En esa playa de Chesil

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Chesil Beach. Aburridísimo largometraje en tanto que cuenta el romance entre dos jóvenes con demasiadas dosis de edulcorante verbal. Cuando se sale de la novela, con un golpe de efecto a poco más de la mitad, logra reconstituir el interés. Y el final… dramatismo puro. El del libro está bien para el libro y el de la película, para la película. El efectismo de la imagen es imbatible. Ah, lo que pudo ser y no fue, los sentimientos reprimidos, etc., etc. Con esa imagen en concreto –si la digo destripo toda la historia-, esa decisión, las lágrimas han comenzado a brotar y los subtítulos a difuminarse. ¿Por qué no te diste la vuelta? Sí, lo sé, por la falta de comunicación, por el mundo, por la rabia, por el desconocimiento. Ella, que te hubiera amado hasta nunca –verso de don Miguel D’Ors-, te tendió la mano. Qué tristeza. Y al salir, con una bajada de temperatura considerable, el sonido de un saxofón de fondo y el rimmel algo corrido –el que he llevado hoy no es waterproof-. Whatever.

Baches

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Esta mañana han entrevistado en la radio a un político que respondía a las preguntas con ideas, con proyectos de futuro –no de vuelo corto-, con convicciones y, en suma, con ilusión. Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo de ese talante. Y precisamente por ese motivo no va a –no le van a dejar- ganar.

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Por la tarde he acudido a la librería, pero había una presentación y no he podido charlar. Cuando hojeaba unos libros, ha pasado el poeta-cantautor más famoso. Parecía muy feliz y simpático. He recogido un ensayo que tenía reservado y me he llevado otro. Como los supermercados con las golosinas, ponen en la caja títulos pequeños y jugosos, a precio menor, para tentar el capricho del cliente. Dice el de la foto: “(…) nadie ha de creerse mejor por pertenecer a un plural que sobresalga en términos de economía o civilización, porque en otras regiones no tan desarrolladas, y que quizá desprecie con mayor o menor disimulo, vive por lo menos una mujer o un hombre que no es peor que él” (pp. 30-31). Los baches del ADN…

De vuelta he pasado por una tienda de ropa, donde ha ocasionado una cola larga e impaciente una señora que ha llevado a la caja una camiseta de lino que, decía, estrenó ayer y que hoy le parece “vieja”. La dependienta le insistía en que el corte, a láser, era así, y que el estilo desgastado es lo que la diferenciaba de una camiseta básica. La mujer se lo repetía sin cesar. “De verdad, soy desde hace muchos años clienta de esta marca y no me lo esperaba. Solo me la he puesto una vez y parece que tuviera mil usos”. “¿Pero qué quiere exactamente que haga?”, le pregunta, harta, la chica. “No, si devolverla ya sé que no puedo porque está estrenada. Pero es que le quería decir que está vieja, que no entiendo que esté así”. O sea, el propósito de la mujer no era otro que alzar su voz, expresar su queja. Manifestarse, dentro de sus posibilidades. La credencial de ciudadano pasa por estas pesquisas cotidianas.

Tropiezo

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El último vestigio del sistema que no ha sido absorbido por la dinámica capitalizadora es el amor. No se puede comprar y la manera en la que se obtiene se escapa de nuestra capacidad de acción. Por eso, no cabe empecinarse en lo que no es posible. Retirarse de la batalla a tiempo también es una victoria.

Iba pensando en mis cuitas mientras aceleraba el paso para llegar a tiempo a ver El mundo es suyo. Divertida sátira del empresario español que no se achanta ante la dictadura de lo políticamente correcto. Está protagonizada por dos sevillanos típicamente sevillanos. El humor andaluz nace del “olé, qué arte”; el manchego se fundamenta en el “jaja menudo cateto”. Mientras el Estado subvencione a cómicos (sic) como Mota, seguirá siendo así. En fin, la película es muy graciosa y sirve para evadirse un rato. Al regresar, ha vuelto la realidad y, haciendo leña del árbol caído, bueno, de la ilusión caída, me he tropezado con una reja deforme de alcantarilla. No me he dado de bruces contra la acera, y al segundo me ha agarrado del brazo un hombre encantador. Nos hemos mirado a los ojos –bueno, él llevaba gafas de sol-, en un instante que ha durado una eternidad. Esquivo gélidamente el daño.

