Martes

978849464191

Esta tarde he ido a la oficina de Hacienda de María de Molina para la cita anual con la Renta. En el dossier que una simpática funcionaria me ha imprimido, figura un gráfico en el que se indica a qué se destina cada euro recaudado por el conjunto de las Administraciones Públicas. ¡Educación! ¡Sanidad! ¡Orden público y Seguridad! ¡Intereses! -¿Intereses?-. Me he emocionado: cualquier persona que se dedique a los estudios humanísticos sabe que pagar impuestos es lo único de su trabajo que contribuye directamente al porvenir económico del país.

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El momento en que la luz cambia y suena un trueno: el anuncio de la tormenta. Me he asomado a la ventana mientras las gotas comenzaban a caer. Y la gente ha acelerado su paso, corría, se mojaba. Los previsores, con paraguas; la mayoría, sin él. Larkin: “Entre la lluvia y los edificios / encuentro tan solo una antigua tristeza derramándose, / rostros llenos de prisa y de problemas”. Últimamente hablo mucho del tiempo. Este almanaque se va a terminar pareciendo al Calendario Zaragozano.

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El único -a mi juicio- partido político que se estaba consolidando como la alternativa menos mala, organizó el domingo un acto con una serie de charlas motivadoras -de, como se dice ahora, coaching-, con Marta Sánchez y Arévalo como invitados estrella. Las intervenciones estaban inspiradas en la estética de la organización “TED: Ideas worth spreading”, es decir, micrófono de en la mejilla, look arreglado pero informal, manos moviéndose y un discurso bien ensayado que apele, principalmente, a la emoción.  Una de ellas corrió a cargo de un científico que dijo que se podía haber ido a trabajar a países como EE.UU., pero que está en España porque “ama a España”. Y todos, pero ocurre que amar a España no es un argumento suficiente para quedarse aquí a investigar y que el margen es cada vez más ínfimo para escoger un centro receptor. En lugar del discurso autocomplaciente, muchos hubiéramos agradecido propuestas para revertir esta situación. Por otro lado, lamento que impulsar un nacionalismo español se considere la solución principal para combatir al nacionalismo catalán, al fin y al cabo se estaría haciendo frente a algo con lo mismo pero a mayor escala. En lugar de entonar un himno –no comments– podían haber comentado unos pasajes de La España invertebrada de Ortega y Gasset. Quizá fuera más útil, pero menos fotogénico.

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