En esa playa de Chesil

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Chesil Beach. Aburridísimo largometraje en tanto que cuenta el romance entre dos jóvenes con demasiadas dosis de edulcorante verbal. Cuando se sale de la novela, con un golpe de efecto a poco más de la mitad, logra reconstituir el interés. Y el final… dramatismo puro. El del libro está bien para el libro y el de la película, para la película. El efectismo de la imagen es imbatible. Ah, lo que pudo ser y no fue, los sentimientos reprimidos, etc., etc. Con esa imagen en concreto –si la digo destripo toda la historia-, esa decisión, las lágrimas han comenzado a brotar y los subtítulos a difuminarse. ¿Por qué no te diste la vuelta? Sí, lo sé, por la falta de comunicación, por el mundo, por la rabia, por el desconocimiento. Ella, que te hubiera amado hasta nunca –verso de don Miguel D’Ors-, te tendió la mano. Qué tristeza. Y al salir, con una bajada de temperatura considerable, el sonido de un saxofón de fondo y el rimmel algo corrido –el que he llevado hoy no es waterproof-. Whatever.

Lo que sí y lo que no

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No sé odiar, ni amar tampoco.

Y en mi vida inconsecuente,

amo, a veces,  como un loco

u odio de un modo insolente.

Pero siempre dura poco

lo que quiero y lo que no…

“La canción del presente”, Manuel Machado (El mal poema, 1909)

Se le presentan a uno situaciones complejas para las que no queda más remedio, por tranquilidad emocional, que buscar una opinión y una segunda opinión –para contrastar el diagnóstico-. Ocurre que en los dos casos he obtenido la misma respuesta, confirmación de la intuición que abrigaba pero que, puesto que no era agradable, he ignorado. Anoche se lo comenté a X, mientras veía la serie Luis Miguel, sobre un cantante del que hasta hace unas semanas poseía una idea muy vaga y desconocía todas las canciones. “¿Pero tú crees que?”. “No pareciera. Olvídate, porque estás perdiendo el tiempo”, me contesta tajante, mientras termina el episodio y comienza a sonar Tengo todo excepto a ti –hay contextos que solo el capricho puede lograr-.

Me dice que enamorarse es una decisión y que para ello debe haber una predisposición, según él inexistente en el caso que le expongo. “¿Y qué hago? Debo pasar página, claramente”. “No hay por qué. No hacer nada también es hacer algo”. Nos despedimos y dejo el móvil. Pero suena de nuevo: es X., a quien he de despedir para siempre, y lo sé sin recabar valoraciones. Calor y cansancio emocional. Claudicar también es otra decisión.

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Vengo de dar un paseo por el parque. He estado sentada un rato, al lado de una pareja de ancianos. En aproximadamente una hora, no han intercambiado ninguna frase. Quizá ya se han dicho todo lo que se tenían que decir. Cuando ya me iba, la señora le ha dicho al marido: “Pedro Sánchez dice mucho, pero hace poco. Solo se hace fotos, en un avión con gafas para las revistas”. Jaja. Al encender el ordenador, me entero de esto. No hace falta señalar cuál es el régimen de los países que fomentan el culto a la personalidad.

Playas

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Me dice JCM que estamos viviendo un fin de civilización, y que uno ha de tomárselo como algo que no tiene que ver consigo, porque uno mismo no tiene que ver con él mismo. Así, la cosa resulta fácil.

Mientras se prepara el apocalipsis, he disfrutado, entre ayer y yo, de Chesil Beach. Está previsto el estreno de su versión cinematográfica para dentro de dos semanas, con Saoirse Ronan como actriz protagonista. Ella interpretó a un personaje de McEwan en Expiación, y realizó un trabajo memorable. Ese film lo es; también la novela. Ocurre que leí Chesil Beach hace casi diez años, en una playa de El Puerto de Santa María casi por estas mismas fechas. Pero cuando vi el tráiler el viernes no me acordaba de nada. Con las adaptaciones –no me convence del todo el uso de esta palabra con respecto a las películas- sucede que se insufla una nueva vida al texto literario, y vuelven a las estanterías en un feliz pretexto intermedial. Aguardo con curiosidad su estreno, pues la obra de McEwan es rica en monólogos interiores, a resultas de los cuales presenta unos personajes complejos, cuyo atractivo reside en lo que no muestran. Veremos.

