Feria (II)

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Me desperté sin alarma y lo primero que hice fue consultar el móvil para ver la hora. Tenía algunos whatsapps de amigos con palabras de ánimo para la firma de la tarde, con lo cual constaté lo que desde hacía unos días temía: a mi entorno le hacía más ilusión que a mí. Puse la radio y, en lugar del programa misceláneo de las mañanas del fin de semana, había un especial dedicado a la toma de posesión. ¿Durará hasta la tarde el buen tiempo? Salí hacia el centro de belleza y, a pesar del retraso del autobús, llegué puntual a la cita. No sabía exactamente qué color ponerme. Siempre escojo uno granate o burgundy, pero la mínima diferencia entre las tonalidades puede demorar la decisión varios minutos. Mientras miraba la paleta, llegó una mujer rubia, que preguntó si la podían atender. Apenas hablaba español. Quería hacerse las uñas de gel pero no quería que le pusieran una capa de esmalte sobre la cual las luces de neón volvieran blancas las uñas. Ninguna comprendíamos lo que estaba diciendo. Y me pregunta una de las chicas que si sabía a qué se refería, como si yo entendiera del mundo de la noche.

Paso la tarde en el piso. No tengo que estar en el Retiro hasta las siete y media… Leo Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca mientras me bebo una coca-cola. Cuando empiezo a maquillarme, estalla la tormenta. “Sigue”, me digo, “tendrás que ir a saludar a los de la editorial”. Más whatsapps y algún correo electrónico. No sé si tendré lectores, pero por lo menos tengo amigos.

Salgo para allá. Conforme me acerco al metro dudo acerca de si ponerme sandalias de tacón ha sido una decisión acertada. No hace frío, pero no para de llover, y cada vez lo hace con más fuerza. Me bajo en Príncipe de Vergara, sigue lloviendo, y son las siete y diez. Tiempo insuficiente para pasar a un bar y tomarme una copa; además, solo veía cafeterías y pastelerías. Entro a la Feria. Hay bastante gente, más de la que esperaba. Para la lluvia. En una caseta, un ratón civilizado –gafas, traje y nombre [Geronimo]- firmaba libros como quien hace rosquillas. Paso delante de Diógenes. “¡¡Sofíiiaa!!”. Es M. Carmen. Se sale de la caseta y nos ponemos debajo de un árbol a hablar. “Bueno, me voy, que a y media tengo que estar allí…”.

Me abro paso entre la multitud y, al llegar, veo a una compañera de Finlandia que actualmente se encuentra de estancia en el CSIC apoyada en un stand. Le agradezco que haya venido. Son las siete y veinticinco y andamos un poco; vamos a una caseta, donde está mi amiga A., y se la presento. Después, miramos algunos libros de Herder. Volvemos, y me meto por fin al quiosco. “¿Quieres un poco de agua?” me preguntan. En ese momento me apetecía un whisky doble. Me lo hubiera bebido de un trago.

[continuará…]

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