Lo que sí y lo que no

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No sé odiar, ni amar tampoco.

Y en mi vida inconsecuente,

amo, a veces,  como un loco

u odio de un modo insolente.

Pero siempre dura poco

lo que quiero y lo que no…

“La canción del presente”, Manuel Machado (El mal poema, 1909)

Se le presentan a uno situaciones complejas para las que no queda más remedio, por tranquilidad emocional, que buscar una opinión y una segunda opinión –para contrastar el diagnóstico-. Ocurre que en los dos casos he obtenido la misma respuesta, confirmación de la intuición que abrigaba pero que, puesto que no era agradable, he ignorado. Anoche se lo comenté a X, mientras veía la serie Luis Miguel, sobre un cantante del que hasta hace unas semanas poseía una idea muy vaga y desconocía todas las canciones. “¿Pero tú crees que?”. “No pareciera. Olvídate, porque estás perdiendo el tiempo”, me contesta tajante, mientras termina el episodio y comienza a sonar Tengo todo excepto a ti –hay contextos que solo el capricho puede lograr-.

Me dice que enamorarse es una decisión y que para ello debe haber una predisposición, según él inexistente en el caso que le expongo. “¿Y qué hago? Debo pasar página, claramente”. “No hay por qué. No hacer nada también es hacer algo”. Nos despedimos y dejo el móvil. Pero suena de nuevo: es X., a quien he de despedir para siempre, y lo sé sin recabar valoraciones. Calor y cansancio emocional. Claudicar también es otra decisión.

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Vengo de dar un paseo por el parque. He estado sentada un rato, al lado de una pareja de ancianos. En aproximadamente una hora, no han intercambiado ninguna frase. Quizá ya se han dicho todo lo que se tenían que decir. Cuando ya me iba, la señora le ha dicho al marido: “Pedro Sánchez dice mucho, pero hace poco. Solo se hace fotos, en un avión con gafas para las revistas”. Jaja. Al encender el ordenador, me entero de esto. No hace falta señalar cuál es el régimen de los países que fomentan el culto a la personalidad.

Desastres

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El Ecce Homo de Borja pudo tener su gracia en su momento, en tanto que se trataba de una pintura mediocre y la historia de la “restauración”, a cargo de una anciana adorable, no estaba exenta de gracejo. Pero lo que he leído esta mañana en el ABC es escandaloso. Una escultura de San Jorge –encima-, la única que conservaba la armadura de los caballeros del siglo XV, ha sido asaltada por alguien sin ninguna sensibilidad artística ni responsabilidad patrimonial. El resultado es atroz, pareciera una manualidad como las que realizaban en el mítico programa Art Attack, y ni siquiera sirve para reírse con memes de whatsapp.  ¿Cuál es el protocolo para restaurar obras de arte en las parroquias e iglesias? ¿Acaso existe un protocolo? Desde luego, parece que no. Pero importa poco, a la luz de opiniones como esta: “Los hay que no lo ven tan mal. En un bar de la calle Mayor de la ciudad navarra comentan el caso. Recuerdan que el caso del Ecce Homo de Borja atrajo a una gran cantidad de turistas. “Si trae dinero…”, apunta entre la ironía y el pragmatismo Pedro, un vecino de la calle que reconoce que no es un ferviente parroquiano de la iglesia de San Miguel a pesar de que vive cerca”. Como siempre, todo se reduce a la rentabilidad económica.