La convicción

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“Es un error pensar que hacen falta muy malos sentimientos para aceptar o perpetrar los hechos más sañudos; basta el convencimiento de tener razón. Aún más, acaso nunca el sentimiento haya sabido ser tan inhumano como puede llegar a serlo la convicción” Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas.

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El viernes vi El repostero de Berlín. Pulido drama con premisa sorprendente; se mantiene en pie a lo largo de sus casi dos horas de duración y deja un regusto de esperanza.

Jueves

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Me envía F., que a estas horas estará concluyendo la presentación de su libro, Un arte de vivir, de Juan Gil-Albert. Me parece una delicia, que no quiero terminar. Hace un rato, he estado leyéndolo en un banco -siempre el mismo- del parque, mientras escuchaba el sonido del agua. El olor que desprendía la fuente hacía de trampantojo de piscina. “Héroe es todo aquel que se enfrenta con su fatalidad y lucha denodadamente, a brazo partido, con la naturaleza que le ha sido impuesta; lucha no para degradarla sino por el contrario, para hacer de ella el sentido y hasta la exaltación de su presencia personal en el mundo”. ¿No es maravilloso?

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El inglés dice burning the midnight oil (literalmente, quemar la lámpara de aceite); el español, trabajar de sol a sol. Hay un sentido intelectual que late en la primera, mientras que la segunda evoca reminiscencias del ámbito agrario. Las expresiones idiomáticas toman el pulso al espíritu nacional.

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Hoy he estado comiendo con un magnífico antropólogo que, sin embargo –o precisamente por eso-, me cuenta, entre otros asuntos, que el Museo de Antropología de Madrid está fatal. Tan solo he ido una vez, y la disposición de parte de sus fondos me resultó demasiado decimonónica. Él venía de un coloquio sobre Venezuela, en el que ha participado, y la crisis, en todos los órdenes, es peor de lo que podemos llegar a imaginar. Y un expresidente español es cómplice.

Cansinos

Cansinos

Este fin de semana he disfrutado de La novela de un literato (vol. I). El año pasado leí La huelga de los poetas, del mismo autor, y me pareció un estupendo retrato satírico del periodismo. Con esta primera parte –hay tres en total-, uno puede asomarse a la vida cultural de los últimos compases del XIX, conociendo a los escritores que trató Cansinos, algunos hoy completamente olvidados y por entonces celebrities. Le comento a mi amigo F. que me ha llamado la atención la absoluta naturalidad con la que Cansinos menciona las correrías de Francisco Villaespesa, autodenominado sátiro, con menores. Había casas de prostitución que las ponían a disposición del público. F., especialista en la Generación del 98, me dice que era lo normal, y que Josep Pla y Julio Camba permanecieron solteros durante toda su vida, pero que eran aficionadísimos a las casas de prostitución; el primero, particularmente, se las daba de dandy. Y, sin embargo, Carmen de Burgos, Colombine, se justifica varias veces a lo largo de la novela, porque se dice que tuvo un affaire con Blasco…

Se titula La novela…, pero el género a que corresponde no es ese. Se trata de un conjunto de semblanzas y episodios madrileños cuya yuxtaposición da como resultado un conjunto muy coherente. De él se desprende una evolución de Cansinos-Assens, desde que publica sus primeros artículos hasta que logra debutar con un libro. Don Rafael se nos presenta como un hombre con una mentalidad bastante adelantada a su tiempo, que conmueve cuando se afana por encontrar el amor ideal y que divierte con sus observaciones agudas de un sector, el literario, apenas distinto.