurece. Ya queda poco tiempo para irme. Me pongo la gabardina, pues la temperatura ha bajado considerablemente. Y de la oscuridad aparece JX, excelente periodista cultural y escritor. ¡Qué alegría verlo! Es encantador. “El lunes y el martes va a diluviar, que es cuando firmo yo…”, me dice.

Las nueve. Me despido y me voy, agarrando con fuerza el paraguas. Ha anochecido. Algunas casetas comienzan a cerrar, apenas quedan visitantes paseando y ya no hay ni rastro del ratón Gerónimo. Enciendo el iPod y suena y si no encuentras fuerzas para salir de aquí, yo las sacaré de donde sea y seguiré sin ti (“Crujidos”, Nacho Vegas). Vaya. Mejor sin música. Vuelvo andando a casa: está chispeando, pero prefiero caminar un poco. Miro el móvil: me preguntan qué tal. Francamente, no lo sé.

2 pensamientos en “Feria (y III)

  1. Gracias por dejar esa estela de lucidez y afecto en el blog, Sofía; reitero mis disculpas por no haber estado frente a la caseta. Ya te comenté el diluvio de Rivas y la temeridad de coger el coche en la tormenta. Tus relatos merecen una firma llena de vida y de evocación futura. Así que solo queda desearte un buen recuerdo de ese paso por El Retiro. Y darte un abrazo por tu amistad.

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