Inmediatez

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Hay días en los que la concentración parece imposible. Los pensamientos cambian inquietos a cada minuto y la conciencia sobre lo que uno intenta escribir se esfuma. En un rato, voy a preparar una masa de galletas. La cocina me gusta parcialmente, solo muy de vez en cuando me entretengo en materializar alguna receta, algún videoclip de YouTube en el que parece tan fácil. No he hecho nunca galletas –ahora las llaman cookies-, así que no prometo subir foto.

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La tendencia a la inmediatez no ya en la información –esto va en el oficio de periodista-, sino en la opinión, ha convertido a algunos periódicos en mentideros digitales para los que la reflexión pausada es un estorbo que menoscaba el tráfico de visitas. Se premia al que antes lanza su parecer, aunque sea precipitado, en lugar de a quien antes ha comprendido la clave del asunto. En ese sentido, el mejor artículo que leí sobre la sentencia de La Manada se escribió una semana después del fallo de la sentencia. Y aun así me parece poco tiempo.

Jueves

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Escribo estas líneas desde la Sala Barbieri. No he de consultar nada específico de estos fondos, pero es el espacio que más me gusta de la BNE –mi amigo Mario publicó el video-reportaje “El lugar que guarda todos los sonidos” hace poco; os lo recomiendo -. Tengo delante un organillo de Vicente Llinares, en el que se puede escuchar “España Cañí”, “Ay, pena, penita”, “Gitanillo arrepentido” y algunas más. ¡De cuántas verbenas habrá sido testigo! Y qué cambio de contexto… Aquí solo estamos una mujer y yo, y no está permitido comer barquillos. Ella consulta unas partituras. Ah, el lenguaje musical. Pasé mi infancia y adolescencia intentando encontrar el equilibro entre la técnica y la pasión del clarinete, pero me faltaba la vocación suficiente como para aguantar la cara b de la orquesta y el sacrificio continuo. Prefería otros lenguajes —en el instituto escribí un poema dedicado a mi clarinete, del que espero que no se conserve ninguna copia—. Pero de vez en cuando escucho alguna pieza para recordar su sonido, pues pese a todo me parece el más sugerente de la familia del viento-madera.

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Anoche di un paseo por la zona de Plaza de España, después de salir de ver En tránsito. Llegué la primera a la sala, en la que el encargado se dirigía a mí como “cielo”, costumbre que me repele. Tuvo el gesto de acompañarme a mi asiento, pese a que la sala estaba vacía y los números de las butacas se veían con claridad, y se despidió con la frase “espero que disfrutes de la película”, seguida de una sonrisa que me perturbó. La idea del film es interesante, entronca con la magnífica El reportero de don Michelangelo Antonioni, pero la de Petzold me aburrió soberanamente. Cuando estaba recogiendo el bolso para irme a mitad de la película, tuvo lugar una escena delirante que hizo que permaneciera hasta el final. El protagonista, suplantador de la identidad de un escritor, conoce a una mujer en Marsella, que resulta ser la esposa del escritor desaparecido. La mujer dejó al escritor, pero ahora quiere volver con él y lo busca desesperadamente. Los dos son refugiados e intentan conseguir la documentación para emigrar. El hombre nunca le cuenta la historia, claro. Se siente atraído por la mujer y ella sigue dale que dale con el marido idealizado, mientras ejerce de concubina de un médico. Bien, la escena es la siguiente: el suplantador consigue los visados y los billetes para huir hacia México en un barco. Mientras se dirigen al puerto en un taxi, el hombre la besa y ella se deja besar, mientras dice que está segura de que va a encontrar a su marido, que nunca lo ha olvidado, que está deseando verlo… Y el otro besándola. Pero, chico, ¿qué haces? ¿Eso es normal? Es obvio que el concepto de normalidad es extremadamente polisémico, pero hay cosas que… De manera que me empecé a reír, con esa risa nerviosa de “ya no entiendo nada”. Porque no sé si el mundo es extraterrestre o lo soy yo.